>>>>>>> Viene de la ENTREGA 15...como siempre la pego también a TODO LO PUBLICADO...que encontraréis en Agosto<<<<<<<<<<<
Sigo en www.nirosesnigavines.blogspot.com.es , en www.huffingtonpost.es y en @domingojaime de Twitwer.
A pesar de estos días de vacío el blog está cerca de las 10.500 visitas. Muchas gracias.
A partir de hoy recuperamos la normalidad.
PRÓXIMA ENTREGA:
HAY CAMBIOS..OS PIDO DE NUEVO DISCULPAS..TENGO UN NERVIO AVERIADO Y ME RESULTA CASI POSIBLE ESCRIBIR..
HARE TODO LO POSIBLE POR COLGAR EL DOMINGO...MIL PERDONES...
Sigo en www.nirosesnigavines.blogspot.com.es , en www.huffingtonpost.es y en @domingojaime de Twitwer.
A pesar de estos días de vacío el blog está cerca de las 10.500 visitas. Muchas gracias.
A partir de hoy recuperamos la normalidad.
PRÓXIMA ENTREGA:
HAY CAMBIOS..OS PIDO DE NUEVO DISCULPAS..TENGO UN NERVIO AVERIADO Y ME RESULTA CASI POSIBLE ESCRIBIR..
HARE TODO LO POSIBLE POR COLGAR EL DOMINGO...MIL PERDONES...
- Pensé que te
ibas a alegrar cuando te contara lo de los cuatrocientos euros -.
- Me he
alegrado, Venancio, de verdad -. La respuesta de Maruja era tan poco
convincente como su sonrisa forzada. La mantuvo mientras se alejaba camino del
baño. Necesitaba lavarse las manos para no sentirse culpable.
- Vuelvo
enseguida -.
Venancio se dejó caer en el maltrecho sofá. Tampoco
se sentía demasiado bien por haber celebrado con euforia la noticia. En cuanto
Maruja saliera del baño se refrescaría para disimular un poco el hedor a
desenfreno que transmitía.
Mientras dejaba correr el agua para que Venancio la
oyera revivió su explosión de deseo con Salitre.
- No ha pasado
nada. Solo ha sido un instante de locura -. Su pensamiento intentaba
empequeñecer lo acontecido. Afortunadamente el lugar donde aparcaron estaba
expuesto al paso de la gente. La contradicción la inquietó tanto que el jabón
casi le resbala de las manos cuando intentaba borrar cualquier vestigio de ese
instante.
El día se precipitó en la oscuridad con la sensación
de que no había conseguido aportar nada a la memoria del tiempo. No era la
primera vez que le pasaba a lo largo de los siglos. Hay días que no cuentan.
A las seis y cuatro minutos el sol arañó el rostro
de Froilán como lo haría un perro que quiere despertar a su dueño. En verano
dormir en el parque es dormir poco.
Estaba entumecido y tuvo que hacer un esfuerzo para
redescubrirse. Buscó entre sus bolsas hasta encontrar un paquete de galletas. A
pesar de que estaban rotas y sabían a deshecho le sirvieron para engañar la
conciencia de su estómago. Necesitaba caminar un poco para que las piernas
recuperaran el tráfico sanguíneo. Lo hizo hasta la puerta del parque desde
donde se divisaba el cajero del banco.
- ¿Dónde se
habrá metido Segis? -
No era la primera vez que su amigo cambiaba de
domicilio fiscal.
- Le habrá
echado la bofia -
Si era así lo más probable es que Segismundo se
hubiera mudado a la pared del cementerio.
- Estará allí,
con Paco y Nicanor-.
Decidió darse un paseo hasta el cementerio. El día
era muy largo y convenía entretenerse hasta que llegaran los primeros
visitantes. Cerró las bolsas, las cubrió con la manta y puso todo debajo del
banco. Sus pertenencias no peligraban. Nunca nadie se interesó por sus lujos.
Palmira esperó a que la cafetera le brindara el
primer sabor del día. Le gustaba tomarlo pegada a la ventana del dormitorio.
- Aquí te
robaron la vida, Palmi -.
Quería imaginar lo que no vio a base de innumerables
conjeturas. Lo único que era capaz de interpretar sin esfuerzo era el final.
No saber ayuda a entender como queramos. Para
Palmira significaba no sentirse especialmente incómoda junto a aquella ventana.
- Aquí
habríamos sido felices -.
Le bastaba con eso para sentirse bien. Al menos
durante aquellos instantes previos al inicio de su jornada. Luego, en la galera
y a pesar de la intensidad del trabajo, su amiga iría tomando cuerpo y la
tristeza la derrotaría de nuevo.
- No sé si
debí decirle a Jacobo que ando destrozada-.
Llevó la taza a la cocina. El autobús pasaba en diez
minutos y no quería tener que esperar otros veinte hasta la llegada del
siguiente.
-¡Cuanta gente
hay hoy en el cementerio! –
Le faltaban cien metros para llegar y la docena de
personas que divisó le parecían muchas. A medida que se acercaba distinguió que
había policías y una cinta impedía el paso hacia el muro.
Nicanor vio como se acercaba y fue en su búsqueda.
- Han sido los
skins, Froilán -.
- ¿Qué han
hecho? -.
- Le han
matado. Le han matado a palos -.
- ¿A quién? ¿A
quién han matado?-.
- A Segis, han
matado a Segis-.
Se quedó sin aire en los pulmones.
- ¿Cómo ha
sido? –
- No lo sé,
Froilán. Pepe y yo nos habíamos recogido a la vuelta de la esquina del muro.
Allí hacía un poco más de fresco. Segis debió de pensar que no estábamos y se
quedó aquí, como siempre. Poco antes de que amaneciera escuchamos gritos.
Cuando llegamos Segismundo estaba tendido en el suelo, boca abajo, muerto. Pepe
tuvo tiempo de ver a varias motos alejándose. Uno de los motoristas llevaba una
chaqueta de cuero con los símbolos de la Vanguardia Nacional Revolucionaria-.
Lo dijo muy deprisa, como se cuentan las cosas que
no se quieren contar.
Froilán se abrió paso hasta llegar al límite de la
cinta. Unos hombres vestidos de gris estaban metiendo el cuerpo de Segis en una
bolsa. Lo levantaron lo justo para dejarlo caer dentro de una caja.
- No hay
diferencias en esto. Todos acabamos igual –
El coche de los forenses emprendió el camino de la
autopsia mientras la policía levantaba la cinta y pedía que la gente se
retirara del lugar.
- Ya no hay
nada que ver aquí –
Un murmullo respondió a la voz del policía. Paco,
Nicanor, Froilán y cinco vagabundos más hicieron caso omiso de la sugerencia.
Los policías subieron al coche para seguir las huellas del vehículo funerario.
En el suelo quedaron unas manchas de sangre apenas perceptibles. La tierra seca
tiene sed y se traga todo lo que pueda nutrirla.
Paco se acercó a Froilán poniéndole una mano en el
hombro.
- Ahora puedes
instalarte en el cajero. Te corresponde
por antigüedad -.
Con un gesto
brusco, Froilán se quitó de encima la mano de Paco.
- ¿Tú crees
que es momento de hablar de esto? -.
- Perdona,
chico. Pero ya sabes como van estas cosas. El que no corre vuela. Y si no te
instalas tú hoy mismo, mañana cualquier otro coleguilla se declarará heredero
universal de Segis -.
Froilán sonrió. Paco estaba en lo cierto.
- Si
quieres, Paco, puedes irte tú al cajero. Yo estoy bien en el parque. Allí tengo
mi mundo -.
- Ya me gustaría.
Pero no quiero dejar a Nicanor. Llevamos años juntos. Y en el cajero solo cabe
uno -.
- ¿Y si
vuelven los skins? -.
- Solo atacan
cuando te ven solo. Son unos cobardes de mierda. Con dos no se atreven -.
- Bien. Como
quieras. Pero yo me quedo en mi banco. Tengo un compromiso con el parque
¿sabes? Ya formo parte del paisaje y me gusta serlo-.
- Si quieres
te acompaño hasta allí. Así charlamos -.
- Me parece
una buena idea. Anda, ve a preguntarle a Nicanor si le apetece venir con
nosotros-.
Nicanor les escuchó y asintió con la cabeza.
Mientras caminaban hacia el parque Nicanor rompió el
silencio.
- ¿Alguno de
vosotros se acuerda de cómo era aquella canción que tanto le gustaba a Segis? -.
- Si, creo que
si. Era la canción de una película. “El violinista en el tejado”…creo-.
Froilán había respondido sin convicción, como si no
le hubiera gustado recordar.
- Si, si. Era
esa. Segis no se la sabía pero le gustaba cantarla. ¡Estaba graciosísimo cuando
marcaba el paso al compás de la canción -.
Paco cambió las palabras por gestos empezando a
imitar a Segis a base de caminar grotescamente.
Froilán pensó que era el momento de sentirse más
cerca del amigo que se les había marchado y dejó que la canción se le escapara
del alma.
- Si yo fuera
rico… Tipitipitipitipiti….-.
A la vez que cantaba se sumó a la mímica de Paco.
Nicanor solo necesitó tres segundos para sumarse a la coral. Horriblemente
sincronizados los tres desheredados del sistema continuaron su trayecto
desafiando al sol con su canción.
- Si yo fuera rico…
Tipitipitipitipiti….-.
La muerte es solo un capítulo de la vida. Para
algunos se trata del último. Para otros es la antesala de la tierra prometida.
Para Froilán y sus amigos la muerte era esa
compañera de viaje capaz de convertir en una partitura, desenfadada y alegre, todas las
miserias de un texto que llamamos biografía.
El mismo sol que no dejó enfriar el cuerpo abatido
de Segis castigaba el porche de Violeta. A esa hora no había alcanzado la
altura suficiente y se colaba por debajo de las tejas. No quemaba todavía pero
si obligaba a entornar los ojos.
Cambió la silla de posición para protegerse de los
rayos de Helios. El café estaba casi frío, algo que se agradece en verano. El
impacto del humo en los pulmones era algo que Violeta agradecía en cualquier
momento.
P.P. no llamaba. Ni encontró mensajes suyos en el
correo. No iba a ser ella la que rompiera el silencio. Quién se había marchado
era él. Lo había hecho con la misma facilidad que un día llegó y se metió en su
cama. Posiblemente ese fue el error. Convirtieron un brote de pasión en
convivencia.
- Solo fue
medio polvo lo que nos llevó a estos años en los que nunca completamos nada. Ni
siquiera en la cama-.
Preguntarse las causas de un error es algo inviable
para quién nunca se equivoca. Siempre busca la salida que permite descargar en
los demás los motivos del fracaso.
- ¡P.P.! Creo
que te quiero pero nunca habría llegado a amarte -.
Hay reflexiones que son solo frases aprendidas. Es
muy difícil que almas sin alma consigan albergar sentimientos afectivos.
Cualquier indicio de debilidad es devorado. En tierra estéril ninguna semilla
puede germinar.
No era momento de pensar en aquello. Desde el porche
se podía ver como las manecillas del reloj de la cocina palpitaban camino de
las siete. En una hora estaría en su espacio natural. Allí si podía emerger,
hacerse notar. No necesitaba a nadie para convertir en nadie a los demás.
Habían pasado semanas desde el alboroto de la queja.
El ambiente se estaba relajando y se sentía triunfadora.
- No soporto
la tranquilidad de Jacobo cuando se acerca a mi mesa como si no hubiera pasado
nada. Es un pedante-.
Dejó la taza en el fregadero donde dormían los
platos de la cena. Mientras cerraba la puerta pensó que tampoco era de su
agrado la actitud de Aisha. La incomodaba que, en las últimas semanas, no
reaccionara como antes cuando la presionaban.
- Se siente
protegida. Cada vez que me acerco al tambor dos o tres coordinadores la rodean
¡Menuda escolta! Si quieren guerra, guerra tendrán-.
A medida que su mente se situaba en aquellas
imágenes de la galera una furia sin sentido conquistaba todas sus terminaciones
nerviosas. Este era su punto de partida perfecto para que el día resultara provechoso.
Le importaba muy poco que los coordinadores hubieran
bajado la guardia buscando serenar el ánimo en aquellos días de tanta
actividad. No le resultaría difícil traspasar la muralla humana que protegía
Aisha. Y Jacobo andaba sin escolta. Parapetada en su impunidad se sentía
vencedora.
Maruja llegó a tiempo de pedirle un café a la
máquina y salir a la calle para tomarlo.
- Hola,
Maruja. Buenos días-.
- Hola,
Salitre. Buenos días-.
Diez segundos de silencio pueden ser atronadores.
- Salitre. No
sé lo que me pasó ayer, pero…-. No la dejó terminar.
- Pasó lo que
pasa cuando dos personas se atraen -.
Lo dijo con serenidad, quitándole asperezas a la
duda.
- Yo no soy
así, chico. De verdad. Me dejé llevar por no sé qué -.
- Te dejaste
llevar por lo mismo que me llevó a mí. Somos dos personas sensibles. Solo eso-.
- No había
hecho algo así desde que mi primer novio me llevaba al parking del estadio. Con
él tampoco llegábamos al final, pero nos enredábamos hasta reventar. ¡La de
pañuelos que tiré! -.
No contuvo su intención de carcajada. De nada servía
reprimirse a base de conceptos ante algo que ya no tenía remedio.
- ¿Puedo
confesarte algo, Maruja? -.
- No puedo
decirte que no, Salitre -.
- Camino de
casa, después de dejarte, no sé cuantas veces me llevé la mano a la cara para
respirar el perfume de tu néctar-.
Maruja sintió como el rubor pintaba de rubor su
rostro. Algo que ni siquiera le había sucedido en su adolescencia. Posiblemente
porqué nadie le había dicho algo así.
- ¡Uff! Chico.
No sé como salir de esto. No tiene sentido-.
-No salgas y
verás como si tiene sentido-.
- Tengo que
salir, chaval. No olvides que te llevo quince años y tengo una cosa que se
llama marido-.
-Tú lo has
dicho. Una cosa. Y que tengas cuarenta y cinco años no significa que hayas
perdido tu derecho a vivir-.
Sabía envolverla con argumentos cargados de sentido.
Aunque también era cierto que, a medida que iba creciendo su relación con
Maruja, el cazador se sentía desarmado y dejaba paso a un extraño personaje en
el que no era capaz de reconocerse. No estaba enamorado pero sentía un profundo
respeto por aquella mujer. De algún modo la quería. A pesar de que era una
experiencia temporal que tenía fecha de caducidad, la quería.
- Bueno. Ya
veremos. Ahora vamos a trabajar. Son casi las ocho-.
Mientras subían a la galera los dos eran conscientes
de que lo que estaba por ver llegaría y llegaría de inmediato.
- ¿Y el yayo? –
- Libra. Libra
hoy y mañana –
- Bien.
Entonces tú, Selena, sustituirás a Aisha en el control cuando se vaya a
descansar. Estad atentos chicos. Que hoy hay mal ambiente-.
La mirada de los coordinadores se automatizó en
dirección a la mesa de Violeta. El choque fue intenso. Todos sabían lo que
decían aquellos ojos cuando lanzaban dardos a la sala.
- Hoy tenemos
baile-. Selena tenía dos motivos para no sentirse a gusto. La predicción de
Ambar y que fuera ella la recambio del tambor.
- Si, pero
nosotros como si nada-. Belma quiso aportar ánimo recordando el compromiso
adquirido por el equipo.
- Despacito y
buena letra. Y si pasa algo hacedme el favor de decírmelo. ¿De acuerdo?-.
Ambar sabía marcar pautas sin necesidad de dar órdenes tajantes.
La nueva no participó en el coloquio. En cuanto
Ambar disolvió la reunión se dirigió a la sala. Las llamadas ya habían
despertado.
- ¡Agilizamos,
por favor! ¡Agilizamos en la medida de lo posible! -.
Mariona levantó la mano para que la nueva la
ayudara.
- Espera. No
sé si podemos autorizar esto. Déjame consultarlo-.
La respuesta a aquella duda era diáfana. Pero para
Mariona no lo era y no le extrañó que la
nueva se dirigiera a la zona de supervisión para consultar.
- ¿Puedo
preguntarte, Violeta?-.
Violeta apartó los ojos del ordenador y miró a la
coordinadora.
- ¡Claro! Tú
dirás-.
Le expuso la consulta, enredándola un poco. Lo
suficiente para que Violeta no se apercibiera de su sencillez. No obstante le
dio la respuesta en segundos. Apenas terminó quiso marcarle pautas a la
coordinadora.
- Estad muy
pendientes de la sala. Llevamos muy mal el nivel de servicio del mes y
necesitamos que suba-.
- Ya sabes que
puedes contar conmigo. Yo no pierdo el tiempo discutiendo lo que me mandan. Tú
me entiendes-.
Violeta sonrió. La entendía. Aunque le importaba
poco lo que dijera aquella coordinadora, le resultaba útil que intentara
acercarse a ella para diferenciarse del resto. Seguía siendo parte de la plebe.
- Sigue así.
Sigue trabajando así. Y si tienes cualquier duda vienes a verme tantas veces
como sea preciso-.
La nueva fue en busca de Mariona para darle la
respuesta con la satisfacción que produce un halago. Desde lo que ella entendió
como el fracaso de la queja prefería acercarse al caballo ganador.
- Sigue, ¿no?-.
- Si, sigue
intentando ser su amiga-.
- Y la otra la
utilizará como submarino-.
- Seguro.
Habrá que tener mucho cuidado con lo que hablamos delante de ella-
- Si,
tendremos que ser cautelosos. Esta se lo larga a la primera-.
- Vamos a ser
prudentes. En esto y en lo que le digamos a ella respecto al trabajo. Ya ves la
que monta cuando se la corrige en algo. Cualquier día se va a recursos humanos
a quejarse de nosotros-.
- Es
increíble. Cree que todo el mundo está en su contra solo porqué se le recuerda
que hay un modo establecido de hacer las cosas-.
- ¡En fin!
Mejor evitar problemas. Solo nos faltaría eso. Tener problemas entre nosotros-.
-¡Mira que
tienes buena fe! Con esta tendremos problemas o si, o si-.
- ¡Vale!
¡Vale! No digo nada más-
Las dos sabían que el problema existía. Lo sabían
ellas y lo sabían los otros coordinadores.
Palmira entró en la sala de formación y las llamadas
entraron de manera compulsiva en el tambor. Jairo Magno y Salomé recordaron por
enésima vez que su vejiga era débil y, como si fueran siameses inseparables,
emprendieron su fuga hacia el baño para que nada cambiara en la rutina de la
sala.
Maruja y Salitre se habían sentado juntos. No podían
hablar pero se comunicaban con el silencio que envuelve las miradas cuando han
encontrado la senda de la complicidad. Los dos esperaban que dieran las cuatro
para contestarse todas las preguntas y andar todos los caminos.
Ahisa respiraba tranquila desde que pudo comprobar
que Violeta estaba en la sala de formación.
- Falsa
alarma, chicos-. Ambar se había acercado para tranquilizar al equipo.
- Hasta las
dos tendremos una mañana tranquila. Pero atentos a la cola. Por ese lado no
podemos esperar tranquilidad-.
La nueva llegó tarde para escuchar a Ambar.
- ¿Qué ha
dicho? ¿Algo importante?-.
- No, solo
que diéramos caña hasta quitar la cola-.
Mariona lamentó no poder coincidir con Palmira en el
descanso. Buscó la sombra y encontró a Waldo.
- ¡Hola! ¿Qué
tal te va?-.
- Bien,
gracias. Acostumbrándome a esto -.
- Creo que
te han dejado sin pareja en la raspa -.
- Si, se
viene con vosotros-.
- Lo que no
sé es como te llamas. Yo soy Waldo-.
- Mariona,
me llamo Mariona. Y ya sabía que tú eres Waldo. Eres toda una institución en la
plataforma-.
- No creas.
Lo que pasa es que soy más antiguo que la puerta y por eso todo el mundo me
conoce-.
- Me gusta
tu optimismo, Waldo. Es divertido escucharte decir eso de “somos felices aquí”.
Da ánimo a primera hora-.
- Es una
manera como otra de empezar el día. La verdad es que me siento bien y me gusta
decirlo, aunque para ello haga uso de chanzas-.
- Nos
animas a todos-.
- Me alegro
de serte útil-.
- Te lo
digo de verdad. Cuando llegué todo me parecía muy extraño, como si no fuera
conmigo. Y gracias a Palmira y pequeños detalles como tus frases pude
comprender que ser teleoperador no era algo tan malo como se piensa desde
fuera-.
-Tenemos
mala fama. Bueno, nosotros no. El sector. A mi también me pasó lo que a ti y ya
llevo seis años en esto. No sé si ya sabría hacer otra cosa-.
- Espero no
estar tanto tiempo. Pero si tengo que estarlo quiero sentirme como tú, feliz
por ello-.
- ¿Sabes?
Hagas lo que hagas tienes gente alrededor. A mi me ha permitido conocer
personas excelentes, relacionarme con ellas, aprender. Con el tiempo vas
descubriendo personajes acerca de los cuales llegas a preguntarte ¿Que hace
aquí? Hay gente excepcional, de verdad. La mayoría son estupendos-.
- Habrás
conocido a mucha gente en tanto tiempo-.
- Así es. Y
a muchos que ya no están les echo de menos. Pero llegan caras nuevas y te
compensan de esas ausencias que son inevitables-.
- Veo que
tu frase acerca de la felicidad tiene mucho sentido-.
- Ser feliz
en el trabajo, Mariona, es acomodarse a él buscando algo que te haga sentir bien.
Yo lo encontré siempre en la relación con los demás. Aunque sea entre llamada y
llamada y en los descansos. Tenemos tiempo para conocernos-.
- Me lo
acabas de demostrar, Waldo-.
El reloj puso fin a la charla mientras Mariona ponía
fin a los escasos temores que todavía tenía.
- Hay gente
estupenda. Eso de coger llamadas no me acaba de entusiasmar, pero personas con
Waldo lo hacen más llevadero-.
- Era un
tío cojonudo-
- Si, le
echaremos de menos-
Paco era el más afectado. Hacía muchos años que
conocía a Segismundo.
- Recuerdo el
día que Segis llegó a los bancos de la estación. Llegó más o menos bien
vestido, con una maleta. Había perdido trabajo y familia de una tacada. Durmió
en una pensión hasta que se le acabó el poco dinero que tenía. Nos dijo que con
su edad y aquel aspecto le era imposible encontrar un curro.
Tenía toda
la razón. En este país de mierda a los cincuenta ya eres viejo para trabajar-.
- ¿Hace mucho
de eso?-.
- Si no hace
quince años poco le debe faltar-.
- Nos hemos
hecho viejos, compañeros-.
- Bueno,
más que viejos somos mayores. Suena mejor ¿No?-.
Paco y Nicanor se rieron de la ocurrencia de
Froilán. Admiraban a aquel hombre. Siempre encontraba las palabras exactas para
definir las situaciones. No había perdido la exquisitez de sus orígenes
familiares. Era un pensador que regalaba su sabiduría a todo aquel que se le
acercaba.
- Habrá que
estar atentos a cualquier señal que nos mande Segis desde el otro mundo.
Nosotros vamos detrás, amigos. Y sería estupendo que él nos explicara como
llegar sin extraviarnos-.
Nicanor cambió de conversación.
- Las
noticias vuelan-.
- ¿Porqué
dices eso?-.
- Lo digo,
Paco, porqué el cajero ya tiene inquilino-.
Guió la mirada de los dos señalando con el dedo la
entrada del banco donde un mendigo tan mendigo como ellos estaba dejando un
fardo pegado a la pared.
- ¿Le
conocemos?-.
- Creo que no.
Pero debe venir de la alameda. Están en obras y allí no hay quien viva-.
- Vamos a
saludarle y a preguntarle si necesita algo-.
- Eres la
leche, Froilán. Seguro que necesita algo. Lo mismo que nosotros-.
- Entonces
vamos a presentarnos y a compartir necesidades. No me cabe duda alguna,
queridos compatriotas del olvido, que a Segis le encantaría darle la bienvenida
al club-.
La solidaridad es algo que vociferan políticos y eclesiásticos
desde el púlpito de su bienestar para encubrir la competitividad individualista
en la que realmente viven. Unos la usan como escudo y otros la viven a pelo.
La formación se iba espesando. Los requisitos de una
llamada de G Plus eran más complejos y requerían un seguimiento particular y
estricto. A Palmira le gustaba. Con esa convicción esperó a que la máquina le
dispensara el café que su cuerpo necesitaba. Obtenida la infusión salió a la
calle para completar la dieta del descanso con un Pall Mall ligth que la
esperaba dentro de una cajetilla azul.
- Ya no me
valen excusas. Soy fumadora-.
Archivó el resultado de su auto análisis en la
carpeta de varios de su mente. Una carpeta sin pestaña para que nada invitara a
ver su contenido.
Palmira no era consciente de que en esa carpeta
también guardaba su metamorfosis. Como una carcoma la vida de ciudad roía sus
orígenes y cambiaba el canto de las cigarras y las noches silenciosas de su
tierra natal por el rugido del tráfico y
las luces de neón. La fascinación del movimiento continuo invadía y derrotaba
la insonoridad de la paz en la orilla del río.
Al llegar a casa Aisha intentó dejar el cansancio en
la percha del recibidor. No lo consiguió. A regañadientes se llevó la carga
hasta el sofá. No había sido un mal día. Pero cansa tanto el temor como la
lucha.
La despertó el timbre de la puerta. A Ambar le había
parecido buena idea pasar la tarde con ella.
Dejó de refunfuñar
cuando consiguió quitarse el sueño de encima. No podía ser injusta con
Ambar.
- Perdona,
chica. Pero me había quedado frita y tengo un mal despertar-.
- No te
preocupes. A mi me pasa lo mismo. Hasta que no he tomado café no soy persona-.
- Pues
tomemos ese café para que yo pueda ser tan persona como tú-.
Ambar aceptó la invitación.
- Al final el
día no ha sido tan malo como esperábamos-.
-No. Bueno,
para ti como supervisora puede que no. Para mi el día ha sido tan horrible como
todos de un tiempo a esta parte-.
- ¿Porqué
dices eso? Estamos cumpliendo con nuestro pacto. Vamos a lo nuestro pase lo que
pase ¿O no?-.
- Si,
Ambar. Vamos a lo nuestro. Pero tú sabes que la otra también va a lo suyo. Que
esto es una tregua ficticia. Nosotros intentamos respetarla pero ella sigue
buscando el resquicio por el que pueda meter la puya-.
- Es
cierto. No ha bajado la guardia. Pero al menos no dispara-.
-
Disparará, Ambar, disparará-.
- ¿Por eso
estás tan tensa, Aisha?-.
- Si-.
Fue una respuesta seca que no admitía abreviaturas.
Contestar con un monosílabo es más contundente que cualquier soliloquio extenso
y preñado de justificaciones.
- ¿Estás mal,
verdad?
Ambar lo preguntó conociendo la respuesta.
- Si. Mal y
cabreada por la impotencia. Esto no mejorará. Estoy segura. Es más, iremos a
peor. Y tú lo sabes. Está esperando el momento para jodernos vivos-.
- Lo sé.
Aunque saberlo sirva de poco. Lo único que podemos hacer es seguir capeando el
temporal-.
- Menuda
perspectiva ¿No?-.
- Es lo que
hay….Al menos es lo que me respondió el jefe cuando hablé con él la semana
pasada-.
-
Pues… ¡Me cago en lo que hay!, Ambar-.
-
Caguémonos juntas….Y llama a los demás para que se desahoguen con nosotros-.
- ¡La gran
cagalinta!-.
Rieron satisfechas por la ocurrencia. Las tensiones
se liberan en el espacio de lo incongruente. Los efectos del remedio son tan
efímeros como sus componentes pero alivian.
Tomaron el café y se pusieron a hablar de cosas
importantes. Ya le habían dedicado demasiado tiempo a la sordidez de un
pensamiento que no era el suyo ni nunca lo sería.
Ya casi anochecía cuando Ambar la saludó desde la
calle despidiéndose. Aisha bajó la persiana como si fuera el telón de un
escenario cuando termina el primer acto. Todavía quedaban episodios por vivir
en aquel drama sin autor.
Jacobo salió a la terraza para disfrutar del primer
instante en que el calor disminuía. Vivía en una calle sin salida por la que
solo circulaban los vehículos del vecindario. Era un barrio sin grandezas pero
con arbolado, setos y algún que otro rosal cuyas flores desaparecían al mismo
tiempo que se abrían sus capullos.
Un perro sin collar escarbaba la tierra al pié de un
sauce llorón.
El Yayo escarbaba en el futuro intentando tejerlo
con supuestos, intuición y pragmatismo.
El también estaba convencido de que en la galera se
vivía una tregua que no se sostenía en ninguna voluntad. Era una paz temporal
impuesta por la sobrecarga estival del trabajo. Algo frágil que se agrietaba a
diario y perdía consistencia.
El perro encontró el hueso que en su día había
enterrado cuidadosamente. Blandiéndolo
como un trofeo entre los dientes se detuvo frente a la casa de Jacobo.
- Hola,
chiquitín. Has encontrado lo que buscabas ¿eh? ¡Anda! Ahora disfruta de tu
hueso hasta que no le quede tuétano-.
El animal no le entendió pero permaneció inmóvil
esperando que Jacobo continuara.
- ¿Estás solo
verdad? No tienes dueño. No eres el
único. A las personas también nos pasa. Nos quedamos sin alguien a quien querer
y no nos queda otra que desenterrar el hueso de nuestros recuerdos. Pero con
eso no se vive…
Tú al menos
le sacas partido a lo que tienes en la boca. Eres afortunado. Si te viera quién
se yo se moriría de envidia-.
La cola del perro iba de un lado a otro como el
contrapeso de un reloj de pared.
- ¿Estás
contento porqué escuchas una voz? Más a tu favor cuando te comparo con otras
soledades-.
El can seguía allí, con el hueso en la boca y sin
mostrar intención alguna de moverse. Jacobo optó por entrar en el salón. Su
guitarra dormía apoyada en un rincón de la pared. La reafinó y buscó el compás
de los acordes de una de sus canciones más queridas.
“Porque
vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan,
decir que
somos quien somos.
Nuestros
cantares no pueden ser sin pecado un adorno;
estamos
tocando el fondo, estamos tocando el fondo.
No es
poesía gota a gota pensada,
no es un
bello producto, no es un fruto perfecto.
Es lo más
necesario, es lo que no tiene nombre,
son gritos
en el cielo y en la tierra son actos.