domingo, 21 de octubre de 2012

MEMORANDUM DE NADA (16ª ENTREGA)

>>>>>>> Viene de la ENTREGA 15...como siempre la pego también a TODO LO PUBLICADO...que encontraréis en Agosto<<<<<<<<<<<

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A pesar de estos días de vacío el blog está cerca de las 10.500 visitas. Muchas gracias.
A partir de hoy recuperamos la normalidad.
PRÓXIMA ENTREGA:
HAY CAMBIOS..OS PIDO DE NUEVO DISCULPAS..TENGO UN NERVIO AVERIADO Y ME RESULTA CASI POSIBLE ESCRIBIR..
HARE TODO LO POSIBLE POR COLGAR EL DOMINGO...MIL PERDONES...



- Pensé que te ibas a alegrar cuando te contara lo de los cuatrocientos euros -.
- Me he alegrado, Venancio, de verdad -. La respuesta de Maruja era tan poco convincente como su sonrisa forzada. La mantuvo mientras se alejaba camino del baño. Necesitaba lavarse las manos para no sentirse culpable.
- Vuelvo enseguida -.
Venancio se dejó caer en el maltrecho sofá. Tampoco se sentía demasiado bien por haber celebrado con euforia la noticia. En cuanto Maruja saliera del baño se refrescaría para disimular un poco el hedor a desenfreno que transmitía.
Mientras dejaba correr el agua para que Venancio la oyera revivió su explosión de deseo con Salitre.
- No ha pasado nada. Solo ha sido un instante de locura -. Su pensamiento intentaba empequeñecer lo acontecido. Afortunadamente el lugar donde aparcaron estaba expuesto al paso de la gente. La contradicción la inquietó tanto que el jabón casi le resbala de las manos cuando intentaba borrar cualquier vestigio de ese instante.
El día se precipitó en la oscuridad con la sensación de que no había conseguido aportar nada a la memoria del tiempo. No era la primera vez que le pasaba a lo largo de los siglos. Hay días que no cuentan.
 
A las seis y cuatro minutos el sol arañó el rostro de Froilán como lo haría un perro que quiere despertar a su dueño. En verano dormir en el parque es dormir poco.
Estaba entumecido y tuvo que hacer un esfuerzo para redescubrirse. Buscó entre sus bolsas hasta encontrar un paquete de galletas. A pesar de que estaban rotas y sabían a deshecho le sirvieron para engañar la conciencia de su estómago. Necesitaba caminar un poco para que las piernas recuperaran el tráfico sanguíneo. Lo hizo hasta la puerta del parque desde donde se divisaba el cajero del banco.
- ¿Dónde se habrá metido Segis? -
No era la primera vez que su amigo cambiaba de domicilio fiscal.
- Le habrá echado la bofia -
Si era así lo más probable es que Segismundo se hubiera mudado a la pared del cementerio.
- Estará allí, con Paco y Nicanor-.
Decidió darse un paseo hasta el cementerio. El día era muy largo y convenía entretenerse hasta que llegaran los primeros visitantes. Cerró las bolsas, las cubrió con la manta y puso todo debajo del banco. Sus pertenencias no peligraban. Nunca nadie se interesó por sus lujos.
 
Palmira esperó a que la cafetera le brindara el primer sabor del día. Le gustaba tomarlo pegada a la ventana del dormitorio.
- Aquí te robaron la vida, Palmi -.
Quería imaginar lo que no vio a base de innumerables conjeturas. Lo único que era capaz de interpretar sin esfuerzo era el final.
No saber ayuda a entender como queramos. Para Palmira significaba no sentirse especialmente incómoda junto a aquella ventana.
- Aquí habríamos sido felices -.
Le bastaba con eso para sentirse bien. Al menos durante aquellos instantes previos al inicio de su jornada. Luego, en la galera y a pesar de la intensidad del trabajo, su amiga iría tomando cuerpo y la tristeza la derrotaría de nuevo.
- No sé si debí decirle a Jacobo que ando destrozada-.
Llevó la taza a la cocina. El autobús pasaba en diez minutos y no quería tener que esperar otros veinte hasta la llegada del siguiente.
 
-¡Cuanta gente hay hoy en el cementerio!
Le faltaban cien metros para llegar y la docena de personas que divisó le parecían muchas. A medida que se acercaba distinguió que había policías y una cinta impedía el paso hacia el muro.
Nicanor vio como se acercaba y fue en su búsqueda.
- Han sido los skins, Froilán -.
- ¿Qué han hecho? -.
- Le han matado. Le han matado a palos -.
- ¿A quién? ¿A quién han matado?-.
- A Segis, han matado a Segis-.
Se quedó sin aire en los pulmones.
- ¿Cómo ha sido?
- No lo sé, Froilán. Pepe y yo nos habíamos recogido a la vuelta de la esquina del muro. Allí hacía un poco más de fresco. Segis debió de pensar que no estábamos y se quedó aquí, como siempre. Poco antes de que amaneciera escuchamos gritos. Cuando llegamos Segismundo estaba tendido en el suelo, boca abajo, muerto. Pepe tuvo tiempo de ver a varias motos alejándose. Uno de los motoristas llevaba una chaqueta de cuero con los símbolos de la Vanguardia Nacional Revolucionaria-.
Lo dijo muy deprisa, como se cuentan las cosas que no se quieren contar.
Froilán se abrió paso hasta llegar al límite de la cinta. Unos hombres vestidos de gris estaban metiendo el cuerpo de Segis en una bolsa. Lo levantaron lo justo para dejarlo caer dentro de una caja.
- No hay diferencias en esto. Todos acabamos igual
El coche de los forenses emprendió el camino de la autopsia mientras la policía levantaba la cinta y pedía que la gente se retirara del lugar.
- Ya no hay nada que ver aquí
Un murmullo respondió a la voz del policía. Paco, Nicanor, Froilán y cinco vagabundos más hicieron caso omiso de la sugerencia. Los policías subieron al coche para seguir las huellas del vehículo funerario. En el suelo quedaron unas manchas de sangre apenas perceptibles. La tierra seca tiene sed y se traga todo lo que pueda nutrirla.
Paco se acercó a Froilán poniéndole una mano en el hombro.
- Ahora puedes instalarte  en el cajero. Te corresponde por antigüedad -.
 Con un gesto brusco, Froilán se quitó de encima la mano de Paco.
- ¿Tú crees que es momento de hablar de esto? -.
- Perdona, chico. Pero ya sabes como van estas cosas. El que no corre vuela. Y si no te instalas tú hoy mismo, mañana cualquier otro coleguilla se declarará heredero universal de Segis -.
Froilán sonrió. Paco estaba en lo cierto.
- Si quieres, Paco, puedes irte tú al cajero. Yo estoy bien en el parque. Allí tengo mi mundo -.
- Ya me gustaría. Pero no quiero dejar a Nicanor. Llevamos años juntos. Y en el cajero solo cabe uno -.
- ¿Y si vuelven los skins? -.
- Solo atacan cuando te ven solo. Son unos cobardes de mierda. Con dos no se atreven -.
- Bien. Como quieras. Pero yo me quedo en mi banco. Tengo un compromiso con el parque ¿sabes? Ya formo parte del paisaje y me gusta serlo-.
- Si quieres te acompaño hasta allí. Así charlamos -.
- Me parece una buena idea. Anda, ve a preguntarle a Nicanor si le apetece venir con nosotros-.
Nicanor les escuchó y asintió con la cabeza.
Mientras caminaban hacia el parque Nicanor rompió el silencio.
- ¿Alguno de vosotros se acuerda de cómo era aquella canción que tanto le gustaba a Segis? -.
- Si, creo que si. Era la canción de una película. “El violinista en el tejado”…creo-.
Froilán había respondido sin convicción, como si no le hubiera gustado recordar.
- Si, si. Era esa. Segis no se la sabía pero le gustaba cantarla. ¡Estaba graciosísimo cuando marcaba el paso al compás de la canción -.
Paco cambió las palabras por gestos empezando a imitar a Segis a base de caminar grotescamente.
Froilán pensó que era el momento de sentirse más cerca del amigo que se les había marchado y dejó que la canción se le escapara del alma.
- Si yo fuera rico… Tipitipitipitipiti….-.
A la vez que cantaba se sumó a la mímica de Paco. Nicanor solo necesitó tres segundos para sumarse a la coral. Horriblemente sincronizados los tres desheredados del sistema continuaron su trayecto desafiando al sol con su canción.
- Si yo fuera rico… Tipitipitipitipiti….-.
La muerte es solo un capítulo de la vida. Para algunos se trata del último. Para otros es la antesala de la tierra prometida. Para Froilán y sus amigos la muerte era esa  compañera de viaje capaz de convertir en una  partitura, desenfadada y alegre, todas las miserias de un texto que llamamos biografía.
 
El mismo sol que no dejó enfriar el cuerpo abatido de Segis castigaba el porche de Violeta. A esa hora no había alcanzado la altura suficiente y se colaba por debajo de las tejas. No quemaba todavía pero si obligaba a entornar los ojos.
Cambió la silla de posición para protegerse de los rayos de Helios. El café estaba casi frío, algo que se agradece en verano. El impacto del humo en los pulmones era algo que Violeta agradecía en cualquier momento.
P.P. no llamaba. Ni encontró mensajes suyos en el correo. No iba a ser ella la que rompiera el silencio. Quién se había marchado era él. Lo había hecho con la misma facilidad que un día llegó y se metió en su cama. Posiblemente ese fue el error. Convirtieron un brote de pasión en convivencia.
- Solo fue medio polvo lo que nos llevó a estos años en los que nunca completamos nada. Ni siquiera en la cama-.
Preguntarse las causas de un error es algo inviable para quién nunca se equivoca. Siempre busca la salida que permite descargar en los demás los motivos del fracaso.
- ¡P.P.! Creo que te quiero pero nunca habría llegado a amarte -.
Hay reflexiones que son solo frases aprendidas. Es muy difícil que almas sin alma consigan albergar sentimientos afectivos. Cualquier indicio de debilidad es devorado. En tierra estéril ninguna semilla puede germinar.
No era momento de pensar en aquello. Desde el porche se podía ver como las manecillas del reloj de la cocina palpitaban camino de las siete. En una hora estaría en su espacio natural. Allí si podía emerger, hacerse notar. No necesitaba a nadie para convertir en nadie a los demás.
Habían pasado semanas desde el alboroto de la queja. El ambiente se estaba relajando y se sentía triunfadora.
- No soporto la tranquilidad de Jacobo cuando se acerca a mi mesa como si no hubiera pasado nada. Es un pedante-.
Dejó la taza en el fregadero donde dormían los platos de la cena. Mientras cerraba la puerta pensó que tampoco era de su agrado la actitud de Aisha. La incomodaba que, en las últimas semanas, no reaccionara como antes cuando la presionaban.
- Se siente protegida. Cada vez que me acerco al tambor dos o tres coordinadores la rodean ¡Menuda escolta! Si quieren guerra, guerra tendrán-.
A medida que su mente se situaba en aquellas imágenes de la galera una furia sin sentido conquistaba todas sus terminaciones nerviosas. Este era su punto de partida perfecto para que el día resultara provechoso.
Le importaba muy poco que los coordinadores hubieran bajado la guardia buscando serenar el ánimo en aquellos días de tanta actividad. No le resultaría difícil traspasar la muralla humana que protegía Aisha. Y Jacobo andaba sin escolta. Parapetada en su impunidad se sentía vencedora.
 
Maruja llegó a tiempo de pedirle un café a la máquina y salir a la calle para tomarlo.
- Hola, Maruja. Buenos días-.
- Hola, Salitre. Buenos días-.
Diez segundos de silencio pueden ser atronadores.
- Salitre. No sé lo que me pasó ayer, pero…-. No la dejó terminar.
- Pasó lo que pasa cuando dos personas se atraen -.
Lo dijo con serenidad, quitándole asperezas a la duda.
- Yo no soy así, chico. De verdad. Me dejé llevar por no sé qué -.
- Te dejaste llevar por lo mismo que me llevó a mí. Somos dos personas sensibles. Solo eso-.
- No había hecho algo así desde que mi primer novio me llevaba al parking del estadio. Con él tampoco llegábamos al final, pero nos enredábamos hasta reventar. ¡La de pañuelos que tiré! -.
No contuvo su intención de carcajada. De nada servía reprimirse a base de conceptos ante algo que ya no tenía remedio.
- ¿Puedo confesarte algo, Maruja? -.
- No puedo decirte que no, Salitre -.
- Camino de casa, después de dejarte, no sé cuantas veces me llevé la mano a la cara para respirar el perfume de tu néctar-.
Maruja sintió como el rubor pintaba de rubor su rostro. Algo que ni siquiera le había sucedido en su adolescencia. Posiblemente porqué nadie le había dicho algo así.
- ¡Uff! Chico. No sé como salir de esto. No tiene sentido-.
-No salgas y verás como si tiene sentido-.
- Tengo que salir, chaval. No olvides que te llevo quince años y tengo una cosa que se llama marido-.
-Tú lo has dicho. Una cosa. Y que tengas cuarenta y cinco años no significa que hayas perdido tu derecho a vivir-.
Sabía envolverla con argumentos cargados de sentido. Aunque también era cierto que, a medida que iba creciendo su relación con Maruja, el cazador se sentía desarmado y dejaba paso a un extraño personaje en el que no era capaz de reconocerse. No estaba enamorado pero sentía un profundo respeto por aquella mujer. De algún modo la quería. A pesar de que era una experiencia temporal que tenía fecha de caducidad, la quería.
- Bueno. Ya veremos. Ahora vamos a trabajar. Son casi las ocho-.
Mientras subían a la galera los dos eran conscientes de que lo que estaba por ver llegaría y llegaría de inmediato.
 
- ¿Y el yayo?
- Libra. Libra hoy y mañana
- Bien. Entonces tú, Selena, sustituirás a Aisha en el control cuando se vaya a descansar. Estad atentos chicos. Que hoy hay mal ambiente-.
La mirada de los coordinadores se automatizó en dirección a la mesa de Violeta. El choque fue intenso. Todos sabían lo que decían aquellos ojos cuando lanzaban dardos a la sala.
- Hoy tenemos baile-. Selena tenía dos motivos para no sentirse a gusto. La predicción de Ambar y que fuera ella la recambio del tambor.
- Si, pero nosotros como si nada-. Belma quiso aportar ánimo recordando el compromiso adquirido por el equipo.
- Despacito y buena letra. Y si pasa algo hacedme el favor de decírmelo. ¿De acuerdo?-. Ambar sabía marcar pautas sin necesidad de dar órdenes tajantes.
La nueva no participó en el coloquio. En cuanto Ambar disolvió la reunión se dirigió a la sala. Las llamadas ya habían despertado.
- ¡Agilizamos, por favor! ¡Agilizamos en la medida de lo posible! -.
Mariona levantó la mano para que la nueva la ayudara.
- Espera. No sé si podemos autorizar esto. Déjame consultarlo-.
La respuesta a aquella duda era diáfana. Pero para Mariona no lo era  y no le extrañó que la nueva se dirigiera a la zona de supervisión para consultar.
- ¿Puedo preguntarte, Violeta?-.
Violeta apartó los ojos del ordenador y miró a la coordinadora.
- ¡Claro! Tú dirás-.
Le expuso la consulta, enredándola un poco. Lo suficiente para que Violeta no se apercibiera de su sencillez. No obstante le dio la respuesta en segundos. Apenas terminó quiso marcarle pautas a la coordinadora.
- Estad muy pendientes de la sala. Llevamos muy mal el nivel de servicio del mes y necesitamos que suba-.
- Ya sabes que puedes contar conmigo. Yo no pierdo el tiempo discutiendo lo que me mandan. Tú me entiendes-.
Violeta sonrió. La entendía. Aunque le importaba poco lo que dijera aquella coordinadora, le resultaba útil que intentara acercarse a ella para diferenciarse del resto. Seguía siendo parte de la plebe.
- Sigue así. Sigue trabajando así. Y si tienes cualquier duda vienes a verme tantas veces como sea preciso-.
La nueva fue en busca de Mariona para darle la respuesta con la satisfacción que produce un halago. Desde lo que ella entendió como el fracaso de la queja prefería acercarse al caballo ganador.
 
- Sigue, ¿no?-.
- Si, sigue intentando ser su amiga-.
- Y la otra la utilizará como submarino-.
- Seguro. Habrá que tener mucho cuidado con lo que hablamos delante de ella-
- Si, tendremos que ser cautelosos. Esta se lo larga a la primera-.
- Vamos a ser prudentes. En esto y en lo que le digamos a ella respecto al trabajo. Ya ves la que monta cuando se la corrige en algo. Cualquier día se va a recursos humanos a quejarse de nosotros-.
- Es increíble. Cree que todo el mundo está en su contra solo porqué se le recuerda que hay un modo establecido de hacer las cosas-.
- ¡En fin! Mejor evitar problemas. Solo nos faltaría eso. Tener problemas entre nosotros-.
-¡Mira que tienes buena fe! Con esta tendremos problemas o si, o si-.
- ¡Vale! ¡Vale! No digo nada más-
Las dos sabían que el problema existía. Lo sabían ellas y lo sabían los otros coordinadores.
Palmira entró en la sala de formación y las llamadas entraron de manera compulsiva en el tambor. Jairo Magno y Salomé recordaron por enésima vez que su vejiga era débil y, como si fueran siameses inseparables, emprendieron su fuga hacia el baño para que nada cambiara en la rutina de la sala.
Maruja y Salitre se habían sentado juntos. No podían hablar pero se comunicaban con el silencio que envuelve las miradas cuando han encontrado la senda de la complicidad. Los dos esperaban que dieran las cuatro para contestarse todas las preguntas y andar todos los caminos.
Ahisa respiraba tranquila desde que pudo comprobar que Violeta estaba en la sala de formación.
- Falsa alarma, chicos-. Ambar se había acercado para tranquilizar al equipo.
- Hasta las dos tendremos una mañana tranquila. Pero atentos a la cola. Por ese lado no podemos esperar tranquilidad-.
La nueva llegó tarde para escuchar a Ambar.
- ¿Qué ha dicho? ¿Algo importante?-.
- No, solo que diéramos caña hasta quitar la cola-.
 
Mariona lamentó no poder coincidir con Palmira en el descanso. Buscó la sombra y encontró a Waldo.
- ¡Hola! ¿Qué tal te va?-.
- Bien, gracias. Acostumbrándome a esto -.
- Creo que te han dejado sin pareja en la raspa -.
- Si, se viene con vosotros-.
- Lo que no sé es como te llamas. Yo soy Waldo-.
- Mariona, me llamo Mariona. Y ya sabía que tú eres Waldo. Eres toda una institución en la plataforma-.
- No creas. Lo que pasa es que soy más antiguo que la puerta y por eso todo el mundo me conoce-.
- Me gusta tu optimismo, Waldo. Es divertido escucharte decir eso de “somos felices aquí”. Da ánimo a primera hora-.
- Es una manera como otra de empezar el día. La verdad es que me siento bien y me gusta decirlo, aunque para ello haga uso de chanzas-.
- Nos animas a todos-.
- Me alegro de serte útil-.
- Te lo digo de verdad. Cuando llegué todo me parecía muy extraño, como si no fuera conmigo. Y gracias a Palmira y pequeños detalles como tus frases pude comprender que ser teleoperador no era algo tan malo como se piensa desde fuera-.
-Tenemos mala fama. Bueno, nosotros no. El sector. A mi también me pasó lo que a ti y ya llevo seis años en esto. No sé si ya sabría hacer otra cosa-.
- Espero no estar tanto tiempo. Pero si tengo que estarlo quiero sentirme como tú, feliz por ello-.
- ¿Sabes? Hagas lo que hagas tienes gente alrededor. A mi me ha permitido conocer personas excelentes, relacionarme con ellas, aprender. Con el tiempo vas descubriendo personajes acerca de los cuales llegas a preguntarte ¿Que hace aquí? Hay gente excepcional, de verdad. La mayoría son estupendos-.
- Habrás conocido a mucha gente en tanto tiempo-.
- Así es. Y a muchos que ya no están les echo de menos. Pero llegan caras nuevas y te compensan de esas ausencias que son inevitables-.
- Veo que tu frase acerca de la felicidad tiene mucho sentido-.
- Ser feliz en el trabajo, Mariona, es acomodarse a él buscando algo que te haga sentir bien. Yo lo encontré siempre en la relación con los demás. Aunque sea entre llamada y llamada y en los descansos. Tenemos tiempo para conocernos-.
- Me lo acabas de demostrar, Waldo-.
El reloj puso fin a la charla mientras Mariona ponía fin a los escasos temores que todavía tenía.
- Hay gente estupenda. Eso de coger llamadas no me acaba de entusiasmar, pero personas con Waldo lo hacen más llevadero-.
 
 
- Era un tío cojonudo-
- Si, le echaremos de menos-
Paco era el más afectado. Hacía muchos años que conocía a Segismundo.
- Recuerdo el día que Segis llegó a los bancos de la estación. Llegó más o menos bien vestido, con una maleta. Había perdido trabajo y familia de una tacada. Durmió en una pensión hasta que se le acabó el poco dinero que tenía. Nos dijo que con su edad y aquel aspecto le era imposible encontrar un curro.
Tenía toda la razón. En este país de mierda a los cincuenta ya eres viejo para trabajar-.
- ¿Hace mucho de eso?-.
- Si no hace quince años poco le debe faltar-.
- Nos hemos hecho viejos, compañeros-.
- Bueno, más que viejos somos mayores. Suena mejor ¿No?-.
Paco y Nicanor se rieron de la ocurrencia de Froilán. Admiraban a aquel hombre. Siempre encontraba las palabras exactas para definir las situaciones. No había perdido la exquisitez de sus orígenes familiares. Era un pensador que regalaba su sabiduría a todo aquel que se le acercaba.
- Habrá que estar atentos a cualquier señal que nos mande Segis desde el otro mundo. Nosotros vamos detrás, amigos. Y sería estupendo que él nos explicara como llegar sin extraviarnos-.
Nicanor cambió de conversación.
- Las noticias vuelan-.
- ¿Porqué dices eso?-.
- Lo digo, Paco, porqué el cajero ya tiene inquilino-.
Guió la mirada de los dos señalando con el dedo la entrada del banco donde un mendigo tan mendigo como ellos estaba dejando un fardo pegado a la pared.
- ¿Le conocemos?-.
- Creo que no. Pero debe venir de la alameda. Están en obras y allí no hay quien viva-.
- Vamos a saludarle y a preguntarle si necesita algo-.
- Eres la leche, Froilán. Seguro que necesita algo. Lo mismo que nosotros-.
- Entonces vamos a presentarnos y a compartir necesidades. No me cabe duda alguna, queridos compatriotas del olvido, que a Segis le encantaría darle la bienvenida al club-.
La solidaridad es algo que vociferan políticos y eclesiásticos desde el púlpito de su bienestar para encubrir la competitividad individualista en la que realmente viven. Unos la usan como escudo y otros la viven a pelo.
 
La formación se iba espesando. Los requisitos de una llamada de G Plus eran más complejos y requerían un seguimiento particular y estricto. A Palmira le gustaba. Con esa convicción esperó a que la máquina le dispensara el café que su cuerpo necesitaba. Obtenida la infusión salió a la calle para completar la dieta del descanso con un Pall Mall ligth que la esperaba dentro de una cajetilla azul.
- Ya no me valen excusas. Soy fumadora-.
Archivó el resultado de su auto análisis en la carpeta de varios de su mente. Una carpeta sin pestaña para que nada invitara a ver su contenido.
Palmira no era consciente de que en esa carpeta también guardaba su metamorfosis. Como una carcoma la vida de ciudad roía sus orígenes y cambiaba el canto de las cigarras y las noches silenciosas de su tierra natal  por el rugido del tráfico y las luces de neón. La fascinación del movimiento continuo invadía y derrotaba la insonoridad de la paz en la orilla del río.
 
Al llegar a casa Aisha intentó dejar el cansancio en la percha del recibidor. No lo consiguió. A regañadientes se llevó la carga hasta el sofá. No había sido un mal día. Pero cansa tanto el temor como la lucha.
La despertó el timbre de la puerta. A Ambar le había parecido buena idea pasar la tarde con ella.
Dejó de refunfuñar  cuando consiguió quitarse el sueño de encima. No podía ser injusta con Ambar.
- Perdona, chica. Pero me había quedado frita y tengo un mal despertar-.
- No te preocupes. A mi me pasa lo mismo. Hasta que no he tomado café no soy persona-.
- Pues tomemos ese café para que yo pueda ser tan persona como tú-.
Ambar aceptó la invitación.
- Al final el día no ha sido tan malo como esperábamos-.
-No. Bueno, para ti como supervisora puede que no. Para mi el día ha sido tan horrible como todos de un tiempo a esta parte-.
- ¿Porqué dices eso? Estamos cumpliendo con nuestro pacto. Vamos a lo nuestro pase lo que pase ¿O no?-.
- Si, Ambar. Vamos a lo nuestro. Pero tú sabes que la otra también va a lo suyo. Que esto es una tregua ficticia. Nosotros intentamos respetarla pero ella sigue buscando el resquicio por el que pueda meter la puya-.
- Es cierto. No ha bajado la guardia. Pero al menos no dispara-.
- Disparará, Ambar, disparará-.
- ¿Por eso estás tan tensa, Aisha?-.
- Si-.
Fue una respuesta seca que no admitía abreviaturas. Contestar con un monosílabo es más contundente que cualquier soliloquio extenso y preñado de justificaciones.
- ¿Estás mal, verdad?
Ambar lo preguntó conociendo la respuesta.
- Si. Mal y cabreada por la impotencia. Esto no mejorará. Estoy segura. Es más, iremos a peor. Y tú lo sabes. Está esperando el momento para jodernos vivos-.
- Lo sé. Aunque saberlo sirva de poco. Lo único que podemos hacer es seguir capeando el temporal-.
- Menuda perspectiva ¿No?-.
- Es lo que hay….Al menos es lo que me respondió el jefe cuando hablé con él la semana pasada-.
- Pues…  ¡Me cago en lo que hay!, Ambar-.
- Caguémonos juntas….Y llama a los demás para que se desahoguen con nosotros-.
- ¡La gran cagalinta!-.
Rieron satisfechas por la ocurrencia. Las tensiones se liberan en el espacio de lo incongruente. Los efectos del remedio son tan efímeros como sus componentes pero alivian.
Tomaron el café y se pusieron a hablar de cosas importantes. Ya le habían dedicado demasiado tiempo a la sordidez de un pensamiento que no era el suyo ni nunca lo sería.
Ya casi anochecía cuando Ambar la saludó desde la calle despidiéndose. Aisha bajó la persiana como si fuera el telón de un escenario cuando termina el primer acto. Todavía quedaban episodios por vivir en aquel drama sin autor.
 
Jacobo salió a la terraza para disfrutar del primer instante en que el calor disminuía. Vivía en una calle sin salida por la que solo circulaban los vehículos del vecindario. Era un barrio sin grandezas pero con arbolado, setos y algún que otro rosal cuyas flores desaparecían al mismo tiempo que se abrían sus capullos.
Un perro sin collar escarbaba la tierra al pié de un sauce llorón.
El Yayo escarbaba en el futuro intentando tejerlo con supuestos, intuición y pragmatismo.
El también estaba convencido de que en la galera se vivía una tregua que no se sostenía en ninguna voluntad. Era una paz temporal impuesta por la sobrecarga estival del trabajo. Algo frágil que se agrietaba a diario y perdía consistencia.
El perro encontró el hueso que en su día había enterrado cuidadosamente.  Blandiéndolo como un trofeo entre los dientes se detuvo frente a la casa de Jacobo.
- Hola, chiquitín. Has encontrado lo que buscabas ¿eh? ¡Anda! Ahora disfruta de tu hueso hasta que no le quede tuétano-.
El animal no le entendió pero permaneció inmóvil esperando que Jacobo continuara.
- ¿Estás solo verdad?  No tienes dueño. No eres el único. A las personas también nos pasa. Nos quedamos sin alguien a quien querer y no nos queda otra que desenterrar el hueso de nuestros recuerdos. Pero con eso no se vive…
Tú al menos le sacas partido a lo que tienes en la boca. Eres afortunado. Si te viera quién se yo se moriría de envidia-.
La cola del perro iba de un lado a otro como el contrapeso de un reloj de pared.
- ¿Estás contento porqué escuchas una voz? Más a tu favor cuando te comparo con otras soledades-.
El can seguía allí, con el hueso en la boca y sin mostrar intención alguna de moverse. Jacobo optó por entrar en el salón. Su guitarra dormía apoyada en un rincón de la pared. La reafinó y buscó el compás de los acordes de una de sus canciones más queridas.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan,
decir que somos quien somos.
Nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno;
estamos tocando el fondo, estamos tocando el fondo.
No es poesía gota a gota pensada,
no es un bello producto, no es un fruto perfecto.
Es lo más necesario, es lo que no tiene nombre,
son gritos en el cielo y en la tierra son actos.


lunes, 8 de octubre de 2012

MEMORANDUM DE NADA (15ª ENTREGA)



Viene de la 14ª entrega
Como siempre se añade a TODO LO PUBLICADO HASTA...

Como siempre me encontraréis en www.huffingtonpost.es
Buscáis Jaime Domingo y allí estaré
Como siempre también en http://nirosesnigavines.blogspot.com.es

PERDONAD EL DESPISTE..SON DÍAS DE MUCHO AJETREO PARA MI

PRÓXIMA ENTREGA: EL MARTES 16

Y a partir del martes recuperaremos la cadencia.. DOMINGOS Y JUEVES...


 
 
Mientras los ataviados de ciudadano perfecto  caminaban hacia el cobijo de sus casas con sus inquietudes a cuestas y la perentoria obligación de llegar, Froilán intentó que sus dientes desgastados asaltaran un pedazo de fuet. Su compañero de fatigas, el que gozaba del privilegio de dormir en el cajero del banco, le sorprendió en el intento. Viéndole acercarse Froilán le saludó.
- ¡Hola, Segis! ¿Qué tal tu día? -.
- ¡Hola, señorito Froilán! Mi día ha sido como todos. La gente ya no está por echarnos una mano. Piensan que somos de una esas mafias de Europa del Este y pasan de largo criticando -.
- Si, se nos ha puesto el oficio complicado con esos sinvergüenzas -.
Departieron sobre la situación de su mercado laboral sin llegar a conclusiones. Solo estuvieron de acuerdo en una idea común.
- Si nos dejaran crear un sindicato otro gallo cantaría -.
- Sería bueno, si. Pero eso también nos obligaría a darnos de alta en la Seguridad Social. Y nosotros somos igual que las putillas. Estamos pero solo nos ven cuando creen que somos una molestia… Anda, dale un mordisco a este fuet de Tarradellas que está buenísimo-.
Segis aceptó la invitación a pesar de que la intensa piorrea que padecía le iba a causar molestias a la hora de hincar el diente al embutido.
- ¿Estás seguro de que es de Tarradellas? Yo diría que es de El Pozo. Tiene esa textura peculiar que caracteriza a todos los productos de esa marca.
- No te lo puedo asegurar. Pero si tú lo dices no voy a discutirte, Segis. Confío plenamente en tu cata.
- Gracias por el halago, Froilán. Si no estuviera tan duro me mantendría firme en mi opinión. Pero, al secarse, ha perdido parte de su grasa; de esa grasa que me parece conocer cuando la muerdo. No importa la marca. Y seguro que al cerdo que mataron para convertirlo en pienso para humanos tampoco.
- ¡Interesante reflexión, amigo mío! -. Mientras dramatizaba gestualmente su comentario Froilán brindó alzando un cartón de vino.
- Hágame usted el honor de beber primero, don Segis-.
Segis accedió y bebió el primero. El cartón de Don Simón fue pasando del uno al otro hasta que Froilán descubrió que no tenía sentido ofrecérselo de nuevo a su amigo.
- Seco cómo el fuet –.
- Seco cómo los campos del barbecho -. A Segis le salió su raíz aragonesa.
- ¡Viva el sindicato de los sin nada! -.
- ¡Viva! -.
- ¡Putas y mendigos unidos jamás serán vencidos! -.
El parque estaba casi vacío. Las últimas sombras de la tarde iban ocupando el espacio que dejaban los visitantes. A Froilán le gustaba observar como esas sombras se estiraban hasta convertirse en una única oscuridad.
- ¿Qué miras con tanto interés, amigo mío? -.
- Verás, querido Segis. No sé cuantos años llevo aquí. Pero todavía no he conseguido descubrir cuál es la última sombra de la tarde y cuál la primera de la noche.
La noche escuchó el comentario de aquel hombrecito que siempre aguardaba su llegada y decidió dejarle una señal cuando las farolas de bajo consumo del parque comenzaron a parpadear. La sombra de aquellas antorchas sin llama se definía a medida que las bombillas alcanzaban la luminosidad que convertiría el silencio de un recinto casi vacío en un silencio iluminado.
 
A medida que se acercaba a su casa la charla con Froilán iba perdiendo encanto. Al bajar del coche ya le resultaba molesto haber confiado en un desconocido.
No quería entrar. Prefirió sentarse en una de las tumbonas que la esperaban bajo el porche. Al descubrir que ya no le quedaban cigarrillos en el bolso cambió de opinión. Sobre la mesa de la cocina encontró lo que buscaba y salió de nuevo al jardín.
- No tengo nada que escoger. Ni siquiera aquí tengo nada que elegir -.
Un grillo inició su concierto nocturno a escasos metros. Demasiado estruendo para tanta necesidad de silencio. Apagó el cigarrillo y entró en la casa. Al pié de la escalera la ceniza de su llanto de la tarde seguía ensuciando las baldosas. Ya estaba seca. Las lágrimas se evaporan. Así se sintió mientras ganaba la planta superior. Seca, como el tronco de un olivo milenario que hubiera renunciado a dar sustento a la almazara.
                                                                   “Cuantos siglos de aceituna
                                                                   los pies y las manos presos
                                                                   sol y sol y luna a luna
                                                                   pesan sobre vuestros huesos”
 El grillo se calló. La noche no dijo nada. Violeta no pudo llorar. No se trataba de elegir. La única manera de sobreponerse al fracaso es convertirlo en tu aliado.
Se durmió sin echar de menos a P.P. Ni siquiera se apercibió  que en la mesilla no la acompañaban el vaso de agua y el cenicero. Cuando nos secamos no necesitamos nada.
 
- Quédate conmigo esta noche, Mariona -.
Se lo pidió cargando sus palabras de una extraña mezcla de miedo y dulzura.
- Deja que llame a mis padres para avisarles. Y ya que me quedo moléstate en llamar a Tele Pizza y pedir algo para cenar -.
Palmira no se hizo rogar. Mientras su amiga hablaba con su casa pidió una cuatro estaciones familiar y dos refrescos.
- En aquella habitación encontrarás ropa. Creo que te sirve. Tienes un físico muy parecido al de Palmi -.
- No te preocupes. Seguro que me apaño ¿Tienes algo de beber mientras esperamos la cena? -.
- Puedo ofrecerte Trina o tónica. Solo que no tengo limón – mientras contestaba Palmira se levantó camino de la nevera.
- Me da lo mismo. Tomaré lo que tú no quieras -.
Palmira optó por la Nordic.
- Son más de las 10. Mañana no habrá quién nos levante -.
- A ti, Palmira, a ti…Yo mañana libro -.
A las 11 seguían conversando. Escuchándolas con interés una porción fría de pizza retozaba sobre la mesa esperando que alguna de las dos decidiera reconocer su exquisitez.
- Teníamos que haber pedido más bebida. Lo único que me queda es un vino de Jumilla que Palmi guardaba por si un día celebrábamos algo -.
- Rindámosle homenaje a ese vino, amiga mía. Al vino y a Palmira. Seguro que se alegra de ver como brindamos en su nombre -.
Era un poco ácido pero les pareció excelente. Al descorcharlo no solo liberaron los taninos de aquel tinto. También liberaron tensiones y nostalgias.
- ¿Cómo ves la botella, Palmira? ¿Medio llena? ¿Medio vacía? -.
- Doble, Mariona, la veo doble -.
Las mejillas de Palmira habían enrojecido y sus ojos brillaban. Mariona parecía más entera pero dejó de parecerlo cuando se atrevió a encender un cigarrillo. Superados los primeros espasmos de tos levantó el vaso que hacía las veces de copa.
- ¡Por nuestra amistad, operadora de Golden Plus! -.
- ¡Por nuestra amistad, querida novata! Novata en el curro y novata fumando -.
- Fumadora social, solo social. Igual que tú.
- Eso, fumadoras y bebedoras sociales -. Palmira bebió de un trago lo que quedaba en su vaso y se dejó caer de espaldas sobre el sofá. Mariona hizo lo mismo. Incapaz de seguir fumando apagó el cigarrillo y se quedó mirando a su amiga. Había cerrado los ojos y parecía entregada al sueño que provocan el cansancio y el alcohol cuando coinciden en la misma esquina del cerebro.
- ¿Duermes? -.
Palmira no quiso llevarle la contraria y no respondió. Mariona pensó que era inhumano despertarla. Optó por activar su despertador. A las seis la llamaría para que pudiera llegar a tiempo a la galera.
Mientras Mariona buscaba el sueño en una cama extraña Maruja lo perseguía al lado de Venancio preguntándose como, al cabo de tantos años, el hombre que roncaba a su lado podía parecerle un desconocido.
Antes de acostarse Salitre, había decidido cambiar de libro. A partir de mañana su cómplice estratégico sería “Crimen y castigo” de Dovstoyesky. Seiscientas páginas de historia para emprender el asedio final.
En la entrada del cajero Segismundo buscaba acomodo apoyando la cabeza sobre un viejo jersey doblado. Le había puesto una servilleta de papel encima para evitar el calor de la lana en una noche de verano. A veinte metros una prostituta se dejaba ver apoyada en la farola que iluminaba la esquina. Algún que otro coche reducía la marcha pero ninguno se detuvo. Si lo hizo una unidad de la policía local. Una agente le pidió a la hetaira que se identificara. Todo estaba en orden. Segis las miraba intentando comprender qué podía importarle a aquella mujer uniformada lo que estuviera haciendo otra mujer que vestía otro uniforme tan inconfundible como el suyo. Salió de su ensimismamiento cuando la policía se dirigió a él.
- No puede estar aquí, señor. Tengo que pedirle que se vaya. Y si no tiene a donde ir nosotros le llevaremos a un centro de acogida donde podrá pasar la noche – Lo dijo con la autoridad que le daba la placa que llevaba en el pecho. Sin embargo no se excedió. Más que una orden parecía un consejo.
- No se preocupe, agente. Ya estaba pensando en marcharme. Siga patrullando. Cuando pase otra vez por aquí no encontrará ni rastro de mi persona -.
- Espero que así sea, señor. Tiene usted diez minutos para abandonar el lugar
Segismundo hizo un gesto afirmativo y empezó a recoger sus cosas. La agente se dio por satisfecha y regresó al coche.
- Buenas noches, señor. En diez minutos regresamos. Espero que cumpla con su promesa -.
- Siempre cumplo, agente -.
Mientras el coche se alejaba Segismundo terminó de recoger sus múltiples despojos. Sabía que la patrulla regresaría. Tardaría mucho más que esos diez minutos anunciados pero volvería. Había que buscar otro lugar para pasar la noche. En verano no le preocupaba demasiado. A diez minutos de allí estaba la fachada sur del cementerio. Con un poco de suerte encontraría algún conocido y podrían revivir viejas historias. Incluso compartir algo de comida o de beber.
Emprendió la marcha para acabar perdiéndose al final de la avenida. Pasó junto al Parque. Al otro lado de los setos, muy cerca de allí, Froilán estaría disfrutando de su banco. Durmiendo o contemplando el reflejo de las farolas en el agua del estanque.
- Buenas noches, amigo. Somos afortunados. No vivimos encerrados entre cuatro paredes hipotecadas. Vivimos en todas partes y nadie nos cobra por ello.
Hoy aquí, mañana allí -.
Se sintió bien consigo mismo y aceleró el paso. Uno de sus zapatos no tenía cordón y la rozaba al caminar. Ya estaba acostumbrado. Mantuvo el caminar tarareando un canción de la que solo había memorizado la primera frase y unos compases.
- Si yo fuera rico…Tipitipitipitipiti….-.
 
Capítulo VI
Las alas rotas de Dédalo
 
Salió de la formación más predispuesta de lo que había entrado. Más predispuesta y no menos sorprendida de lo que ya estaba respecto al cambio que experimentaba Violeta cuando entraba en aquella sala. Toda su aspereza se convertía en afabilidad y su capacidad de transmisión era fluida, incluso entretenida.
A la una y media se dio por terminada la primera sesión. Salía a las tres y no le apetecía comer en casa. Bajó a la cafetería; antes de entrar sintió deseos de fumar. –Será verdad eso de que el tabaco engancha -. Prefirió no valorarlo y salió a la calle. Nadie conocido. Demasiado temprano para coincidir con los habituales.
- Hola, Palmira. ¿Qué tal la formación? -.
La pregunta de Jacobo le sonó en la espalda.
- Hola, Jacobo. Bien, la verdad es que se me ha quitado el miedo. Creo que puede ser incluso entretenido eso de atender a los Golden Plus -.
- Estupendo. Me alegro. No hay nada mejor que trabajar a gusto y convencido -
Palmira no se atrevía a intentar fumar negro. Pero pudieron más las ganas que el temor.
- ¿Te importa invitarme a fumar? Luego compro y te lo devuelvo -.
- No, por supuesto. Ni me importa ni tienes que devolvérmelo. Eso si, lo que puedo ofrecerte es negro -.
- Me arriesgaré a probarlo -. La respuesta de Palmira se entrecortó al notar el cambio.
- ¡Caramba! Es distinto. Pero no me disgusta -. Lo dijo con poca convicción. La misma con la que aseguró que le gustaba el primer cigarrillo que le ofreció Palmi en el parque.
- Bueno, Palmira. Voy a morder algo en la cafetería. Hoy no me dan de comer en casa
- Pues si no te importa te acompaño. Hoy no tengo intención de darme de comer a mi misma en casa -.
Dos ensaladas, un ragout  de ternera y para Palmira, mero en salsa. De postre dos tickets a cambio de los cuales obtendrían un café si se acercaban a la barra.
- Ya no voy a preguntarte como te sientes. Llevas suficiente tiempo entre nosotros y vemos que trabajas con soltura. Pero si quiero que me digas cual es tu estado de ánimo después de lo que pasó con Palmira Ochoa -.
Palmira de Palma entendió que Jacobo se interesaba por ella, por la persona. El trabajo era secundario. Se sintió confortada y no le importó sincerarse con su coordinador.
- Estoy rota, Jacobo. Rota y desconcertada. Espero que el tiempo me ayude a superarlo. Pero ahora, cuando todo es tan reciente, todavía no puedo creer que Palmira no esté y que la causa de su ausencia sea algo tan terrible -.
- Te entiendo. Son situaciones que se producen pero que siempre vemos como algo lejano, casi de ficción. Como si nunca nos pudiera alcanzar en el plano real de nuestras vidas. Cosas que se leen o se ven en televisión -.
- Si, Jacobo. Eso es lo que me parece. Es como esos accidentes de tráfico que cada fin de semana cierran los telediarios -.
- Algunos de esos accidentes los vivimos aquí, Palmira. Y ni siquiera parpadeamos cuando nos dicen que ha habido fallecidos. La muerte siempre nos parece lejana. Incluso cuando nos pasa tan cerca como a ti te pasó la de nuestra compañera -.
- Gracias por interesarte por mí. No sé si es bueno o malo hablar de esto. Pero me siento un poco menos angustiada después de comentarlo contigo -.
- No me cabe la menor duda, Palmira. Hablar de lo que nos agobia nos quita presión. ¡Bueno! Recuperemos la normalidad. ¿Café y cigarrillo? ¿Sólo café? ¿Sólo cigarrillo? Nos quedan 12 minutos. Mejor dicho, me quedan doce. No sé a ti -.
- Once. A mi me quedan once. Me apunto a “solo cigarrillo”. El café puede esperar a mañana. El cigarrillo no. Dame un minuto que voy a comprar -.
- Te espero fuera -.
Subieron juntos para matar los últimos sesenta minutos del día. Palmira se sentó junto a Ruth para escuchar como se atendían las llamadas de Goleen Plus. Jacobo cubrió a Aisha en el tambor mientras ella se tomaba su descanso de mediodía.
Las llamadas despertaron con ánimo de alterar los niveles de servicio tiñendo de rojo los monitores y la pantalla del tambor. Violeta vio en ello una excelente oportunidad para acercarse al control.
- Que los agentes en formación dejen de escuchar, regresen a sus puestos y cojan llamadas -.
Jacobo hizo una señal a Belma. En apenas dos minutos se habían cumplido las indicaciones de Violeta. El rojo de los paneles se convirtió en amarillo y la supervisora dio por buena la actuación de los coordinadores regresando a su mesa. Durante unos minutos fijó la mirada en la sala y en Jacobo. Los monitores ya se habían calmado. Era un buen momento para despachar el correo pendiente y esperar. Esperar que terminara la jornada y caminar por su primer día sin esperar la llegada de P.P. Dudó entre ir a casa o buscar distracción en otra parte. Tomaría su decisión al salir. Abrió el correo y se dispuso a despacharlo.
- ¡Menudo arreón nos acaban de dar! -.
Mientras hacía el comentario Maruja dejó los auriculares sobre el puesto y buscó a Salitre dos puestos a su izquierda. La cabina que los separaba estaba vacía.
- A esta hora siempre ocurre. El verano es así -.
Nada nuevo en la respuesta de Salitre que se limitó a constatar la evidencia.
- Voy al servicio. Todavía no me han dado la comida y ya no aguanto -.
La miró sin disimulo cuando se alejaba hacia la puerta. Le pareció más atractiva que nunca con aquella falda tubo que dibujaba una silueta estilizada que no se rompía cuando un blusón desenfadado permitía adivinar los misterios de su espalda.
- ¡Salitre! ¿En qué estamos? La llamada a la primera por favor -.
Selena le devolvió a la realidad. Pulsó la recepción de la llamada mientras se disculpaba con su coordinadora.
- Lo siento. Estaba distraído -.
- Nada nuevo bajo el sol -. Salitre no pudo escuchar la respuesta de Selena porqué ya estaba atendiendo a un buen hombre que había perdido las llaves de su coche a seiscientos kilómetros de su domicilio.
- Si, como usted me dice, dispone del duplicado en su casa podemos facilitarle un medio de transporte para que vaya a buscarlo y alguien se lo lleve…..-
Maruja regresó del baño, se puso en disponible y orientó la silla hacia su compañero. Sin dejar de atender la llamada Salitre se recreó en la imagen de aquella mujer que le ofrecía con desenfado la capacidad de seducción que pueden tener unas piernas cruzadas y una blusa que había regresado del baño un poco más abierta.
Venancio entró en el bar a caballo de una euforia que nada tenía que ver con la que habitualmente adquiría allí a base de cerveza.
- ¡Manolo! ¡Una ronda para todos, que paga el nene! -.
- Si con eso me dices que voy a tener un problema con tu mujer, olvídate Venancio -. La respuesta de Manolo fue contundente. Ya conocía las artimañas de Venancio y no estaba dispuesto a tener otro sarao con Maruja.
- ¡Que no, Manolo, que no! ¡Que me han concedido los 400 euros de ayuda! ¡Hay que celebrarlo! Te juro que te pago en cuanto cobre tío...Que solo somos cinco joder... ¡Anda, tira cañas para todos, y para ti también! -.
Manolo aceptó el riesgo. Media docena de cañas no eran demasiado. Mientras aclaraba los vasos decidió limitar su buena voluntad a una única ronda. Si Venancio intentaba prolongar el festejo con más bebida se negaría.
Los amigos de Venancio se solidarizaron con él haciéndose cargo, uno a uno, del pago de las cervezas que siguieron.
Mientras Venancio y su peña perdían el sur que les proponía la marca que rezaba en el grifo del bar Maruja perdía todos sus temores. Camino del parque Salitre aprovechó un semáforo para que sus manos se rozaran. Ambos se apercibieron que la descarga era muy fuerte. Salitre dejó su mano sobre la palanca del cambio y Maruja dejó la suya sobre la de aquel hombre que la estaba llevando a vivir de nuevo sensaciones olvidadas.
No se dijeron nada. El semáforo quiso ser inoportuno y la magia se diluyó como un edulcorante cuando siente el calor del líquido que pretende endulzar.
Los dos sabían que estaba llegando el momento en el que no se quiere controlar nada.
Venancio no se controlaba. Cinco rondas eran pocas.
- ¡Manolo! Ya que tú bebes y no pagas déjame pagar otra a mi. Te juro que te pago el día 5 -.
Estar detrás de la barra no liberaba a Manolo de la euforia que producen cinco cervezas a las cinco de la tarde.
- ¡Me ofendes, Venancio! ¡Me ofendes! Yo soy Manolo y Manolo es un señor. ¡Esta la paga la casa! Y no será una caña. Cuando paga Manolo se toman jarras -.
El murmullo del grupo parecía un canto coral dedicado a Baco. Vítores a Manolo, bravos al Ministerio de Trabajo, hurras a la alegría de llenarse de malta hasta sentirse dueños de un mundo inexistente.
Salitre aparcó a cien metros del parque. El silencio que había provocado aquel semáforo rojo parecía irrompible. Ninguno de los dos hizo el gesto de bajar. Solo las manos quisieron convertirse en mensajeras y volvieron a encontrarse.
Una presión suave, dulce, casi imperceptible y sin origen puede transmitir tanto como cientos de palabras. Un beso en el dorso de una mano que conserva destellos de Eau de Lencome pide permiso para derribar cualquier muralla.
Cuando una mujer arrastra esa mano hasta sus labios y corresponde ya no hay torres ni almenas que pretendan defender lo que no quiere defenderse.
Si dos bocas se buscan para sentir el roce de los labios y respirar entrega el deseo ha vencido y ya no sirven de nada normas y prejuicios.  Al llegar a este punto la avidez convierte el beso en encuentro y la piel se conmueve al sentir como el brazo envuelve la espalda, asciende hasta la nuca y empuja suavemente la cabeza para que el encuentro sea un estallido y el norte se olvide de que el sur también existe.
Venancio salió del bar con los ojos acristalados y perdidos en un horizonte confuso abarrotado de almas que caminaban en todos los sentidos en busca de un único destino. El calor de la calle incrementó la ebullición del alcohol. Estaba borracho. Se reconocía a si mismo cuando esto le ocurría.
- ¡Menuda mierda he pillado, chicos! Así no puedo ir a casa. ¿Vamos a dar una vuelta? Necesito que me de el aire -.
Nadie le contestó. Sus colegas seguían en el bar.
- ¡Claro! Vosotros aguantáis, cabrones, porqué habéis comido antes -. La arcada no le dejó seguir hablando solo. El suelo no se quejó cuando la bilis de Venancio se estrelló contra sus desgastadas baldosas. No era el primer borracho que certificaba su estado en aquel metro cuadrado de acera.
Se sintió liberado; entró de nuevo en el bar con la intención de rellenar el depósito que se le había vaciado tan bruscamente.
- No me pidas más que no estás para beber, Venancio. ¡Anda, siéntate aquí un ratito y tómate un café! Ahora mismo te lo pongo -.
No estaba en condiciones de discutir. Cruzó los brazos sobre la mesa para que su cabeza descansara sobre ellos. Mientras la Faema de Manolo erogaba el café intentó hacer cábalas con la porra que veía borrosa en la pared.
- Uno a uno. Seguro que empatan. Uno a uno. O cero a cero. Empate. -.
Al pensamiento confuso siguió un grito más confuso todavía.
- ¡Manoloooooooooooooo! Apúntame. Uno a uno. Y cero a cero. En cuanto cobre te pago. ¿Me has oído Manolillo?
 
- ¿Qué has hecho hoy? -.
- Poca cosa, la verdad. Cuando te has marchado ya no me he acostado. Habíamos dejado el salón como lo habíamos dejado y me he dedicado a ordenar un poco. Al salir de la ducha he visto que eran las diez. He cogido una blusa y un vaquero del armario de Palmira y me he ido a casa. Mi madre me estaba esperando para desayunar. Poco más, Palmira. Mañana te devuelvo la ropa; mamá la ha metido en la lavadora en cuanto me he cambiado  -.
- ¡Vale, vale, vale! ¡Menudo informe de actividad, chica! No pretendía eso al preguntarte. Oye…Me ha alegrado un montón que me llamaras. Se me hacía un mundo volver a casa. Gracias por eso, Mariona, de verdad -.
- Me gusta hablar contigo, Palmira. Llegué aquí un poco perdida y gracias a ti me estoy adaptando muy bien. Cuenta conmigo para lo que necesites -.
Siguieron caminando sin rumbo aunque sus pies las llevaban al Parque del Lago como si el sexto sentido se hubiera instalado entre sus dedos. Al doblar la esquina tuvieron que esquivar el territorio de Segis para llegar al paso de cebra que moría en la puerta principal del parque.
- Mira que es grande la ciudad. Y siempre acabo en el mismo sitio -.
Al hacer el comentario Palmira se estaba preguntando porqué se sentía tan atraída por un lugar como aquel. Allí su amiga le había confesado lo que le estaba sucediendo mientras los dos pequeños trepaban y se dejaban deslizar por un tobogán multicolor.
A pesar de todo seguía sintiéndose bien al pisar aquel camino de tierra que serpenteando entre la vegetación las llevaba al único banco en el que Palmira se había sentado. También la sorprendía encontrarlo siempre vacío. Solo le faltaba un cartel de prohibido o uno en el que se le declarara propiedad de Palmira y Palmira.
- Y ahora, propiedad de Mariona y Palmira -. Solo lo murmuró.
- No te he entendido, Palmira. ¿Decías algo? -.
- No, no. Disculpa. A veces hablo sola -.
Mariona respetó aquel lapso emocional de su amiga.
- Oye ¿Por qué no vamos a ver al vagabundo? Fue genial la charla que tuvimos con él -.
- Si no te importa vamos luego. Ahora me apetecería sentarme aquí y practicar nuestra condición de fumadoras sociales -.
Mariona no contestó. Aceptó tomando asiento.
- Bueno, fumemos. Pero ya sabes. Yo si soy fumadora social. O sea que tu pones el tabaco y el mechero. No tengo ninguna de las dos cosas en mi bolso -.
Fumaron. Mariona fumó y tosió a la vez sin quejarse. Palmira se rió de la tos hasta que le llegaron a la memoria los espasmos de sus bronquios cuando se atrevió a fumar aquel cigarrillo negro al que la invitó Jacobo.
Los vio acercarse correteando. En un primer instante no los había reconocido debido a la distancia. Fueron ellos los que pusieron en marcha el mecanismo del encuentro.
- ¡Tía Palmira! ¡Tía Palmira! –
Diez metros más atrás de Urko y Ainoa venían los abuelos. Amparo llevaba en la mano una peonza de colores chillones. Su marido un ABC doblado bajo el brazo y un bastón que le ayudaba a caminar. Siguieron con la mirada a sus nietos hasta que les vieron lanzarse sobre Palmira.
El Parque del Lago seguía siendo el corazón de aquellas vidas. Mariona entendió que era el momento de perderse.
- Vuelvo enseguida. Voy a por tabaco. Ya no quiero ser fumadora social -.
Palmira no lo oyó. Besaba y abrazaba sin parar a los chiquillos.
Los abuelos no quisieron ser abuelos. No conocían a aquella mujer pero sabían quién era. Se quedaron quietos, sin dar un paso, contemplando la escena. Sus rostros no transmitían nada. Pero se emocionaron al ver a los pequeños felices por su encuentro con Palmira. Estaban viendo a su hija. Hay felicidades inexplicables que no se pueden contar con un teclado. Hay lágrimas que solo brotan cuando entendemos la dulzura de los niños.
Los niños y los borrachos nunca mienten.
Venancio no mentía nuca porque vivía dentro de su propia mentira.
Maruja estaba aprendiendo a dejar de mentir desde la nueva mentira de su vida.
Salitre estaba descubriendo que mentir le había llevado a no saber mentir cuando estaba con Maruja.
Violeta se había quedado sin mentiras en su vida y ahora solo le importaba robarles la verdad a los demás.
El silencio más largo es aquel que nunca se produce.