Aquel miércoles Palmira se sentó con optimismo. Por
fin terminaba su rotación. Siete días consecutivos dejaban secuelas, más en el ánimo que en el
físico. Era un cansancio provocado por la saturación de una rutina que carcomía
intelecto y capacidad de reacción. Dos días de descanso, sin auriculares, sin
impertinencias, sin la presión de la sala, sin coordinadores, sin supervisores
que miraban y señalaban con el dedo, sin tambor….Dos días en los que podía
tomar el bus en otra dirección o quedarse en casa haciendo y deshaciendo borradores
acerca del futuro que quería construirse.
El hábito de observar la estaba enriqueciendo. Cada
día interpretaba mejor sentido y contrasentido de lo que ocurría en la
plataforma. Estaba aprendiendo a qué coordinadores tenía que buscar para
obtener la respuesta que creía conveniente para la resolución de su llamada.
Aprendía esto a la vez que iba conociendo cómo tenía que plantear la situación
para que la evaluaran de inmediato.
Todo aquel batí burrillo convergía en algo muy
parecido al bipartidismo que regía en la política. Una facción conservadora y
temerosa que defendía su puesto siendo inflexible respecto a los límites
establecidos- tanto respecto al servicio como a las normas internas- y un grupo
más abierto a soluciones satisfactorias que favorecieran la calidad en lo
primero y el buen ambiente el lo que afectaba al funcionamiento interno de la
galera. Se diferenciaban además por su manera de dirigirse a coordinadores y
agentes. Los unos imponían criterios sin razones y los otros razonaban sus
criterios. Podía ser solo un matiz. Pero a Palmira le sirvió para ganar
seguridad.
Estos detalles si pasaron al archivo de Palmira. Aunque
la pestaña de alerta que le puso era solo de color naranja. Apenas coincidía con Minerva y su cautela debía limitarse a las
dos últimas horas de su turno.
El pen drive de su cerebro cada día clasificaba más y mejor
información. Estaba lleno de alertas de colores. Había más rojas que naranjas.
Al final de la sala, en el extremo opuesto, un
cristal permitía ver que ocurría en otra estancia más pequeña con unas veinte
cabinas. Parecía una pecera. Y así la llamaban todos. Allí se sentaba un grupo
de operadores que atendían un tipo de llamadas más complejas que realizaban
usuarios que tenían ciertos privilegios. Algunos agentes se sentían tan
especiales como los usuarios y se jactaban de formar parte de una supuesta élite
entronizada. La sorprendió que pertenecer
a esa guardia pretoriana no suponía una mejora salarial. Al igual que se le
ocurrió llamar galeras a las raspas buscó una denominación más acorde. No podía
llamarse pecera un recinto sin agua. La actividad de esa pequeña sala era
controlada, de manera evidente, por Violeta. No cabía duda alguna, más que una
pecera aquel garito era un terrario.
Atendió la siguiente llamada deseando que no viniera
a alterar la lucidez que la invadía.
Salitre abandonó el campo de batalla y buscó el baño
para asearse lo indispensable. La toalla olía, por lo menos, a diez duchas; el espejo sufría la urticaria
provocada por centenares de salpicaduras y varios regueros de agua seca con
jabón que impidieron a Salitre atusar adecuadamente su barba renacentista. La
cisterna no funcionaba demasiado bien dejando escapar un hilo de agua que se
deslizaba sobre el fondo ocre de la taza. Pero no era momento de hacerle ascos.
Acababa de enterrar su cara en los mismos caminos que había recorrido esa
toalla. Quién algo quiere algo le cuesta.
Buscó con sigilo la puerta y salió sin hacer ruido
pensando en que rincón de su memoria iba a colgar algo tan especial como echar
un polvo con una coordinadora. No le importaba demasiado que el encuentro
hubiera sido precario en sensaciones. Lo que le estimulaba profundamente era
poder presumir de apuntar bien y derribar a la presa con un solo cartucho.
A pesar de la prudencia de Salitre, Ingrid oyó como
la puerta se cerraba. No le apetecía levantarse. En el fondo, agradecía que
Salitre se marchara. Ni tenía ganas de hablar ni sabría que decirle. Intentó
estirar el sueño abrazada a la almohada. Cuando lo estaba consiguiendo una
pregunta zarandeó sus intenciones. -¿De
dónde habrá sacado mi teléfono ese mamarracho?- . Se durmió más preocupada
por este detalle que por haber dejado que Salitre investigara su intimidad.
Palmira y Palmira habían hecho buenas migas. Se
buscaban en los descansos y, muy especialmente, a la hora de comer. Gracias a
su homónima estaba conociendo detalles de la galera acerca de los cuales solo
tenía flashes incompletos. Le explicó que ella estaba en el otro grupo de
galeras porqué, además de dar asistencia en carretera, canalizaban recursos de
multas, servicios de gestoría, ofertas de la página web y otros servicios que formaban
parte del paquete de prestaciones ofrecido a los clientes del cliente.
Llevaba cuatro años y mucho en la empresa y podía
aportarle una información sólida basada en la experiencia. A menudo los
coordinadores le asignaban tareas específicas. Ello era un claro indicativo de
confianza en su capacidad de gestionar y resolver.
Palmira De Palma escuchaba siempre con muchísima
atención los comentarios que Palmira Ochoa le transportaba entre bocado y
bocado.
-Con el tiempo
vamos aprendiendo a conocer nuestro trabajo y, lo que es más importante,
Palmira, vamos aprendiendo a conocer a las personas- Tiró de la tapa de su
yogurt Light y continuó. –Fíjate, si no,
en los coordinadores….Los hay de todos los colores. Y aunque todos nos
presionan no todos lo hacen del mismo modo; como tampoco nos ayudan igual ni
igual nos consideran-. Palmira quiso intervenir. –Ya, pero eso también nos pasa a nosotros, les clasificamos según nos
parecen y posiblemente no siempre acertamos...-. Palmira O. la interrumpió. –Si, pero cuidado chiquilla. Que ellos pueden
hacerte la vida imposible y tu a ellos no. Si te fijas bien podrás comprobar lo
que te digo, podrás confirmar que hay agentes a los que algún coordinador sigue
y persigue especialmente. Aunque también podrás ver que, a menudo, algunos
compañeros que se quejan al sentirse perseguidos han hecho méritos suficientes
para ello- . Respiró e intentando quitarle gas al tema quiso cambiar la
dirección de su discurso. –Te estoy
provocando un empacho,…¡ ja, ja, ja ¡- tenía una sonrisa amable que, si se
convertía en carcajada, era contagiosa.
Las dos se rieron. Les quedaban apenas diez minutos
de descanso y aprovecharon para seguir. Esta vez la que marcó el cauce fue
Palmira De Palma. – Oye, Palmi, ¿tú
tienes algún coordi favorito?- . La respuesta fue una mirada pícara y
frontal seguida de una frase tan breve como nada aclaratoria. –Si, claro,…pero no te lo diré-. Otra
carcajada compartida y un paso más en su complicidad. Algún día la contestaría
a esa pregunta. Algún día ella también le diría quien era su coordi preferido.
Respecto a los supervisores pensó que era mejor esperar a otro día.
En hora y media podría recuperar el norte de la
brújula de su vida real. Ocupó su puesto con mucha más carga de optimismo que a
las ocho. Se fijó en Salomé y en como su cara estaba cruzando la frontera que
separan el aburrimiento del asco.
A su lado, Jairo Magno intentaba disimular, con poca
habilidad, sus trapicheos con el móvil.
Tan poca que no se apercibió de que “el yayo” se había situado a sus espaldas.
-¿En qué estás, Jairo? – Sin esperar
la respuesta continuó. –Ponte en
disponible, por favor-. Dicho esto se marchó rastreando la plataforma por
si alguien necesitaba de su ayuda.
Palmira pensó
que situaciones como aquella eran las que provocaban que algunos agentes se
siguieran perseguidos. Aunque esa impresión no le impidió seguir pensando que
fuera cierto que algún operador sufriera cualquier presión inadecuada. -¡Que complicado es esto! -. Tuvo la
tentación de no archivar ese dilema pero se arrepintió a tiempo y lo hizo,
marcándolo con una pestaña roja. Era el color adecuado, al menos hasta que no
tuviera más ejemplos.
- No se que ha
pasado, pero “La Cobra” le ha montado un pollo impresionante a Aisha. Desde
aquí casi no se la entendía. Pero creo que hablaba de una llamada perdida. No
se la entendía pero... ¡Joder! … Cada vez que señalaba no sé qué en la pantalla
le daba un viaje de cojones...Aquello se movía que no veas… Luego, se ha dado
media vuelta con un cabreo de la hostia y se ha ido a su mesa…Tia….Daba miedo
la mirada de rabia que le tiraba a la morita desde allí…- . Palmira se
sobrecogió, aunque no sabía si podía haber sido interesante estar presente
cuando ocurrió lo que contaban. A veces el morbo domina a la razón.
- ¡Es que esta
tía está mal…Se le va la olla…! – Contestó la operadora a la que iba
dirigido el comentario. La otra prosiguió. – A Aisha se le han puesto los ojos como charcos. Pero tiene cojones...Se
ha levantado mandando a tomar por culo el tambor y se ha ido a la mesa de
Ambar… Luego, las dos, se han metido dentro. Supongo que han ido a contárselo
al dire…Al poco rato han salido y Aisha se ha ido a comer con los ojos como
tomates- .
- Ya, pero
todos sabemos que nunca pasa nada…- Otra respuesta breve sin posibilidad de
continuar porqué la portadora de la noticia había cogido velocidad. –No sé, no sé. Esta vez la cosa parece gorda.
No han pasado ni cinco minutos que el dire ha salido y se ha sentado en la mesa
de la jefa del cliente: a mi me da que esta vez habrá movida- . A pesar de
su énfasis no logró convencerla. – Ojalá
tengas razón, pero no creo, Maruja…No es la primera vez que La Cobra la lía y
nunca pasa nada. Aquí nunca pasa nada cuando los jodidos somos nosotros.-
Dio por cerrada la charla pontificando acerca de un vacío de poder que a
Palmira no le pasó desapercibido. Tampoco se le escaparon los nombres de la
super alta y delgada y de la compañera que había contado lo sucedido.
Meditó sobre lo que había escuchado. No era
precisamente un vacío de poder la causa de aquella incidencia. Era más
razonable pensar que los orígenes estaban en ese “mandan todos” que ella
percibía en el ambiente. O lo que podía ser la peor de las respuestas. No quiso
seguir sembrándose de dudas y se limitó a cambiar el color de la pestaña de la
carpeta de Violeta. Ni naranja ni roja. Morada.
Mientras atendía a un pobre hombre que había perdido
las llaves de su coche, contándole con detalle las opciones que ponía a su
disposición, observó como Jairo Magno no tenía reparo en seguir flirteando con
su smartphone. A su lado, inmóvil, dibujando una mueca de asco incontenido, Salomé
cazaba musarañas. Palmira dedujo que había conseguido cazarlas porqué, sin
cambiar su cara de penurias, se levantó y paseando su vestido discotequero de
color escarlata buscó, como le era habitual, el camino de los servicios.
Tampoco le costó demasiado a Palmira deducir que hay cosas que son en extremo
contagiosas. Jairo Magno se levantó y de manera robótica siguió los pasos de
Salomé. Eran las cuatro menos seis minutos.
Nota
del autor.
Un
día, alguien nos dijo que no era bueno que los coordinadores tuviéramos
confianza con los agentes. Lo recomendable era evitar tomar café con
ellos. Pienso en Palmira y he decidido
tomar café con ella, ser su compañero y, si puedo, llegar a ser su amigo. ¿Por
qué? Porqué la única manera de sentirse bien con lo que hacemos aquí es romper
esa barrera que separa nuestra vida de nuestro trabajo, conciliar el esfuerzo
con la complicidad y conseguir que, a pesar de todo, nos sintamos parte de algo que vale la pena
compartir. La única manera de conseguirlo es comunicarnos y entendernos.
También
tengo otro por qué a la hora de decidir buscar esa confianza o tomar café con
moros y cristianos. Sencillamente lo haré porqué me da la gana.
FIN DEL CAPÍTULO I
PRÓXIMO CAPÍTULO:
CAPÍTULO II. La serpiente del
terrario.
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