Viene de la 14ª entrega
Como siempre se añade a TODO LO PUBLICADO HASTA...
Como siempre me encontraréis en www.huffingtonpost.es
Buscáis Jaime Domingo y allí estaré
Como siempre también en http://nirosesnigavines.blogspot.com.es
PERDONAD EL DESPISTE..SON DÍAS DE MUCHO AJETREO PARA MI
PRÓXIMA ENTREGA: EL MARTES 16
Y a partir del martes recuperaremos la cadencia.. DOMINGOS Y JUEVES...
Mientras los ataviados de ciudadano perfecto caminaban hacia el cobijo de sus casas con sus
inquietudes a cuestas y la perentoria obligación de llegar, Froilán intentó que
sus dientes desgastados asaltaran un pedazo de fuet. Su compañero de fatigas,
el que gozaba del privilegio de dormir en el cajero del banco, le sorprendió en
el intento. Viéndole acercarse Froilán le saludó.
- ¡Hola,
Segis! ¿Qué tal tu día? -.
- ¡Hola,
señorito Froilán! Mi día ha sido como todos. La gente ya no está por echarnos
una mano. Piensan que somos de una esas mafias de Europa del Este y pasan de
largo criticando -.
- Si, se nos
ha puesto el oficio complicado con esos sinvergüenzas -.
Departieron sobre la situación de su mercado laboral
sin llegar a conclusiones. Solo estuvieron de acuerdo en una idea común.
- Si nos
dejaran crear un sindicato otro gallo cantaría -.
- Sería bueno,
si. Pero eso también nos obligaría a darnos de alta en la Seguridad Social. Y
nosotros somos igual que las putillas. Estamos pero solo nos ven cuando creen
que somos una molestia… Anda, dale un mordisco a este fuet de Tarradellas que
está buenísimo-.
Segis aceptó la invitación a pesar de que la intensa
piorrea que padecía le iba a causar molestias a la hora de hincar el diente al
embutido.
- ¿Estás
seguro de que es de Tarradellas? Yo diría que es de El Pozo. Tiene esa textura
peculiar que caracteriza a todos los productos de esa marca.
- No te lo
puedo asegurar. Pero si tú lo dices no voy a discutirte, Segis. Confío
plenamente en tu cata.
- Gracias por
el halago, Froilán. Si no estuviera tan duro me mantendría firme en mi opinión.
Pero, al secarse, ha perdido parte de su grasa; de esa grasa que me parece
conocer cuando la muerdo. No importa la marca. Y seguro que al cerdo que
mataron para convertirlo en pienso para humanos tampoco.
- ¡Interesante
reflexión, amigo mío! -. Mientras dramatizaba gestualmente su comentario
Froilán brindó alzando un cartón de vino.
- Hágame usted
el honor de beber primero, don Segis-.
Segis accedió y bebió el primero. El cartón de Don
Simón fue pasando del uno al otro hasta que Froilán descubrió que no tenía
sentido ofrecérselo de nuevo a su amigo.
- Seco cómo el
fuet –.
- Seco cómo
los campos del barbecho -. A Segis le salió su raíz aragonesa.
- ¡Viva el
sindicato de los sin nada! -.
- ¡Viva!
-.
- ¡Putas y
mendigos unidos jamás serán vencidos! -.
El parque estaba casi vacío. Las últimas sombras de
la tarde iban ocupando el espacio que dejaban los visitantes. A Froilán le
gustaba observar como esas sombras se estiraban hasta convertirse en una única
oscuridad.
- ¿Qué miras
con tanto interés, amigo mío? -.
- Verás,
querido Segis. No sé cuantos años llevo aquí. Pero todavía no he conseguido
descubrir cuál es la última sombra de la tarde y cuál la primera de la noche.
La noche escuchó el comentario de aquel hombrecito
que siempre aguardaba su llegada y decidió dejarle una señal cuando las farolas
de bajo consumo del parque comenzaron a parpadear. La sombra de aquellas
antorchas sin llama se definía a medida que las bombillas alcanzaban la
luminosidad que convertiría el silencio de un recinto casi vacío en un silencio
iluminado.
A medida que se acercaba a su casa la charla con
Froilán iba perdiendo encanto. Al bajar del coche ya le resultaba molesto haber
confiado en un desconocido.
No quería entrar. Prefirió sentarse en una de las
tumbonas que la esperaban bajo el porche. Al descubrir que ya no le quedaban
cigarrillos en el bolso cambió de opinión. Sobre la mesa de la cocina encontró
lo que buscaba y salió de nuevo al jardín.
- No tengo
nada que escoger. Ni siquiera aquí tengo nada que elegir -.
Un grillo inició su concierto nocturno a escasos
metros. Demasiado estruendo para tanta necesidad de silencio. Apagó el
cigarrillo y entró en la casa. Al pié de la escalera la ceniza de su llanto de
la tarde seguía ensuciando las baldosas. Ya estaba seca. Las lágrimas se
evaporan. Así se sintió mientras ganaba la planta superior. Seca, como el
tronco de un olivo milenario que hubiera renunciado a dar sustento a la
almazara.
“Cuantos
siglos de aceituna
los
pies y las manos presos
sol
y sol y luna a luna
pesan
sobre vuestros huesos”
Se durmió sin echar de menos a P.P. Ni siquiera se
apercibió que en la mesilla no la
acompañaban el vaso de agua y el cenicero. Cuando nos secamos no necesitamos
nada.
- Quédate
conmigo esta noche, Mariona -.
Se lo pidió cargando sus palabras de una extraña
mezcla de miedo y dulzura.
- Deja que
llame a mis padres para avisarles. Y ya que me quedo moléstate en llamar a Tele
Pizza y pedir algo para cenar -.
Palmira no se hizo rogar. Mientras su amiga hablaba
con su casa pidió una cuatro estaciones familiar y dos refrescos.
- En aquella
habitación encontrarás ropa. Creo que te sirve. Tienes un físico muy parecido
al de Palmi -.
- No te
preocupes. Seguro que me apaño ¿Tienes algo de beber mientras esperamos la
cena? -.
- Puedo
ofrecerte Trina o tónica. Solo que no tengo limón – mientras contestaba
Palmira se levantó camino de la nevera.
- Me da lo
mismo. Tomaré lo que tú no quieras -.
Palmira optó por la Nordic.
- Son más de
las 10. Mañana no habrá quién nos levante -.
- A ti,
Palmira, a ti…Yo mañana libro -.
A las 11 seguían conversando. Escuchándolas con
interés una porción fría de pizza retozaba sobre la mesa esperando que alguna
de las dos decidiera reconocer su exquisitez.
- Teníamos que
haber pedido más bebida. Lo único que me queda es un vino de Jumilla que Palmi
guardaba por si un día celebrábamos algo -.
- Rindámosle
homenaje a ese vino, amiga mía. Al vino y a Palmira. Seguro que se alegra de
ver como brindamos en su nombre -.
Era un poco ácido pero les pareció excelente. Al
descorcharlo no solo liberaron los taninos de aquel tinto. También liberaron
tensiones y nostalgias.
- ¿Cómo ves la
botella, Palmira? ¿Medio llena? ¿Medio vacía? -.
- Doble,
Mariona, la veo doble -.
Las mejillas de Palmira habían enrojecido y sus ojos
brillaban. Mariona parecía más entera pero dejó de parecerlo cuando se atrevió
a encender un cigarrillo. Superados los primeros espasmos de tos levantó el
vaso que hacía las veces de copa.
- ¡Por nuestra
amistad, operadora de Golden Plus! -.
- ¡Por nuestra
amistad, querida novata! Novata en el curro y novata fumando -.
- Fumadora
social, solo social. Igual que tú.
- Eso,
fumadoras y bebedoras sociales -. Palmira bebió de un trago lo que quedaba
en su vaso y se dejó caer de espaldas sobre el sofá. Mariona hizo lo mismo.
Incapaz de seguir fumando apagó el cigarrillo y se quedó mirando a su amiga.
Había cerrado los ojos y parecía entregada al sueño que provocan el cansancio y
el alcohol cuando coinciden en la misma esquina del cerebro.
- ¿Duermes? -.
Palmira no quiso llevarle la contraria y no respondió.
Mariona pensó que era inhumano despertarla. Optó por activar su despertador. A
las seis la llamaría para que pudiera llegar a tiempo a la galera.
Mientras Mariona buscaba el sueño en una cama
extraña Maruja lo perseguía al lado de Venancio preguntándose como, al cabo de
tantos años, el hombre que roncaba a su lado podía parecerle un desconocido.
Antes de acostarse Salitre, había decidido cambiar
de libro. A partir de mañana su cómplice estratégico sería “Crimen y castigo”
de Dovstoyesky. Seiscientas páginas de historia para emprender el asedio final.
En la entrada del cajero Segismundo buscaba acomodo
apoyando la cabeza sobre un viejo jersey doblado. Le había puesto una
servilleta de papel encima para evitar el calor de la lana en una noche de verano.
A veinte metros una prostituta se dejaba ver apoyada en la farola que iluminaba
la esquina. Algún que otro coche reducía la marcha pero ninguno se detuvo. Si
lo hizo una unidad de la policía local. Una agente le pidió a la hetaira que se
identificara. Todo estaba en orden. Segis las miraba intentando comprender qué
podía importarle a aquella mujer uniformada lo que estuviera haciendo otra
mujer que vestía otro uniforme tan inconfundible como el suyo. Salió de su
ensimismamiento cuando la policía se dirigió a él.
- No puede
estar aquí, señor. Tengo que pedirle que se vaya. Y si no tiene a donde ir
nosotros le llevaremos a un centro de acogida donde podrá pasar la noche –
Lo dijo con la autoridad que le daba la placa que llevaba en el pecho. Sin
embargo no se excedió. Más que una orden parecía un consejo.
- No se
preocupe, agente. Ya estaba pensando en marcharme. Siga patrullando. Cuando
pase otra vez por aquí no encontrará ni rastro de mi persona -.
- Espero que
así sea, señor. Tiene usted diez minutos para abandonar el lugar –
Segismundo hizo un gesto afirmativo y empezó a
recoger sus cosas. La agente se dio por satisfecha y regresó al coche.
- Buenas
noches, señor. En diez minutos regresamos. Espero que cumpla con su promesa -.
- Siempre
cumplo, agente -.
Mientras el coche se alejaba Segismundo terminó de
recoger sus múltiples despojos. Sabía que la patrulla regresaría. Tardaría
mucho más que esos diez minutos anunciados pero volvería. Había que buscar otro
lugar para pasar la noche. En verano no le preocupaba demasiado. A diez minutos
de allí estaba la fachada sur del cementerio. Con un poco de suerte encontraría
algún conocido y podrían revivir viejas historias. Incluso compartir algo de
comida o de beber.
Emprendió la marcha para acabar perdiéndose al final
de la avenida. Pasó junto al Parque. Al otro lado de los setos, muy cerca de
allí, Froilán estaría disfrutando de su banco. Durmiendo o contemplando el
reflejo de las farolas en el agua del estanque.
- Buenas
noches, amigo. Somos afortunados. No vivimos encerrados entre cuatro paredes
hipotecadas. Vivimos en todas partes y nadie nos cobra por ello.
Hoy aquí,
mañana allí -.
Se sintió bien consigo mismo y aceleró el paso. Uno
de sus zapatos no tenía cordón y la rozaba al caminar. Ya estaba acostumbrado.
Mantuvo el caminar tarareando un canción de la que solo había memorizado la
primera frase y unos compases.
- Si yo fuera
rico…Tipitipitipitipiti….-.
Capítulo
VI
Las alas
rotas de Dédalo
Salió de la formación más predispuesta de lo que
había entrado. Más predispuesta y no menos sorprendida de lo que ya estaba
respecto al cambio que experimentaba Violeta cuando entraba en aquella sala.
Toda su aspereza se convertía en afabilidad y su capacidad de transmisión era
fluida, incluso entretenida.
A la una y media se dio por terminada la primera
sesión. Salía a las tres y no le apetecía comer en casa. Bajó a la cafetería;
antes de entrar sintió deseos de fumar. –Será
verdad eso de que el tabaco engancha -. Prefirió no valorarlo y salió a la
calle. Nadie conocido. Demasiado temprano para coincidir con los habituales.
- Hola,
Palmira. ¿Qué tal la formación? -.
La pregunta de Jacobo le sonó en la espalda.
- Hola,
Jacobo. Bien, la verdad es que se me ha quitado el miedo. Creo que puede ser
incluso entretenido eso de atender a los Golden Plus -.
- Estupendo.
Me alegro. No hay nada mejor que trabajar a gusto y convencido -
Palmira no se atrevía a intentar fumar negro. Pero
pudieron más las ganas que el temor.
- ¿Te importa
invitarme a fumar? Luego compro y te lo devuelvo -.
- No, por
supuesto. Ni me importa ni tienes que devolvérmelo. Eso si, lo que puedo
ofrecerte es negro -.
- Me
arriesgaré a probarlo -. La respuesta de Palmira se entrecortó al notar el
cambio.
- ¡Caramba! Es
distinto. Pero no me disgusta -. Lo dijo con poca convicción. La misma con
la que aseguró que le gustaba el primer cigarrillo que le ofreció Palmi en el
parque.
- Bueno,
Palmira. Voy a morder algo en la cafetería. Hoy no me dan de comer en casa –
- Pues si no
te importa te acompaño. Hoy no tengo intención de darme de comer a mi misma en
casa -.
Dos ensaladas, un ragout de ternera y para Palmira, mero en salsa. De
postre dos tickets a cambio de los cuales obtendrían un café si se acercaban a
la barra.
- Ya no voy a
preguntarte como te sientes. Llevas suficiente tiempo entre nosotros y vemos
que trabajas con soltura. Pero si quiero que me digas cual es tu estado de
ánimo después de lo que pasó con Palmira Ochoa -.
Palmira de Palma entendió que Jacobo se interesaba
por ella, por la persona. El trabajo era secundario. Se sintió confortada y no
le importó sincerarse con su coordinador.
- Estoy rota,
Jacobo. Rota y desconcertada. Espero que el tiempo me ayude a superarlo. Pero
ahora, cuando todo es tan reciente, todavía no puedo creer que Palmira no esté
y que la causa de su ausencia sea algo tan terrible -.
- Te entiendo.
Son situaciones que se producen pero que siempre vemos como algo lejano, casi
de ficción. Como si nunca nos pudiera alcanzar en el plano real de nuestras
vidas. Cosas que se leen o se ven en televisión -.
- Si, Jacobo.
Eso es lo que me parece. Es como esos accidentes de tráfico que cada fin de
semana cierran los telediarios -.
- Algunos de
esos accidentes los vivimos aquí, Palmira. Y ni siquiera parpadeamos cuando nos
dicen que ha habido fallecidos. La muerte siempre nos parece lejana. Incluso
cuando nos pasa tan cerca como a ti te pasó la de nuestra compañera -.
- Gracias por
interesarte por mí. No sé si es bueno o malo hablar de esto. Pero me siento un
poco menos angustiada después de comentarlo contigo -.
- No me cabe
la menor duda, Palmira. Hablar de lo que nos agobia nos quita presión. ¡Bueno!
Recuperemos la normalidad. ¿Café y cigarrillo? ¿Sólo café? ¿Sólo cigarrillo?
Nos quedan 12 minutos. Mejor dicho, me quedan doce. No sé a ti -.
- Once. A mi
me quedan once. Me apunto a “solo cigarrillo”. El café puede esperar a mañana.
El cigarrillo no. Dame un minuto que voy a comprar -.
- Te espero
fuera -.
Subieron juntos para matar los últimos sesenta
minutos del día. Palmira se sentó junto a Ruth para escuchar como se atendían
las llamadas de Goleen Plus. Jacobo cubrió a Aisha en el tambor mientras ella
se tomaba su descanso de mediodía.
Las llamadas despertaron con ánimo de alterar los
niveles de servicio tiñendo de rojo los monitores y la pantalla del tambor.
Violeta vio en ello una excelente oportunidad para acercarse al control.
- Que los
agentes en formación dejen de escuchar, regresen a sus puestos y cojan llamadas
-.
Jacobo hizo una señal a Belma. En apenas dos minutos
se habían cumplido las indicaciones de Violeta. El rojo de los paneles se
convirtió en amarillo y la supervisora dio por buena la actuación de los
coordinadores regresando a su mesa. Durante unos minutos fijó la mirada en la
sala y en Jacobo. Los monitores ya se habían calmado. Era un buen momento para despachar
el correo pendiente y esperar. Esperar que terminara la jornada y caminar por
su primer día sin esperar la llegada de P.P. Dudó entre ir a casa o buscar
distracción en otra parte. Tomaría su decisión al salir. Abrió el correo y se
dispuso a despacharlo.
- ¡Menudo
arreón nos acaban de dar! -.
Mientras hacía el comentario Maruja dejó los
auriculares sobre el puesto y buscó a Salitre dos puestos a su izquierda. La
cabina que los separaba estaba vacía.
- A esta hora
siempre ocurre. El verano es así -.
Nada nuevo en la respuesta de Salitre que se limitó
a constatar la evidencia.
- Voy al
servicio. Todavía no me han dado la comida y ya no aguanto -.
La miró sin disimulo cuando se alejaba hacia la
puerta. Le pareció más atractiva que nunca con aquella falda tubo que dibujaba
una silueta estilizada que no se rompía cuando un blusón desenfadado permitía
adivinar los misterios de su espalda.
- ¡Salitre!
¿En qué estamos? La llamada a la primera por favor -.
Selena le devolvió a la realidad. Pulsó la recepción
de la llamada mientras se disculpaba con su coordinadora.
- Lo siento.
Estaba distraído -.
- Nada nuevo
bajo el sol -. Salitre no pudo escuchar la respuesta de Selena porqué ya
estaba atendiendo a un buen hombre que había perdido las llaves de su coche a
seiscientos kilómetros de su domicilio.
- Si, como
usted me dice, dispone del duplicado en su casa podemos facilitarle un medio de
transporte para que vaya a buscarlo y alguien se lo lleve…..-
Maruja regresó del baño, se puso en disponible y
orientó la silla hacia su compañero. Sin dejar de atender la llamada Salitre se
recreó en la imagen de aquella mujer que le ofrecía con desenfado la capacidad
de seducción que pueden tener unas piernas cruzadas y una blusa que había
regresado del baño un poco más abierta.
Venancio entró en el bar a caballo de una euforia
que nada tenía que ver con la que habitualmente adquiría allí a base de
cerveza.
- ¡Manolo!
¡Una ronda para todos, que paga el nene! -.
- Si con eso
me dices que voy a tener un problema con tu mujer, olvídate Venancio -. La
respuesta de Manolo fue contundente. Ya conocía las artimañas de Venancio y no
estaba dispuesto a tener otro sarao con Maruja.
- ¡Que no,
Manolo, que no! ¡Que me han concedido los 400 euros de ayuda! ¡Hay que
celebrarlo! Te juro que te pago en cuanto cobre tío...Que solo somos cinco
joder... ¡Anda, tira cañas para todos, y para ti también! -.
Manolo aceptó el riesgo. Media docena de cañas no
eran demasiado. Mientras aclaraba los vasos decidió limitar su buena voluntad a
una única ronda. Si Venancio intentaba prolongar el festejo con más bebida se
negaría.
Los amigos de Venancio se solidarizaron con él
haciéndose cargo, uno a uno, del pago de las cervezas que siguieron.
Mientras Venancio y su peña perdían el sur que les
proponía la marca que rezaba en el grifo del bar Maruja perdía todos sus
temores. Camino del parque Salitre aprovechó un semáforo para que sus manos se
rozaran. Ambos se apercibieron que la descarga era muy fuerte. Salitre dejó su
mano sobre la palanca del cambio y Maruja dejó la suya sobre la de aquel hombre
que la estaba llevando a vivir de nuevo sensaciones olvidadas.
No se dijeron nada. El semáforo quiso ser inoportuno
y la magia se diluyó como un edulcorante cuando siente el calor del líquido que
pretende endulzar.
Los dos sabían que estaba llegando el momento en el
que no se quiere controlar nada.
Venancio no se controlaba. Cinco rondas eran pocas.
- ¡Manolo! Ya
que tú bebes y no pagas déjame pagar otra a mi. Te juro que te pago el día 5 -.
Estar detrás de la barra no liberaba a Manolo de la
euforia que producen cinco cervezas a las cinco de la tarde.
- ¡Me ofendes,
Venancio! ¡Me ofendes! Yo soy Manolo y Manolo es un señor. ¡Esta la paga la
casa! Y no será una caña. Cuando paga Manolo se toman jarras -.
El murmullo del grupo parecía un canto coral
dedicado a Baco. Vítores a Manolo, bravos al Ministerio de Trabajo, hurras a la
alegría de llenarse de malta hasta sentirse dueños de un mundo inexistente.
Salitre aparcó a cien metros del parque. El silencio
que había provocado aquel semáforo rojo parecía irrompible. Ninguno de los dos
hizo el gesto de bajar. Solo las manos quisieron convertirse en mensajeras y
volvieron a encontrarse.
Una presión suave, dulce, casi imperceptible y sin
origen puede transmitir tanto como cientos de palabras. Un beso en el dorso de
una mano que conserva destellos de Eau de Lencome pide permiso para derribar
cualquier muralla.
Cuando una mujer arrastra esa mano hasta sus labios
y corresponde ya no hay torres ni almenas que pretendan defender lo que no
quiere defenderse.
Si dos bocas se buscan para sentir el roce de los
labios y respirar entrega el deseo ha vencido y ya no sirven de nada normas y
prejuicios. Al llegar a este punto la
avidez convierte el beso en encuentro y la piel se conmueve al sentir como el
brazo envuelve la espalda, asciende hasta la nuca y empuja suavemente la cabeza
para que el encuentro sea un estallido y el norte se olvide de que el sur
también existe.
Venancio salió del bar con los ojos acristalados y
perdidos en un horizonte confuso abarrotado de almas que caminaban en todos los
sentidos en busca de un único destino. El calor de la calle incrementó la
ebullición del alcohol. Estaba borracho. Se reconocía a si mismo cuando esto le
ocurría.
- ¡Menuda
mierda he pillado, chicos! Así no puedo ir a casa. ¿Vamos a dar una vuelta? Necesito
que me de el aire -.
Nadie le contestó. Sus colegas seguían en el bar.
- ¡Claro!
Vosotros aguantáis, cabrones, porqué habéis comido antes -. La arcada no le
dejó seguir hablando solo. El suelo no se quejó cuando la bilis de Venancio se
estrelló contra sus desgastadas baldosas. No era el primer borracho que certificaba
su estado en aquel metro cuadrado de acera.
Se sintió liberado; entró de nuevo en el bar con la
intención de rellenar el depósito que se le había vaciado tan bruscamente.
- No me
pidas más que no estás para beber, Venancio. ¡Anda, siéntate aquí un ratito y tómate
un café! Ahora mismo te lo pongo -.
No estaba en condiciones de discutir. Cruzó los
brazos sobre la mesa para que su cabeza descansara sobre ellos. Mientras la
Faema de Manolo erogaba el café intentó hacer cábalas con la porra que veía
borrosa en la pared.
- Uno a
uno. Seguro que empatan. Uno a uno. O cero a cero. Empate. -.
Al pensamiento confuso siguió un grito más confuso
todavía.
- ¡Manoloooooooooooooo!
Apúntame. Uno a uno. Y cero a cero. En cuanto cobre te pago. ¿Me has oído
Manolillo?
- ¿Qué has
hecho hoy? -.
- Poca cosa,
la verdad. Cuando te has marchado ya no me he acostado. Habíamos dejado el salón
como lo habíamos dejado y me he dedicado a ordenar un poco. Al salir de la
ducha he visto que eran las diez. He cogido una blusa y un vaquero del armario
de Palmira y me he ido a casa. Mi madre me estaba esperando para desayunar.
Poco más, Palmira. Mañana te devuelvo la ropa; mamá la ha metido en la lavadora
en cuanto me he cambiado -.
- ¡Vale, vale,
vale! ¡Menudo informe de actividad, chica! No pretendía eso al preguntarte. Oye…Me
ha alegrado un montón que me llamaras. Se me hacía un mundo volver a casa.
Gracias por eso, Mariona, de verdad -.
- Me gusta
hablar contigo, Palmira. Llegué aquí un poco perdida y gracias a ti me estoy adaptando
muy bien. Cuenta conmigo para lo que necesites -.
Siguieron caminando sin rumbo aunque sus pies las
llevaban al Parque del Lago como si el sexto sentido se hubiera instalado entre
sus dedos. Al doblar la esquina tuvieron que esquivar el territorio de Segis
para llegar al paso de cebra que moría en la puerta principal del parque.
- Mira que es
grande la ciudad. Y siempre acabo en el mismo sitio -.
Al hacer el comentario Palmira se estaba preguntando
porqué se sentía tan atraída por un lugar como aquel. Allí su amiga le había
confesado lo que le estaba sucediendo mientras los dos pequeños trepaban y se
dejaban deslizar por un tobogán multicolor.
A pesar de todo seguía sintiéndose bien al pisar
aquel camino de tierra que serpenteando entre la vegetación las llevaba al único
banco en el que Palmira se había sentado. También la sorprendía encontrarlo
siempre vacío. Solo le faltaba un cartel de prohibido o uno en el que se le
declarara propiedad de Palmira y Palmira.
- Y ahora,
propiedad de Mariona y Palmira -. Solo lo murmuró.
- No te he
entendido, Palmira. ¿Decías algo? -.
- No, no. Disculpa.
A veces hablo sola -.
Mariona respetó aquel lapso emocional de su amiga.
- Oye ¿Por qué
no vamos a ver al vagabundo? Fue genial la charla que tuvimos con él -.
- Si no te
importa vamos luego. Ahora me apetecería sentarme aquí y practicar nuestra
condición de fumadoras sociales -.
Mariona no contestó. Aceptó tomando asiento.
- Bueno,
fumemos. Pero ya sabes. Yo si soy fumadora social. O sea que tu pones el tabaco
y el mechero. No tengo ninguna de las dos cosas en mi bolso -.
Fumaron. Mariona fumó y tosió a la vez sin quejarse.
Palmira se rió de la tos hasta que le llegaron a la memoria los espasmos de sus
bronquios cuando se atrevió a fumar aquel cigarrillo negro al que la invitó
Jacobo.
Los vio acercarse correteando. En un primer instante
no los había reconocido debido a la distancia. Fueron ellos los que pusieron en
marcha el mecanismo del encuentro.
- ¡Tía
Palmira! ¡Tía Palmira! –
Diez metros más atrás de Urko y Ainoa venían los
abuelos. Amparo llevaba en la mano una peonza de colores chillones. Su marido un
ABC doblado bajo el brazo y un bastón que le ayudaba a caminar. Siguieron con la
mirada a sus nietos hasta que les vieron lanzarse sobre Palmira.
El Parque del Lago seguía siendo el corazón de aquellas
vidas. Mariona entendió que era el momento de perderse.
- Vuelvo
enseguida. Voy a por tabaco. Ya no quiero ser fumadora social -.
Palmira no lo oyó. Besaba y abrazaba sin parar a los
chiquillos.
Los abuelos no quisieron ser abuelos. No conocían a
aquella mujer pero sabían quién era. Se quedaron quietos, sin dar un paso,
contemplando la escena. Sus rostros no transmitían nada. Pero se emocionaron al
ver a los pequeños felices por su encuentro con Palmira. Estaban viendo a su
hija. Hay felicidades inexplicables que no se pueden contar con un teclado. Hay
lágrimas que solo brotan cuando entendemos la dulzura de los niños.
Los niños y los borrachos nunca mienten.
Venancio no mentía nuca porque vivía dentro de su
propia mentira.
Maruja estaba aprendiendo a dejar de mentir desde la
nueva mentira de su vida.
Salitre estaba descubriendo que mentir le había
llevado a no saber mentir cuando estaba con Maruja.
Violeta se había quedado sin mentiras en su vida y
ahora solo le importaba robarles la verdad a los demás.
El silencio más largo
es aquel que nunca se produce.
El silencio mas largo es aquel que nunca se produce...
ResponderEliminarGenial Jaume, genial
Corto pero intenso. Esto parece que apunta hacia un final realista. Magnífico relato. Nos entusiasmas en huffingtonpost y nos entusiasmas aquí.
ResponderEliminarMe pregunta mi mujer si puedes decirnos algo sobre la fecha de publicación de la novela histórica que anunciaste en Agosto.
Lamentamos que tengas problemas por culpa de tu blog. Recibe el ánimo de una familia de Amorebieta que te sigue para deleitarse con tu manera de entender la libertad. Gora Jaime.
Arratsaldeón amigos míos. Muchísimas gracias por vuestra adhesión. La que me manifestáis por lo que escribo y la que me brindáis respecto al blog y sus repercusiones.
EliminarDe Angelina 1926 puedo deciros que trabajo en ello y espero poder lanzar las primeras entregas en Noviembre. Aunque no os extrañe que antes de fin de mes pueda brindaros la primera.
Gracias de nuevo por vuestra participación en mi mundo
Como te he hechado de menos, gracias por volver a deleitarnos con tu magnifico relato. Un beso muy muy grande "yayo".
ResponderEliminarElena H.
Querida, tu y yo vamos a tener que llegar a un acuerdo sobre nuestra firma.
EliminarElena H. (la otra)
ja, ja, ja...
EliminarNo hace falta que entréis en litigio..Os interpreto perfectamente cuando escribís...
Gracias a las dos...Os echo de menos a todas horas.
Un besazo
Hola, Helena. Muchísimas gracias a ti por estar siempre. No sabes cuanto agradecí tu comentario de apoyo.
ResponderEliminarYo también os echo de menos. A pesar de que la situación, kafkiana donde la haya, se ha resuelto civilizadamente nadie me devolverá mi pasión por la campaña que he tenido que dejar. Prefiero no pensar en las causas. Con vosotros, con mi gente, me queda el blog. Y cuando termine con Memorandum de nada (o quizá antes) pienso publicar una novela histórica que espero también merezca tu interés y el de todos los que han seguido esto. Ya estamos en las 10.000 visitas. Es lo que me hace creer que ha valido la pena. A pesar de algunos. Un beso.
Jaumita, que mas puedo decir que no sepas ya. Ahi estoy. Besos. Elena H. (la otra)
ResponderEliminarLo que mas nos emociona de tu blog es ver como te quiere la gente que lo lee Queremos añadirnos a ellos
ResponderEliminarJ y RM
otros amigos de Euskadi
Muchas gracias. Me conforta que personas ajenas al problema se sumen a quienes han realizado una correcta interpretación de la historia. Cuanto más adhesiones recibo más se margina a las mentes obtusas que no han entendido nada. Me doy por satisfecho con ello. Cada uno en su lugar. Algunos no tienen.
EliminarDE DONDE SACAS TANTA FRESCURA?
ResponderEliminarTUS PERSONAJES SON EQUILIBRADOS SIN ALTI BAJOS
TODO LO QUE HACEN CONCUERDA CON LA IDEA QUE AL LEER TENGO SOBRE ELLOS
NO ME CANSO DE LEERTE EN TODOS LOS SITIOS
ELVIRA RIOS
Jaime, cuando vas a publicar la entrega 16? Besos
ResponderEliminarBuenas tardes.
EliminarAcabo de colgar una entrada en la que explico como ando. La medicación me está bloqueando. Pero pasito a paso voy continuando con el relato. El domingo podré colgarlo. Y espero que ya no haya más interrupciones hasta el final.
Un beso