>>>>continuación>>>>>><<<<<<viene de la 7ª entrega.
Los coordinadores azuzaban más que nunca pidiendo
agilidad. Algunos agentes no soportaban la presión y se bloqueaban. El tiempo
se les escapaba de las manos y su terminal le transmitía al tambor un exceso en
la duración de la llamada. –Estrella,
Maruja lleva doce minutos- . No hacía falta que Aisha dijera nada más para
que el operador notara la presencia del control y escuchara la pregunta de la
prisa. Cuando la situación de complicaba alrededor del tambor se agolpaban
cinco, seis, hasta siete observadores que comentaban en voz alta las medidas a
tomar. –Aisha, conecta a la pecera. Que
cojan llamadas de asistencia-. Algunas veces la estrategia daba en parte
resultado. Pero en ocasiones el conflicto se agravaba provocando que el
Sanedrín de pensadores se crispara tanto ó más que Aisha y los agentes. Vivir
un lunes en la galera servía para entender lo complicado que era para un
teleoperador mantener la excelencia telefónica que se le exigía como premisa
indispensable para realizar su tarea.
En momentos como este era cuando más claros eran los
paisajes de actitud de la plataforma. Los grupos se definían con claridad
aflorando virtudes y defectos. Reaccionaban de acuerdo con el compromiso que
tenían con su trabajo y con sus compañeros de galera. Los de vejiga inquieta
aumentaban la frecuencia de sus huidas al retrete, los remolones buscaban
excusas técnicas para que la gestión de su llamada fuera interminable, los
avispados se quedaban fuera de servicio hasta que se les llamaba la atención y
los pragmáticos cumplían estrictamente con su trabajo, sin alardes y sin
lindezas. Pocos, algunos, remaban con más fuerza en un esfuerzo loable pero estéril
por hacerlo no solo bien sino bien y con premura. El desequilibrio era total.
Indignaba ver como todo aquello que aportaban pragmáticos y voluntariosos se
desvanecía con el contrapeso de meones, listillos y especialistas en evadir
obligaciones. El propio sofisma de las terminales permitía, a menudo, que
adecuadamente manejadas eludieran el control al que el tambor las sometía.
-¿Porqué me
preguntas esto? Deberías saberlo-.
Respuesta habitual a una consulta efectuada por un agente que conocía
perfectamente el procedimiento a seguir. Levantar la mano era suficiente para
ralentizar la llamada y tomarse un respiro. Los agentes podían tener dudas y
los coordinadores debían resolverlas. Así de fácil era para una persona que no
deseaba mantener el ritmo exigido. Así de complicado para los coordinadores. –Su tarea es hacer y hacer que hagamos. No me gustaría estar en su lugar-. La
reflexión de Palmira, excesivamente benévola en su apreciación, le sirvió para
dar por buena la visión global que tenía de la galera y algunos de sus
personajes. Ordenar conceptos es entender aquello que queremos conocer. Ya no
le eran necesarias las comparaciones. Dejaría de emular remos, galeras, látigos
y tambores.
CAPITULO
III
Habeas
corpus
-Lo siento,
señora Ochoa. Pero no podemos admitir lo que nos cuenta como denuncia- . La
miraba con simpatía mientras derrotaba su esperanza. –Fue su padre el que invitó a su marido. La orden de alejamiento no
contempla esta situación-. Palmi se sintió mas desamparada que nuca. Se arrepentía
de haber acudido a la policía para contarle lo ocurrido. Las leyes son tan
rígidas como ambiguas. -¿Qué puedo hacer,
inspector?-. Más que una pregunta era una súplica. Continuó. –Mis padres no quieren ver lo que pasa. Y mis
hijos están con ellos. Tengo miedo de ir a buscarlos-. El inspector hizo un
gesto de asentimiento. –Lo que puedo
hacer por usted es acompañarla a recoger a sus hijos- Palmi se lo agradeció
con una pregunta. -¿Y a donde les llevo?
¿A dormir en un banco del parque? Mis amigas me han ofrecido su casa de modo
temporal pero allí no puedo llevar a los niños. Apenas cabemos las tres.-
Se estaba desmoronando. –Hable con AMM,
la asociación de mujeres maltratadas. Igual pueden hacer algo por usted.-
Mientras la aconsejaba el inspector se incorporó dando a entender que la
conversación había terminado. Aitor no había infringido el dictamen del juez y
la policía no estaba facultada para intervenir en una desavenencia familiar
entre padres e hijos. Tampoco era una agencia inmobiliaria. Ni mucho menos el
teléfono de la esperanza. Cerró la carpeta que contenía el historial de Palmi y
hizo el gesto de acompañarla a la puerta.
Al salir a la calle recibió la enésima llamada de su
padre. Tenía que contestar. Esconderse no serviría de nada. –Hola, papá-. La ira de Ramón le llegó sin
saludo. -¿Te parece bien preocuparnos
así? ¿Sabes cómo está tu madre? ¿Has pensado en tus hijos? ¿Dónde coño estás?-.
Palmi le contó a su padre todo lo sucedido. Ramón, de manera inesperada, la
dejó hablar hasta que su hija le dijo que salía de la comisaría y pensaba
dirigirse a la asociación de mujeres maltratadas. -¡Ya estamos con lo mismo! No es esto lo que nosotros sabemos. Los
jóvenes de ahora le llamáis mal trato a que un hombre se ponga en su lugar. La
culpa de todo la tiene tu manía por trabajar en ese puticlub en lugar de cuidar
de tu marido y de tus hijos. Una mujer casada no puede hacer según que cosas, y
mucho menos vestirse como si anduviera buscando novio.- No dejó margen para
la réplica de su hija. – Lo que vas a
hacer ahora mismo es venirte, preocuparte por tus hijos y ponerle remedio a tu
comportamiento. Aitor sigue dispuesto a olvidarlo todo. Eso si, ni se te ocurra
seguir con esa mierda de trabajo que te has buscado. ¿De acuerdo?- Palmi no
contestó. -¿Me has oído hija? ¿Me he
explicado?.... ¡Palmira, contéstame!- Ramón no se había dado cuenta de que
ya no hablaba con nadie. El móvil de su hija descansaba desconectado en un
lateral de su bolso mientras ella caminaba hacía AMM con la idea de pedir
ayuda. Pasara lo que pasara mañana regresaría a la plataforma.
Ramón le contó a Aitor lo sucedido. La llamada duró
lo suficiente para enfurecerle. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su
suegro no lo notara. Era el comodín de su partida y no quería malgastarlo en
fuegos de artificio. –Se va a enterar de
quién soy yo. Se va a enterar, lo juro-.
-Me alegro de
que hayas tomado la decisión de reincorporarte. No te olvides de llevar todos
los justificantes. Ya sé que es jodido que se sepa lo que te pasa. Pero no te
queda otra, Palmi-. Más que un consejo sus palabras pretendían darle ánimo.
–Cuéntame lo de AMM. ¿Qué te han dicho?-
Palmi le contó de un tirón lo sucedido. La recibieron con mucho cariño; apenas
echaron un vistazo a la documentación. No les importaban los formulismos. Su
misión era otra. Como solución inmediata podían ofrecerle alojamiento en un
piso compartido con otras tres mujeres. Solo que, provisionalmente y hasta que
le consiguieran algo mejor, tendría que instalarse sin los niños. –No podía aceptar eso, Palmira. Los niños
tienen que estar conmigo. No pueden seguir con los abuelos. Ni lo entenderían
ni quiero que nunca tengan que entenderlo- . Hizo una pausa para encender
un cigarrillo. –Si aceptara eso entre mis
padres y Aitor me convertirían en culpable-. Palmira asintió con la cabeza
dejando continuar a su amiga. –Ainoa y
Urko son demasiado pequeños para asimilar lo que está pasando. Si hubieras
visto como miraban a su padre. No quiero que me odien, no quiero perderlos, no
quiero-. Hizo ademán de tirar el cigarrillo. Palmira la contuvo asiéndola
por la muñeca. –No lo tires. Anda,
invítame a uno y escúchame-. Se estaba acostumbrando a fumar en los
momentos que le parecían importantes. Y este lo era. Pestaña roja.
-Se me acaba
de ocurrir. ¿Qué pasaría sin nos buscáramos un pisito y nos fuéramos a vivir
juntas con tus niños?-.
Tenía toda la tarde para rehacerse del imprevisto.
La reacción de los coordinadores la había pillado por sorpresa. Normalmente
pataleaban pero le resultaba sencillo eludir la situación. Cinco minutos con
Gracia, y otros tantos con Ambar. La relación gestor- cliente prevalecía sobre
cualquier conato de enfrentamiento y bastaba un propósito de enmienda para que
se llegara a un acuerdo de voluntades que sobreseía la causa y sus efectos.
El rosal seguía pegado a la pared confirmando que
nunca alcanzaría la ventana. Una araña se había convertido en ocupa de aquellas
ramas muertas y su tela retenía algunos insectos hasta la hora de la cena.
Violeta se entretuvo en la visión de una mosca diminuta que todavía se
esforzaba en escapar de su destino. Apenas podía moverse y cada intento la
alejaba más de la libertad que nunca recuperaría. Dejó de moverse. Posiblemente
todavía conservaba un hilo de vida. Como no había manera de saberlo Violeta
abandonó su curiosidad, sacó las llaves del bolso y entró en su casa pensando
que cabía la posibilidad de que la araña devorara a sus víctimas antes de que
murieran.
Albergaba fundadas sospechas acerca de quién había
tenido la iniciativa de envolver en celofán una queja contra ella con la excusa
de pedir que no se admitiera la renuncia de Aisha. Había salido ilesa porqué el
altercado había quedado en un segundo plano al darle prioridad al efecto en
lugar de abordar la causa. Pero era consciente de que esta vez la quemadura
había levantado ampollas y ningún herido estaría dispuesto a aplicarse un
apósito de silencio a modo de borrón y cuenta nueva. Ella tampoco pensaba hacer
eso. Descolgó el teléfono y marcó para encontrar ayuda y protección. Siempre
las conseguía.
Le resultaba estupendo sentarse frente al televisor,
seleccionar cualquier programa que le pareciera entretenido y meter la mano a
ciegas en la bolsa para dejarse sorprender por el sabor de su elección.
Husmeando canales la pantalla le ofreció un documental de National Geographic
dedicado a la India. Uno de las mayores causas de muerte imprevista era la
picadura de una cobra. Al buscar en la bolsa algo que llevarse a la boca sintió
un tacto viscoso que la obligó a buscar otro programa menos realista.
Su mujer se le acercó. -¿Otra vez lo mismo?-. Jacobo no respondió. En su lenguaje de pareja
determinados silencios eran una afirmación. Ella respetaba esos momentos porqué
era consciente de que para Jacobo algunos de sus compañeros, y muy
especialmente Aisha, le inspiraban un sentimiento paternal que no escondía. No
era un gesto protector. Jacobo siempre había permitido que sus hijos volaran y
descubrieran por si mismos lo que la vida les fuera deparando. Pero nunca
dejaba de estar alerta por si fuera necesario darles un empujón evitando que
les alcanzara la maceta que alguien les tirara desde un balcón.
–Cuando quieras cenamos-. Era una señal
que el Yayo interpretaba como orden. Se levantó y puso proa a la cocina para ocuparse
del adrezzo de la mesa. “Madrileños por el mundo” le parecía insoportable.
Todos los que allí aparecían eran gente aposentada y sin problemas. La
previsión del Meteosat decía que el verano ya estaba doblando la esquina.
Resultó todo mucho más sencillo de lo esperado. Le
contó a Ambar lo que le estaba pasando. La supervisora no la dejó terminar. –Lo siento, de verdad. En cualquier caso no
te preocupes. Déjame copia de esta documentación. Hablaré con personal para que
solo te descuenten las ausencias y no te penalicen por falta de justificante.
Hay cosas que no se pueden justificar de manera puntual- Le recomendó que
no contara nada a nadie. –Esto está lleno
de bocazas que disfrutan con las miserias ajenas. ¿Se lo has contado a alguien?-.
Palmira Ochoa estuvo a punto de contestar que no. Pero prefirió sincerarse. –Bien, supongo que tu amiga será tan prudente
como exige la situación-. La réplica de Ambar iba cargada de la asepsia que
le imponía su puesto.
No le fue tampoco complicado saludar a sus compañeros
de raspa agradeciéndoles el interés que le mostraron por su salud. Regresar al
trabajo no resultaba difícil. Lo que se le hacía inabordable era regresar a su
vida a sabiendas de que nunca podría recuperarla. O volvía a nacer o solo sería
un espectro.
-¿Os habéis
fijado en las inseparables? Yo creo que se lo han montado-. Su tono no era
de sospecha sino de certeza. Alguien quiso ser coherente. -¡Jo, Maruja! Que la Palmira Ochoa está casada y tiene hijos-. La
reina del chisme no podía consentir que se la contradijera. –Eso no significa nada. También lo estaba
Michael Jackson y ya ves…¡ja, ja, ja, ja!...¡Que inocentes que sois!...¡Si os
lo digo es porqué sé de lo que hablo!...Lo que no puedo es hablar más-.
Una operadora
con síntomas evidentes de embarazo pasó cerca del grupo en busca de una cabina
donde conectarse. Maruja apuntó en su dirección y lanzó el segundo disparo del
día. –Y esta… ¡No me digáis que no sabéis
quién es el padre de esta criatura!-. Un no multitudinario con sordina la
invitó a continuar. -¿De verdad que no
sabéis que el padre es Manuel, el supervisor?- Se sintió protagonista y
feliz al contemplar lo atónitas que se quedaban sus compañeras. Eran las ocho
menos dos minutos. Tiempo suficiente para que la misma operadora que buscaba
coherencia con el supuesto rollo de las Palmiras preguntara. -¿Cómo se llama la preñada?-. Maruja
encogió los hombros y respondió –No tengo
ni idea. Solo sé quién es el que le ha puesto la tripa como un globo- . Las
voces de los coordinadores anunciaron que era hora de dejar de mentir.
–Todo el mundo en disponible, por favor. Todo
el mundo en disponible-.
A Maruja no le entró ninguna llamada al conectarse y
tuvo tiempo de cerrar su programa de calumnias anunciando su próxima edición.-Y todavía no os he contado lo mejor…-
Una llamada inoportuna tuvo el don de la oportunidad interrumpiendo el siseo de
otra de las serpientes del terrario. Un peligroso ejemplar de mamba negra.
Dedujo que su padre estaría buscando nuevos
argumentos para convencerla de su papel de esclava. Era algo que la preocupaba
pero que ya no temía. Lo que realmente la horrorizaba era la posibilidad de que
Aitor entrara en ebullición. No tenía
que pensar en eso ahora. El orden de prioridades la aconsejaba resolver, antes
que nada, el acomodo en un lugar donde pudiera llevar a los niños. La idea de
Palmira le parecía excelente y deseaba que llegara la tarde para concretarla.
Dio gracias al destino por haber permitido que su amiga se cruzara en su vida. A
los 29 años nadie hipoteca su juventud compartiendo casa con una madre y dos
mocosos que huyen del infierno. Palmira de Palma era irrepetible. Más que como
a una amiga ya la veía como a una hermana. No sabía, todavía, que para Maruja
ya eran mucho más que eso.
Fue necesario un solo día para que la pecera se
convirtiera en memoria. Sus agentes se mudaron a una raspa contigua a la que Palmira
solía ocupar. Había caras nuevas llegadas de otras áreas de la plataforma. A
medida que el departamento crecía sus miembros iban descubriendo que no tenía
nada de elitista y que ellos se habían convertido en multiusos. Mitad
desencanto, mitad decepción, nada de entusiasmo. Algo que se contagiaba a los
recién incorporados. Mientras permanecieron en su escondrijo de cristal se les
llamaba agentes Bussines. Cuando salieron fuera, a mezclarse con lo menos
excepcional, les cambiaron el nombre. Ya no solo recibían llamadas de usuarios
con determinados privilegios sino que atendían también otros grupos que
disfrutaban de tratamiento especial diferenciado. Desde aquel momento pasaron a
llamarse agentes Gold Plus.
Tanto se les había vendido la idea de que iban a ser
el séptimo de caballería de la plataforma que les resultaba difícil aceptar su
desmitificación a golpes de llamada. El contacto con el exterior de la pecera
les puso a tiro de los vaivenes que sufría la sala cuando las llamadas
desbordaban las previsiones y la perdía capacidad de respuesta. Si antes se les
conectaba a la normalidad de forma esporádica con el cambio pasaron a formar
parte del disloque.
El grupo seguía bajo la tutela de Violeta. Esto
hacía complicada la selección de agentes a incorporar. Los preseleccionados
hacían lo imposible para mantenerse donde estaban. Llegaron al extremo de
enfermar en los días previstos para su formación en la materia. La urgencia
empresarial por aumentar el contingente hacía el resto. Cuando se reincorporaban
de su inoportuna indisposición el ciclo formativo ya había finalizado.
Los coordinadores sufrieron también las
consecuencias. Fueron varios los considerados no aptos para la tarea de control
de Gold Plus. Algunos volvieron a su etapa anterior conservando la categoría.
Otros, menos afortunados, fueron devueltos a las cabinas. No habían superado
los seis meses de prueba.
La proximidad a Gold Plus le permitía sintonizar con
lo que allí pasaba y relacionarse con alguno de los operadores. La encantaba
escuchar las peroratas de un agente que le provocaba dudas acerca de su origen.
Su entonación confundía. A veces le parecía canario y en ocasiones cubano.
-Somos
felices aquí- . Era peculiar manera
de saludar de Waldo. Cuando Palmira escuchaba esa frase ponía toda su atención.
Waldo no se daba por satisfecho con ese cometario. Levantaba la mano para
atraer a cualquier coordinador y, cuando éste se acercaba, continuaba con su
guasa. –Somos felices aquí, ¿verdad? Yo
vengo todos los días a darlo todo por la empresa. No me deis descansos si no me
los merezco. He venido a trabajar.- Era imposible enfadarse con él. Sabía
cuando podía bromear y nunca lo hacía en momentos inoportunos. A Palmira le
caía bien aquel buen hombre, de edad y lenguaje indefinidos, por su manera de
soslayar el protocolo y desdramatizar las cosas.
Cubano o canario. Daba lo mismo. Aquel centro era un
arco iris cosmopolita donde convivían y compartían razas, etnias,
nacionalidades, religiones y culturas. En una sola raspa podías ver un hijab,
pieles tostadas caribeñas, voces de Europa del este, acentos del Guadalquivir y
modismos inconfundibles de Perú, Ecuador o Colombia. Toda una simbología de la
universalidad del ser humano. Daba lo mismo ser musulmán que mormón.
Tan entretenida estaba en sus pensamientos que
Estrella tuvo que ir a recordarle que tenía que tomarse un descanso que le
habían dado hacía más de diez minutos. Al pasar cerca de Palmi le dio un
apretón cariñoso en el hombro. Un gesto
afectivo que no se le escapó a Maruja. –Recordadme
luego que tengo que contaros algo-.
A las cuatro Waldo seguía bromeando. –Creo que hoy no he trabajado lo suficiente.
Me quedo hasta la noche. Me quedo hasta que pueda justificar lo que me pagan-.
Sus compañeros de las raspas de Gold iban desfilando hacia su vida privada. Se
levantó y con aires de culpabilidad liberó la terminal. Era hora de marcharse.
Bajaron las tres juntas a la calle. En la papelería
hicieron fotocopias de sus D.N.I. y se despidieron de la arrendadora de manera
afectuosa. Palmira se comprometió a acercarse a la calle del Carromato para
contratar una furgoneta de las que se ofrecían a hacer transportes a precios
razonables. No quiso pensar en que les diría a sus padres para justificar que
el dinero que le dieron para matricularse y pagarse el curso de fisioterapeuta
estaba a punto de volar, en parte, a la cuenta de la propietaria del piso que
acababan de alquilar. Siempre que no queremos pensar en algo no dejamos de
hacerlo.
Su marido, Venancio, se había quedado dormido en el
sofá. Lo zarandeó sin reparo hasta que logró que despertara. -¡Eo, tío, despierta que ya he llegado!-.
Mientras Venancio emergía del letargo continuó azuzándole. -¿Ni la cama has podido hacer? Y seguro que
me dirás que no has tenido tiempo, que te has pasado la mañana yendo de aquí
para allá buscando curro. ¡No me
jodas, hombre! Que no te voy a creer. Eres un vago de mierda-. Todos los
días, a la misma hora, Maruja soltaba la misma perorata con mínimos cambios.
Todos los días, a la misma hora, Venancio se peinaba con los dedos intentando
recomponer su imagen de don nadie. –Pues
si, aunque no te lo creas. Pero nadie tiene nada para mí. Unos me dicen que soy
mayor y otros que buscan gente más joven. ¿Qué quieres que haga? A los cincuenta
nadie quiere contratarte ni para hacer mandaos-. Maruja no soportaba el
conformismo de su marido.- ¡Yo tengo
cuarenta y cinco y me he buscado la vida! Seguro que no has llegado ni a cruzar la calle. ¿Para qué si el bar
está aquí al lado? ¿Cuanto debes ya? No quiero que vuelvan a pararme para
pedirme los cuartos que te has gastado mamando…Mamando tú y tus amigos. Que
encima vas de chulo y les invitas-.
Venancio se metió en el baño y rindió cuentas
escatológicas con el ímpetu que le daban varios botellines de cerveza y dos
raciones de bravas recalentadas.
-No cagarás
lo que te has gastado, no…-. Fue el
último estallido de Maruja antes de entrar en el dormitorio, abrir la ventana y
tirar de las sábanas hacia arriba para que pareciera medio hecha. El regreso al
salón coincidió con un portazo inconfundible. –Este se bebe el Tajo y no revienta-. Cada día era un calco del día
anterior. Venancio se escapaba en busca de lo que nunca encontraba y ella
buscaba en la tarde televisiva motivos para encontrar motivos que la
permitieran imaginar la vida de otros
tan dañada como la suya.
Si Joselín de Ubrique tenía un hijo con una churrera
de la feria de Sevilla alguien de la plataforma iba a tener un hijo con el
informático de guardia. Ojo por ojo y diente por diente. Da lo mismo que te
muerda una mamba negra que una cobra. Las dos pueden matarte.
Maruja miró a su izquierda. Venancio ya dormía. Su
cuerpo despedía un olor ácido al que su mujer ya se había acostumbrado. Casi
siete mil noches como aquella había sido suficientes. –Tengo que hacer algo-. Se dio media vuelta y buscó el sueño. Era
posible que mañana las cosas cambiaran.
-Tengo que
hacer algo, Amparo- Fue la
despedida de Ramón al arroparse con la sábana y la seguridad que le daban sus
convicciones. Mañana lo intentaría de nuevo.
A su izquierda, P.P. dormitaba con los auriculares
puestos. Siempre se dormía escuchando “Hora 25”. Violeta apagó la luz del último
cigarrillo y tomó un sorbo de agua. Buscó el interruptor. El dormitorio
desapareció como si nunca hubiera estado allí. –Tengo que hacer algo-. Se cayó en el precipicio de los sueños
convencida de que había cosas que no
podían esperar.
Próxima
entrega el miércoles 15.
ANTES DE EMPEZAR A PUBLICAR ESTE LIBRO YA LLAMABAS LA ATENCION POR ALUGUNO DE TUS COMPORTAMIENTOS.AHORA ERES EL CENTRO DE TODAS LAS MIRADAS.CLARO A MAS DE UNA DE ESTAS MIRADAS TENDRIAS QUE DECIRLES:
ResponderEliminar¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ SI TUS MIRADAS MATARAN AHORA ESTARIA EN EL CIELO,HAY QUE MIEDO ¡¡¡¡¡¡¡¡¡
¿¿¿ SOY ??? CUBAÑOL,CUBAÑOL,CUBAÑOL,YO SOY .........
El cielo, querido amigo, está en ser siempre lo que somos. Compartir con vosotros momentos de vida es una forma de tocarlo con las manos. Permíteme que te corrija. Yo no soy el centro de esa miradas. Si acaso lo es Palmira. Solo ella ha sido capaz de contar lo que cuenta. Y a Palmira no la podrán matar. No existe.
ResponderEliminarGracias por tu comentario. Gracias por dejar un poco de ti, Waldo.
bajó al chino de la esquina para comprar la cantidad de azúcar que el cuerpo le exigía...jajajaja
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