miércoles, 1 de agosto de 2012

MEMORANDUM DE NADA (5ª ENTREGA)

Solo recordaros que si vaís a la primera entrada (julio) encontraréis todo el contenido publicado en una sola página.

Aquel miércoles Palmira se sentó con optimismo. Por fin terminaba su rotación. Siete días consecutivos  dejaban secuelas, más en el ánimo que en el físico. Era un cansancio provocado por la saturación de una rutina que carcomía intelecto y capacidad de reacción. Dos días de descanso, sin auriculares, sin impertinencias, sin la presión de la sala, sin coordinadores, sin supervisores que miraban y señalaban con el dedo, sin tambor….Dos días en los que podía tomar el bus en otra dirección o quedarse en casa haciendo y deshaciendo borradores acerca del futuro que quería construirse.
El hábito de observar la estaba enriqueciendo. Cada día interpretaba mejor sentido y contrasentido de lo que ocurría en la plataforma. Estaba aprendiendo a qué coordinadores tenía que buscar para obtener la respuesta que creía conveniente para la resolución de su llamada. Aprendía esto a la vez que iba conociendo cómo tenía que plantear la situación para que la evaluaran de inmediato.
 Se sentía capaz de situar a los actores en su papel y entender que importancia tenía cada uno en el reparto de aquel macro espectáculo en el que no siempre se consideraba prioritario dar el mejor de los servicios. En múltiples ocasiones prevalecían absolutismo, vanidad, lo subjetivo, la necedad, incluso la zancadilla. Para Palmira ya eran obvias las razones por las que todos los coordinadores hacían piruetas y recorrían más metros de los necesarios hasta llegar al supervisor que mejor encajaba con el perfil de la consulta.
Todo aquel batí burrillo convergía en algo muy parecido al bipartidismo que regía en la política. Una facción conservadora y temerosa que defendía su puesto siendo inflexible respecto a los límites establecidos- tanto respecto al servicio como a las normas internas- y un grupo más abierto a soluciones satisfactorias que favorecieran la calidad en lo primero y el buen ambiente el lo que afectaba al funcionamiento interno de la galera. Se diferenciaban además por su manera de dirigirse a coordinadores y agentes. Los unos imponían criterios sin razones y los otros razonaban sus criterios. Podía ser solo un matiz. Pero a Palmira le sirvió para ganar seguridad.
 Una coordinadora le llamaba especialmente la atención  por el método empleado cuando corregía a los agentes. Se llamaba Minerva. –Que tus padres te hayan puesto el nombre de una diosa no significa que lo seas….- La frase le brotó del alma al pensamiento al ver la ampulosidad con la que Minerva llamaba la atención a un agente que estaba sentado a pocos metros. –Así no le ayudas…Así lo estás jodiendo-.  Gesticulaba con la elocuencia del que quiere que se sepa cuan docto llega a ser en la materia. El chico soportaba el discurso sin rechistar, pero sus ojos hablaban intentando inútilmente que Minerva se apercibiera que hacía dos minutos que el muchacho se había perdido y no entendía nada. Seguramente quién esperaba al otro lado del teléfono entendía menos aún el  retraso en la respuesta. Minerva no se contuvo y quiso extender el látigo hasta la espalda de otra coordinadora que se había acercado para intervenir en el asunto. A Palmira le pareció que estaba al corriente y su única intención era la de aportar lo que sabía. Minerva seguía con la boca llena y, a tres metros de distancia, aunque no se podía escuchar lo que decía, se podía interpretar la reprimenda que el látigo de la diosa les daba a dos mortales.
Estos detalles si pasaron al archivo de Palmira. Aunque la pestaña de alerta que le puso era solo de color naranja. Apenas coincidía  con Minerva y su cautela debía limitarse a las dos últimas horas de su turno.
El pen drive  de su cerebro cada día clasificaba más y mejor información. Estaba lleno de alertas de colores. Había más rojas que naranjas.

Al final de la sala, en el extremo opuesto, un cristal permitía ver que ocurría en otra estancia más pequeña con unas veinte cabinas. Parecía una pecera. Y así la llamaban todos. Allí se sentaba un grupo de operadores que atendían un tipo de llamadas más complejas que realizaban usuarios que tenían ciertos privilegios. Algunos agentes se sentían tan especiales como los usuarios y se jactaban de formar parte de una supuesta élite entronizada. La sorprendió que  pertenecer a esa guardia pretoriana no suponía una mejora salarial. Al igual que se le ocurrió llamar galeras a las raspas buscó una denominación más acorde. No podía llamarse pecera un recinto sin agua. La actividad de esa pequeña sala era controlada, de manera evidente, por Violeta. No cabía duda alguna, más que una pecera aquel garito era un terrario.
Atendió la siguiente llamada deseando que no viniera a alterar la lucidez que la invadía.

Salitre abandonó el campo de batalla y buscó el baño para asearse lo indispensable. La toalla olía, por lo menos,  a diez duchas; el espejo sufría la urticaria provocada por centenares de salpicaduras y varios regueros de agua seca con jabón que impidieron a Salitre atusar adecuadamente su barba renacentista. La cisterna no funcionaba demasiado bien dejando escapar un hilo de agua que se deslizaba sobre el fondo ocre de la taza. Pero no era momento de hacerle ascos. Acababa de enterrar su cara en los mismos caminos que había recorrido esa toalla. Quién algo quiere algo le cuesta.
Buscó con sigilo la puerta y salió sin hacer ruido pensando en que rincón de su memoria iba a colgar algo tan especial como echar un polvo con una coordinadora. No le importaba demasiado que el encuentro hubiera sido precario en sensaciones. Lo que le estimulaba profundamente era poder presumir de apuntar bien y derribar a la presa con un solo cartucho.
A pesar de la prudencia de Salitre, Ingrid oyó como la puerta se cerraba. No le apetecía levantarse. En el fondo, agradecía que Salitre se marchara. Ni tenía ganas de hablar ni sabría que decirle. Intentó estirar el sueño abrazada a la almohada. Cuando lo estaba consiguiendo una pregunta zarandeó sus intenciones. -¿De dónde habrá sacado mi teléfono ese mamarracho?- . Se durmió más preocupada por este detalle que por haber dejado que Salitre investigara su intimidad.

Palmira y Palmira habían hecho buenas migas. Se buscaban en los descansos y, muy especialmente, a la hora de comer. Gracias a su homónima estaba conociendo detalles de la galera acerca de los cuales solo tenía flashes incompletos. Le explicó que ella estaba en el otro grupo de galeras porqué, además de dar asistencia en carretera, canalizaban recursos de multas, servicios de gestoría, ofertas de la página web y otros servicios que formaban parte del paquete de prestaciones ofrecido a los clientes del cliente.
Llevaba cuatro años y mucho en la empresa y podía aportarle una información sólida basada en la experiencia. A menudo los coordinadores le asignaban tareas específicas. Ello era un claro indicativo de confianza en su capacidad de gestionar y resolver.
Palmira De Palma escuchaba siempre con muchísima atención los comentarios que Palmira Ochoa le transportaba entre bocado y bocado.
-Con el tiempo vamos aprendiendo a conocer nuestro trabajo y, lo que es más importante, Palmira, vamos aprendiendo a conocer a las personas- Tiró de la tapa de su yogurt Light y continuó. –Fíjate, si no, en los coordinadores….Los hay de todos los colores. Y aunque todos nos presionan no todos lo hacen del mismo modo; como tampoco nos ayudan igual ni igual nos consideran-. Palmira quiso intervenir. –Ya, pero eso también nos pasa a nosotros, les clasificamos según nos parecen y posiblemente no siempre acertamos...-.  Palmira O. la interrumpió. –Si, pero cuidado chiquilla. Que ellos pueden hacerte la vida imposible y tu a ellos no. Si te fijas bien podrás comprobar lo que te digo, podrás confirmar que hay agentes a los que algún coordinador sigue y persigue especialmente. Aunque también podrás ver que, a menudo, algunos compañeros que se quejan al sentirse perseguidos han hecho méritos suficientes para ello- . Respiró e intentando quitarle gas al tema quiso cambiar la dirección de su discurso. –Te estoy provocando un empacho,…¡ ja, ja, ja ¡- tenía una sonrisa amable que, si se convertía en carcajada, era contagiosa.
Las dos se rieron. Les quedaban apenas diez minutos de descanso y aprovecharon para seguir. Esta vez la que marcó el cauce fue Palmira De Palma. – Oye, Palmi, ¿tú tienes algún coordi favorito?- . La respuesta fue una mirada pícara y frontal seguida de una frase tan breve como nada aclaratoria. –Si, claro,…pero no te lo diré-. Otra carcajada compartida y un paso más en su complicidad. Algún día la contestaría a esa pregunta. Algún día ella también le diría quien era su coordi preferido. Respecto a los supervisores pensó que era mejor esperar a otro día.
 Se despidieron en la entrada de la sala porqué Palmira DP optó por entrar al aseo. Mientras resolvía los motivos de ese alto en el camino se dijo que todavía le faltaba por entender el eslabón de la cadena que unía a los supervisores del cliente con los supervisores de la empresa. Afortunadamente, la tercera empresa, la que la pagaba a ella, no tenía presencia en la sala. El “todos mandan” no era argumento suficiente para la curiosidad de Palmira.
En hora y media podría recuperar el norte de la brújula de su vida real. Ocupó su puesto con mucha más carga de optimismo que a las ocho. Se fijó en Salomé y en como su cara estaba cruzando la frontera que separan el aburrimiento del asco.
A su lado, Jairo Magno intentaba disimular, con poca habilidad,  sus trapicheos con el móvil. Tan poca que no se apercibió de que “el yayo” se había situado a sus espaldas. -¿En qué estás, Jairo? – Sin esperar la respuesta continuó. –Ponte en disponible, por favor-. Dicho esto se marchó rastreando la plataforma por si alguien necesitaba de su ayuda.
 Palmira pensó que situaciones como aquella eran las que provocaban que algunos agentes se siguieran perseguidos. Aunque esa impresión no le impidió seguir pensando que fuera cierto que algún operador sufriera cualquier presión inadecuada. -¡Que complicado es esto! -. Tuvo la tentación de no archivar ese dilema pero se arrepintió a tiempo y lo hizo, marcándolo con una pestaña roja. Era el color adecuado, al menos hasta que no tuviera más ejemplos.
 -Te has perdido una buena-. Escuchó esto al otro lado del pequeño tabique que la separaba de los remeros del otro lado. Era una conversación entre veteranas. Palmira intentó no perder detalle empujando la silla hacia adelante para aislarse un poco más del murmullo permanente de la sala. Apartó un poco el auricular de su oído izquierdo y prestó la máxima atención.
- No se que ha pasado, pero “La Cobra” le ha montado un pollo impresionante a Aisha. Desde aquí casi no se la entendía. Pero creo que hablaba de una llamada perdida. No se la entendía pero... ¡Joder! … Cada vez que señalaba no sé qué en la pantalla le daba un viaje de cojones...Aquello se movía que no veas… Luego, se ha dado media vuelta con un cabreo de la hostia y se ha ido a su mesa…Tia….Daba miedo la mirada de rabia que le tiraba a la morita desde allí…- . Palmira se sobrecogió, aunque no sabía si podía haber sido interesante estar presente cuando ocurrió lo que contaban. A veces el morbo domina a la razón.
- ¡Es que esta tía está mal…Se le va la olla…! – Contestó la operadora a la que iba dirigido el comentario. La otra prosiguió. – A Aisha se le han puesto los ojos como charcos. Pero tiene cojones...Se ha levantado mandando a tomar por culo el tambor y se ha ido a la mesa de Ambar… Luego, las dos, se han metido dentro. Supongo que han ido a contárselo al dire…Al poco rato han salido y Aisha se ha ido a comer con los ojos como tomates- .
- Ya, pero todos sabemos que nunca pasa nada…- Otra respuesta breve sin posibilidad de continuar porqué la portadora de la noticia había cogido velocidad. –No sé, no sé. Esta vez la cosa parece gorda. No han pasado ni cinco minutos que el dire ha salido y se ha sentado en la mesa de la jefa del cliente: a mi me da que esta vez habrá movida- . A pesar de su énfasis no logró convencerla. – Ojalá tengas razón, pero no creo, Maruja…No es la primera vez que La Cobra la lía y nunca pasa nada. Aquí nunca pasa nada cuando los jodidos somos nosotros.- Dio por cerrada la charla pontificando acerca de un vacío de poder que a Palmira no le pasó desapercibido. Tampoco se le escaparon los nombres de la super alta y delgada y de la compañera que había contado lo sucedido.
Meditó sobre lo que había escuchado. No era precisamente un vacío de poder la causa de aquella incidencia. Era más razonable pensar que los orígenes estaban en ese “mandan todos” que ella percibía en el ambiente. O lo que podía ser la peor de las respuestas. No quiso seguir sembrándose de dudas y se limitó a cambiar el color de la pestaña de la carpeta de Violeta. Ni naranja ni roja. Morada. 
Mientras atendía a un pobre hombre que había perdido las llaves de su coche, contándole con detalle las opciones que ponía a su disposición, observó como Jairo Magno no tenía reparo en seguir flirteando con su smartphone. A su lado, inmóvil, dibujando una mueca de asco incontenido, Salomé cazaba musarañas. Palmira dedujo que había conseguido cazarlas porqué, sin cambiar su cara de penurias, se levantó y paseando su vestido discotequero de color escarlata buscó, como le era habitual, el camino de los servicios. Tampoco le costó demasiado a Palmira deducir que hay cosas que son en extremo contagiosas. Jairo Magno se levantó y de manera robótica siguió los pasos de Salomé. Eran las cuatro menos seis minutos.
 Ya tenía un espectro bastante amplio acerca de su centro de trabajo y los factores a considerar a la hora de entender el guión de aquella historia. Sabía que su papel no era relevante. Pero su vida si lo era y, quisiera o no, la atmósfera enrarecida de la galera y el aire fresco de su vida no podían separarse con la misma facilidad que se parte un melón.

Nota del autor.
Un día, alguien nos dijo que no era bueno que los coordinadores tuviéramos confianza con los agentes. Lo recomendable era evitar tomar café con ellos.  Pienso en Palmira y he decidido tomar café con ella, ser su compañero y, si puedo, llegar a ser su amigo. ¿Por qué? Porqué la única manera de sentirse bien con lo que hacemos aquí es romper esa barrera que separa nuestra vida de nuestro trabajo, conciliar el esfuerzo con la complicidad y conseguir que, a pesar de todo,  nos sintamos parte de algo que vale la pena compartir. La única manera de conseguirlo es comunicarnos y entendernos.
También tengo otro por qué a la hora de decidir buscar esa confianza o tomar café con moros y cristianos. Sencillamente lo haré porqué me da la gana.

FIN DEL CAPÍTULO I

PRÓXIMO CAPÍTULO:
CAPÍTULO II. La serpiente del terrario.

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