CAPITULO
II
La
serpiente del terrario.
No le desagradaba limpiar. Lo que sublevaba a
Palmira era que, el día que lo hacía, tenía que asumir toda la falta de esmero
de María cuando le correspondía a ella la tarea de mantener digna la vivienda.
Era necesario que hablaran. Lo intentaría por la noche.
Mientras el quita grasas del horno se disolvía en
una espuma verdusca se tomó un respiro en la terraza. Apoyada en la barandilla
veía el ir y venir de la gente por la calle. Los pensamientos también iban y
venían buscando lugar en su ordenado y
meticuloso intelecto. Uno de esos pensamientos no conseguía su objetivo. Cuando
esto ocurre las ideas se convierten en pregunta. Era su día libre y no era
momento de pensar en la galera. Desconectó regresando a la cocina.
Salitre entregó el justificante de su injustificable
ausencia y abordó la primera llamada con un gesto de satisfacción en la cara.
Había buscado un puesto que consideraba estratégico porqué le permitía otear no
menos de veinte cabinas que, a la vez, estaba en una zona de paso habitual para
los coordinadores.
Nunca resolvía con rapidez. Siguiendo las
indicaciones del tambor Ingrid se acercó para ver que sucedía. –Salitre, date prisa por favor-. La miró
con ironía y desviando su atención al monitor, respondió –Ayer no me pedías eso- . Ingrid no se inmutó. –No hizo falta, no me diste tiempo a pedirte nada-. Entre disparo y
disparo Salitre seguía atendiendo la llamada. Una nueva pausa le permitió
regresar a la batalla. Su pedantería afloró con contundencia –La próxima vez me pedirás que lo haga-…
-¿Quién te ha dicho que la habrá?-. La
respuesta de Ingrid dio por terminada la consulta. Mientras se alejaba levantó
la voz para que Aisha la escuchara instigar a Salitre. -¡Vamos!...Termina de una vez-.
Ingrid prescindió del café cuando Aisha la mandó a descansar. Buscó la calle para liar un cigarrillo. Tenía dos llamadas perdidas que no quiso devolver. Las dos eran del banco. El cerco se estrechaba y apenas tenía margen para solucionar el problema. Cuando Iván le dijo aquel inesperado “quiero que te vayas” fue él quien hizo la maleta. No aportaba demasiado a la vida en común pero su contribución era decisiva a la hora de hacerle frente a la hipoteca que Ingrid estaba amortizando con lagunas y que ya había renegociado en dos ocasiones. Hacía seis meses que no conseguía recuperar el retraso. La marcha de Iván la estaba llevando al límite que los bancos necesitan para dejar de escuchar promesas.
Intentó desprenderse de la preocupación. Entró el la
sala dispuesta a reemprender su tarea la galera. Ambar la estaba esperando a
mitad de pasillo. –Ingrid, por favor.
Habla con Maruja de este servicio. Tiene que prestar más atención a lo que
hace. Hazlo ahora, por favor. El cliente está esperando mi respuesta- .
Buscó a Maruja, esperó que terminara su llamada y la
pidió que la acompañara a uno de los despachos que se encontraban al otro lado
del tabique.
Los operadores sabían que cruzar la puerta era
entrar en la celda de castigo. No tenían posibilidad de ver pero si podían esperar
al regreso de su compañero para conocer la causa de lo que no podía ser sino
una llamada de atención.
Mientras Ingrid y Maruja recorrían el tramo que las
separaba de la privacidad el murmullo habitual de la plataforma sonó de modo
distinto. Los coordinadores reaccionaron de inmediato. –Bajamos el tono de la sala, por favor- . Cuando todos a la vez
insistían en ello al volumen de la sala se sumaba el de su canto coral
consiguiendo el efecto contrario. Pero
esta era la liturgia establecida y se ejecutaba escrupulosamente para la
satisfacción de algunos y la incomprensión de casi todos.
Apenas hablaron de lo que tenían que hablar. Ingrid
le quitó importancia al tema, se comprometió a aclarar el malentendido y pasó a
interesarse por la vida de Maruja. La operadora se extrañó pero, prudentemente,
se dejó llevar por el cauce propuesto por su coordinadora. Hábilmente, Ingrid,
recondujo lo familiar a lo económico. El tiempo apuraba y perdió el control.
- Maruja,
quiero ayudarte…No quiero que te perjudique algo como esto que ha pasado hoy.
Puedes contar conmigo-. Hizo una pausa buscando asentimiento y gratitud en
la cara de la agente que lo único que mostraba era confusión. –Si todos nos ayudamos las cosas irán mucho
mejor. Si yo te ayudo y tú me ayudas, los problemas se resuelven- . Perder
el control contra reloj nos lleva a cometer errores sin retorno; hizo lo que no
debía. Le contó su desesperación y la necesidad urgente que tenía de reunir
tres mil quinientos euros.
Maruja fingió no ofenderse. Salió del paso afirmando
que comprendía su situación pero que no estaba en condiciones de ayudarla.
Ingrid se arrepintió del error y buscó una salida inexistente pidiéndola que ya que no podía ayudarla materialmente lo
hiciera evitando cualquier comentario. Maruja dejó de fingir que no estaba
ofendida para fingir lo contrario. -¡Por
favor!. Puedes contar con ello. Tu misma lo has dicho. Si tú me ayudas….yo te
ayudaré-. Babeaba con sorna cuando convirtió su respuesta en un mensaje que
la coordinadora entendió como una sentencia –Esta cabrona me acaba de joder-. No tuvo tiempo de masticar su
propio pensamiento cuando otro la transportó a la realidad. –Me he jodido, yo…me he jodido sola-. No
era momento de llorar por lo que se limitó a abrir la puerta invitando a Maruja
a regresar a la sala.
A la media hora una veintena de remeros ya sabían
que podían dañar la galera en un costado. Un látigo menos.
La desesperación nunca razona, solo empuja. A pesar
de la mala experiencia vivida con Maruja. En los días siguientes Ingrid iba a
cometer el mismo error. La onda expansiva de su angustia llegó a alcanzar,
incluso, a algún coordinador. Pronto alcanzaría a su destino.
El apartamento estaba listo, limpio, ordenado,
digno, perfumado. Palmira no quiso ser la primera en ensuciar el resultado de
su esfuerzo. Le sentaría bien un paseo hasta Mc Donald’s para saciar el apetito
que ya la advertía de falta de combustible. Tiró de la reserva para llegar en
apenas diez minutos. En la cola decidió que no tenía decidido que iba a pedir
cuando llegara su momento.
Cambió de mesa cuando en la contigua una familia
ponía orden al bullicio de cuatro chiquillos imposibles de controlar. Le faltó
valor para pedirles que bajaran el tono y se escabulló al otro lado del salón sin
necesidad de pulsar ninguna tecla que indicara a donde iba. La puerta del baño
estaba a cinco metros.
-¡Hola,
Palmira..Soy Palmi!...- . No esperaba la llamada de su amiga y se alegró. -¿Tienes algún compromiso esta tarde? No
le hizo falta consultar su agenda para responder que no. –Se me ha ocurrido que podríamos dar un paseo por el Parque del Lago,
ese que está cerca de tu casa…Así charlamos un poquito y conoces a mis hijos-.
La sutilidad que atesoraba le permitió interpretar sin mayor aclaración que su
compañera tenía necesidad de hablar.
–Es una buena
idea, Palmi…Me encanta. ¿A qué hora nos vemos?-. A las dos les pareció bien
verse a las cinco. Y a las cinco se vieron.
No había demasiada gente en el parque. Se sentó en
un banco repintado con graffitis de bandas callejeras. El lago sesteaba bajo la
caricia de un sol agradable. Dos bancos más arriba, en el paseo, un sin techo
le pedía al mismo sol el calor que por
la noche le negaba.
Los dos pequeños resultaban entrañables. Le
regalaron un beso a la amiga de su madre sin necesidad de convencerles. Miraron
los columpios y miraron a Palmi. Les bastó un gesto maternal para salir
corriendo y buscar aventuras de piratas y marinos trepando por hierros de color
entrelazados.
La empatía era evidente. Desde aquella comida compartida
en el jardín su relación se afirmaba sin temores. La confianza es el segundo
paso en el tránsito a la amistad. De la confianza a la confidencia solo hay
otro paso y aquella tarde lo dieron.
Palmi necesitaba algo más que a su familia para
darle salida a todas las inquietudes que la invadían. Sus padres eran
prudentes, demasiado prudentes. No paraban de decirla que intentara arreglar la
situación con su marido. Que tenían que pensar en los niños. Que un bofetón
podía escapársele a cualquiera.
Era difícil situarles en el plano real de lo que
había soportado hasta el momento en que tomó la decisión de salir del infierno
con sus hijos, pedirle al taxi que se parara en la comisaría y buscar asilo el
hogar paterno hasta que el magistrado, en un juicio rápido y átono dictó el
alejamiento como medida preventiva.
El miedo no lo quita el dictamen de un juez. Como
nada la libraba de la angustia de contar una mentira cuando Urko y Ainoa
preguntaban por su padre. La presión consumía su entereza. Al salir de la plataforma
temía el reencuentro con la realidad. Hacía lo único que podía hacer. Recoger a
los chiquillos en la escuela tan rápido como le era posible temiendo que Aitor apareciera.
Nunca hacía el mismo recorrido para llegar a la parada y no se sentía tranquila
hasta que el bus les dejaba frente a la casa de sus padres.
-Me gustaría ayudarte, Palmi, solo que no sé cómo, pero dime lo que puedo hacer….quiero que cuentes conmigo -. Balbuceó al ofrecerse a su amiga mientras la mirada de ambas se llenaba de esa lluvia que provocan el miedo y la tristeza. Se abrazaron. Urko y Ainoa seguían escalando el infinito trepando por un castillo de sueños. metal y madera. Cuando llegaron arriba llamaron a su madre. –¡Mira mamá, mira!…¡Hemos llegado arriba! -. Movían los brazos como si agitaran la bandera de su hazaña. Palmi les correspondió imitando su gesto con las manos mientras intentaba encontrar una sonrisa. -¿Porqué a mi, Palmira, porqué me tiene que pasar esto?- Reaccionó de inmediato abandonando el regazo de su amiga y dándole trabajo a un pañuelo de papel. –Jo, chiquilla, después de esta no me querrás ver ni en pintura. Perdóname Palmira, no quiero atribularte con mis penas-. No obtuvo respuesta porqué, por parte de Palmira no la podía haber. Se limitó a cogerle las manos y entregarle su amistad sin malgastar una sola palabra. Pasados unos segundos inmedibles tomó la decisión de decir algo. -¿Tienes un cigarrillo, Palmi?-. –Pero, si tú no fumas- A la lógica reacción de su amiga, Palmira respondió con un guiño. –Hoy si, hoy fumamos-.
Urko y Ainoa seguían llenando su infancia de
aventuras. Al otro lado del estanque, apenas a treinta metros, al amparo de un
chopo, Aitor observaba a las dos mujeres sin perder detalle. Las vio
levantarse, gesticular para que los niños se acercaran y marcharse por el paseo
hacia la salida del parque. Dos bancos más arriba el sin techo se despedía del
sol pidiéndole que no tardara en regresar.
Aitor tiró al suelo el cigarrillo que acababa de
encender y lo pisó con rabia hasta que se desmenuzó en la gravilla. Sin
despedirse del chopo deshizo el camino que le había llevado hasta allí
siguiendo los pasos de Palmi.
A la una de la madrugada Palmira renunció a esperar. María no llegaba y si lo hacía evitaría cualquier conversación alegando que era tarde para eso. Se encerró en su habitación husmeando en la red páginas que hablaran acerca de la violencia de género.
Palmi, antes de acostarse, tuvo que enfrentarse a la
rigidez de su padre que seguía empeñado en buscar la salida correcta a la
inexplicable situación de su hija. La cena fue parecida a la que los autores de
la biografía de Cristo describen como la última. Era la víspera de un viernes
en un país en el que las creencias convierten un viernes de dolor en el más
importante del año.
Alrededor de la una buscó en la oscuridad del
silencio la postura idónea que la permitiera descansar sobre aquel sofá
castigado por los años. Cuando el sueño se apiadó de su cansancio el cuerpo se
durmió. Ella no pudo.
El viernes pasó por el calendario dándole prisa a todo el mundo. Se ensañó incluso con el sin techo del parque cuando a las seis de la mañana abrió la compuerta del cielo para que la lluvia convirtiera en inútil el amasijo de cartones que le cubrían. El mendigo maldijo su fortuna. Salió de su trinchera y corrió a buscar refugio en la entrada de una oficina de Banesto. En el interior, junto al cajero automático dormía otro desheredado de la vida. -¡Este si que tiene suerte!... ¡Ha pillado el mejor sitio!-. Siguió murmurando mientras buscaba en el bolsillo media manzana que se había guardado para llevarse algo a la boca al despertar.
Palmira sintió esa necesidad de acelerar sin que
ningún coordinador la instigara cuando se convenció de que el reloj no mentía
señalándole las diez. María ya no estaba y en la nevera tampoco estaba el
batido de chocolate que había comprado en el super al separarse de Palmi.
Recurrió a un sobre de descafeinado, sustituyendo la leche por una pizca de
margarina vegetal.
Era necesario abastecerse. Como lo era hablar con
María para exigirle que respetara su mitad de nevera.
Activó su programa de prioridades mientras se
duchaba y salió a pelearse con la lluvia camino de la escuela de fisioterapia
donde quería obtener la información necesaria para poder matricularse. Comprar
el bono bus, pasarse por la óptica, otra
vuelta por H&M, comprar comida
que no le gustara a María y llamar a sus padres. A última hora de la tarde
decidió que a quien no iba a llamar era a Palmi. El teléfono era demasiado
impersonal. Iban a coincidir en la galera el fin de semana y estaba segura de
que tendrían ocasión para seguir estrechando sus lazos de amistad.
Tenía tanta prisa el viernes que se fue sin que
nadie lo supiera. Cuando dejó de llover la ciudad ya dormía.
La lluvia había sido incapaz de devolverle la vida
al rosal trepador al que abandonaron las fuerzas a un metro del alfeizar de la
ventana. No tuvo problemas el sol para alcanzarla. Cuando encontró un mínimo
resquicio entre las cortinas buscó con malicia la cara de Violeta para
reprocharle que todavía no se hubiera despertado. El efecto fue inmediato.
Abrió los ojos, los protegió de la luz con una mano y se sentó en la cama. Tenía los labios
secos; apuró el último sorbo de agua que quedaba en el vaso que, sobre la
mesita de noche, la escoltaba siempre al acostarse. A su lado un cenicero
metálico, envejecido por el uso, con restos evidentes de los tres últimos
intentos de Violeta por encontrarse con el sueño después de darle a P.P. lo que
P.P. nunca supo darle a ella.
La habitación olía a tabaco y a sexo derrotado. Sus
manos también. P.P. dormía invadiendo con su desnudez buena parte de la cama.
La visión de aquella flacidez impertinente no era del agrado de Violeta. Le
recordaba lo que no quería recordar.
Optó por levantarse. Eran las ocho de la mañana de un sábado sin reloj
pero estaba de guardia y tenía que llegar la galera antes de las diez. La puntualidad la obsesionaba.
Salió del baño envuelta en la toalla, sin apenas
secarse. El espejo le había reclamado que era momento de revisar aquel tinte, entre rubio y dorado, por el que ya asomaban raices oscuras. Mientras preparaba el café encendió el primer cigarrillo siguiendo una
rutina inmemorial. La misma rutina que la hizo sentarse en la cocina, acercar
la taza de café a la boca, soplar un poco y tomar el primer sorbo. Todavía
quemaba. Carraspeó con fuerza intentando aliviar su garganta castigada por el
tabaco. Solo consiguió que el humo que acababa de respirar se proyectara con
fuerza sobre la taza. Lo apartó de un manotazo. La toalla no resistió el
movimiento y se desprendió unos centímetros.
Bajó la mirada hasta la intersección de la tela que había descendido
hasta donde permite la moral de las actrices de prestigio. Cerró los ojos mientras la yema de los dedos
rozaba la frontera que separa a una actriz provocativa de una mujer
insatisfecha. P.P. nunca encendía el incienso antes de prender el fuego. La
toalla resbaló. Los dedos resbalaron. El café se enfriaba. Violeta no. Se buscó
como el que busca una venganza hasta que encontró lo que P.P. siempre olvidaba.
Otra ducha sirvió para devolverle su rol de frialdad
incandescente. Era hora de marcharse.
Cerró la puerta con cuidado para no despertar a P.P.
Sobre la mesa de la cocina quedaron la taza de café y el cenicero. En el aire
un extraño olor a tabaco, café y sexo derrotado.
Como era habitual la mañana de aquel sábado estaba resultando plácida, con muy pocas llamadas y un número limitado de agentes. Algunas áreas del servicio no se atendían en el fin de semana. Solo lo imprescindible. Ello permitía cierta tolerancia en la plataforma. Si exigencias respecto a la función de cada uno los agentes se agrupaban a su antojo, incluidos los de la pecera que, sábados y domingos, se mezclaban en la sala con todos los demás.
Palmira DP y Palmira O. aprovecharon la ocasión para
sentarse juntas. Palmi hizo uso de su veteranía para sugerirles a los
coordinadores la posibilidad de coincidir en los descansos con su amiga. Sabía
que el fin de semana casi todo era negociable. Solo había dos y acostumbraban a
permitir que los remeros se relajaran conversando, leyendo, incluso haciendo
uso de las aplicaciones de sus móviles. Todo estaba bien mientras las llamadas
que se produjeran se atendieran correctamente.
Aquel fin de semana tenían a Estrella y Jacobo.
Estrella era una de las decanas de la plataforma. Fue una de las primeras
incorporaciones que se produjeron cuando la empresa obtuvo la confianza del
cliente para que gestionara sus servicios telefónicos. Jacobo tenía menos
recorrido en la empresa pero llevaba la experiencia marcada en la vitola de su
edad. No en vano le llamaban “El yayo”. Fue una ocurrencia de Ambar cuando se
enteró de que Jacobo ya hablaba de los hijos de sus hijos. El apelativo le
quedó.
La dueña del tambor, Aisha, descansaba sábado y
domingo. Su labor la realizaba cualquiera de los que trabajaban esos días. Como
apenas un tercio de los agentes y menos de la mitad de llamadas, no era
complicado para ellos gobernar algo que, el resto de la semana, si requería
mucha habilidad y reflejos.
Violeta hizo acto de presencia sin cambiar un ápice sus costumbres. Marcaba el paso como un militar en un desfile, mirando a todas partes y dejando escapar un saludo apenas perceptible cuando pasaba junto al tambor. Buscaba su mesa y, una vez abierto su ordenador, seguía mirando para hacerse una composición de lugar de la situación. Una vez posicionada, durante unos minutos, se dedicaba a la bandeja de entrada de su correo. Hecho esto se levantaba y con el móvil convertido en inseparable del oído salía de la sala en busca del segundo café del día que pensaba enriquecer con el sabor de un cigarrillo. Eran las diez y media. Todo iba bien de momento. Le gustaba estar sola y al frente de todo. Aunque si el día era demasiado plácido no tendría ocasión de demostrar sus dotes de estratega. No estaría de más que esa tranquilidad se alterara para poder informar de que había resuelto con criterio el imprevisto que hizo peligrar la calidad del servicio.
Bien entrada la mañana las llamadas se
intensificaron. Estrella y Jacobo tuvieron que acogerse a los hábitos de
exigencia de cualquier otro día. Pero la tormenta amainó sin darle ocasión a
Violeta de mostrar sus aptitudes de eficacia. Salió por tercera vez a respirar
alquitrán. El teléfono pegado al oído como si fuera parte de ella misma. Al
llegar a la puerta se cruzó con Maruja que regresaba del baño. La ignoró hablando
más alto al dirigirse a quien estaba al otro lado.
A Maruja le daba lo mismo que la saludara o que
fingiera no verla. Le era indiferente. Fueron ella y un grupo de cinco o seis
compañeros los que la pusieron el apodo. –
¡Miradla, chicos!....Fijaos en sus ojos, en como se levanta y se mueve para no
perderse nada….Da miedo…Mira, mira, mira….Mira como mira a Aisha!...Parece una
cobra- . De esto hacía tres o cuatro años y cuando algo perdura pasa a formar parte del todo de la historia.
-No te he contado, Palmira....Cuando volvía del primer descanso Jacobo me ha dicho que estaba en la lista de posibles incorporaciones a la pecera. Quieren meter a mas gente….Le he dicho que no me apetecía nada cambiar, que llevo años en lo mío…No me ha dejado terminar diciéndome que solo me informaba y que no había nada decidido todavía-. Lo soltó de un tirón como si le fuera la vida en ello. –Igual te conviene, Palmi; igual te conviene alguna novedad en el trabajo para distraerte de otras cosas-. Palmira siempre buscaba respuestas conciliadoras. Palmi siguió contando –También me ha dicho que lo mas seguro es que el grupo, al ampliarse, ya no cabrá en la pecera y lo sacarán a la sala….Entonces yo le he preguntado si el departamento iba a seguir bajo el mando de Violeta. Y me ha dicho que no lo sabía. Pero por su sonrisa me parece que si sabía. Solo que no me quería decir que si, que nada cambiaba respecto a eso-.
Palmira De Palma iba aglutinando información y
conocimiento de la plataforma. La preocupación de su amiga iba mucho más allá
de lo que representaba un cambio de tareas. No eran pocos los agentes que
preferían no saber nada de la supervisora de la pecera. Levantó la cabeza
buscándola por encima de la raspa. No estaba en su mesa.
Estrella controlaba los descansos. Mandó a Palmira a comer. –Anda, sal a comer. En cuanto pueda te mando a Palmi. Pero no la esperes, por favor, que se me retrasa todo si os esperáis- . Aunque era un razonamiento comprensible Palmira obedeció con desagrado. Contaba con esos treinta minutos para conocer el estado de ánimo de su amiga y ver de que manera podía ayudarla para hacerle más llevadero el mal trago que estaba viviendo.
Mucho antes de llegar a la puerta del office notó un
fuerte olor a queso caliente. Eran unos tortellini precocinados que Jacobo
acababa de sacar del microondas. No había nadie más. Dudó entre sentarse en
otra mesa o compartirla con el coordinador. Pensó en Palmi y decidió buscar el
término medio. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Se sentó en la mesa
contigua y saludó a Jacobo. –Hola,… ¡Que
aproveche!-. Jacobo le dio las gracias y siguió comiendo ajeno a las
preocupaciones de Palmira.
Hay silencios que son inoportunos por si mismos. Así
se lo pareció a Jacobo que, pasados unos minutos, pensó que no estaría de más
confraternizar con una agente de la que solo sabía que no estaba resultando
problemática.
- ¿Cómo lo
llevas? Veo que ya nos pides ayuda en contadas ocasiones -. Después de usar
la servilleta Palmira respondió que bien, o que al menos eso le parecía, que
cada día se sentía mas segura. Jacobo prosiguió. –Eso es lógico. A medida que pasa el tiempo perdemos los miedos. Pero tú
sigue preguntando tanto como quieras. Nuestro trabajo es ayudarte. No pienses
que consideramos mal a quienes preguntan más. – Palmira le agradeció sin
palabras que le hubiera quitado un de los miedos que no aprendía a desterrar. A
menudo no levantaba la mano porqué entendía que hacerlo era denunciar que no se
conocía el protocolo del servicio.
Jacobo conocía de antemano el resultado de su
comentario. Solía emplearlo como terapia del miedo que Palmira acababa de
derrotar. Incluso los descansos eran buenos para que los coordinadores además
de controlar fueran una herramienta de mejora para los agentes. Al fin y al
cabo todos habían pasado por lo mismo. La llegada de Palmi abortó la conversación.
También había sido novicia antes que monja y
abadesa. Solo que Violeta lo había olvidado y tenía un concepto de los operadores
totalmente disociado de sus propios orígenes. Para ella formaban parte del
escalafón más bajo. Un plebeyo es un plebeyo para un noble. Un noble nunca pudo
ser plebeyo. Y si lo fue tiene el poder de cambiar su árbol genealógico
arrinconando el pasado con un tópico: “Antes
de ser lo que soy yo también fui….Pero lo que cuenta ahora es que
soy intocable…soy fuerte…soy el poder….” Renunciar a los
orígenes es perder la identidad. Algo que no suele preocupar a quienes la
pierden o la venden a cambio de subir un peldaño en la escalera del éxito.
El cuarto cigarrillo lo consumió pensando en que trabajo
se podía realizar en las horas valle del fin de semana. Los agentes estaban
demasiado relajados y no le parecía bien que respiraran mientras ella se
asfixiaba en su afán por convertir aquella plataforma en la mejor. Sabía que no
podía contar con el apoyo de los demás supervisores. No estaban a la altura del
esfuerzo que el puesto requería.
Ni lo dijo ni lo pensó. Pero el aire tiene muy fino
el oído y le robó la esencia de su estado de ánimo. Se la robó y la esparció
por el espacio como si fuera una voz. “Si
no tengo vida fuera que nadie la tenga aquí dentro”. Ni lo dijo ni lo
pensó. Cuando desconocemos el motivo de nuestro comportamiento ni decimos ni
pensamos. Lamentablemente tampoco cambiamos.
Camino del bus Palmira hizo su habitual recuento de
experiencias. Algo la llamo especialmente la atención. A pesar de que Salomé y
Jairo Magno estuvieron el fin de semana, sus viajes al cuarto de baño fueron
menos. –Puede que estuviera distraída y
no me haya dado cuenta-. No esperó a Palmi. Los fines de semana la
frecuencia del bus era paupérrima y si perdía el de las cuatro y cuarto tendría
que esperar hasta las cinco. Aceleró el paso mientras se preguntaba qué sería
de Salitre. –Seguramente tiene libre….Mañana me pongo la falda-.
Próxima entrega, salvo imprevistos, el miércoles 8 de agosto.
Aún a riesgo de parecer repetitivo ya sé que tú dibujas y nosotros imaginamos, que no deja de ser cierto. Pero sigue siendo divertido reconocer personajes que, en algunos casos, son algo más que simplemente reconocibles...
ResponderEliminar;-)
Si, es divertido. Pero menos de lo que parece. Tu trabajas alli?
ResponderEliminarA muchos no nos divierte lo que esos personajes hacen. Este kibro solo dice la verdad y eso no es nada divertido.
Ingrid y Salitre...jajaja...eso no se lo cree ni ella... ya le habría gustado a la pobre...ese personajillo (Salitre) tiene la gran habilidad de hacerle creer a la gente cosas q no son...hablo de un personaje imaginario, claro está ;-)
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