>>>>>>>>>>>>>>>Viene de la 8ª ENTREGA<<<<<<<<<<
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Recordaros, como siempre, que esta 9ª entrega también se añade a TODO LO PUBLICADO HASTA...para que, si es vuestro deseo, podáis leer Memorandum de nada de un tirón...
Se levantaron tempranísimo para recoger sus
pertenencias y dejarlas listas para la mudanza. Palmi, que apenas tenía nada
allí, se dedicó a ayudar a su amiga. A las siete menos cuarto lo más importante
ya estaba empaquetado o metido en bolsas de viaje y bolsas de supermercado. Dos
cajas de zapatos sirvieron para custodiar los libros de Palmira.
María hizo un esfuerzo sobrehumano abriendo los ojos
fuera de plazo para tomar café con ellas. A su manera sentía aprecio por
Palmira. Era consciente de que convivir con su anarquismo no era tarea sencilla
y le agradecía su capacidad de soporte. Nunca llegaron a discutir. Por Palmi
sentía admiración sin conocer el motivo. Las emociones de María eran
infranqueables y consiguió que así permanecieran. –Mejor despedirnos ahora. Cuando vengáis por la tarde a recoger vuestras
cosas yo no estaré-. Tomó un sorbo de café y siguió despidiéndose con esa
tranquilidad que le hacía parecer indiferente. –Palmira, guapa. No te olvides de dejarme las llaves al marcharte. La
semana que viene llega mi nueva compañera y las necesitaré para ella-.
Palmira asintió con la cabeza. –No te
preocupes. Las dejo aquí mismo, sobre la mesa. ¡Ah! Y tú no te olvides de
llamarme cuando llegue el recibo de la luz. ¿O quieres que te deje, más o
menos, lo de todos los meses?-. María se negó a cobrar por anticipado.
-Bueno,
chicas. Yo me vuelvo a la cama. Ha sido un placer tenerte como compañera,
Palmira. Y a ti lo mismo, Palmi. Espero tener ocasión de conocer a tus dos
perlas-. Se besaron con afecto. María se precipitó en sus sábanas y ellas
emprendieron el camino a la parada del bus comentando como iban a organizarse
para que la mudanza se produjera sin problemas.
Soportó el atasco a sabiendas de que no tenía
poderes para hacer desaparecer a todos los que habían decidido compartir con
ella aquel tramo del trayecto. Le bastaría llegar con tiempo suficiente para
tomar un café y fumarse el correspondiente pitillo. No tenía decidido que iba a
hacer para reemprender su cacería a pesar de que la llamada telefónica de la
noche le había regalado los oídos. Tenía que elegir entre la paciencia de la araña o la inmediatez del
reptil.
Clavó las pupilas en el espejo retrovisor y todas
sus dudas se disiparon.
Aitor no se sorprendió por despertar en el sofá. La
botella de Ballantine’s era material a reciclar. Tenía mal sabor de boca y la
cabeza le pedía clemencia esperando que tomara algo que acabara con los
pinchazos en la nuca. No solía beber; al menos no solía beber tanto. Estaba
acostumbrado al anís y cualquier otra
bebida le podía.
Una ducha fría no bastó. Las ideas seguían
entumecidas y espesas. Necesitaba despejarse. Necesitaba toda la claridad del
universo para ponerse en marcha. Tenía dos días y dos noches para recomponer el
orden familiar. –Palmira es mía. Siempre será mía. Ella lo sabe. Seguro que
lo sabe -. Era el momento dulce en el que su sentimiento de posesión le
hacía creer que su mujer se arrepentiría del error cometido. Volvería pidiendo
perdón, jurándole que nunca más se alejaría de su lado.
Cuando esto sucedía se crecía. La visión de Palmira
abriendo la vitrina para servirle una copa y sentarse a su lado le llenaba.
Para aterrizar en la realidad le bastaba, como ahora, con hacerse cargo de que
su mujer hacía casi un mes que no pisaba aquella casa. Entonces Mr Hyde llamaba a la puerta de Jekill
y la mutación se producía. –La traeré a
casa aunque sea a rastras. Es mía. O mía o de nadie. Antes la mato-.
Maruja no sabía cual de esos mundos era el suyo.
Venancio roncaba con estrépito. Abandonó aquel tálamo abandonado dándole
patadas a la ropa sucia de su marido esparcida por el suelo. – No pienso recogértela. ¡Ni que fuera la
criada! -. Lo balbuceó sin convicción. Sabía que a su regreso la ropa
seguiría allí y la cama estaría por hacer. Venancio habría cambiado el colchón
por el sofá y la ventana del dormitorio permanecería cerrada para que no se
escapara el tufillo a noche sucia que solo se dejaba de respirar cuando Maruja
cerraba la puerta del piso para ir a trabajar.
A las ocho y poco las llamadas empezaron a llover.
El protocolo se puso en marcha con presteza. Los coordinadores aceleraron su
paso por las raspas, Aisha pilotaba desde el puente de mando y los supervisores
marcaban pautas para evitar el atasco que se avecinaba. Salitre dejó de otear
en busca de posibles presas mientras Jairo Magno y Salomé apelaron a su
incontinencia renal para reducir su esfuerzo.
Violeta se acercó a Aisha colocándose a su espalda.
–Mírame los tiempos, por favor-. La
coordinadora sombreó con el ratón los doce minutos que Maruja llevaba empleados
en la atención de una llamada. - ¿Qué le
pasa a esa agente? -. La pregunta era seca. – No lo sé. Ahora mando a un coordinador para que vea -. Respuesta no
válida. – Con un tiempo como este, tú ya
tendrías que saberlo -. No la dejó respirar. -¿Porqué hay tanta gente descansando? -. Aisha ya sabía lo que le
esperaba. – Son los de las siete,
Violeta. Tienen que salir ahora. Si salen más tarde se retrasan todos los
descansos de la sala -. Violeta se tomó un respiro.
Jacobo se acercó al puente de mando. Era una
maniobra habitual. Si Violeta permanecía más de dos minutos cerca de Aisha los
coordinadores acudían al rescate. La supervisora se incomodó. Viendo llegar a
Jacobo estiró el brazo hacia la pantalla y con un dedo rastreó los tiempos de
los operadores. Todo estaba en orden. No había llamadas cuya duración fuera
excesiva. No le importó demasiado. – Jacobo,
por favor. - Mira que le pasa a Salitre.
Lleva cuatro minutos…-. El Yayo hizo uso de los reflejos que le proporcionaba el antídoto.
- Ve tú si
quieres, Violeta. Yo no pienso ir a ver que pasa con una llamada que acaba de
empezar -. Una mano levantada le sirvió de trampolín para dejar a Violeta
con la palabra en la boca.
A los pocos minutos
Ambar tuvo que llamarle la atención a su coordinador mientras esbozaba una
sonrisa de complicidad.
- Esto no se
va a acabar nunca, Ambar -. La supervisora asintió a modo de confirmación.
El coordinador regresó al campo de batalla sin perder de vista a Aisha. Las
llamadas habían remitido y no tenía a nadie a sus espaldas.
Amparo no se sentía demasiado bien. Le pidió a Ramón
que se ocupara el de llevar a los niños a la escuela. Ramón siempre creyó que
esto era cosa de mujeres. Se mordió la lengua y tiró de los pequeños hacia el
ascensor. Ya estaba reparado y tenía garantizado el regreso a casa sin que su
lumbalgia se resintiera.
-Vamos, Urko.
Ahora tú eres el hombre de la casa. Aprieta el botón para bajar-.
El chiquillo hizo gala de su condición viril
buscando la” B” para pulsarla con
firmeza. -¡Ya está abuelo! ¿Verdad que lo
he hecho muy bien?-. Su hermana no estuvo demasiado conforme con aquello. -¡Yo también sé! ¡Yo también se apretar el
botón, abuelo! -. Reivindicó sus aptitudes con toda la fuerza que le daba
su inocencia. Urko defendió su protagonismo. -¡Vale, pero yo soy el hombre de la casa y tú no! -.
Los dejó en manos de la profesora. Volvería a casa
dando una vuelta para acercarse al kiosco y comprar el ABC. Eran las nueve y
poco. Entró en el bar dispuesto a cobrarse el servicio de acompañante que
acababa de realizar. Nada mejor que una copa para recuperar su dignidad herida.
– ¡Buenos días, Manolo! ¡Un café y una
copita de ponche! – Lo vociferó mientras golpeaba la barra con el importe exacto
y en monedas. - ¿Dos cincuenta, no? Aquí
te lo dejo. Llévamelo a la mesa, por favor- . Se sentó y abriendo el
periódico por la página de necrológicas miró la edad de todos aquellos que se
le habían adelantado en la cola del cementerio.
- ¡Mirad, chicos!
¡Gente nueva! -. Todas las miradas se dirigieron al pasillo central donde
una docena de personas desfilaban camino de la sala de formación. La mayoría
eran mujeres. También la mayoría llevaban blocs de notas y algo para escribir
en la mano. Intentaban capturar imágenes de cuanto veían para asimilar en lo
posible lo que iba a ser su nuevo trabajo. Para muchos su primer trabajo. Se
perdieron detrás de la puerta que daba acceso a la zona restringida. El
murmullo de la plataforma obligó a los coordinadores a moderar lo inmoderable.
– Por favor, bajamos el tono de la sala
-.
Aisha se confortó pensando que tendría unos días de
descanso. Supuso mal. En esta ocasión la formación de los nuevos agentes
correría a cargo de Manuel.
No habría respiro para ella. Se preguntaba quién
establecía los límites del respeto. Se preguntaba cuál era la situación a la
que tenía que llegarse para que lo que hacía Violeta pudiera definirse como
acoso. Se preguntaba si existía ese alguien y, de ser así, porqué consentía
aquello. – Puede que algún día sea ella
la que beba de su propia inquina -. Pensar esto no la tranquilizó en
absoluto. Un deseo no deja de ser suposición y aunque llegue a convertirse en
realidad no repara nada.
Jacobo se acercó al tambor. - ¿Estás bien, morita? -. Ahisa le contestó afirmativamente. Ambar se
unió a ellos. Como si un imán los atrajera el resto de coordinadores se
agolparon alrededor del puente de mando. Eran varias las voces que se hacían
eco de la necesidad de no aceptar aquellos pactos de concordia que morían a las
cuarenta y ocho horas.
Gracia se percató de que los coordinadores estaban
donde no debían. Estuvo a punto de acercarse a Ambar para rogarle que indicara
a sus chicos la necesidad de diseminarse por la sala pero prefirió desentenderse.
Representar al cliente no significaba, en aquel momento, ignorar lo que estaba
pasando.
Aquella concentración espontánea de los
coordinadores no le pasó desapercibida a Palmira. La plataforma estaba al
corriente de una situación que, de algún modo, afectaba a todo el mundo. No
tenían información detallada pero si la suficiente para que fuera tema de
conversación.
Verles a todos juntos le permitió dividirlos en dos
grupos naturales. Algo parecido a lo que pasaba con los supervisores. Un bloque
rígido y militarizado que había olvidado sus orígenes como agentes y una
segunda facción que asumía su papel sin dejar de ponerse en el lugar de
aquellos a los que ahora conducían. Todos, sin excepción, habían ocupado
durante mucho tiempo algunas de aquellas cabinas. Todos habían levantado la
mano pidiendo ayuda. La diferencia estribaba en su evolución a partir del
momento en que cambiaron los auriculares por los pasillos de las raspas. A los
ojos de Palmira unos destacaban por su voluntad de colaboración y otros por su
deseo de hacerse notar. Optó por no asignarle pestaña alguna a su pensamiento y
lo archivó en la carpeta de varios. Esto la ayudaba a comprender lo que Palmi le quiso decir cuando le confesó
que tenía su coordinador favorito. No era un coordinador lo que su amiga
prefería. Era un perfil concreto entre los dos que deambulaban por la sala.
Los nuevos agentes desfilaron en sentido contrario
buscando la salida para tomarse el descanso de mediodía. Una llamada de Aisa
invitó a Palmira a seguir el rastro de la comitiva. Con el trajín de la mudanza
no se había preparado nada. Recurrió a un sándwich vegetal que por dos euros le
amortiguó el apetito.
En la calle los alevines comentaban los pormenores
de su formación. Hablaban de kilómetros, radios, domicilios y averías. Se les
veía entusiasmados. Solo uno parecía estar ausente; se limitaba a escuchar y lo
hacía sin demasiado interés. De vez en cuando miraba a otro lado como si
buscara la salida de un espacio en el que no se sentía bien. – Este, al menos, debe ser fisio. – Se rió
de su propia ocurrencia y cruzó la calle buscando la sombra protectora de un
árbol. El verano ya asomaba en el calendario.
El Yayo regresó de su descanso. Aisha no estaba en
su puesto. Le extrañó porqué normalmente le esperaba para que le sustituyera
mientras ella se tomaba el tiempo de comida. Era Estrella la que llevaba el timón
de la plataforma. – Hoy Aisha tenía prisa
por comer, ¿no?- . Estrella le hizo un gesto con la mano pidiendo que
esperara mientras desviaba una llamada de asistencia a un agente de Gold Plus.
– No. Se ha sentido mal y Ambar la ha
acompañado al hospital. Estaba pálida y le costaba respirar. Creo que ha tenido
otra crisis de ansiedad -. Jacobo miró en dirección a las mesas de los
supervisores. Solo estaba Manuel que atendía una consulta de Minerva. –Y estos... ¿Qué han dicho?- . Estrella le
explicó que Manuel y Teresa se habían
ofrecido para acompañarla y que otros ni siquiera se dieron cuenta. Jacobo le
transmitió sus dudas al respecto. –
Seguro que hubo quien miró a otro lado, Estrella -. Su compañera dibujó una
sonrisa ambigua y siguió tecleando cambios en los canales de llamadas.
Tenía que saber donde se escondía su mujer. Amparo y
Ramón no le habían servido de ayuda para eso. Era cosa suya.
Aparcó dos manzanas más abajo de la plataforma para
alcanzar andando la esquina opuesta a la salida de Palmi. A los poco minutos la
vio ganar la calle departiendo alegremente con otra mujer. –Lógico. Si tiene un tío no serán tan
desvergonzados como para verse aquí -. Se marcó una distancia prudencial y
la siguió hasta que cruzaron la calle y se detuvieron en la parada del bus.
Retrocedió hasta el coche llevándolo al mismo punto de observación. No le iba a
resultar difícil seguir al bus sin que le vieran. Consumó la persecución hasta
el final. Palmira y Palmi se apearon. Aitor no las perdía de vista. Recorrieron
los cincuenta metros que les separaban de la casa de María y cruzaron el
portal.
– el 57 -.
Metió calle y número en la cabeza mientras decidía esperar unos minutos. – Si no sale en media hora debo pensar que
vive aquí -. Cabía la posibilidad de que aquella fuera la casa de su
compañera. En cualquier caso le servía como punto de partida para controlar sus
movimientos.
Una furgoneta blanca y sin rotular que estacionó a
pocos metros del portal no le llamó la atención. Tampoco lo hicieron los dos
hombres que, a los pocos minutos, iban colocando bolsas y cajas en el interior
del furgón. Apagó el cigarrillo, miró por el retrovisor y se ganó el
agradecimiento de un conductor que se sentía afortunado por el hueco que Aitor
le dejó mientras orientaba el coche hacia la casa de sus suegros. Quería ver a
sus hijos.
Amparo se sentía peor que en la mañana. Hizo el
esfuerzo de recoger a los pequeños en la escuela para no desairar a su marido.
Les dio una merienda de abuela y se retiró a su habitación con la esperanza de
que tendiéndose un rato en la cama conseguiría mejorar. Cuando Aitor llegó
dormía a pesar de la sensación de ahogo que apenas la dejaba respirar.
- La he
localizado. Sé donde se esconde -. Ramón le pidió que continuara. –Creo que es la casa de un compañera de
trabajo. Y no sé si tiene alguna historia con un tío. La he visto desarreglada
para eso -. Lo dijo para tranquilizar la mayor de sus sospechas. La
respuesta de Ramón le creó de nuevo serias dudas. – Demasiado apañada no puede ir, Aitor. Se fue de aquí con lo puesto.
Deberías saberlo. Tu estabas cuando se marchó- . Aitor maldijo la memoria
de su suegro. Era cierto. La ropa que llevaba cuando la siguió no encajaba con
su forma de vestir. Se la habría prestado esa amiga. -¡Joder! ¡Le presta la ropa y la cama para que se revuelque con otro!
-. Lo exclamó entre dientes intentando que Ramón no le escuchara. –Bien, hijo. ¿Qué piensas hacer?-. No
podía responder a eso. Le salvaron sus hijos que entraron corriendo en el salón
y le abrazaron. Urko con su inseparable avioneta en las manos. Ainoa con la
cara pintada con galletas reblandecidas. -¡Papá!
¿Nos llevas al parque?-. Les distrajo de su idea con un engaño –Ahora donde voy a llevaros es a la cueva de
Alí Babá. ¡Escondeos! ¡Rápido! ¡Cuento diez!- La inocencia es algo que
nunca deberíamos perder.
Hyde estaba adueñándose de Hekill. Aitor no tenía
ningún interés en presentarle a su suegro tan siniestro personaje. La idea de que
Palmi tuviera un amante le obnubilaba. La mejor excusa para no reconocer
nuestro delito es convertir a la víctima en culpable. – Me voy a casa, Ramón. Necesito pensar. Intenta llamarla tú, por favor.
Dile que la necesito, que sus hijos y yo la necesitamos- . No esperó
respuesta porqué no le interesaba, fuera cual fuera, el pensamiento de su
suegro. Hyde ya mandaba y había llegado su momento. -¿A qué has venido, Aitor? -. La pregunta no le llegó. Había cerrado
la puerta antes de que Ramón la formulara.
Salitre dio por finalizado su rastreo. El resultado
no era demasiado esperanzador pero sabía adaptarse a las circunstancias del
coto. Si no oteaba gacelas su punto de
mira se resignaba a la caza de una loba. Lo importante para él era apretar el
gatillo. Nunca le hacía ascos a un disparo, fuera cual fuera la edad de su
presa.
Era un filósofo de saldo pero intuía el furor
uterino a cualquier distancia. Aquella loba destilaba anhelos. Le pareció
suficiente para iniciar la cacería de Maruja.
Necesitaba convencerse a si mismo y para ello se
dedicó a sublimar la imagen de aquella mujer que no tenía reparos en abrir la
ventana de su escote. La imaginó fuera de la sala, hablando por los codos,
dejándose halagar por un pico de oro como él, relajándose en la confianza,
olvidándose de prudencias, sirviéndose otra copa y acercándose con descaro para
pedir fuego para un cigarrillo y para ella. –Seguro que es de las que se calientan a la primera-. Siguió
entrando en calor imaginando sus logros hasta que dio por buena su auto
motivación. Se levantó de la mesa para buscar en el mueble algún libro cuyo
título le sirviera para impresionar a Maruja. Sin un libro en la mano no sabía
disparar. “Como ganar amigos e influir sobre las personas” de Dale Carnagie le
pareció el idóneo. Lo dejó en la entrada para que al día siguiente le
acompañara hasta el coto. Eran las nueve. Buena hora para cenar.
Maruja revivió por enésima vez sus tardes sin
sentido. La sartén y cuatro huevos le servían de partitura para una cena
adobada con el Telediario y algún eructo de Venancio. Huevos fritos y los
restos de un solomillo de cerdo que no podía aguantar más en la nevera.
Venancio tenía momentos graciosos. Especialmente
cuando imitaba a personajes televisivos. Cambiaron de cadena. El Gran Wyoming
era uno de los preferidos de Venancio. Maruja dejó de rebañar pan en los restos
de su cena para estallar en una carcajada parecida al solomillo. Su risa
llevaba tanto tiempo en la nevera de la indiferencia que casi se atraganta.
Su marido se sintió otra vez algo en todo aquello.
Inclinándose hasta Maruja la propuso un beso sin palabras. Dos bocas
impregnadas de pan y huevo frito que buscaban rescatar pasión en el olvido. La
cama estaba lejos. El sofá allí mismo.
Venancio se desabrochó el cinturón con la misma
prisa que Maruja liberaba su sonrisa vertical. La cara del hombre enrojeció
mientras la de la mujer ensombrecía. Se callaron. No era nuevo para ellos.
- ¡Anda,
garañán! Vete al baño o pondrás perdido el sofá-. Venancio se incorporó. A
Maruja le pareció grotesca la imagen de aquel hombre sujetándose los pantalones
camino del aseo.
La fortuna estaba haciendo juegos malabares. Ni
Salitre ni Maruja lo sabían. Venancio, por no saber, no sabía nada. Miró hacia
abajo antes de abrocharse. -¡Quién te ha
visto y quién te ve!-. No era un epitafio pero a el se lo pareció.
Se sentaron agotadas. – ¡Bueno, chica! ¡Ya estamos en casa!-. Más que una afirmación sonó
a suspiro. Palmi estaba rendida. -¡Siiiiiiiii!-.
Su amiga estalló de júbilo. Compartieron una cerveza tibia sin alcohol. –Mañana las bebidas ya estarán frías. Por cierto, recuérdame que tengo que comprar
Cola Cao para los niños-. Al decir esto Palmi dejó de sonreír. Le faltaba
lo difícil. Ir a por sus hijos. El enfrentamiento con su padre era inevitable.
Y no podía descartar otra aparición de Aitor. –No te atosigues ahora con esto. Mañana veremos que hacer. Aunque me
parece que tendrías que recurrir a la policía. El inspector se te ofreció,
¿recuerdas?-. Palmira siempre la tranquilizaba. –Tienes razón. Mañana será otro día. Ahora nos conviene descansar. ¡Ya
tenemos una habitación para cada una!-. Brindaron con la poca cerveza que
les quedaba en los vasos y se abrazaron. Aquella noche olía a libertad.
Aitor se maldijo. Había cometido un error de principiante.
Tenía el número de la calle donde se escondía Palmira pero no sabía en que piso
se estaba amancebando con otro. Se arriesgó a que le vieran y se plantó en el
portal. A los pocos minutos María llegaba como siempre. Mitad serena, mitad
fumada, mitad indiferente. Una extraña proporción que la hacía irrepetible.
La cortó el paso con cierto nerviosismo. – Disculpa. No sé si puedes ayudarme. Me han
dicho que en esta escalera viven dos amigas que trabajan juntas en una empresa
de telecomunicaciones. Pero no han sabido decirme en que piso-. María
fingió dudar mientras intentaba pensar con rapidez. Seguro que aquel hombre era
el marido de Palmi. Necesitaba encontrar una salida convincente. – Si, las he visto alguna vez. Por lo que me
dices supongo que son ellas. Pero no sabría decirte en que piso viven. Aunque
me parece que se han marchado. Esta tarde estaban cargando paquetes en una
camioneta-. Lo dijo sin respirar para que no se la notara el nerviosismo. -
¿Y tú, en que piso vives? -La
pregunta pilló de sorpresa a María que contestó como un autómata. –En el 2º B-. Aitor quería más. -¿Y vives sola?-. Mientras contestaba
afirmativamente su pensamiento reaccionó
–No sé para que quiere saber donde vivo y
con quién. Tenía que haberle contestado
que era algo que a él no le importaba-. Aitor sonrió; se despidió
agradeciéndole la información y dando media vuelta caminó hacia su coche. María
respiró. Subió a casa y cerró la puerta con llave.
No habían pasado tres minutos cuando Aitor cruzaba
el portal y buscaba el buzón del 2º B. –María
Fernández y Palmira de Palma- Le brillaron los ojos.
-Esa puta me
ha mentido, seguro que son ellas. A
mi no se me engaña. ¿Así que vives sola eh? ¡Maldita zorra!. Y la otra tiene
que llamarse igual que la puta más puta de todas. Conmigo no se juega. Ahora
veréis, os voy a dar vuestro merecido-. Los ojos ya no le brillaban. Se le
habían empequeñecido como si no alcanzaran a ver el texto del buzón al que ya
no miraba.
Ramón se las compuso para acostar a los niños.
Amparo seguía en cama y no mostraba ningún síntoma de mejoría. Respiraba mal.
No se sentía con fuerzas para llegar hasta el baño. Era terca, y se negaba a
que su marido llamara al servicio de urgencias. –Anda, acompáñame al baño y luego nos acostamos. Ya verás como mañana estoy bien-. A
pesar de su autoritarismo el patriarca de la familia Ochoa sabía que era
imposible discutir con su mujer. Si tomaba la decisión de llamar al médico
contra su voluntad era capaz de castigarle sin hacer flanes de huevo durante
tres meses. Y eso Ramón, no se lo podía permitir. Sin esos flanes era otro
hombre. La fortaleza de los mortales, a menudo, es una sustancia blanda que se
desmorona con una cucharilla.
Aisha pasó toda la tarde adormecida. No le apetecía
nada tomar los ansiolíticos que le dieron como remedio. Los fármacos intentaban
paliar los efectos pero no combatían la causa. No cenó nada. Prefería
descansar. Al día siguiente llegaba su madre y se lo habían dado libre.
Dormiría mientras el cuerpo se lo pidiera. El avión llegaba a las 2 de la
tarde. Tenía todo el tiempo del mundo por delante. Admitió que el medicamento
podría ayudarla a sentirse mejor lo tomó y se entregó a la propuesta de
complicidad que la cama le ofrecía.
No le apetecía demasiado bajar la basura. Pero el calor descomponía los restos
de comida. –Es un momento-
Estimulándose con esa idea María, cerró la bolsa y se dirigió a la puerta. No
tuvo tiempo de reaccionar cuando Aitor le impidió cerrarla. -¿Dónde está?-. La pregunta pasó por
encima de María acompañando a una mirada inquietante que barrió el salón
buscando lo que no pudo encontrar.
Empujó a María y cerró la puerta. La basura se
desparramó por el suelo de la entrada. -¡Está
ahí dentro! ¡Que salga, que salga ahora mismo o voy yo a por ella!-. No
esperó; dio una patada a la puerta de un dormitorio. La cama sin hacer y poco
más. María estaba petrificada. Tuvo la tentación de huir aprovechando que Aitor
se dirigía a la habitación contigua. Pero el miedo la atenazaba y algo le decía
que tenía que defender su casa. –Me vas a
decir donde anda la puta de mi mujer. Y
no me mientas. Igual que he descubierto que me has mentido cuando decías vivir
sola acabaré sabiendo la verdad…Y si me mientes te acordarás para siempre de
quién soy yo-. Respiraba con dificultad y sudaba copiosamente. –No sé de que me hablas, de verdad…Aitor, por
favor, tranquilízate. Creo que te has equivocado- . Fueron los dos segundos
más largos de su vida. -¿Aitor?...
¿Aitor?... ¿Y tú como sabes quién soy? ¿Porqué me has llamado Aitor?- La
golpeó en la cara con el dorso de la mano. María intentó protegerse pero era
imposible escapar de aquellos brazos que se movían como las aspas de un molino
y se estrellaban en su cuerpo. –Me vas a
decir donde está….Me vas a decir donde….Me vas a decir quién es el hijo de puta
que se la está follando….Y me lo vas a decir ahora. ¿Me oyes?.... ¡Ahora!-.
La seguía golpeando sin dejar de gritar. Apenas se
le entendía. María se desplomó pidiéndole a la noche que aquello terminara. Una
patada en el riñón le anunció que la noche la estaba escuchando. Cuando el
zapato de Aitor se estrelló en su cabeza ya no sintió el golpe. Solo un
chasquido y el sabor de su propia sangre. Perdió totalmente el conocimiento
intentando escupir un diente.
Aitor removió toda la vivienda buscando algo que le
ayudara a entender. En la cocina, sujeta por un imán con la imagen del toro de
Osborne, encontró una nota con una dirección. -¡Ya te tengo! -.
María seguía en el suelo, sangrando e inconsciente.
Solo el temblor convulso de su mano derecha indicaba que no dormía. Aitor pasó sobre ella sin mirarla. Apartó la
bolsa e basura con una patada y se marchó dando un portazo.
Jacobo dejó que la noche resbalara sobre él sin
invitarle al descanso. Sentado frente a
su idea iba buscando la métrica precisa para convertirla en historia. No le
resultaba sencillo contar aquello desde la perspectiva de un escenario tan
desconocido como un call center. Era vital darle sentido a la relación que
existía entre la vida de cientos de personas con nombre y apellidos y el anonimato
de su trabajo. El anonimato no estaba solo en la opacidad informativa que se
podía tener de una plataforma de servicios telefónicos. Donde realmente pesaba
era en la relación interpersonal. Salvo excepciones nadie conocía a nadie pero,
también salvo excepciones, todo el mundo tenía creada su opinión de los demás.
Se creaban corrientes, prejuicios, presunciones, escalas de valores, incluso
juicios sumarísimos con la misma facilidad que se atendían las llamadas.
Hasta aquí nada que no pudiera pasar en cualquier
sitio. Ni buenos ni malos sino todo lo contrario. Una mayoría que intentaba
llegar y marcharse sin que apenas se notara su presencia y una minoría cuyo
abanico de diversidad rompía cualquier monotonía. Ni buenos ni malos también;
pero con actitudes que salpicaban las emociones más allá de si mismos.
Antagonismos naturales, químicas intensas, envidia,
entrega, trepas, eficacia, conspiradores, pacifistas, bocazas, silencios
dañinos, egos y evangelios.
Un detonador siempre tiene la fuerza necesaria para
provocar explosiones. El acoso es, en el mundo laboral, detonador por
excelencia. Como lo es, tristemente, en la vida real. Lo mismo sucede con el
maltrato. Algo que en la vida real se penaliza y se persigue mientras que en el
campo profesional sufre cierto desamparo. Solo es noticia la sangre. Si te
golpean con un calcetín lleno de arena que no deja señales a nadie le interesa.
Este podía ser el esquema de la historia. Al día
siguiente descansaba y decidió seguir. Son cosas que pasan cuando se encuentra
el nexo de unión entre cien borradores y un único relato.
Hecho el esbozo se trataba de marcar los segmentos
temporales, la relación causa efecto entre personajes dentro y fuera de la
plataforma. Algo tan posible como probable nacido al amparo del día a día y a
lomos de secuencias reales vividas en la plataforma y otras compuestas por la
imaginación del autor –las privadas- con intención de crear ese vínculo que
convierte en personas a todos aquellos que pierden su identidad cuando se
logan.
Dos enfrentamientos naturales. De un lado Violeta y
Aisha, representando la obcecación de un poder inexistente por emerger por
encima de cualquier situación. La otra cara se refleja en Palmi y Aitor. La
indefensión del ser humano ante otra obcecación, la de sentirnos dueños de aquello que creemos
querer. Para equilibrar ese cocktail de emociones necesitaba de alguien que lo contara. Palmira. Una agente
recién incorporada que nos dibujaría los paisajes de la sala, el ir y venir de
su gente y las vicisitudes de su amiga. Palmira de Palma era la bisagra que
permitiría relacionar los bloques
principales de lo que Jacobo pretendía.
Ya empezaba a clarear cuando se dio por satisfecho.
En cincuenta y tantas páginas podría exponer con claridad los avatares del
relato. Por lo tanto, al llegar a la sesenta –o pocas más- ni Violeta ni Aitor
ya le serían necesarios.
Solo tenía que pensar en como deshacerse de ellos.
La página 54 serviría para resumir lo que pensaba en
aquella noche en la que decidió llamar “Memorando de nada” a todo lo que quería
contar. O sea, nada.
Hasta ahora parece que solo trabajan en ese call centar violeta, las palmiras,aisa y jacobo...tengo entendido que hay muchas mas cosas que contar a parte de las historias de violeta y aisa, de hecho creo que hay victimas peores q la q tu mencionas y q han sufrido igual o mas..o deberiamos de llamar esto "memorandum de violeta y sus ataques"??? Creo que se te escapan varios temas como uno bastante frecuente "los favoritismos que se hacen para ciertos puestos o cargos"..creo que aisa no es tan sufridora como nos la quieres hacer ver, porque no hablas de sus tratos con ciertos agentes??!! Aqui hay que hablar de todos y todo
ResponderEliminarGracias por tu comentario.
ResponderEliminarEs bueno que creas que hay más cosas por contar. Seguro que si. Solo estamos en la página 54. En cualquier caso y con tu permiso seguiré siendo yo el que escribe. Acerca de los favoritismos no tengo respuesta. Si estoy en la empresa que estoy es porqué quiero. Si no me gustara ya no estaría. Y la medida del sufrimiento ajeno es siempre relativa. No hay nada mas relativo que decir "creo". Personalmente soy partidario de decir y escribir "sé". Estás en tu derecho de creer lo que consideres pero es más loable conocer que creer. ¿Hablar de todos y de todo? Ya lo estoy haciendo y habrá más. Se trata de leer un poquito más allá. En cualquier caso si crees que hay cosas de las que se debería hablar tienes la opción de crear un blog y contarlas. Prometo seguirte.
Estoy d acuerdo con q hay mas cosas q contar y con q el dibujo d ciertos personajes no lo vemos todos igual...d hecho yo no lo veo nada parecido a como lo ve jaime pero tambien estoy d acuerdo con el en q es su blog y escribe lo q quiere...si consideras q lo q jaime cuenta no t gusta siempre estas a tiempo d escribir tu propio blog...
ResponderEliminarME HE VISTO OBLIGADO A SUPRIMIR DOS COMENTARIOS POCO AFORTUNADOS DIRIGIDOS DE MANERA PERSONAL A MIEMBROS DE LA PLATAFORMA. NO ES ESTA LA FINALIDAD DEL BLOG. NUNCA BORRARÉ CONTENIDOS QUE CRITIQUEN MI MANERA DE VER LAS COSAS. PERO ESTA PÁGINA NO ADMITE ALUSIONES PERSONALES. NADIE ES NADIE EN MEMORANDUM DE NADA.
ResponderEliminarJAJAJAJA, QUE GRACIOSO, JEJEJEJEJE ¿ HAS SUPRIMIDO ALGUNOS COMENTARIOS POCO AFORTUNADOS? JAJAJAJAJAJAJAJA, ME PARTO ¿ DUELE HEEE? PUES TOMA DE TU PROPIA MEDECINA, Y DONDE LAS DAN LAS TOMAN, AVER SI APRENDES A RESPETAR A LAS PERSONAS, Y SOBRE TODO SI SE TRATA DE MALOS TRATOS.
ResponderEliminarMe había quedado con ganas de seguir contestándote. Y hoy es un día idóneo para ello. La hija de mi hija está en una UCI y me vienen muchas cosas a la cabeza.
EliminarEspecialmente en cuanto a los malos tratos. En ningún momento he faltado al respeto. Porqué es una ficción y porqué tengo motivos y experiencia familiar en algo tan delicado. Piensa que en el blog soy Ramón.
Sé lo que tengo que saber porquè lo he vivido y tengo motivos para defender a las víctimas por convicción y por motivos personales. Mi medecina es mi experiencia. Cada línea del blog que habla de este tema es un homenaje a las víctimas.
Gracias por el tuyo. Este no voy a suprimirlo porqué va dirigido a mi. Pero siempre borraré todos aquellos que intenten ofender a CUALQUIER persona de la plataforma. ¿Eran tuyos los que he borrado?
ResponderEliminarFueron suprimidos porqué insultaban a compañer@s tuy@s sin tener la decencia de firmar. Lo que yo pueda escribir gustará más o gustará menos; pero lo firmo. Acerca de los malos tratos no voy a responderte porqué lo que describo en el relato no falta al respeto a nadie. Mas bien al contrario. Otra cosa es que tu necesites "medecina" para entender lo que lees y jarabe para escribir correctamente. Tu comentario se queda. Así no te ries sol@.
Pero con puedes ser tan falso, e inventar tal comentario, el que usted ha suprimido solo hace referencia a su ser, sin escrupulos. RESPECT por favor, esque tiene usted la mente tan sucia y vacia que solo la puede alimentar con comentarios sobre compañeros,no tiene vida propia? ah me olvidaba que su vida es el trabajo, que triste , te recomiendo leer un poco EL MUY INTERESANTE.
EliminarAfortunadamente este blog ha recibido mas de 4000 visitas que han podido comprobar que los comentarios eliminados hacían alusión a otras personas. Me mantengo en lo dicho. No pienso borrar los que hablen del contenido del relato o hagan alusión a mi persona (como este tuyo en el que dices como es mi vida y que tengo que hacer con ella). ¿Cómo no voy a dejar un comentario tan edificante como el que no firmas? Que lo lean todos. Y cuéntales a tus amigos que, a pesar de no tener la dignidad de firmar lo que escribes, te leen centenares de personas. Es un placer dejarte mi blog para que sigas escondiéndote.
EliminarGracias,Jaime... he empezado a leer el memorandum hoy, realmente es así como se siente todo el mundo cuando empieza aquí??????Creí que era yo sola, pensé que nunca podría llegar a adaptarme, como dice el dicho""mal de muchos,consuelo de tontos"". Pero de lo que he leido hasta ahora, todo lo que cuentas yo lo he visto y el que no lo quiera ver...es que algo esconde!!!! Creo que voy a ser fiel seguidora, solo por ver otro punto de vista o que me ayude a descubrir cosas que pueda utilizar para mi crecimiento personal.
ResponderEliminarMe gustaría responderte que si. No lo sé. Solo recuerdo como me sentía yo; algo que creo ver, a menudo, en otros compañeros que llegan a la plataforma con carita de nada. Lo que puedas haber visto es lo que es. Interprétalo como entiendas. Ya tienes mucho conseguido en tu crecimiento personal preocupándote del mismo. Si el blog te es útil me encantará ser cómplice de tus inquietudes.
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