Un cartel rotulado a mano en la puerta del ascensor le señalaba a Palmira Ochoa la escalera como único recurso para llegar a la casa de sus padres. Se tomó con calma la ascensión a la cuarta planta de aquel bloque que ya daba señales de deterioro irreversible.
El primer rellano correspondía al entresuelo. Un despacho de abogados primerizos y una gestoría tan antigua como el edificio. Antes de casarse era el rincón de las delicias de Palmi y Aitor. A las diez de la noche ya no había nadie y subían hasta allí para despedirse como dos enamorados. Luego tomaban el ascensor para despedirse al gusto de sus padres.
Estaba cansada pero les había prometido a los niños que iba a llevarlos al cine. Tomaría un café y haría felices a sus hijos. La respiración y las piernas ya gruñían cuando metió la llave en la cerradura y, abriendo la puerta, lanzó el grito de guerra al que Ainoa y Urko siempre respondían con una carrera y un abrazo.
- ¡Ya estoy aquí!.... ¿A dónde vamos hoy?-. No hubo jolgorio. –Estarán jugando en su cuarto- Recorrió los tres metros de pasillo que la separaban del salón y se quedó paralizada, sin saber que decir.
Sentado en el sofá, con una copa de anís en la mano y Urko en sus rodillas, Aitor hablaba distendidamente con su suegro. Ainoa, de rodillas en el suelo miraba a su padre como solo puede mirar una chiquilla al primer hombre de su vida. Amparo, su madre, le pidió calma con una mirada tan clara como un gesto. Intento balbucear un -¿Qué está pasando aquí?- pero no fue capaz de articular tantas sílabas seguidas.
Su padre, sentado en la butaca que le otorgaba la autoridad que creía tener hizo uso de la misma con una intervención que llevaba días preparando.
-Palmira. He sido yo el que le he pedido a Aitor que venga. Creo que ya es hora de que habléis y pongáis lo necesario por ambas partes para que las cosas vuelvan al lugar del que nunca tuvieron que salir- Respiró satisfecho. Estaba seguro de que era convincente en su sermón de padre contrariado. –Aitor está muy dolido por tu manera de tomarte las cosas. Nos ha dicho, a tu madre y a mí, que no hizo bien. Pero que está arrepentido y quiere hacer las paces, quiere que regreses a casa- y remarcó con una sonrisa –Que es el lugar donde una madre tiene que estar. Con su marido y con sus hijos-
Quiso gritar, decirles que lo ocurrido no había sido algo aislado, que era algo continuado y que, con el paso del tiempo, las cosas empeoraban. Que no fue un bofetón, que hubo más y no siempre en lo físico. Que si había decidido escapar y pedir protección a la justicia era porqué tenía sobrados motivos para hacerlo. Quiso decirles que un juez contrastó todo aquello antes de darle la razón. No pudo. No podía. Miraba a Aitor y el miedo la atenazaba.
Su madre, en el extremo del sofá tenía los ojos teñidos de tristeza. Movía levemente la cabeza dibujando un no que Palmira no fue capaz de interpretar a qué o a quién iba dirigido.
El patriarca, convencido de que su arenga había sido decisiva dictó sentencia.
-Lo que tenéis que hacer es hablar, hablar lo que haga falta. Ahora tu madre y yo nos llevamos a los niños. Vosotros os quedáis aquí, sin nada que os moleste, y arregláis esto- Se levantó mientras ordenaba a Amparo con la mirada que le siguiera. Palmi cogió a Ainoa en brazos y la besó. Urko seguía en las rodillas de su padre haciendo volar un avión que no volaba. El silencio de la espera es el silencio de nada. Cuando su madre le quitó a la niña de sus brazos, Palmi maldijo al autor de su vida por escribir aquel momento que no quería interpretar. -Te doy mis ojos….Te doy mis ojos….Te doy mis ojos-. Intentó encontrar la fuerza que no tenía en el título de aquella película de Iciar Bollaín. En 2003 Palmi pensaba que a ella nunca iba a pasarle algo parecido.
Estaba cansada pero les había prometido a los niños que iba a llevarlos al cine. Tomaría un café y haría felices a sus hijos. La respiración y las piernas ya gruñían cuando metió la llave en la cerradura y, abriendo la puerta, lanzó el grito de guerra al que Ainoa y Urko siempre respondían con una carrera y un abrazo.
- ¡Ya estoy aquí!.... ¿A dónde vamos hoy?-. No hubo jolgorio. –Estarán jugando en su cuarto- Recorrió los tres metros de pasillo que la separaban del salón y se quedó paralizada, sin saber que decir.
Sentado en el sofá, con una copa de anís en la mano y Urko en sus rodillas, Aitor hablaba distendidamente con su suegro. Ainoa, de rodillas en el suelo miraba a su padre como solo puede mirar una chiquilla al primer hombre de su vida. Amparo, su madre, le pidió calma con una mirada tan clara como un gesto. Intento balbucear un -¿Qué está pasando aquí?- pero no fue capaz de articular tantas sílabas seguidas.
Su padre, sentado en la butaca que le otorgaba la autoridad que creía tener hizo uso de la misma con una intervención que llevaba días preparando.
-Palmira. He sido yo el que le he pedido a Aitor que venga. Creo que ya es hora de que habléis y pongáis lo necesario por ambas partes para que las cosas vuelvan al lugar del que nunca tuvieron que salir- Respiró satisfecho. Estaba seguro de que era convincente en su sermón de padre contrariado. –Aitor está muy dolido por tu manera de tomarte las cosas. Nos ha dicho, a tu madre y a mí, que no hizo bien. Pero que está arrepentido y quiere hacer las paces, quiere que regreses a casa- y remarcó con una sonrisa –Que es el lugar donde una madre tiene que estar. Con su marido y con sus hijos-
Quiso gritar, decirles que lo ocurrido no había sido algo aislado, que era algo continuado y que, con el paso del tiempo, las cosas empeoraban. Que no fue un bofetón, que hubo más y no siempre en lo físico. Que si había decidido escapar y pedir protección a la justicia era porqué tenía sobrados motivos para hacerlo. Quiso decirles que un juez contrastó todo aquello antes de darle la razón. No pudo. No podía. Miraba a Aitor y el miedo la atenazaba.
Su madre, en el extremo del sofá tenía los ojos teñidos de tristeza. Movía levemente la cabeza dibujando un no que Palmira no fue capaz de interpretar a qué o a quién iba dirigido.
El patriarca, convencido de que su arenga había sido decisiva dictó sentencia.
-Lo que tenéis que hacer es hablar, hablar lo que haga falta. Ahora tu madre y yo nos llevamos a los niños. Vosotros os quedáis aquí, sin nada que os moleste, y arregláis esto- Se levantó mientras ordenaba a Amparo con la mirada que le siguiera. Palmi cogió a Ainoa en brazos y la besó. Urko seguía en las rodillas de su padre haciendo volar un avión que no volaba. El silencio de la espera es el silencio de nada. Cuando su madre le quitó a la niña de sus brazos, Palmi maldijo al autor de su vida por escribir aquel momento que no quería interpretar. -Te doy mis ojos….Te doy mis ojos….Te doy mis ojos-. Intentó encontrar la fuerza que no tenía en el título de aquella película de Iciar Bollaín. En 2003 Palmi pensaba que a ella nunca iba a pasarle algo parecido.
Palmira de Palma descartó la idea de encerrarse. La lluvia del viernes había limpiado el aire y daba gusto caminar. Se acercó al Parque del Lago para llenarse los pulmones de salud. Lo ideal habría sido que el bolsillo se contagiara de sus vísceras. Pensó que no podía quejarse y lo celebró sentándose en una mesa del kiosco para tomar un batido. A veinte metros de allí el sin techo intentaba convencer a los viandantes de que su miseria era auténtica.
El primer sorbo la confortó empujándola a revisar los archivos que, debidamente señalados con pestañas de color, ponían orden a su vida.
Tenía serias dudas acerca de sus intenciones respecto a convertirse en fisioterapeuta. Habían aumentado cuando, por curiosidad y fingiendo que era titulada, llamó a un anuncio del periódico. El horario era full time y el sueldo apenas se diferenciaba de lo que estaba percibiendo como teleoperadora. A los 29 años se le hacía duro reemprender sus estudios sin la certeza de que iban a representarle una salida profesional estable y bien retribuida. No pedía la luna.
La pregunta era inevitable. Su trabajo no era el mejor del mundo pero no la disgustaba. Pero, ¿hasta cuando podría contar con él? ¿Si no continuaba en la empresa encontraría ofertas similares? ¿Había venido a la ciudad para esto?
No tomó ninguna decisión porqué nada la motivaba a tomarla. Apuró el batido, lo pagó y siguió caminando por el parque intentando no pensar. Cuando pasó junto al mendigo le saludó como si ya se conocieran.
Al entrar en casa le cambió el humor. El desorden era total. Nada estaba en su sitio y un olor espeso a maría le sirvió para entender que María no sabía convivir. Abrió las ventanas para que su enfado y el salón se ventilaran. Ya no creía necesario hablar con su compañera. Era urgente buscarse otro lugar donde vivir. Pestaña roja.
El primer sorbo la confortó empujándola a revisar los archivos que, debidamente señalados con pestañas de color, ponían orden a su vida.
Tenía serias dudas acerca de sus intenciones respecto a convertirse en fisioterapeuta. Habían aumentado cuando, por curiosidad y fingiendo que era titulada, llamó a un anuncio del periódico. El horario era full time y el sueldo apenas se diferenciaba de lo que estaba percibiendo como teleoperadora. A los 29 años se le hacía duro reemprender sus estudios sin la certeza de que iban a representarle una salida profesional estable y bien retribuida. No pedía la luna.
La pregunta era inevitable. Su trabajo no era el mejor del mundo pero no la disgustaba. Pero, ¿hasta cuando podría contar con él? ¿Si no continuaba en la empresa encontraría ofertas similares? ¿Había venido a la ciudad para esto?
No tomó ninguna decisión porqué nada la motivaba a tomarla. Apuró el batido, lo pagó y siguió caminando por el parque intentando no pensar. Cuando pasó junto al mendigo le saludó como si ya se conocieran.
Al entrar en casa le cambió el humor. El desorden era total. Nada estaba en su sitio y un olor espeso a maría le sirvió para entender que María no sabía convivir. Abrió las ventanas para que su enfado y el salón se ventilaran. Ya no creía necesario hablar con su compañera. Era urgente buscarse otro lugar donde vivir. Pestaña roja.
-Hiciste bien en marcharte, Palmira….Hiciste bien porqué así pude comprender lo mal que me había portado y cuanto os necesito a ti y a los niños-. Levantó un poco la mirada, sin sacar la cabeza de la cueva de sus manos, para comprobar el efecto de sus palabras.
Palmi lloraba. Pero su mirada no era la de una persona que comprende. Era una mirada instalada entre el miedo y el desprecio.–Aitor, tenías que haberlo pensado antes…. No ha sido una vez….Ahora ya no nos queda nada….No me hagas volver a denunciarte-. Se arrepintió inmediatamente de hacer mención a la denuncia. Quiso rectificar pero Aitor no la dejó.
-¿Tú crees que ese mierda del juez es quién para prohibirme que vea a mi mujer y a mis hijos?-Entonó los dos “mi” con una contundencia que no dejaba resquicio para discutir sus propiedades. –Eres mi mujer. ¿Entiendes? Y eso no lo cambia una denuncia. Me la suda la denuncia. Me la suda el juez. Me la suda todo- . Su voz se rompía a medida que iba convirtiéndose en grito. Palmi conocía esas reacciones; las conocía y las temía. –Te doy mis ojos….Te doy mis ojos- Miró de reojo al pasillo valorando la distancia que la separaba de la puerta. El grito de Aitor la dejó petrificada –Mierda, no llores, que no voy a matarte. Pero que no se te ocurra dejarme con la palabra en la boca porqué entonces si que no respondo de mi-
Palmi sabía que la próxima fase de la mutación de su marido se estaba gestando. Se pondría de pié, daría puñetazos a una puerta, puede que a la pared y luego ya la buscaría a ella. Cuando Aitor hizo el gesto de levantarse Palmi le dio una patada a la mesita. Se estrelló contra la tibia de Aitor que llevó sus manos a la pierna mientras gritaba -¡Hija de puta!-. Era el tiempo necesario y milagroso que la madre de sus hijos aprovechó para ganar la puerta y bajar la escalera a trompicones.
Siguió corriendo hasta doblar la esquina y subió al primer taxi que encontró. -¿Dónde vamos?-. La pregunta era obligada. La respuesta, que también lo era, fue la propia de una película de espías. –A ningún sitio. De momento lejos de aquí- El taxista miró descaradamente su retrovisor y sin bajarse del descaro dijo -¿La llevo a una comisaría?- Palmí negó con la cabeza. –Lléveme al Parque del Lago, por favor-. El taxista era un buen hombre. Aquella mujer no llevaba bolso. Asumió que no iba a cobrar la carrera y tiró calle arriba buscando la glorieta que le permitía girar a la izquierda. En la luneta de aquel taxi una pegatina de color azul con tres letras mayúsculas impresas en blanco. AMM. Asociación de Mujeres Maltratadas. Debajo del logotipo un número de teléfono fácil de recordar.
Palmi lloraba. Pero su mirada no era la de una persona que comprende. Era una mirada instalada entre el miedo y el desprecio.–Aitor, tenías que haberlo pensado antes…. No ha sido una vez….Ahora ya no nos queda nada….No me hagas volver a denunciarte-. Se arrepintió inmediatamente de hacer mención a la denuncia. Quiso rectificar pero Aitor no la dejó.
-¿Tú crees que ese mierda del juez es quién para prohibirme que vea a mi mujer y a mis hijos?-Entonó los dos “mi” con una contundencia que no dejaba resquicio para discutir sus propiedades. –Eres mi mujer. ¿Entiendes? Y eso no lo cambia una denuncia. Me la suda la denuncia. Me la suda el juez. Me la suda todo- . Su voz se rompía a medida que iba convirtiéndose en grito. Palmi conocía esas reacciones; las conocía y las temía. –Te doy mis ojos….Te doy mis ojos- Miró de reojo al pasillo valorando la distancia que la separaba de la puerta. El grito de Aitor la dejó petrificada –Mierda, no llores, que no voy a matarte. Pero que no se te ocurra dejarme con la palabra en la boca porqué entonces si que no respondo de mi-
Palmi sabía que la próxima fase de la mutación de su marido se estaba gestando. Se pondría de pié, daría puñetazos a una puerta, puede que a la pared y luego ya la buscaría a ella. Cuando Aitor hizo el gesto de levantarse Palmi le dio una patada a la mesita. Se estrelló contra la tibia de Aitor que llevó sus manos a la pierna mientras gritaba -¡Hija de puta!-. Era el tiempo necesario y milagroso que la madre de sus hijos aprovechó para ganar la puerta y bajar la escalera a trompicones.
Siguió corriendo hasta doblar la esquina y subió al primer taxi que encontró. -¿Dónde vamos?-. La pregunta era obligada. La respuesta, que también lo era, fue la propia de una película de espías. –A ningún sitio. De momento lejos de aquí- El taxista miró descaradamente su retrovisor y sin bajarse del descaro dijo -¿La llevo a una comisaría?- Palmí negó con la cabeza. –Lléveme al Parque del Lago, por favor-. El taxista era un buen hombre. Aquella mujer no llevaba bolso. Asumió que no iba a cobrar la carrera y tiró calle arriba buscando la glorieta que le permitía girar a la izquierda. En la luneta de aquel taxi una pegatina de color azul con tres letras mayúsculas impresas en blanco. AMM. Asociación de Mujeres Maltratadas. Debajo del logotipo un número de teléfono fácil de recordar.
María hizo una entrada triunfal saludando a Palmira con euforia. –Ya era hora de que te viera, Palmira. ¿Por donde andas?- Prefirió no entrar en un juego de sandeces limitándose a darle las buenas noches. Aprovechando que María entraba en el baño se escabulló a su cuarto. Llamó a Palmi. No la contestó. –Seguro que se ha dejado el móvil en casa-. Abrió“Los pilares de la tierra” por la página que el punto señalaba y se enfrascó en la lectura hasta que, nunca supo a que hora, se durmió con la luz encendida y las ideas apagadas.
Confundió la llamada con la alarma. Al intentar apagarla el nombre de Palmi parpadeaba en su smartphone. –Ya se que no son horas, Palmira...Pero no tengo a nadie más-. Su voz era un sollozo. -¿Puedes hacerme un sitio para pasar la noche?- Casi no se la entendía. -¿Dónde estás?-. –Viniendo del parque, a diez minutos de tu casa-. Palmira ya estaba sentada en la cama intentando conciliar el aluvión de pensamientos que la invadían. –De acuerdo, te espero en el portal-. Se vistió sin compromiso con la estética y salió del dormitorio. María se había quedado frita en el salón. Apagó el televisor. –Esta guarra tiene el don de la oportunidad….No importa, nos apañaremos en mi cama-.
Confundió la llamada con la alarma. Al intentar apagarla el nombre de Palmi parpadeaba en su smartphone. –Ya se que no son horas, Palmira...Pero no tengo a nadie más-. Su voz era un sollozo. -¿Puedes hacerme un sitio para pasar la noche?- Casi no se la entendía. -¿Dónde estás?-. –Viniendo del parque, a diez minutos de tu casa-. Palmira ya estaba sentada en la cama intentando conciliar el aluvión de pensamientos que la invadían. –De acuerdo, te espero en el portal-. Se vistió sin compromiso con la estética y salió del dormitorio. María se había quedado frita en el salón. Apagó el televisor. –Esta guarra tiene el don de la oportunidad….No importa, nos apañaremos en mi cama-.
Aisha partía en dos sus fines de semana. El sábado por la mañana reabastecía la nevera. Resuelta su supervivencia semanal buscaba en el ocio el premio a sus 39 horas de contrato. Sabía divertirse en compañía de otros o en solitario. Nada le impedía que el primer día de descanso fuera satisfactorio para ella.
La tamborilera del tambor echaba mucho de menos a la sangre de su sangre. Pero agradecía aquella pausa temporal que le daba opción a regocijarse en la indolencia sin que nada viniera a interrumpirla. Tumbada en el diván, sin escuchar lo que veía en el televisor, dejaba que el tiempo acariciara su relajo mientras revivía un futuro que solo ella era capaz de vislumbrar.
Aquel domingo no consiguió levitar. El altercado con Violeta seguía mortificándola; tanto que consiguió robarle el sosiego pretendido.
Estaba cansada de esquivar las mordeduras de la cobra. No era nada agradable sentir su aliento en la nuca, notar como se hinchaba esperando la oportunidad de lanzarse sobre ella.
-No voy a llorar nunca más; no le voy a dar esa satisfacción-. Sabía que ese pensamiento era solo una cortina de humo que se desvanecería la próxima vez que la serpiente se levantara a sus espaldas para encontrar la yugular con sus colmillos. No se sentía capaz de soportar una gota más de aquel veneno que, un día si y otro también, la cobra inyectaba de manera selectiva. No era Aisha la única en conocer los efectos de su mordedura. Agentes y coordinadores llevaban cicatrices cuyo origen era inconfundible.
Su juventud hizo el resto. El equilibrio indispensable para no perder en una pelea tan desigual se resquebrajó en forma de lágrimas cuando pensó que si su queja de la semana anterior había quedado en nada, nada era lo que le quedaba por hacer. –He dicho que no lloraría más por su culpa- La nariz la traicionó obligándola a tirar hacia arriba de su llanto. –Y no soy capaz de contenerme ni en casa….Ya no puedo más-. El último añico de su equilibrio no pudo evitar que tomara la decisión de seguir la estela de su hermano y compartir con él el amparo de su madre. Acabó de desmoronarse. Si no se tiene el antídoto los efectos del veneno de la cobra son letales.
Aquel domingo no consiguió levitar. El altercado con Violeta seguía mortificándola; tanto que consiguió robarle el sosiego pretendido.
Estaba cansada de esquivar las mordeduras de la cobra. No era nada agradable sentir su aliento en la nuca, notar como se hinchaba esperando la oportunidad de lanzarse sobre ella.
-No voy a llorar nunca más; no le voy a dar esa satisfacción-. Sabía que ese pensamiento era solo una cortina de humo que se desvanecería la próxima vez que la serpiente se levantara a sus espaldas para encontrar la yugular con sus colmillos. No se sentía capaz de soportar una gota más de aquel veneno que, un día si y otro también, la cobra inyectaba de manera selectiva. No era Aisha la única en conocer los efectos de su mordedura. Agentes y coordinadores llevaban cicatrices cuyo origen era inconfundible.
Su juventud hizo el resto. El equilibrio indispensable para no perder en una pelea tan desigual se resquebrajó en forma de lágrimas cuando pensó que si su queja de la semana anterior había quedado en nada, nada era lo que le quedaba por hacer. –He dicho que no lloraría más por su culpa- La nariz la traicionó obligándola a tirar hacia arriba de su llanto. –Y no soy capaz de contenerme ni en casa….Ya no puedo más-. El último añico de su equilibrio no pudo evitar que tomara la decisión de seguir la estela de su hermano y compartir con él el amparo de su madre. Acabó de desmoronarse. Si no se tiene el antídoto los efectos del veneno de la cobra son letales.
El fin de semana siempre parece corto. A Palmi el domingo se le hizo interminable. Su móvil se llenó de llamadas perdidas de su padre y algunos mensajes que ni siquiera leyó. Sin norte, hueca por dentro, asustada, seca. La tranquilizaba saber que sus hijos estarían bien y optó por dejarse llevar por todos los vacíos que en aquel momento convertían su vida en una única pregunta. No se sentía con fuerzas para nada. El vacío, a veces, es un consuelo; sin sentido pero un consuelo.
Los lunes eran temidos. Las llamadas se comían a los remeros con la misma facilidad que una plaga de langostas desertiza el mas fértil de los campos. De nada servía que el tambor intensificara su redoble, los coordinadores su arenga y los mandos su presencia. La relación causa efecto fulminaba cualquier expectativa y las personas que llamaban tenían que soportar esperas capaces de crispar al más sereno de los mortales. Atenderles en esas condiciones era realmente difícil. Era extremadamente difícil.
Aisha llegó con la decisión tomada y entregó a Ambar su carta de renuncia. Si nadie era capaz de administrar el antídoto ella tampoco lo era de soportar más mordeduras.
Ambar pensaba con rapidez. Aquella renuncia no iba a cambiar nada. Las empresas siempre se acogen a la praxis. Por cargada de razones que estuviera la dimisión de la tamborilera, por diáfanas que fueran las causas, era una empleada entre miles y una más que tomaba la decisión de pedir la baja voluntaria. A rey muerto, rey puesto.
Por lo tanto tenía que encontrar algo que cambiara los parámetros del trámite, algo que hiciera pensar a los responsables de la plataforma. A los cinco minutos ya tenía reunidos a su alrededor a los coordinadores con más peso y liderazgo de su turno.
-Chicos, Aisha quiere marcharse. Ya sabéis porqué. También sabéis que realmente no desea dar el paso. Pero le ha podido la presión y se nos va-. Los coordinadores cerraron más el anillo que formaban alrededor de su supervisora. No tardaron ni diez segundos en sindicarse en la necesidad de hacer algo. Ambar sonreía en sus adentros. Esperaba eso de aquellos adultos a la que ella siempre llamaba chicos.
Veinte minutos después entre el crepitar de las llamadas y sin que las galeras dejaran de remar una carta firmada por todos los coordinadores presentes, pedía que no se aceptara la renuncia de Aisha, haciendo hincapié en las causas de la misma y aportando una reflexión que invitaba a supervisores y otros mandos a hacer lo posible para que Aisha cambiara de opinión.
Ese antídoto si funcionó. Ambar lo había encontrado y los coordinadores lo habían convertido en un texto directo y sin adornos que se convirtió en el prospecto que indicaba cual era la posología adecuada. Un abrazo a Aisa dos veces al día y una patada a la serpiente cada cinco minutos con el beneplácito de quien tenía autoridad para darlo.
Ingrid no tuvo ocasión de firmar aquel escrito. Estaba en el área de personal firmando el de su despido.
Los lunes eran temidos. Las llamadas se comían a los remeros con la misma facilidad que una plaga de langostas desertiza el mas fértil de los campos. De nada servía que el tambor intensificara su redoble, los coordinadores su arenga y los mandos su presencia. La relación causa efecto fulminaba cualquier expectativa y las personas que llamaban tenían que soportar esperas capaces de crispar al más sereno de los mortales. Atenderles en esas condiciones era realmente difícil. Era extremadamente difícil.
Aisha llegó con la decisión tomada y entregó a Ambar su carta de renuncia. Si nadie era capaz de administrar el antídoto ella tampoco lo era de soportar más mordeduras.
Ambar pensaba con rapidez. Aquella renuncia no iba a cambiar nada. Las empresas siempre se acogen a la praxis. Por cargada de razones que estuviera la dimisión de la tamborilera, por diáfanas que fueran las causas, era una empleada entre miles y una más que tomaba la decisión de pedir la baja voluntaria. A rey muerto, rey puesto.
Por lo tanto tenía que encontrar algo que cambiara los parámetros del trámite, algo que hiciera pensar a los responsables de la plataforma. A los cinco minutos ya tenía reunidos a su alrededor a los coordinadores con más peso y liderazgo de su turno.
-Chicos, Aisha quiere marcharse. Ya sabéis porqué. También sabéis que realmente no desea dar el paso. Pero le ha podido la presión y se nos va-. Los coordinadores cerraron más el anillo que formaban alrededor de su supervisora. No tardaron ni diez segundos en sindicarse en la necesidad de hacer algo. Ambar sonreía en sus adentros. Esperaba eso de aquellos adultos a la que ella siempre llamaba chicos.
Veinte minutos después entre el crepitar de las llamadas y sin que las galeras dejaran de remar una carta firmada por todos los coordinadores presentes, pedía que no se aceptara la renuncia de Aisha, haciendo hincapié en las causas de la misma y aportando una reflexión que invitaba a supervisores y otros mandos a hacer lo posible para que Aisha cambiara de opinión.
Ese antídoto si funcionó. Ambar lo había encontrado y los coordinadores lo habían convertido en un texto directo y sin adornos que se convirtió en el prospecto que indicaba cual era la posología adecuada. Un abrazo a Aisa dos veces al día y una patada a la serpiente cada cinco minutos con el beneplácito de quien tenía autoridad para darlo.
Ingrid no tuvo ocasión de firmar aquel escrito. Estaba en el área de personal firmando el de su despido.
Aisha guardó en su bolso, como si de una reliquia se tratara, la copia de aquel escrito de sus compañeros. De pié, como casi siempre, en la cabecera de una galera próxima al tambor, “El Yayo” le sacó brillo a lo ocurrido. –Por fin los coordinadores parecemos un equipo. Creo que ya lo somos- .
La cobra acusó el golpe y regresó a su cueva. Necesitaba hibernar.
La cobra acusó el golpe y regresó a su cueva. Necesitaba hibernar.
-No dejo de darle vueltas-. Ramón siguió con su análisis. –Por lo que me decías ayer mi hija no se avino a nada de lo que le propusiste-. Aitor le recordó el contenido de una escena inexistente. –Si, así es. Intenté hacerle ver que lo importante éramos nosotros, que estaba dispuesto a darle todo aquello que quisiera, que me ocuparía de los niños y que nunca, nunca más, le levantaría la voz-. Estuvo a punto de añadir que no le levantaría la mano pero se contuvo.
-No lo entiendo Aitor, no puedo entender que mi hija no sea capaz de perdonar una tontería. Ten un poco de paciencia, seguro que recapacita, ya lo verás-.
Aitor entendió que conservaba la confianza de su suegro y le dio otra vuelta a la tuerca. –Yo creo, Ramón, que lo que ha hecho que Palmira cambiara ha sido su trabajo. No entiendo porqué se empeñó en currar. Y desde entonces no es la misma. Solo tienes que fijarte en su manera de vestir. Se pinta, se arregla, se perfuma. Es una madre de familia y no tiene que ir por ahí llamando la atención-.Respiró fuerte de manera intencionada para que al otro lado de la línea telefónica llegara como un lamento. –Me gustaría equivocarme, Ramón. Pero en estos call center, o como se llamen, hay mucho sinvergüenza, seguro. En estos sitios solo trabajan sudacas y gente sin aspiraciones. No sé que coño hace allí Palmira-. Remató su dramaturgia con un comentario que le permitía limpiar su imagen. –Solo tienes que ver como me dejó la pierna cuando me golpeó con la mesa…. ¿Que hago, Ramón? ¿La denunció yo?... ¡Por favor!.... ¡Seamos civilizados, joder!-. Ramón dio por bueno el mensaje recibido. Su yerno no andaba desencaminado. Se despidieron.
Amparo se le acercó. -¿Quieres un café?-. Ramón negó con la cabeza; se recostó sobre la orejera de su trono pensando en aquella llamada que, un día, había efectuado a la compañía donde tenían el piso asegurado. Le atendió una sudamericana que no hizo sino decirle que no a todo lo que el pretendía.
– Aitor tiene razón. No sé que pollas hace mi hija trabajando en ese sitio de mierda-.
-No lo entiendo Aitor, no puedo entender que mi hija no sea capaz de perdonar una tontería. Ten un poco de paciencia, seguro que recapacita, ya lo verás-.
Aitor entendió que conservaba la confianza de su suegro y le dio otra vuelta a la tuerca. –Yo creo, Ramón, que lo que ha hecho que Palmira cambiara ha sido su trabajo. No entiendo porqué se empeñó en currar. Y desde entonces no es la misma. Solo tienes que fijarte en su manera de vestir. Se pinta, se arregla, se perfuma. Es una madre de familia y no tiene que ir por ahí llamando la atención-.Respiró fuerte de manera intencionada para que al otro lado de la línea telefónica llegara como un lamento. –Me gustaría equivocarme, Ramón. Pero en estos call center, o como se llamen, hay mucho sinvergüenza, seguro. En estos sitios solo trabajan sudacas y gente sin aspiraciones. No sé que coño hace allí Palmira-. Remató su dramaturgia con un comentario que le permitía limpiar su imagen. –Solo tienes que ver como me dejó la pierna cuando me golpeó con la mesa…. ¿Que hago, Ramón? ¿La denunció yo?... ¡Por favor!.... ¡Seamos civilizados, joder!-. Ramón dio por bueno el mensaje recibido. Su yerno no andaba desencaminado. Se despidieron.
Amparo se le acercó. -¿Quieres un café?-. Ramón negó con la cabeza; se recostó sobre la orejera de su trono pensando en aquella llamada que, un día, había efectuado a la compañía donde tenían el piso asegurado. Le atendió una sudamericana que no hizo sino decirle que no a todo lo que el pretendía.
– Aitor tiene razón. No sé que pollas hace mi hija trabajando en ese sitio de mierda-.
Palmira empezaba a preocuparse más de lo que lo estaba. Tener a Palmi en su casa no era problemático. Al contrario. La sorprendió la afabilidad con que María aceptó aquella invasión temporal del sofá de sus canutos. Lo que era alarmante era el estado depresivo de su amiga. Hoy tampoco se había sentido con fuerzas para volver a su puesto y las ausencias sin justificar se pagaban muy caras en empresas como esta. Le había prometido que esa misma mañana iría al médico pero no acababa de creerlo. No le había contestado a dos llamadas que le había hecho en sus descansos. Busco una excusa razonable para tranquilizarse –Se habrá quedado sin batería-.
La pecera ya no podía dar cabida a los agentes que el departamento necesitaba. Ya era de dominio público que sus remeros saldrían del agujero y pasarían a engrosar la flota de la sala incrementando su número para poder aumentar la capacidad de respuesta a un servicio que iba creciendo. Su teoría del terrario se estaba quedando obsoleta. O no. Se llama terrario al espacio habilitado para que vivan los reptiles. Y no pensaba precisamente en los agentes en su deducción. Añadió a Aitor al pensamiento y decidió que su aplicación de la palabra se iba a extender a todo el planeta. Desde aquel momento, para Palmira De Palma la Tierra era un terrario. La etimología así lo confirmaba.
Próxima entrega el sábado dia 11 de agosto.
Y si os interesa lo que nos interesa a todos visitad y dejad vuestros comentarios en
http://nirosesnigavines.blogspot.com.es
La pecera ya no podía dar cabida a los agentes que el departamento necesitaba. Ya era de dominio público que sus remeros saldrían del agujero y pasarían a engrosar la flota de la sala incrementando su número para poder aumentar la capacidad de respuesta a un servicio que iba creciendo. Su teoría del terrario se estaba quedando obsoleta. O no. Se llama terrario al espacio habilitado para que vivan los reptiles. Y no pensaba precisamente en los agentes en su deducción. Añadió a Aitor al pensamiento y decidió que su aplicación de la palabra se iba a extender a todo el planeta. Desde aquel momento, para Palmira De Palma la Tierra era un terrario. La etimología así lo confirmaba.
Buenissimo tio
ResponderEliminar