sábado, 11 de agosto de 2012

MEMORANDUM DE NADA (8ª ENTREGA)

Recordaros que esta entrega se añade al contenido de TODO LO PUBLICADO HASTA....para que quién lo desee tenga opción de leer las 8 publicaciones sin necesidad de cambiar de enlace.

>>>>continuación>>>>>><<<<<<viene de la 7ª entrega.

Los coordinadores azuzaban más que nunca pidiendo agilidad. Algunos agentes no soportaban la presión y se bloqueaban. El tiempo se les escapaba de las manos y su terminal le transmitía al tambor un exceso en la duración de la llamada. –Estrella, Maruja lleva doce minutos- . No hacía falta que Aisha dijera nada más para que el operador notara la presencia del control y escuchara la pregunta de la prisa. Cuando la situación de complicaba alrededor del tambor se agolpaban cinco, seis, hasta siete observadores que comentaban en voz alta las medidas a tomar. –Aisha, conecta a la pecera. Que cojan llamadas de asistencia-. Algunas veces la estrategia daba en parte resultado. Pero en ocasiones el conflicto se agravaba provocando que el Sanedrín de pensadores se crispara tanto ó más que Aisha y los agentes. Vivir un lunes en la galera servía para entender lo complicado que era para un teleoperador mantener la excelencia telefónica que se le exigía como premisa indispensable para realizar su tarea.

En momentos como este era cuando más claros eran los paisajes de actitud de la plataforma. Los grupos se definían con claridad aflorando virtudes y defectos. Reaccionaban de acuerdo con el compromiso que tenían con su trabajo y con sus compañeros de galera. Los de vejiga inquieta aumentaban la frecuencia de sus huidas al retrete, los remolones buscaban excusas técnicas para que la gestión de su llamada fuera interminable, los avispados se quedaban fuera de servicio hasta que se les llamaba la atención y los pragmáticos cumplían estrictamente con su trabajo, sin alardes y sin lindezas. Pocos, algunos, remaban con más fuerza en un esfuerzo loable pero estéril por hacerlo no solo bien sino bien y con premura. El desequilibrio era total. Indignaba ver como todo aquello que aportaban pragmáticos y voluntariosos se desvanecía con el contrapeso de meones, listillos y especialistas en evadir obligaciones. El propio sofisma de las terminales permitía, a menudo, que adecuadamente manejadas eludieran el control al que el tambor las sometía.

-¿Porqué me preguntas esto? Deberías saberlo-.  Respuesta habitual a una consulta efectuada por un agente que conocía perfectamente el procedimiento a seguir. Levantar la mano era suficiente para ralentizar la llamada y tomarse un respiro. Los agentes podían tener dudas y los coordinadores debían resolverlas. Así de fácil era para una persona que no deseaba mantener el ritmo exigido. Así de complicado para los coordinadores. –Su tarea es hacer y hacer que hagamos. No me gustaría estar en su lugar-. La reflexión de Palmira, excesivamente benévola en su apreciación, le sirvió para dar por buena la visión global que tenía de la galera y algunos de sus personajes. Ordenar conceptos es entender aquello que queremos conocer. Ya no le eran necesarias las comparaciones. Dejaría de emular remos, galeras, látigos y tambores.

 El turno ya se estaba preparando para entregar el testigo a quienes iban a darle continuidad al esfuerzo. Aisha ralentizó el ritmo de los latidos de su navegador. Pero no pudo disminuir el aluvión de preguntas que la invadían. Sentía gratitud por el gesto de sus compañeros. Sin embargo estaba convencida de que los incidentes con Violeta se repetirían. No fue esta la primera vez y todo indicaba que no sería la última. Algo o alguien le otorgaban impunidad a aquella mujer para traspasar los límites del respeto con el único objetivo de hacer daño. La evidencia de sus malas intenciones era clara; pero nunca pasaba nada. Aisha se preguntaba porqué. Se lo preguntaba buena parte de  la plataforma.

 El “Yayo” no se hacía preguntas. También había sufrido, de modo reiterado,  los golpes del ariete de Violeta. Nadie estaba a salvo de su acoso. Jacobo lo soportaba con madurez. La edad endurece la muralla de la ofensa y no era fácil que una actitud incoherente y dislocada venciera su serenidad. No por ello dejaba de estar enojado, más que con Violeta, con quién le había concedido patente de corso para piratear por mares ajenos y abordar a muerte sus bajeles. Era inexplicable que nadie tomara medidas para evitar algo que dejaba de ser anecdótico cuando provocaba diagnósticos en centros de salud. Aisha había abandonado su puesto en varias ocasiones a causa de crisis de ansiedad y taquicardias extremas. Nunca hubo una reacción mediadora. Prevalecía la impunidad a pesar de los informes médicos.
-Algún día escribiré sobre esto-. No era la primera vez que Jacobo regurgitaba su propósito. Llevaba años recopilando información. –Puede que no le interese a mucha gente. Pero tengo que contarlo-. Nunca es mala la verdad.

 Ni un solo minuto de calma. Los lunes eran temidos en la plataforma.



CAPITULO III

Habeas corpus



-Lo siento, señora Ochoa. Pero no podemos admitir lo que nos cuenta como denuncia- . La miraba con simpatía mientras derrotaba su esperanza. –Fue su padre el que invitó a su marido. La orden de alejamiento no contempla esta situación-. Palmi se sintió mas desamparada que nuca. Se arrepentía de haber acudido a la policía para contarle lo ocurrido. Las leyes son tan rígidas como ambiguas. -¿Qué puedo hacer, inspector?-. Más que una pregunta era una súplica. Continuó. –Mis padres no quieren ver lo que pasa. Y mis hijos están con ellos. Tengo miedo de ir a buscarlos-. El inspector hizo un gesto de asentimiento. –Lo que puedo hacer por usted es acompañarla a recoger a sus hijos- Palmi se lo agradeció con una pregunta. -¿Y a donde les llevo? ¿A dormir en un banco del parque? Mis amigas me han ofrecido su casa de modo temporal pero allí no puedo llevar a los niños. Apenas cabemos las tres.- Se estaba desmoronando. –Hable con AMM, la asociación de mujeres maltratadas. Igual pueden hacer algo por usted.- Mientras la aconsejaba el inspector se incorporó dando a entender que la conversación había terminado. Aitor no había infringido el dictamen del juez y la policía no estaba facultada para intervenir en una desavenencia familiar entre padres e hijos. Tampoco era una agencia inmobiliaria. Ni mucho menos el teléfono de la esperanza. Cerró la carpeta que contenía el historial de Palmi y hizo el gesto de acompañarla a la puerta.

Al salir a la calle recibió la enésima llamada de su padre. Tenía que contestar. Esconderse no serviría de nada. –Hola, papá-. La ira de Ramón le llegó sin saludo. -¿Te parece bien preocuparnos así? ¿Sabes cómo está tu madre? ¿Has pensado en tus hijos? ¿Dónde coño estás?-. Palmi le contó a su padre todo lo sucedido. Ramón, de manera inesperada, la dejó hablar hasta que su hija le dijo que salía de la comisaría y pensaba dirigirse a la asociación de mujeres maltratadas. -¡Ya estamos con lo mismo! No es esto lo que nosotros sabemos. Los jóvenes de ahora le llamáis mal trato a que un hombre se ponga en su lugar. La culpa de todo la tiene tu manía por trabajar en ese puticlub en lugar de cuidar de tu marido y de tus hijos. Una mujer casada no puede hacer según que cosas, y mucho menos vestirse como si anduviera buscando novio.- No dejó margen para la réplica de su hija. – Lo que vas a hacer ahora mismo es venirte, preocuparte por tus hijos y ponerle remedio a tu comportamiento. Aitor sigue dispuesto a olvidarlo todo. Eso si, ni se te ocurra seguir con esa mierda de trabajo que te has buscado. ¿De acuerdo?- Palmi no contestó. -¿Me has oído hija? ¿Me he explicado?.... ¡Palmira, contéstame!- Ramón no se había dado cuenta de que ya no hablaba con nadie. El móvil de su hija descansaba desconectado en un lateral de su bolso mientras ella caminaba hacía AMM con la idea de pedir ayuda. Pasara lo que pasara mañana regresaría a la plataforma.

Ramón le contó a Aitor lo sucedido. La llamada duró lo suficiente para enfurecerle. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su suegro no lo notara. Era el comodín de su partida y no quería malgastarlo en fuegos de artificio. –Se va a enterar de quién soy yo. Se va a enterar, lo juro-.

 El Parque del Lago se había convertido en su refugio. Preferían perderse entre la multitud a la intimidad inexistente del apartamento. María se estaba comportando bien pero no sabía desaparecer cuando era necesario.
-Me alegro de que hayas tomado la decisión de reincorporarte. No te olvides de llevar todos los justificantes. Ya sé que es jodido que se sepa lo que te pasa. Pero no te queda otra, Palmi-. Más que un consejo sus palabras pretendían darle ánimo. –Cuéntame lo de AMM. ¿Qué te han dicho?- Palmi le contó de un tirón lo sucedido. La recibieron con mucho cariño; apenas echaron un vistazo a la documentación. No les importaban los formulismos. Su misión era otra. Como solución inmediata podían ofrecerle alojamiento en un piso compartido con otras tres mujeres. Solo que, provisionalmente y hasta que le consiguieran algo mejor, tendría que instalarse sin los niños. –No podía aceptar eso, Palmira. Los niños tienen que estar conmigo. No pueden seguir con los abuelos. Ni lo entenderían ni quiero que nunca tengan que entenderlo- . Hizo una pausa para encender un cigarrillo. –Si aceptara eso entre mis padres y Aitor me convertirían en culpable-. Palmira asintió con la cabeza dejando continuar a su amiga. –Ainoa y Urko son demasiado pequeños para asimilar lo que está pasando. Si hubieras visto como miraban a su padre. No quiero que me odien, no quiero perderlos, no quiero-. Hizo ademán de tirar el cigarrillo. Palmira la contuvo asiéndola por la muñeca. –No lo tires. Anda, invítame a uno y escúchame-. Se estaba acostumbrando a fumar en los momentos que le parecían importantes. Y este lo era. Pestaña roja.
-Se me acaba de ocurrir. ¿Qué pasaría sin nos buscáramos un pisito y nos fuéramos a vivir juntas con tus niños?-.

Tenía toda la tarde para rehacerse del imprevisto. La reacción de los coordinadores la había pillado por sorpresa. Normalmente pataleaban pero le resultaba sencillo eludir la situación. Cinco minutos con Gracia, y otros tantos con Ambar. La relación gestor- cliente prevalecía sobre cualquier conato de enfrentamiento y bastaba un propósito de enmienda para que se llegara a un acuerdo de voluntades que sobreseía la causa y sus efectos.
El rosal seguía pegado a la pared confirmando que nunca alcanzaría la ventana. Una araña se había convertido en ocupa de aquellas ramas muertas y su tela retenía algunos insectos hasta la hora de la cena. Violeta se entretuvo en la visión de una mosca diminuta que todavía se esforzaba en escapar de su destino. Apenas podía moverse y cada intento la alejaba más de la libertad que nunca recuperaría. Dejó de moverse. Posiblemente todavía conservaba un hilo de vida. Como no había manera de saberlo Violeta abandonó su curiosidad, sacó las llaves del bolso y entró en su casa pensando que cabía la posibilidad de que la araña devorara a sus víctimas antes de que murieran.
Albergaba fundadas sospechas acerca de quién había tenido la iniciativa de envolver en celofán una queja contra ella con la excusa de pedir que no se admitiera la renuncia de Aisha. Había salido ilesa porqué el altercado había quedado en un segundo plano al darle prioridad al efecto en lugar de abordar la causa. Pero era consciente de que esta vez la quemadura había levantado ampollas y ningún herido estaría dispuesto a aplicarse un apósito de silencio a modo de borrón y cuenta nueva. Ella tampoco pensaba hacer eso. Descolgó el teléfono y marcó para encontrar ayuda y protección. Siempre las conseguía.
 Aisha arrinconó su preocupación para centrarse en la llegada de su madre. En dos días estaría allí y quería disfrutar de su presencia. Decidió no contarle nada de lo ocurrido. No quería preocuparla. Sintió auténtica avidez de dulce y bajó al chino de la esquina para comprar la cantidad de azúcar que el cuerpo le exigía.
Le resultaba estupendo sentarse frente al televisor, seleccionar cualquier programa que le pareciera entretenido y meter la mano a ciegas en la bolsa para dejarse sorprender por el sabor de su elección. Husmeando canales la pantalla le ofreció un documental de National Geographic dedicado a la India. Uno de las mayores causas de muerte imprevista era la picadura de una cobra. Al buscar en la bolsa algo que llevarse a la boca sintió un tacto viscoso que la obligó a buscar otro programa menos realista.
 Jacobo esperó a que fueran las siete para llamar a su hija. Su nieta mayor no quiso ponerse al teléfono. Estaba ocupadísima jugando a ser maestra. La pequeña era demasiado pequeña. Pero le soltó un -¡Hola, yayo!- que le llenó de satisfacción. Todas la semanas hablaban varias veces para hacer más llevadera la distancia que les separaba. Terminada su charla se sentó frente al ordenador para transportar anotaciones que, un día si y otro también, depositando en un cuaderno de espiral.
Su mujer se le acercó. -¿Otra vez lo mismo?-. Jacobo no respondió. En su lenguaje de pareja determinados silencios eran una afirmación. Ella respetaba esos momentos porqué era consciente de que para Jacobo algunos de sus compañeros, y muy especialmente Aisha, le inspiraban un sentimiento paternal que no escondía. No era un gesto protector. Jacobo siempre había permitido que sus hijos volaran y descubrieran por si mismos lo que la vida les fuera deparando. Pero nunca dejaba de estar alerta por si fuera necesario darles un empujón evitando que les alcanzara la maceta que alguien les tirara desde un balcón.
Cuando quieras cenamos-. Era una señal que el Yayo interpretaba como orden. Se levantó y puso proa a la cocina para ocuparse del adrezzo de la mesa. “Madrileños por el mundo” le parecía insoportable. Todos los que allí aparecían eran gente aposentada y sin problemas. La previsión del Meteosat decía que el verano ya estaba doblando la esquina.

Resultó todo mucho más sencillo de lo esperado. Le contó a Ambar lo que le estaba pasando. La supervisora no la dejó terminar. –Lo siento, de verdad. En cualquier caso no te preocupes. Déjame copia de esta documentación. Hablaré con personal para que solo te descuenten las ausencias y no te penalicen por falta de justificante. Hay cosas que no se pueden justificar de manera puntual- Le recomendó que no contara nada a nadie. –Esto está lleno de bocazas que disfrutan con las miserias ajenas. ¿Se lo has contado a alguien?-. Palmira Ochoa estuvo a punto de contestar que no. Pero prefirió sincerarse. –Bien, supongo que tu amiga será tan prudente como exige la situación-. La réplica de Ambar iba cargada de la asepsia que le imponía su puesto.
No le fue tampoco complicado saludar a sus compañeros de raspa agradeciéndoles el interés que le mostraron por su salud. Regresar al trabajo no resultaba difícil. Lo que se le hacía inabordable era regresar a su vida a sabiendas de que nunca podría recuperarla. O volvía a nacer o solo sería un espectro.
 Maruja solo se sentía bien cuando ejercía como tal. Necesitaba captar la atención de los que la rodeaban y era capaz de cualquier cosa para conseguirlo. La miel atrae a las hormigas y, de modo natural, se había formado un grupo que autoabastecía su morbo a base de chismorreos. Los minutos que precedían a la conexión eran el punto de partida de su guión de la jornada. Maruja era la que siempre daba el pistoletazo de salida.
-¿Os habéis fijado en las inseparables? Yo creo que se lo han montado-. Su tono no era de sospecha sino de certeza. Alguien quiso ser coherente. -¡Jo, Maruja! Que la Palmira Ochoa está casada y tiene hijos-. La reina del chisme no podía consentir que se la contradijera. –Eso no significa nada. También lo estaba Michael Jackson y ya ves…¡ja, ja, ja, ja!...¡Que inocentes que sois!...¡Si os lo digo es porqué sé de lo que hablo!...Lo que no puedo es hablar más-.
 Una operadora con síntomas evidentes de embarazo pasó cerca del grupo en busca de una cabina donde conectarse. Maruja apuntó en su dirección y lanzó el segundo disparo del día. –Y esta… ¡No me digáis que no sabéis quién es el padre de esta criatura!-. Un no multitudinario con sordina la invitó a continuar. -¿De verdad que no sabéis que el padre es Manuel, el supervisor?- Se sintió protagonista y feliz al contemplar lo atónitas que se quedaban sus compañeras. Eran las ocho menos dos minutos. Tiempo suficiente para que la misma operadora que buscaba coherencia con el supuesto rollo de las Palmiras preguntara. -¿Cómo se llama la preñada?-. Maruja encogió los hombros y respondió –No tengo ni idea. Solo sé quién es el que le ha puesto la tripa como un globo- . Las voces de los coordinadores anunciaron que era hora de dejar de mentir.
 Todo el mundo en disponible, por favor. Todo el mundo en disponible-.
A Maruja no le entró ninguna llamada al conectarse y tuvo tiempo de cerrar su programa de calumnias anunciando su próxima edición.-Y todavía no os he contado lo mejor…- Una llamada inoportuna tuvo el don de la oportunidad interrumpiendo el siseo de otra de las serpientes del terrario. Un peligroso ejemplar de mamba negra.
 -Gracias a usted por su llamada. Buenos días-. Palmi recuperó su pulso profesional a los poco minutos. Era la hora de su primer descanso. Buscó a Palmira y  viéndola atareada emprendió el camino a la salida. La máquina de vending  se tragó los 40 céntimos a cambio de una bolsita de galletas integrales dispuestas a convertirse en desayuno. Bajó a la calle buscando un sol que todavía no era molesto. Quince minutos bien administrados dan mucho de si. Comió la mitad de las galletas y buscó en la nicotina lo que su sangre le pedía.
Dedujo que su padre estaría buscando nuevos argumentos para convencerla de su papel de esclava. Era algo que la preocupaba pero que ya no temía. Lo que realmente la horrorizaba era la posibilidad de que Aitor entrara en ebullición.  No tenía que pensar en eso ahora. El orden de prioridades la aconsejaba resolver, antes que nada, el acomodo en un lugar donde pudiera llevar a los niños. La idea de Palmira le parecía excelente y deseaba que llegara la tarde para concretarla. Dio gracias al destino por haber permitido que su amiga se cruzara en su vida. A los 29 años nadie hipoteca su juventud compartiendo casa con una madre y dos mocosos que huyen del infierno. Palmira de Palma era irrepetible. Más que como a una amiga ya la veía como a una hermana. No sabía, todavía, que para Maruja ya eran mucho más que eso.

Fue necesario un solo día para que la pecera se convirtiera en memoria. Sus agentes se mudaron a una raspa contigua a la que Palmira solía ocupar. Había caras nuevas llegadas de otras áreas de la plataforma. A medida que el departamento crecía sus miembros iban descubriendo que no tenía nada de elitista y que ellos se habían convertido en multiusos. Mitad desencanto, mitad decepción, nada de entusiasmo. Algo que se contagiaba a los recién incorporados. Mientras permanecieron en su escondrijo de cristal se les llamaba agentes Bussines. Cuando salieron fuera, a mezclarse con lo menos excepcional, les cambiaron el nombre. Ya no solo recibían llamadas de usuarios con determinados privilegios sino que atendían también otros grupos que disfrutaban de tratamiento especial diferenciado. Desde aquel momento pasaron a llamarse agentes Gold Plus.
Tanto se les había vendido la idea de que iban a ser el séptimo de caballería de la plataforma que les resultaba difícil aceptar su desmitificación a golpes de llamada. El contacto con el exterior de la pecera les puso a tiro de los vaivenes que sufría la sala cuando las llamadas desbordaban las previsiones y la perdía capacidad de respuesta. Si antes se les conectaba a la normalidad de forma esporádica con el cambio pasaron a formar parte del disloque.
El grupo seguía bajo la tutela de Violeta. Esto hacía complicada la selección de agentes a incorporar. Los preseleccionados hacían lo imposible para mantenerse donde estaban. Llegaron al extremo de enfermar en los días previstos para su formación en la materia. La urgencia empresarial por aumentar el contingente hacía el resto. Cuando se reincorporaban de su inoportuna indisposición el ciclo formativo ya había finalizado.
Los coordinadores sufrieron también las consecuencias. Fueron varios los considerados no aptos para la tarea de control de Gold Plus. Algunos volvieron a su etapa anterior conservando la categoría. Otros, menos afortunados, fueron devueltos a las cabinas. No habían superado los seis meses de prueba.
 Palmira vivía aquella época de cambios con la mayor curiosidad. Su única estrategia consistía en trabajar bien sin que se notara demasiado su presencia. Evitando sobresalir incluso cuando tenía ocasión de hacerlo podría pasar desapercibida y dedicarse, sin más, a facilitar asistencia a conductores contrariados.
La proximidad a Gold Plus le permitía sintonizar con lo que allí pasaba y relacionarse con alguno de los operadores. La encantaba escuchar las peroratas de un agente que le provocaba dudas acerca de su origen. Su entonación confundía. A veces le parecía canario y en ocasiones cubano.
-Somos felices aquí- . Era peculiar manera de saludar de Waldo. Cuando Palmira escuchaba esa frase ponía toda su atención. Waldo no se daba por satisfecho con ese cometario. Levantaba la mano para atraer a cualquier coordinador y, cuando éste se acercaba, continuaba con su guasa. –Somos felices aquí, ¿verdad? Yo vengo todos los días a darlo todo por la empresa. No me deis descansos si no me los merezco. He venido a trabajar.- Era imposible enfadarse con él. Sabía cuando podía bromear y nunca lo hacía en momentos inoportunos. A Palmira le caía bien aquel buen hombre, de edad y lenguaje indefinidos, por su manera de soslayar el protocolo y desdramatizar las cosas.
Cubano o canario. Daba lo mismo. Aquel centro era un arco iris cosmopolita donde convivían y compartían razas, etnias, nacionalidades, religiones y culturas. En una sola raspa podías ver un hijab, pieles tostadas caribeñas, voces de Europa del este, acentos del Guadalquivir y modismos inconfundibles de Perú, Ecuador o Colombia. Toda una simbología de la universalidad del ser humano. Daba lo mismo ser musulmán que mormón.
Tan entretenida estaba en sus pensamientos que Estrella tuvo que ir a recordarle que tenía que tomarse un descanso que le habían dado hacía más de diez minutos. Al pasar cerca de Palmi le dio un apretón cariñoso  en el hombro. Un gesto afectivo que no se le escapó a Maruja. –Recordadme luego que tengo que contaros algo-.
A las cuatro Waldo seguía bromeando. –Creo que hoy no he trabajado lo suficiente. Me quedo hasta la noche. Me quedo hasta que pueda justificar lo que me pagan-. Sus compañeros de las raspas de Gold iban desfilando hacia su vida privada. Se levantó y con aires de culpabilidad liberó la terminal. Era hora de marcharse.
 -Bien. Nos lo quedamos. En cuanto lleguemos a casa le hacemos la transferencia de la fianza por Internet y mañana por la tarde firmamos el contrato-. Ambas partes dieron la operación por cerrada cuando la propietaria del piso rebajó sus exigencias y dio por buenos los 600 euros que le ofrecían. Era mejor bajar en 50 sus pretensiones que pasar otros seis meses con el piso vacío. Sesenta  y siete  metros cuadrados bastante bien distribuidos en un salón bastante amplio, dos habitaciones óptimas para sus necesidades. Una de ellas tenía su propio baño y junto a la cocina, equipada con dignidad, había un cuarto de aseo con un plato de ducha. El salón daba acceso a una pequeña terraza interior que ofrecía magníficas vistas de otras terrazas y ventanas del vecindario. Solo la habitación principal y su baño tenían ventanas que dieran a la calle. El barrio parecía tranquilo y estaban a cinco minutos de una parada de la línea de bus que las llevaría a trabajar. El Parque del Lago a una distancia similar a la que lo separaba del apartamento de Palmira. No era un palacio pero a Palmi se lo pareció. Cuando Urko y Ainoa jugaran en el salón lo sería.
Bajaron las tres juntas a la calle. En la papelería hicieron fotocopias de sus D.N.I. y se despidieron de la arrendadora de manera afectuosa. Palmira se comprometió a acercarse a la calle del Carromato para contratar una furgoneta de las que se ofrecían a hacer transportes a precios razonables. No quiso pensar en que les diría a sus padres para justificar que el dinero que le dieron para matricularse y pagarse el curso de fisioterapeuta estaba a punto de volar, en parte, a la cuenta de la propietaria del piso que acababan de alquilar. Siempre que no queremos pensar en algo no dejamos de hacerlo.

Maruja llegaba a casa más cansada de propagar rumores que de trabajar. Su mente era una fábrica de supuestos que ella convertía en noticia. Los difundía deliberadamente porqué se sentía bien desacreditando a los demás. No le importaba el daño que pudiera hacer. Era la fórmula ideal para enterrar, durante ocho horas diarias, todas las miserias de su propia vida.
Su marido, Venancio, se había quedado dormido en el sofá. Lo zarandeó sin reparo hasta que logró que despertara. -¡Eo, tío, despierta que ya he llegado!-. Mientras Venancio emergía del letargo continuó azuzándole. -¿Ni la cama has podido hacer? Y seguro que me dirás que no has tenido tiempo, que te has pasado la mañana yendo de aquí para allá buscando curro. ¡No me jodas, hombre! Que no te voy a creer. Eres un vago de mierda-. Todos los días, a la misma hora, Maruja soltaba la misma perorata con mínimos cambios. Todos los días, a la misma hora, Venancio se peinaba con los dedos intentando recomponer su imagen de don nadie. –Pues si, aunque no te lo creas. Pero nadie tiene nada para mí. Unos me dicen que soy mayor y otros que buscan gente más joven. ¿Qué quieres que haga? A los cincuenta nadie quiere contratarte ni para hacer mandaos-. Maruja no soportaba el conformismo de su marido.- ¡Yo tengo cuarenta y cinco y me he buscado la vida! Seguro que no has llegado ni a cruzar la calle. ¿Para qué si el bar está aquí al lado? ¿Cuanto debes ya? No quiero que vuelvan a pararme para pedirme los cuartos que te has gastado mamando…Mamando tú y tus amigos. Que encima vas de chulo y les invitas-.
Venancio se metió en el baño y rindió cuentas escatológicas con el ímpetu que le daban varios botellines de cerveza y dos raciones de bravas recalentadas.
-No cagarás lo que te has gastado, no…-. Fue el último estallido de Maruja antes de entrar en el dormitorio, abrir la ventana y tirar de las sábanas hacia arriba para que pareciera medio hecha. El regreso al salón coincidió con un portazo inconfundible. –Este se bebe el Tajo y no revienta-. Cada día era un calco del día anterior. Venancio se escapaba en busca de lo que nunca encontraba y ella buscaba en la tarde televisiva motivos para encontrar motivos que la permitieran imaginar la vida de otros  tan dañada como la suya.
Si Joselín de Ubrique tenía un hijo con una churrera de la feria de Sevilla alguien de la plataforma iba a tener un hijo con el informático de guardia. Ojo por ojo y diente por diente. Da lo mismo que te muerda una mamba negra que una cobra. Las dos pueden matarte.
 Cuando la noche pintó de oscuro el lienzo de la ventana del cuarto de Palmira, ella  buscó el punto en “Los Pilares de la tierra” para no perder la costumbre de dormirse con la luz encendida. Palmi había conquistado el sofá del salón y María, como casi siempre, no tenía previsto llegar hasta que se le ocurriera hacerlo. Era la última noche que iban a compartir aquel techo. Luna nueva, noche sin sombras. La noche no es selectiva. Nos envuelve a todos lo merezcamos o no.
 Aitor se había pedido dos días libres. –Tengo que hacer algo-. Este último pensamiento se durmió con el. Mañana se pondría manos a la obra.

Maruja miró a su izquierda. Venancio ya dormía. Su cuerpo despedía un olor ácido al que su mujer ya se había acostumbrado. Casi siete mil noches como aquella había sido suficientes. –Tengo que hacer algo-. Se dio media vuelta y buscó el sueño. Era posible que mañana las cosas cambiaran.
-Tengo que hacer algo, Amparo- Fue la despedida de Ramón al arroparse con la sábana y la seguridad que le daban sus convicciones. Mañana lo intentaría de nuevo.
A su izquierda, P.P. dormitaba con los auriculares puestos. Siempre se dormía escuchando “Hora 25”. Violeta apagó la luz del último cigarrillo y tomó un sorbo de agua. Buscó el interruptor. El dormitorio desapareció como si nunca hubiera estado allí. –Tengo que hacer algo-. Se cayó en el precipicio de los sueños convencida de que había cosas  que no podían esperar.

Próxima entrega el miércoles 15.

3 comentarios:

  1. ANTES DE EMPEZAR A PUBLICAR ESTE LIBRO YA LLAMABAS LA ATENCION POR ALUGUNO DE TUS COMPORTAMIENTOS.AHORA ERES EL CENTRO DE TODAS LAS MIRADAS.CLARO A MAS DE UNA DE ESTAS MIRADAS TENDRIAS QUE DECIRLES:
    ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ SI TUS MIRADAS MATARAN AHORA ESTARIA EN EL CIELO,HAY QUE MIEDO ¡¡¡¡¡¡¡¡¡
    ¿¿¿ SOY ??? CUBAÑOL,CUBAÑOL,CUBAÑOL,YO SOY .........

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  2. El cielo, querido amigo, está en ser siempre lo que somos. Compartir con vosotros momentos de vida es una forma de tocarlo con las manos. Permíteme que te corrija. Yo no soy el centro de esa miradas. Si acaso lo es Palmira. Solo ella ha sido capaz de contar lo que cuenta. Y a Palmira no la podrán matar. No existe.
    Gracias por tu comentario. Gracias por dejar un poco de ti, Waldo.

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  3. bajó al chino de la esquina para comprar la cantidad de azúcar que el cuerpo le exigía...jajajaja

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