domingo, 26 de agosto de 2012

MEMORANDUM DE NADA (12ª ENTREGA)


 
<<<<<<< viene de la 11ª entrega>>>>>>>
Gracias otra vez; ya hemos superado las 5.000 visitas.
Y, como siempre, esta entrega ha sido pegada a continuación de "TODO LO PUBLICADO HASTA HOY" para quienes deseen leer las 12 entregas de manera consecutiva.
 

 

 
-Entonces, este fin de semana ¿Te vas al pueblo? -.
-Si, ya tengo ganas de ver a mis padres y respirar aire puro -.
Le pareció poco serio explicarle a su amiga que también ansiaba escuchar el canto de las cigarras. Pensó que era demasiado urbanitas para entender eso.
- Traeré melocotones. ¡Ya verás que ricos! Me gustaría tener coche para poder llenarlo de todo; de melocotones, paraguayas, sandías, melones… ¡No te puedes imaginar lo ricos que son los melones de mi tierra! -. Su entusiasmo iba creciendo a medida que se sentía transportada a sus orígenes.
-¿Has cogido tú los flanes?-. Era el momento del postre; el Office se llenaba y, cuando esto sucedía, apetecía más la calle. Palmi se acercó a la nevera para que los flanes de vainilla que habían comprado en el supermercado se convirtieran en el fin de su comida. Los comieron deprisa para que el reloj les dejara margen para buscar la sombra y fumar un cigarrillo. Palmira seguía sin fumar pero ya estaba en ese peldaño donde lo social encubre la adicción.
El calor apretaba y las zonas sombreadas recordaban la entrada de los centros comerciales el primer día de rebajas.
Iba a seguir promocionando su pueblo cuando advirtió que la cara de su amiga se desencajaba. - ¿Te sientes mal? ¿Qué te pasa? -. Palmi no respondió. Inspiró con más fuerza de la habitual para que el humo le invadiera los pulmones hasta el último rincón. – No, no ha sido nada. De verdad. Ya se me pasará -.
- Ya se te pasará ¿qué? ¿Que tienes? – Por primera vez desde que la conocía tuvo la sensación de que estaba molestando a su amiga. La prudencia tomó de la mano al respeto. – Disculpa, Palmi. No quiero atosigarte. Pero si te sientes mal dilo, por favor-. Mientras se excusaba observó que Palmi lanzaba miradas hacia la esquina. Eran furtivas, rápidas, pero no podían pasar desapercibidas. Respetando a su compañera hizo un esfuerzo y no se dio la vuelta para husmear la causa del malestar de su amiga.
- Anda, subamos, que nos quedan tres minutos -. Empleó un argumento incontestable para matar su preocupación por la que pudiera sentir Palmi.  A medida que iban ganando la protección del edificio la notó más tranquila, aunque sus ojos seguían impregnados de temor. Se tranquilizó a si misma amparándose en cuán reciente estaba todo en las sensaciones de su amiga.
- Es natural que tenga sobresaltos. Necesitará de un tiempo para recuperarse-.
Obtenido el resultado de paz interior esperado, acompañó a Palmi hasta su puesto y buscó el suyo a tres cabinas de distancia.

A mediodía las llamadas se tomaban un vermouth con aceitunas. Solo algunas decidían seguir en el aire y, despreciando aperitivos y comida, seguían insistiendo con tesón para que Maruja tuviera motivos para quejarse.
- ¿Lo veis? No lo digo porqué si. Me acaban de entrar dos de seguidas y vosotros mirando -.
- Es la morita que te tiene manía. ¡Ja, ja, ja!
- No tiene gracia, Salitre. Ninguna gracia. Voy a quejarme al sindicato-.
- No, al sindicato no. Habla primero con algún coordinador para que se lo transmita a Ambar. Con ella se puede hablar. Y seguro que hace que saquen la información de tus lamadas. No sea que estés confundida, Maruja. Y si vas al sindicato y resulta que no escomo crees te meterán en la lista negra -.
- Bueno. Ya veremos que hago. Pero esto no puede ser -. Lo dijo con falta de convicción. No estaba segura de disponer de la suficiente carga de razones. Se había desahogado ante su público y eso le bastaba de momento.

Violeta cruzó la sala. Al pasar por el tambor se despidió de Manuel que se había acercado a Aisha para darle instrucciones. – Hasta mañana, Manu -. Sin dejar de hablar con la force, Manu le dijo adiós con un gesto afectuoso de su mano.
-Se va temprano, chicos. ¿Quién viene este fin de? -. Reírse de sus propias gracias solía ser el punto y final de los minutos brillantes de Maruja.

- Solo me queda un madrugue. En cuanto salga, en lugar de ir a casa, me acerco a la terminal para comprar el billete. En verano los buses se llenan. No quiero tener que salir a última hora -. Palmira ya estaba dejándose llevar por el entusiasmo. Ella misma estaba sorprendida. Durante aquellos meses le había bastado con llamar a su familia un par de veces por semana. Ahora, de repente, tenía tantas ganas de verles que el viernes que todavía le quedaba por delante se le hacía un mundo. – Ya podían ser las cuatro de mañana -. Mientras pensaba en voz alta no dejaba de pensar en el zumbido de las cigarras cuando el sol se convertía en calima provocando que  el asfalto de la carretera  brillara en la distancia imitando los reflejos del agua.
- ¿Te mueres de ganas, eh? -.
- Si, Mariona. La cabra al monte tira -.
Los tópicos sirven para que tomemos conciencia de lo irreales que pueden llegar a ser. Palmira sabía que tenía que marcharse del pueblo. Y lo hizo buscando el futuro que aquellas tierras medio secas y angostas no podían ofrecerle. Era su casa pero nunca lo sería. La ciudad era solo una promesa a la que nunca podría convertir en patria. Dejar aquello la llevaba a lo ambiguo, a una lírica de vida cargada de atonía. Lo impersonal masifica. Sin embargo era la única salida. Renunciar a la pureza de la tierra para acogerse al amparo del asfalto. Sin embargo la supervivencia era más factible entre autobuses que rodeada de tractores. El dinero, poco o mucho, que pudiera necesitar para sentirse viva estaba en la ciudad. El dinero y la gente de su edad con la que poder compartir experiencia. No estaba renunciando a nada. Solo admitiendo que crecer como persona requiere intercambio, debate, información, conocimiento. Y eso solo podía encontrarlo mezclándose con miles de personas. Fueran descendientes, fueran herederos.
Desear volver a casa convertía en tópico la añoranza. La necesidad de  escapar de su casa convertía en tópico el futuro.
- Ya nos vamos, Mariona. En cinco minutos esto se acaba. Puede que mañana ya te pidan que cojas tú la llamada. O que la coja yo pero tú manejes el programa -.
- No me asustes, Palmira -.
- Tranquila, mujer. Que yo estaré aquí para echarte un capote. Aunque no creo que lo necesites. ¡Anda! Desconecta tus cascos, mételos en la bolsa y vamos a dejarlos en la entrada. Ya son las cuatro.

Al cruzar la calle, Maruja tuvo el presentimiento de que Venancio no estaría en casa. El metro había volado hasta allí y era más temprano que nunca. En lugar de tomar el camino de casa anduvo cincuenta metros en sentido contrario. Allí estaba, en el bar, discutiendo acaloradamente con un pequeño grupo que compartía con él una extraña habilidad para no derramar el contenido de sus vasos a pesar de que gesticulaban de manera exagerada.
Prefirió no hacerse ver. Lo mejor era ir a casa para refrendar que su marido no había hecho nada por justificar sus interminables horas de vacío. Al entrar no la sorprendió ver lo mismo de siempre. Solo faltaba Venancio dormitando en el sofá. Ventiló la casa y se declaró en rebeldía. Si él no movía un dedo ella tampoco lo haría.
- O acabo con esto o esto acaba conmigo -. El despecho es capaz de convertirse en venganza en décimas de segundo. Cogió una cerveza del frigorífico y buscó un vaso limpio en el escurridor. No tuvo suerte.
- A morro. No importa. Igual que tú cuando ya no te tienes -. El clic de la lata sonó como el disparo de salida en una carrera de atletismo. Bebió sin parar hasta que le faltó el aire. -¡Hoy me toca a mí! -. Apuró lo que quedaba en otros dos tragos largos y buscó la basura para deshacerse del envase. Al pasar frente a la nevera se detuvo, abrió la puerta y tiró de otra cerveza. -¡Que si! ¡Que hoy me toca a mí! -. No lo sabía, pero se estaba preparando para enfrentarse a una situación que ya la estaba desbordando. Cuando fue a por la tercera cerveza ya no tiró la lata vacía. Quedó sobre la mesa como notario de todo lo que iba a decir cuando Venancio y su borrachera cruzaran la puerta.

- ¿Vamos un ratito al Parque del Lago? -. El si de los pequeños llenó de alegría el salón de sus abuelos. –Os los traigo para la cena. Y no os preocupéis si tardamos un poco. Están de vacaciones y quiero que disfruten -.
- ¿A que yo apretaré el botón del ascensor? -. Urko marcó su territorio mientras daba un beso a Amparo. Palmira encaró el pasillo camino de la entrada para que los niños la siguieran como los delfines siguen la estela de un velero.
- ¿No viene la tía Palmira? – Ainoa adoraba a la amiga de su madre.
- No, hoy no puede. Ha ido a comprar un billete de autobús para ir a ver a sus papás-
- Y nosotros, ¿No podemos coger un autobús como el de la tía Palmira para ir a ver a papá? -. La pregunta de Urko obligó a su madre a pensar como se las tendría que ingeniar para colocar a Aitor en un lugar recóndito de un mapa.
- Ya veremos. Anda, hombre de la casa. Que el ascensor no espera -.
Mientras el viejo ascensor les transportaba hacia la calle se dijo que era necesario liberase de sus miedos y empezar a vivir. No podía estar viendo a Aitor en todas partes. La sensación que tuvo cuando estaba fumando con Palmira no podía repetirse. Todavía tenía el nudo en la garganta.

- ¿Ya estás aquí? -. Sorprendido Venancio miró el reloj de cuco que dormitaba encima del aparador. -¡Joder, tía! Me he pasado la mañana dando vueltas y nada. Todas las ofertas son mentira. Y si no lo son no quieren gente como yo -.
Maruja conocía aquel discurso y ni siquiera respondió. De manera ostentosa se llevó la lata de cerveza a los labios para contener su enfado.
-Voy a tomar yo otra contigo -. Solo lo intentó. Al dar el primer paso hacia la cocina su mujer le ordenó que se quedara.
- Tú ya has bebido lo que tenías que beber -. La malta le había dado fuerza para arrancar y nada iba a detenerla.
- Ni buscas trabajo, ni haces nada en casa, ni quieres hacerlo ni lo harás. ¡Ya me tienes harta! ¿Para ti buscar trabajo es lo que hacías en el bar? Y no me cuentes milongas, que te he visto. Te he visto antes y te huelo ahora. Así no podemos seguir, Venancio -.
Las palabras de Maruja sonaron distintas a otras veces. Esta vez no se estaba desahogando; esta vez estaba reventando. Era un cobarde y sintió el miedo que provoca la verdad cuando se sabe que se miente, que se ha mentido durante mucho tiempo.
- No es como dices, Maruja; solo te pido que me entiendas -. Nadie soporta una petición de auxilio lastimera cuando se siente engañado.
- Por favor, no te hagas el víctima ahora. ¡Claro que te entiendo! Y porqué te entiendo te digo que ya no puedo más. Estoy cansada de entenderte y mirar hacia otro lado. ¡Mira en lo que te has convertido! ¡Mira en lo que me estás convirtiendo a mí! ¡Mira lo que queda de nosotros!  La lágrima fue breve y la detuvo apurando la cerveza que quedaba en la lata. De pie, con los brazos semiabiertos, sosteniendo una lata vacía en su mano derecha, miraba a su marido como si nunca hubiera formado parte de su vida.
- Todo se arreglará, Maruja. Mira, me han comentado en el bar que el gobierno está preparando una ayuda para los parados como yo. Hablan de que van a darnos trescientos o cuatrocientos euros -. Si quería continuar nunca lo sabremos. Maruja no le dejó.
- No te estoy hablando de dinero, gilipollas, no te hablo de dinero -. Ahora si, ahora las lágrimas brotaron sin obstáculo. Siempre hay un momento en las tragedias en el que se llora de verdad. -¿Tú crees que hablo de dinero? Si fuera por eso ya haría mucho tiempo que estaríamos hundidos. No tenemos hijos, Venancio; no tenemos hipoteca. Con lo que gano vivimos. Mal,  pero vivimos. No te estoy hablando de dinero -.
Venancio se sintió atrapado. Su mujer le estaba pidiendo algo y no sabía lo que era. Su silencio interminable le sirvió a Maruja para pedirle ayuda a un kleenex y continuar.
- Te hablo de vida, de complicidad, de ayuda, de estar, de no mentir, de vivir juntos  lo poquito que tenemos, de compartir, ilusionarnos, conocernos. Te hablo de ser dos y no dos que van cada uno por su lado -. Se mordió la lengua. De sexo no quería hablarle. No era el momento. Quizá ya no era el momento para nada. A medida que iba soltando todo lo que llevaba dentro tomaba conciencia de que solo les unía la inercia de un techo y doscientas discusiones sin sentido mal repartidas en veinte años cuesta abajo.
- Te prometo que iré al médico. Te lo prometo. Ya nunca más te fallaré en la cama. Te lo juro -. Fue el último disparo fallido de un arma sin munición. No había entendido ni una sola palabra de lo que le estaba diciendo.
- Déjalo. Mejor dejarlo. Es inútil hablar contigo. Es inútil  -. La tensión y el alcohol de tres cervezas hicieron que se desmoronara. No obstante sintió un último hálito de dignidad y cogiendo el bolso salió de la casa sin decir nada.
Venancio, absolutamente perdido, se quedó inmóvil, de pie y sin capacidad de reacción.
- Necesito una cerveza -. Sabía que algo estaba cambiando en su vida y prefirió preguntárselo a una lata de Mahou que a su conciencia.

Había conseguido plaza en el bus de las cinco. Saldría de casa con la bolsa preparada. A la derecha y en ventanilla, tanto en la ida como en la vuelta. Perfecto. El fin de semana se presentaba espléndido. Seguro que las cigarras ya estarían ensayando para ofrecerle el mejor de sus conciertos.
Se le ocurrió llamar a María. Si estaba en casa igual se acercaba para verla. Seguía restableciéndose y parecía que su nueva compañera de piso era una persona agradable y sintonizaban de maravilla. Mientras marcaba sonrió ante la ocurrencia de que esa sintonía podía provocarla el fumeteo. No era justo pensar de esa manera pero hay pensamientos que brotan y nada los detiene.
Móvil apagado o fuera de cobertura. Desistió. Eran casi las seis y le pareció una buena idea acercarse hasta el parque para ver de coincidir con Palmi. Así veía a los chiquillos. Su debilidad por Ainoa crecía. – Si un día tengo hijos me gustaría tener una niña como ella -. Hay deseos que invitan a meditar. Su vida sentimental se había quedado dormida desde que pilló a Francisco con la hija del alcalde. Habían pasado seis años y ella seguía encerrada en su rechazo a cualquier relación, aunque fuera desechable. – No es momento. Pero si tengo una hija quiero que sea como Ainoa -.
Les vio al pisar el paseo central del parque. Los enanos trepaban en su mundo de colores y Palmi estaba sentada en el mismo banco donde se dieron el primer abrazo. El estanque, a su izquierda, soportaba la travesura de varios chiquillos empeñados en tirarle piedras. Al otro lado del agua media docena de chopos que le parecieron más hermosos que un par de meses atrás. Junto al más grande una silueta que se refugiaba del sol. Es difícil identificar a alguien al que solo conoces porqué te enseñaron alguna foto familiar.
Ainoa dio un chillido de alegría y se dejó caer del laberinto con una facilidad inexplicable. – La tía, la tía. ¡Mamá, ha venido la tía! -. La tarde y el parque se convirtieron en fiesta.
La silueta tenía cuerpo y mirada. Ojos que se cerraban a medida que la obsesión se adueñaba de si misma. El cigarrillo sintió la presión del pie que lo aplastó sin apagarlo.
- Me da lo mismo que no esté liada con otro. No lo estará nunca. Si no ha de ser para mi no será para nadie. ¡Nadie! -. Esta vez no podía cometer ningún error. Tomó el camino de su casa para preparar su estrategia cuidando hasta el más mínimo detalle. Seguía creyendo que Palmi caería en sus brazos cuando el la pidiera que volvieran a empezar. Pero quería tener previsto que hacer en caso de que su mujer volviera a caer en la estupidez de querer dejarle.
- Mañana, querida. Mañana queridas. De mañana no pasa -. Mientras andaba maldecía su debilidad al no insistir con sus golpes en la puerta aquella noche en que estuvo a punto de atraparla. –Fui imbécil. Cuando el vecino me amenazó con llamar a la policía me acojoné -. Pensar que al cabo de unas horas le detuvieron le provocaba una sorna que solo cabe en la cabeza de quienes no se temen a si mismos.

La frase preferida de Waldo era el toque de corneta que ponía en marcha las raspas de Gold Plus. –Somos felices aquí. Por favor, que no me den descansos si no me los merezco -. Tenía un gracejo especial que hacía que nadie se cansara de escuchar las mismas palabras. Provocaban la sonrisa y eran mejor recibidas que la cantinela de los coordinadores pidiendo que todo el mundo estuviera disponible.
A los pocos minutos los coordinadores se reunían alrededor del tambor a la espera de que Ambar les diera instrucciones. Se organizaban sin perder de vista la sala.
-Bien, chicos. Que los nuevos empiecen a coger la llamada. Que no escriban, que solo atiendan. Y a media mañana que cambien. Que su compañero hable y que ellos escriban -.
Ambar les marcó prioridades y deseándoles un buen día regresó a su mesa.

El crecimiento de Gold Plus había ocasionado reajustes en coordinación. A la incorporación de Selena habían seguido otras. Siempre que pasaba esto el equipo se resentía. El periodo de adaptación de los nuevos ocasionaba un lastre inevitable que se iba liberando a medida que aprendían a ver la plataforma desde otra óptica.
No era tan sencillo. El carácter de cada uno marcaba ese periodo y, a la vez, servía para definir posturas respecto al equipo al que se integraban y al colectivo de agentes que dejaban de ser compañeros de raspa para convertirse en responsabilidad.
Algunos detalles servían para identificar perfiles. Para los más veteranos eran indicativos de la actitud. Frases como “Es que no entienden”…” No soporto a los agentes que”… eran claro exponente de un empacho. Era cierto que las cosas se veían de otra manera cuando se estaba de pie. Y no era una virtud que se adquiría de repente. Si acaso era un privilegio del que se tenía que hacer un uso conveniente para que repercutiera en beneficio de los agentes y no del ego del nuevo coordinador. De nada vale trepar cuando ya no quedan mas peldaños.
Otra línea roja señalaba la conducta de algunos. Solían incurrir en el error de aproximarse al cliente con espíritu crítico respecto a los operadores; en algunos casos esa descarga de opiniones alcanzaba incluso a otros coordinadores. Olvidar que el cliente no era su empresa propiciaba filtraciones y malentendidos que nunca beneficiaban a los agentes. Era tanto su interés por demostrar su valía que intentaban absorber múltiples tareas o crear nuevas praxis que ponían en marcha sin someterlas a la opinión del resto, ni siquiera de Ambar.
Tensiones innecesarias que no siempre se resolvían apaciblemente. A menudo nos pierde nuestra rigidez. Algunos aprenden a desbloquearla y otros la mantienen como único recurso para defender el suelo que pisan.
Selena se adaptó con facilidad. Era receptiva. Tuvo algunos conatos de incomprensión. Especialmente con Jacobo, pero les bastó un café para entenderse. Ambos querían hacer bien su trabajo orientándolo al objetivo de su puesto sin perder la visión de que trabajaban con personas. “Estuve sentado contigo y sé lo que necesitas. Déjame convertirte en tu herramienta de trabajo. Y ayúdame tú no dándome motivos para recordarte que mi tarea también consiste en controlar lo que haces.”
Seríamos infieles con la historia si no dejáramos constancia de que Selena y Jacobo se ganaron, cada uno a su nivel, cierta fama de intransigentes. La misma fidelidad nos empuja a certificar que esa fama se la atribuían aquellos agentes que menos hacían por equiparar su esfuerzo con el de sus compañeros.
Eran el resultado de una ecuación. Cuanto más queremos defender al que se entrega a su labor,  más rígidos somos con quien intenta convertirse en parásito del esfuerzo de los demás.
Nadie juzgaba a nadie en esos periodos de integración. El tiempo era un lienzo en blanco que cada uno pintaba a su manera hasta que el bodegón se completaba. Los había luminosos, los había brillantes, los había ocres. Encajar ese pantone de claro oscuros no era sencillo. Ni para Ambar ni para los agentes que interpretaban lo que veían en función de lo que en ellos provocaba.

El inspector se había tomado unos días de respiro para ejercer de padre y marido. Desde el lunes su arma y su placa también descansaban al cuidado de la armería. Una semana de vacaciones no altera demasiado la actividad y su mesa se convirtió en depósito de notificaciones que llegaban de diversos juzgados. Otros inspectores se ocupaban de atender denuncias y perseguir a los malos. La correspondencia podía esperar, especialmente si no llevaba el distintivo de urgente. Nadie abrió ninguno de los sobres que llegaron a la mesa del inspector. Uno de ellos contenía un aviso acerca de la libertad provisional de Aitor Goñi, ordenando que se tomaran las medidas oportunas para reactivar la orden de alejamiento que pesaba sobre él. El expediente de Palmira Ochoa estaba archivado en un mueble metálico y gris que guardaba, por orden alfabético, todos los casos de malos tratos que afectaban a la comisaría.

-Hoy se te ve poco inspirada, Maruja. No te has quejado en toda la mañana -.
Todos se habían dado cuenta de que Maruja no estaba de buen humor. Ni una queja, ni una broma, ni un solo comentario.
Salitre estaba desconcertado. Algo estaba fallando en su estrategia. No conseguía encontrar la senda para que su contacto diario con aquella mujer profundizara como deseaba.
- Mira chico. Hay días en lo que una no está de humor para nada. Y hoy es uno de ellos -. Respondió porqué tenía que hacerlo. No se sentía comunicativa, ni siquiera para lanzar alguno de sus dardos contra cualquier situación que le pareciera graciosa. Su subconsciente le decía que todas aquellas chirigotas que siempre provocaba no eran más que una forma de evadirse de la realidad. Y ahora que la estaba pisando no le apetecía para nada enterrarla con sus chismes. -Ahora tendría que mofarme de mi propia situación -. Cavilar esto la llevó a un estado de abstracción tal que ni siquiera notó que su terminal le anunciaba una llamada. Salitre estaba hablando pero tuvo el reflejo de darle un golpecito a su compañera señalándole el parpadeo luminoso.

-Las once. Ya no queda nada -. Cogió la llamada con alegría. Cada asistencia que daba empujaba el reloj hacia adelante. Se veía en casa, escuchando como su madre la ponía al corriente de las noticias del pueblo. Cualquier cosa, por insignificante que pudiera parecer, se convertía en portada. Ella misma iba a serlo porqué estaba segura de que su familia ya había pregonado su llegada. No le importaba. Podría saludar a gente por la que sentía auténtico aprecio. Y a otra que apreciaba menos pero formaba parte de su vida y, muy especialmente, de la vida de sus padres. –Melocotones con sabor, sandías jugosas, aire limpio…y las cigarras cantando para mi -. Palmira de Palma rebosaba felicidad.

-Ya son las once. ¿Por qué el tiempo siempre corre más de prisa cuando queremos que no ande? -. A Maruja no le apetecía para nada que llegara el final de la mañana. No quería regresar a casa. Se había levantado con sigilo para que Venancio no se despertara del letargo en el que ya estaba sumido cuando, después de su disputa, ella había regresado. Por primera vez en tantos años se alegró de no tener que hablar. Y ahora se le hacía un mundo tener que verle. - ¿Qué le digo? ¿Qué querrá decirme? ¿Queda algo por decir? – Pensó lo que se piensa cuando la luz nos invade y sabemos que nada de lo que digamos cambiará las cosas. No valen ni arrepentimientos ni promesas. Tampoco sirve encontrar culpables. La culpabilidad se comparte. El fracaso también.

Ambar le confirmó a Palmira Ochoa que iba a incorporarse al colectivo de Gold Plus y que, aprovechando el cambio pasaría a tener la misma rotación de descansos que su compañera de piso.
- Ya me lo había comentado un coordinador. Lo que no sabía era cuando. Gracias por ese cambio de rotación. Seguro que Palmira también se alegra -.

A dos metros, Violeta no perdía detalle de lo que sucedía en la mesa de Ambar.
No le desagradaba Palmi como agente para Gold. Pero le parecía que no era alguien a quién se pudiera manejar. Había algo en aquella mujer que se le escapaba y, cuando esto sucedía, no se sentía bien. Dejó de observar lo desconocido porqué una de las nuevas coordinadoras se le acercó para corroborar un dato. Resuelta la consulta fue Violeta la que preguntó.
- ¿Qué tal Palmira Ochoa? Creo que funciona. ¿No? -.
- Si, no tenemos queja. Y tiene mérito con lo mal que lo ha pasado -.
- ¿Mal? ¿Por qué? ¿Ha estado enferma? -.
A cambio de nada obtuvo toda la información acerca de Palmira, su situación familiar y los acontecimientos a los que la coordinadora había tenido acceso cuando Ambar les informó someramente para que, de manera provisional, fueran permisivos con la agente.
- Os cuento hasta aquí para que sepáis cual es la razón por la que vamos a dejar tranquila a Palmira Ochoa durante un tiempo. Pero, por favor. Ni un solo comentario. Ya sabéis que pasa cuando corren los rumores -. Ambar había sido muy clara. Y Estrella le echó una mano reforzando sus observaciones. – Si, que ya corre un bulo acerca de ella y de su amiga. Las están convirtiendo en pareja -. No podían hacer nada por evitar que se propagaran rumores. Pero si debían respetar con su silencio aquello que no era un rumor precisamente.
A Violeta le bastó lo que le contaron para hacerse una idea descompuesta del cuadro de vida de Palmi. Le puso un diez a la coordinadora y siguió oteando el horizonte para ver lo que pasaba.

En los últimos días el ambiente de los coordinadores estaba un tanto enrarecido. En sus reuniones matinales con Ambar no se hablaba de nada que no fuera trabajo. Pero se comentaban asuntos que pertenecían  a la intimidad de sus funciones. Valorar a un agente, decidir su seguimiento, diseñar estrategias para mejorar; incluso cuestionar decisiones del cliente, de alguno de sus supervisores ó de la propia empresa. Nada trascendente ni secreto. Pero que si debía permanecer fuera del alcance de terceros para evitar malas interpretaciones o esos rumores que nunca son fieles a la verdad.
Hacía un tiempo  que esa frontera se rompía y puntos concretos de esas reuniones llegaban a los oídos de algunos  que no tenían reparo en verterlos sin medida, quitando y añadiendo, magnificando y deformando casi siempre. El tanteo al que se sometieron esas filtraciones llevó a un grupo de operadores de Gold. Localizado el mar encontrar el río que lo alimenta era cuestión de paciencia. Andando por la orilla acabarían tropezando con su desembocadura. Cuando no sabemos de quién debemos desconfiar recelamos de todo el mundo. El pensamiento es libre. La libertad no siempre lo es.

Palmira de Palma quería volver a casa para contarles que era libre.
Maruja  estaba abriendo puertas y ventanas para que aires de libertad llenaran el espacio de su vida.
Aitor se exponía a perder la suya en el intento de evitar que su mujer la consiguiera.
Tres pensamientos esclavos de una libertad inexistente.
De la libertad, en nuestra vida, podremos llegar a tener múltiples paisajes. Pero solo una única esperanza.

 
Capítulo V
El gélido verano.

 
El autobús salió con casi diez minutos de retraso pero no perturbó el encantamiento de Palmira. Aquella terminal saturada de viajeros, maletas y mochilas le servía de punto de partida a la hora de recrearse en su viaje. Pronto desaparecerían los grandes edificios, los semáforos, la prisa y la indiferencia de la gente. Y así fue. A los pocos kilómetros, entre población y población, el verde iba sustituyendo a la urbe. Era el preludio de la sinfonía de naturaleza y color que Palmira necesitaba para saborear la vida detrás del cristal de su ventanilla.
En dos horas y poco entraría en la cocina para dar el primer bocado a un pastel de amapolas que, seguro, su madre le tendría preparado.

Palmi tenía previsto pasarse por el supermercado para abastecerse de cara al fin de semana. Luego, si la tarde se estiraba lo suficiente, se acercaría a ver a los niños. Hoy no tendrían tiempo de ir al parque pero no quería dejar de estar con ellos aunque solo fuera un rato. Al menos hasta que hubieran cenado. Para ella acostarles y darles las buenas noches era algo que les unía y daba fe de la provisionalidad del verano. No se sentía feliz teniéndoles con ella solo los días de libranza.
Colocó la compra y se dispuso a fumar un cigarrillo. Le gustaba hacerlo en la ventana de su dormitorio. Era la única que daba a la calle y permitía ver el ir y venir de la gente en aquel barrio un tanto extravagante. De día todo parecía normal. A medida que el sol se escondía el decorado humano cambiaba.
Todavía era temprano para eso. Apoyó un brazo en el alfeizar; el cigarrillo sabía a todo lo que puede saber un cigarrillo cuando nos sentimos relajados.
- ¡No puede ser él -. A pesar de negarlo echó el cuerpo atrás intentando esconderse.
- Está en la cárcel. -. Necesitaba convencerse de que el hombre que miraba a su ventana no podía ser Aitor.  Se asomó otra vez para convencerse de que se equivocaba tanto como creyó equivocarse el día anterior cuando conversaba con Palmira. – Tengo que quitarme el miedo. Está en la cárcel. No puedo verlo en todas partes -. El reflejo del sol que ya se perdía detrás de los edificios la impidió ver con claridad. Con la mano a modo de visera hizo un esfuerzo.
- No puede ser él. No se arriesgaría a que le viera -. Se reprochó aquella conjetura. – No, Palmira, no. No puede ser él porqué está en la cárcel -.
El cigarrillo se le había apagado. Sabía a rayos cuando lo encendió. Era mejor apagarlo. Una maceta vacía le sirvió para desecharlo. Inmediatamente prendió otro y se sintió aliviada por la calada y sus razonamientos. – Está en la cárcel -.

Bajó del metro dos estaciones antes. Quería caminar un poco. Caminar y pensar. No soportaría otra discusión. – No, no quiero darle vueltas y vueltas a algo que los dos conocemos perfectamente -. Tampoco se sentía con fuerzas para callarse y matar la tarde como si nada sucediera. - ¿Qué hago? ¿Entrar en casa y no decir nada? ¿Actuar como si lo de ayer hubiera sido una rabieta? -.
Los finales llegan sin anunciarse porqué nunca son un imprevisto.
- No puedo pedirle que se vaya. No tiene trabajo, no tendría donde ir. Ni puedo marcharme yo…. ¡Dios, estamos encarcelados, condenados a vivir juntos hasta quién sabe cuando! -.  No poder decidir nada cuando más se necesita duele tanto como la peor de las decisiones. Pasó de largo. No podía subir a nada. Siguió caminando sin rumbo con la esperanza de encontrar alguna respuesta cada vez que cruzaba un paso peatonal. El sol también en esas calles buscaba la espalda de los edificios. Fue un aviso para Maruja. - ¡Que tarde debe ser! -. Un argumento poco convincente. Darse la vuelta significaba regresar. Y no quería.

- ¿Ya has fumado bastante? ¡Anda, sal otra vez y fuma para llamar la atención, para que los tíos te miren!..... ¿Te has cansado del mamón que tenías y buscas otro? ¡Voy a subir a por ti y te llevaré a casa a hostias! -.
Aitor seguía allí mirando a la ventana. Palmi ya no estaba. - ¿Y mis hijos? ¿En casa de tus padres? ¿Así te ocupas de ellos? ¡Mala madre! Les contaré lo puta que eres y no querrán saber nada de ti -. No existía coherencia en su furia silenciosa.
- No mereces ninguna compasión. Te lo daba todo y nunca te bastaba ¿Para eso querías trabajar? ¿Para dejar tú casa y enrollarte con cualquiera? ¿No tenías suficiente con tu marido? ¡La culpa es mía! ¡Tenía que haberte dado más fuerte! ¡Cuatro hostias mas y luego ponerte de rodillas para que me la chuparas! ¡Seguro que así habrías aprendido! -. Mientras seguía farfullando paranoia los pies le acercaban por instinto.

- O me doy prisa o no les puedo dar la cena -. Calmada la ansiedad se apresuró en cambiarse para ofrecer una imagen más fresca a su familia. Dos toques al spray de su colonia favorita la convencieron de que su apariencia era la adecuada.
La historia siempre se repite. No tuvo tiempo de reaccionar. El empujón la lanzó contra la pared de la entrada. Aitor cerró la puerta y, sin decir nada, la miró sonriendo como un niño cuando acaba de hacer su travesura.
- No me esperabas… ¿Cómo ibas a esperarme? ¿Pensabas que ya te habías librado de mi, verdad? -.
Palmira quiso decir lo que no supo decir. Le dolía la espalda a causa del golpe contra la pared. El pánico solo la dejó pensar en María.
- Te vas a venir a casa conmigo. Te vas a venir ahora conmigo. Tu sitio está en tu casa, con tu marido, conmigo, solo conmigo. Eres mía ¿Lo entiendes? Y me vas a obedecer ¡Vaya si me vas a obedecer! -.
Palmi negó tímidamente con la cabeza. No supo mentir. Se lo dictó el ánimo y lo expresaron las lágrimas que se negaban a ser un signo de obediencia. La zarandeó agarrándola por los hombros.
- ¿Que no? ¿Te niegas? ¿No quieres? -. Tiró de ella hacia el dormitorio arrastrándola como si fuera un peso muerto. Palmi temió lo peor. Cuando su marido hacía esto siempre la forzaba. No estaba dispuesta a otra violación. Intentó resistirse hasta que un golpe seco en el estómago le provocó arcadas.
¿Te doy asco, hija de puta? ¿Te da asco el padre de tus hijos? ¿Quieres vomitar? -. Agarrándola por la cintura con un brazo tiró de su cabello con el otro y la hizo caminar hasta la ventana. - ¡Vamos, vomita! ¡Saca toda la mierda que llevas dentro! -. La cabeza de Palmi intentaba seguir negándose. - ¿No quieres vomitar? ¡Pues yo si quiero hacerlo! Y tú eres mi vómito, tú y esa libertad que nunca te daré. ¡Mira en lo que me has convertido! ¿Te hace feliz verme así? ¿Esto es lo que querías? ¿Encerrarme para poder hacer lo que te diera la gana? ¡Voy a vomitarte! ¡Voy a vomitarte! – Palmira seguía negando hasta que Aitor tiró tan fuerte de su pelo que no pudo mover la cabeza.
Mientras caía vio a sus hijos jugando en el Parque del Lago. Varias personas se acercaron a ella. La sangre no habla pero es capaz de contarnos que la muerte ha venido de visita.

- ¿Se ha tirado?
- No sé. Yo solo he escuchado el golpe. En seguida he mirado hacia arriba pero no he visto a nadie – Cuando el viandante levantó de nuevo la cabeza en casi todas las ventanas había público curioso que ya tenía de que hablar en la cena.

Un sobre sin abrir, en comisaría, maldecía su destino.
Palmira de Palma se abrazaba con sus padres y buscaba en la cocina un pastel que le sabría a niñez y adolescencia.

Maruja no encontraba el norte en una brújula sin puntos cardinales.

Dos chiquillos intentaban hacer volar un avión que no volaba.

La parca se retiraba feliz prometiendo volver.

Hay días extraños en los que los dioses no existen.

Próxima entrega jueves 30 a las 18:00 horas aprox.

1 comentario:

  1. Te has atrevido a que pasara lo logico. Me gusta como escribes. Ahora que pase todo lo que tiene que pasar.

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