<<<<<<< viene de la 11ª entrega>>>>>>>
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Y, como siempre, esta entrega ha sido pegada a continuación de "TODO LO PUBLICADO HASTA HOY" para quienes deseen leer las 12 entregas de manera consecutiva.
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-Entonces,
este fin de semana ¿Te vas al pueblo? -.
-Si, ya tengo
ganas de ver a mis padres y respirar aire puro -.
Le pareció poco serio explicarle a su amiga que
también ansiaba escuchar el canto de las cigarras. Pensó que era demasiado
urbanitas para entender eso.
- Traeré
melocotones. ¡Ya verás que ricos! Me gustaría tener coche para poder llenarlo
de todo; de melocotones, paraguayas, sandías, melones… ¡No te puedes imaginar
lo ricos que son los melones de mi tierra! -. Su entusiasmo iba creciendo a
medida que se sentía transportada a sus orígenes.
-¿Has cogido
tú los flanes?-. Era el momento del postre; el Office se llenaba y, cuando
esto sucedía, apetecía más la calle. Palmi se acercó a la nevera para que los
flanes de vainilla que habían comprado en el supermercado se convirtieran en el
fin de su comida. Los comieron deprisa para que el reloj les dejara margen para
buscar la sombra y fumar un cigarrillo. Palmira seguía sin fumar pero ya estaba
en ese peldaño donde lo social encubre la adicción.
El calor apretaba y las zonas sombreadas recordaban
la entrada de los centros comerciales el primer día de rebajas.
Iba a seguir promocionando su pueblo cuando advirtió
que la cara de su amiga se desencajaba. - ¿Te
sientes mal? ¿Qué te pasa? -. Palmi no respondió. Inspiró con más fuerza de
la habitual para que el humo le invadiera los pulmones hasta el último rincón.
– No, no ha sido nada. De verdad. Ya se
me pasará -.
- Ya se te
pasará ¿qué? ¿Que tienes? – Por primera vez desde que la conocía tuvo la
sensación de que estaba molestando a su amiga. La prudencia tomó de la mano al
respeto. – Disculpa, Palmi. No quiero
atosigarte. Pero si te sientes mal dilo, por favor-. Mientras se excusaba
observó que Palmi lanzaba miradas hacia la esquina. Eran furtivas, rápidas,
pero no podían pasar desapercibidas. Respetando a su compañera hizo un esfuerzo
y no se dio la vuelta para husmear la causa del malestar de su amiga.
- Anda,
subamos, que nos quedan tres minutos -. Empleó un argumento incontestable
para matar su preocupación por la que pudiera sentir Palmi. A medida que iban ganando la protección del
edificio la notó más tranquila, aunque sus ojos seguían impregnados de temor.
Se tranquilizó a si misma amparándose en cuán reciente estaba todo en las
sensaciones de su amiga.
- Es natural
que tenga sobresaltos. Necesitará de un tiempo para recuperarse-.
Obtenido el resultado de paz interior esperado,
acompañó a Palmi hasta su puesto y buscó el suyo a tres cabinas de distancia.
A mediodía las llamadas se tomaban un vermouth con
aceitunas. Solo algunas decidían seguir en el aire y, despreciando aperitivos y
comida, seguían insistiendo con tesón para que Maruja tuviera motivos para
quejarse.
- ¿Lo veis? No
lo digo porqué si. Me acaban de entrar dos de seguidas y vosotros mirando
-.
- Es la morita
que te tiene manía. ¡Ja, ja, ja! –
- No tiene
gracia, Salitre. Ninguna gracia. Voy a quejarme al sindicato-.
- No, al
sindicato no. Habla primero con algún coordinador para que se lo transmita a
Ambar. Con ella se puede hablar. Y seguro que hace que saquen la información de
tus lamadas. No sea que estés confundida, Maruja. Y si vas al sindicato y
resulta que no escomo crees te meterán en la lista negra -.
- Bueno. Ya
veremos que hago. Pero esto no puede ser -. Lo dijo con falta de
convicción. No estaba segura de disponer de la suficiente carga de razones. Se
había desahogado ante su público y eso le bastaba de momento.
Violeta cruzó la sala. Al pasar por el tambor se
despidió de Manuel que se había acercado a Aisha para darle instrucciones. – Hasta mañana, Manu -. Sin dejar de
hablar con la force, Manu le dijo adiós con un gesto afectuoso de su mano.
-Se va
temprano, chicos. ¿Quién viene este fin de? -. Reírse de sus propias gracias solía ser el punto y final de los
minutos brillantes de Maruja.
- Solo me
queda un madrugue. En cuanto salga, en lugar de ir a casa, me acerco a la
terminal para comprar el billete. En verano los buses se llenan. No quiero
tener que salir a última hora -. Palmira ya estaba dejándose llevar por el
entusiasmo. Ella misma estaba sorprendida. Durante aquellos meses le había
bastado con llamar a su familia un par de veces por semana. Ahora, de repente,
tenía tantas ganas de verles que el viernes que todavía le quedaba por delante
se le hacía un mundo. – Ya podían ser las
cuatro de mañana -. Mientras pensaba en voz alta no dejaba de pensar en el
zumbido de las cigarras cuando el sol se convertía en calima provocando
que el asfalto de la carretera brillara en la distancia imitando los
reflejos del agua.
- ¿Te mueres
de ganas, eh? -.
- Si, Mariona.
La cabra al monte tira -.
Los tópicos sirven para que tomemos conciencia de lo
irreales que pueden llegar a ser. Palmira sabía que tenía que marcharse del
pueblo. Y lo hizo buscando el futuro que aquellas tierras medio secas y
angostas no podían ofrecerle. Era su casa pero nunca lo sería. La ciudad era
solo una promesa a la que nunca podría convertir en patria. Dejar aquello la
llevaba a lo ambiguo, a una lírica de vida cargada de atonía. Lo impersonal
masifica. Sin embargo era la única salida. Renunciar a la pureza de la tierra
para acogerse al amparo del asfalto. Sin embargo la supervivencia era más
factible entre autobuses que rodeada de tractores. El dinero, poco o mucho, que
pudiera necesitar para sentirse viva estaba en la ciudad. El dinero y la gente
de su edad con la que poder compartir experiencia. No estaba renunciando a
nada. Solo admitiendo que crecer como persona requiere intercambio, debate,
información, conocimiento. Y eso solo podía encontrarlo mezclándose con miles
de personas. Fueran descendientes, fueran herederos.
Desear volver a casa convertía en tópico la
añoranza. La necesidad de escapar de su
casa convertía en tópico el futuro.
- Ya nos
vamos, Mariona. En cinco minutos esto se acaba. Puede que mañana ya te pidan que cojas tú la llamada. O que la coja yo
pero tú manejes el programa -.
- No me
asustes, Palmira -.
- Tranquila,
mujer. Que yo estaré aquí para echarte un capote. Aunque no creo que lo
necesites. ¡Anda! Desconecta tus cascos, mételos en la bolsa y vamos a dejarlos
en la entrada. Ya son las cuatro. –
Al cruzar la calle, Maruja tuvo el presentimiento de
que Venancio no estaría en casa. El metro había volado hasta allí y era más
temprano que nunca. En lugar de tomar el camino de casa anduvo cincuenta metros
en sentido contrario. Allí estaba, en el bar, discutiendo acaloradamente con un
pequeño grupo que compartía con él una extraña habilidad para no derramar el
contenido de sus vasos a pesar de que gesticulaban de manera exagerada.
Prefirió no hacerse ver. Lo mejor era ir a casa para
refrendar que su marido no había hecho nada por justificar sus interminables
horas de vacío. Al entrar no la sorprendió ver lo mismo de siempre. Solo
faltaba Venancio dormitando en el sofá. Ventiló la casa y se declaró en
rebeldía. Si él no movía un dedo ella tampoco lo haría.
- O acabo con
esto o esto acaba conmigo -. El despecho es capaz de convertirse en
venganza en décimas de segundo. Cogió una cerveza del frigorífico y buscó un
vaso limpio en el escurridor. No tuvo suerte.
- A morro. No
importa. Igual que tú cuando ya no te
tienes -. El clic de la lata sonó como el disparo de salida en una carrera
de atletismo. Bebió sin parar hasta que le faltó el aire. -¡Hoy me toca a mí! -. Apuró lo que quedaba en otros dos tragos
largos y buscó la basura para deshacerse del envase. Al pasar frente a la
nevera se detuvo, abrió la puerta y tiró de otra cerveza. -¡Que si! ¡Que hoy me toca a mí! -. No lo sabía, pero se estaba
preparando para enfrentarse a una situación que ya la estaba desbordando.
Cuando fue a por la tercera cerveza ya no tiró la lata vacía. Quedó sobre la
mesa como notario de todo lo que iba a decir cuando Venancio y su borrachera
cruzaran la puerta.
- ¿Vamos un
ratito al Parque del Lago? -. El si de los pequeños llenó de alegría el
salón de sus abuelos. –Os los traigo para
la cena. Y no os preocupéis si tardamos un poco. Están de vacaciones y quiero
que disfruten -.
- ¿A que yo
apretaré el botón del ascensor? -. Urko marcó su territorio mientras daba
un beso a Amparo. Palmira encaró el pasillo camino de la entrada para que los
niños la siguieran como los delfines siguen la estela de un velero.
- ¿No viene la
tía Palmira? – Ainoa adoraba a la amiga de su madre.
- No, hoy no
puede. Ha ido a comprar un billete de autobús para ir a ver a sus papás-
- Y nosotros,
¿No podemos coger un autobús como el de la tía Palmira para ir a ver a papá?
-. La pregunta de Urko obligó a su madre a pensar como se las tendría que
ingeniar para colocar a Aitor en un lugar recóndito de un mapa.
- Ya veremos.
Anda, hombre de la casa. Que el ascensor no espera -.
Mientras el viejo ascensor les transportaba hacia la
calle se dijo que era necesario liberase de sus miedos y empezar a vivir. No
podía estar viendo a Aitor en todas partes. La sensación que tuvo cuando estaba
fumando con Palmira no podía repetirse. Todavía tenía el nudo en la garganta.
- ¿Ya estás
aquí? -. Sorprendido Venancio miró el reloj de cuco que dormitaba encima
del aparador. -¡Joder, tía! Me he pasado
la mañana dando vueltas y nada. Todas las ofertas son mentira. Y si no lo son
no quieren gente como yo -.
Maruja conocía aquel discurso y ni siquiera
respondió. De manera ostentosa se llevó la lata de cerveza a los labios para
contener su enfado.
-Voy a tomar
yo otra contigo -. Solo lo intentó. Al dar el primer paso hacia la cocina
su mujer le ordenó que se quedara.
- Tú ya has
bebido lo que tenías que beber -. La malta le había dado fuerza para
arrancar y nada iba a detenerla.
- Ni buscas
trabajo, ni haces nada en casa, ni quieres hacerlo ni lo harás. ¡Ya me tienes
harta! ¿Para ti buscar trabajo es lo que hacías en el bar? Y no me cuentes
milongas, que te he visto. Te he visto antes y te huelo ahora. Así no podemos
seguir, Venancio -.
Las palabras de Maruja sonaron distintas a otras
veces. Esta vez no se estaba desahogando; esta vez estaba reventando. Era un
cobarde y sintió el miedo que provoca la verdad cuando se sabe que se miente,
que se ha mentido durante mucho tiempo.
- No es como
dices, Maruja; solo te pido que me entiendas -. Nadie soporta una petición
de auxilio lastimera cuando se siente engañado.
- Por favor,
no te hagas el víctima ahora. ¡Claro que te entiendo! Y porqué te entiendo te
digo que ya no puedo más. Estoy cansada de entenderte y mirar hacia otro lado.
¡Mira en lo que te has convertido! ¡Mira en lo que me estás convirtiendo a mí!
¡Mira lo que queda de nosotros! La
lágrima fue breve y la detuvo apurando la cerveza que quedaba en la lata. De
pie, con los brazos semiabiertos, sosteniendo una lata vacía en su mano
derecha, miraba a su marido como si nunca hubiera formado parte de su vida.
- Todo se
arreglará, Maruja. Mira, me han comentado en el bar que el gobierno está
preparando una ayuda para los parados como yo. Hablan de que van a darnos
trescientos o cuatrocientos euros -. Si quería continuar nunca lo sabremos.
Maruja no le dejó.
- No te estoy
hablando de dinero, gilipollas, no te hablo de dinero -. Ahora si, ahora
las lágrimas brotaron sin obstáculo. Siempre hay un momento en las tragedias en
el que se llora de verdad. -¿Tú crees que
hablo de dinero? Si fuera por eso ya haría mucho tiempo que estaríamos
hundidos. No tenemos hijos, Venancio; no tenemos hipoteca. Con lo que gano
vivimos. Mal, pero vivimos. No te estoy
hablando de dinero -.
Venancio se sintió atrapado. Su mujer le estaba
pidiendo algo y no sabía lo que era. Su silencio interminable le sirvió a
Maruja para pedirle ayuda a un kleenex y continuar.
- Te hablo de
vida, de complicidad, de ayuda, de estar, de no mentir, de vivir juntos lo poquito que tenemos, de compartir,
ilusionarnos, conocernos. Te hablo de ser dos y no dos que van cada uno por su
lado -. Se mordió la lengua. De sexo no quería hablarle. No era el momento.
Quizá ya no era el momento para nada. A medida que iba soltando todo lo que
llevaba dentro tomaba conciencia de que solo les unía la inercia de un techo y
doscientas discusiones sin sentido mal repartidas en veinte años cuesta abajo.
- Te prometo
que iré al médico. Te lo prometo. Ya nunca más te fallaré en la cama. Te lo
juro -. Fue el último disparo fallido de un arma sin munición. No había
entendido ni una sola palabra de lo que le estaba diciendo.
- Déjalo.
Mejor dejarlo. Es inútil hablar contigo. Es inútil -. La tensión y el alcohol de tres cervezas
hicieron que se desmoronara. No obstante sintió un último hálito de dignidad y
cogiendo el bolso salió de la casa sin decir nada.
Venancio, absolutamente perdido, se quedó inmóvil,
de pie y sin capacidad de reacción.
- Necesito una
cerveza -. Sabía que algo estaba cambiando en su vida y prefirió
preguntárselo a una lata de Mahou que a su conciencia.
Había conseguido plaza en el bus de las cinco.
Saldría de casa con la bolsa preparada. A la derecha y en ventanilla, tanto en
la ida como en la vuelta. Perfecto. El fin de semana se presentaba espléndido.
Seguro que las cigarras ya estarían ensayando para ofrecerle el mejor de sus
conciertos.
Se le ocurrió llamar a María. Si estaba en casa
igual se acercaba para verla. Seguía restableciéndose y parecía que su nueva
compañera de piso era una persona agradable y sintonizaban de maravilla.
Mientras marcaba sonrió ante la ocurrencia de que esa sintonía podía provocarla
el fumeteo. No era justo pensar de esa manera pero hay pensamientos que brotan
y nada los detiene.
Móvil apagado o fuera de cobertura. Desistió. Eran
casi las seis y le pareció una buena idea acercarse hasta el parque para ver de
coincidir con Palmi. Así veía a los chiquillos. Su debilidad por Ainoa crecía.
– Si un día tengo hijos me gustaría tener
una niña como ella -. Hay deseos que invitan a meditar. Su vida sentimental
se había quedado dormida desde que pilló a Francisco con la hija del alcalde.
Habían pasado seis años y ella seguía encerrada en su rechazo a cualquier relación,
aunque fuera desechable. – No es momento.
Pero si tengo una hija quiero que sea como Ainoa -.
Les vio al pisar el paseo central del parque. Los
enanos trepaban en su mundo de colores y Palmi estaba sentada en el mismo banco
donde se dieron el primer abrazo. El estanque, a su izquierda, soportaba la
travesura de varios chiquillos empeñados en tirarle piedras. Al otro lado del
agua media docena de chopos que le parecieron más hermosos que un par de meses
atrás. Junto al más grande una silueta que se refugiaba del sol. Es difícil
identificar a alguien al que solo conoces porqué te enseñaron alguna foto
familiar.
Ainoa dio un chillido de alegría y se dejó caer del
laberinto con una facilidad inexplicable. – La
tía, la tía. ¡Mamá, ha venido la tía! -. La tarde y el parque se convirtieron
en fiesta.
La silueta tenía cuerpo y mirada. Ojos que se
cerraban a medida que la obsesión se adueñaba de si misma. El cigarrillo sintió
la presión del pie que lo aplastó sin apagarlo.
- Me da lo
mismo que no esté liada con otro. No lo estará nunca. Si no ha de ser para mi
no será para nadie. ¡Nadie! -. Esta vez no podía cometer ningún error. Tomó
el camino de su casa para preparar su estrategia cuidando hasta el más mínimo
detalle. Seguía creyendo que Palmi caería en sus brazos cuando el la pidiera
que volvieran a empezar. Pero quería tener previsto que hacer en caso de que su
mujer volviera a caer en la estupidez de querer dejarle.
- Mañana,
querida. Mañana queridas. De mañana no pasa -. Mientras andaba maldecía su
debilidad al no insistir con sus golpes en la puerta aquella noche en que
estuvo a punto de atraparla. –Fui
imbécil. Cuando el vecino me amenazó con llamar a la policía me acojoné -.
Pensar que al cabo de unas horas le detuvieron le provocaba una sorna que solo
cabe en la cabeza de quienes no se temen a si mismos.
La frase preferida de Waldo era el toque de corneta
que ponía en marcha las raspas de Gold Plus. –Somos felices aquí. Por favor, que no me den descansos si no me los
merezco -. Tenía un gracejo especial que hacía que nadie se cansara de
escuchar las mismas palabras. Provocaban la sonrisa y eran mejor recibidas que
la cantinela de los coordinadores pidiendo que todo el mundo estuviera
disponible.
A los pocos minutos los coordinadores se reunían
alrededor del tambor a la espera de que Ambar les diera instrucciones. Se
organizaban sin perder de vista la sala.
-Bien, chicos.
Que los nuevos empiecen a coger la llamada. Que no escriban, que solo atiendan.
Y a media mañana que cambien. Que su compañero hable y que ellos escriban
-.
Ambar les marcó prioridades y deseándoles un buen
día regresó a su mesa.
El crecimiento de Gold Plus había ocasionado
reajustes en coordinación. A la incorporación de Selena habían seguido otras.
Siempre que pasaba esto el equipo se resentía. El periodo de adaptación de los
nuevos ocasionaba un lastre inevitable que se iba liberando a medida que
aprendían a ver la plataforma desde otra óptica.
No era tan sencillo. El carácter de cada uno marcaba
ese periodo y, a la vez, servía para definir posturas respecto al equipo al que
se integraban y al colectivo de agentes que dejaban de ser compañeros de raspa
para convertirse en responsabilidad.
Algunos detalles servían para identificar perfiles.
Para los más veteranos eran indicativos de la actitud. Frases como “Es que no entienden”…” No soporto a los agentes que”… eran
claro exponente de un empacho. Era cierto que las cosas se veían de otra manera
cuando se estaba de pie. Y no era una virtud que se adquiría de repente. Si
acaso era un privilegio del que se tenía que hacer un uso conveniente para que
repercutiera en beneficio de los agentes y no del ego del nuevo coordinador. De
nada vale trepar cuando ya no quedan mas peldaños.
Otra línea roja señalaba la conducta de algunos.
Solían incurrir en el error de aproximarse al cliente con espíritu crítico
respecto a los operadores; en algunos casos esa descarga de opiniones alcanzaba
incluso a otros coordinadores. Olvidar que el cliente no era su empresa
propiciaba filtraciones y malentendidos que nunca beneficiaban a los agentes. Era
tanto su interés por demostrar su valía que intentaban absorber múltiples
tareas o crear nuevas praxis que ponían en marcha sin someterlas a la opinión
del resto, ni siquiera de Ambar.
Tensiones innecesarias que no siempre se resolvían
apaciblemente. A menudo nos pierde nuestra rigidez. Algunos aprenden a
desbloquearla y otros la mantienen como único recurso para defender el suelo
que pisan.
Selena se adaptó con facilidad. Era receptiva. Tuvo
algunos conatos de incomprensión. Especialmente con Jacobo, pero les bastó un
café para entenderse. Ambos querían hacer bien su trabajo orientándolo al
objetivo de su puesto sin perder la visión de que trabajaban con personas. “Estuve sentado contigo y sé lo que
necesitas. Déjame convertirte en tu herramienta de trabajo. Y ayúdame tú no
dándome motivos para recordarte que mi tarea también consiste en controlar lo
que haces.”
Seríamos infieles con la historia si no dejáramos
constancia de que Selena y Jacobo se ganaron, cada uno a su nivel, cierta fama
de intransigentes. La misma fidelidad nos empuja a certificar que esa fama se
la atribuían aquellos agentes que menos hacían por equiparar su esfuerzo con el
de sus compañeros.
Eran el resultado de una ecuación. Cuanto más
queremos defender al que se entrega a su labor,
más rígidos somos con quien intenta convertirse en parásito del esfuerzo
de los demás.
Nadie juzgaba a nadie en esos periodos de
integración. El tiempo era un lienzo en blanco que cada uno pintaba a su manera
hasta que el bodegón se completaba. Los había luminosos, los había brillantes,
los había ocres. Encajar ese pantone de claro oscuros no era sencillo. Ni para
Ambar ni para los agentes que interpretaban lo que veían en función de lo que
en ellos provocaba.
El inspector se había tomado unos días de respiro
para ejercer de padre y marido. Desde el lunes su arma y su placa también
descansaban al cuidado de la armería. Una semana de vacaciones no altera
demasiado la actividad y su mesa se convirtió en depósito de notificaciones que
llegaban de diversos juzgados. Otros inspectores se ocupaban de atender
denuncias y perseguir a los malos. La correspondencia podía esperar,
especialmente si no llevaba el distintivo de urgente. Nadie abrió ninguno de
los sobres que llegaron a la mesa del inspector. Uno de ellos contenía un aviso
acerca de la libertad provisional de Aitor Goñi, ordenando que se tomaran las
medidas oportunas para reactivar la orden de alejamiento que pesaba sobre él.
El expediente de Palmira Ochoa estaba archivado en un mueble metálico y gris
que guardaba, por orden alfabético, todos los casos de malos tratos que
afectaban a la comisaría.
-Hoy se te ve
poco inspirada, Maruja. No te has quejado en toda la mañana -.
Todos se habían dado cuenta de que Maruja no estaba
de buen humor. Ni una queja, ni una broma, ni un solo comentario.
Salitre estaba desconcertado. Algo estaba fallando
en su estrategia. No conseguía encontrar la senda para que su contacto diario
con aquella mujer profundizara como deseaba.
- Mira chico.
Hay días en lo que una no está de humor para nada. Y hoy es uno de ellos -.
Respondió porqué tenía que hacerlo. No se sentía comunicativa, ni siquiera para
lanzar alguno de sus dardos contra cualquier situación que le pareciera
graciosa. Su subconsciente le decía que todas aquellas chirigotas que siempre
provocaba no eran más que una forma de evadirse de la realidad. Y ahora que la
estaba pisando no le apetecía para nada enterrarla con sus chismes. -Ahora tendría que mofarme de mi propia
situación -. Cavilar esto la llevó a un estado de abstracción tal que ni
siquiera notó que su terminal le anunciaba una llamada. Salitre estaba hablando
pero tuvo el reflejo de darle un golpecito a su compañera señalándole el
parpadeo luminoso.
-Las once. Ya
no queda nada -. Cogió la llamada con alegría. Cada asistencia que daba
empujaba el reloj hacia adelante. Se veía en casa, escuchando como su madre la
ponía al corriente de las noticias del pueblo. Cualquier cosa, por
insignificante que pudiera parecer, se convertía en portada. Ella misma iba a
serlo porqué estaba segura de que su familia ya había pregonado su llegada. No
le importaba. Podría saludar a gente por la que sentía auténtico aprecio. Y a
otra que apreciaba menos pero formaba parte de su vida y, muy especialmente, de
la vida de sus padres. –Melocotones con
sabor, sandías jugosas, aire limpio…y las cigarras cantando para mi -.
Palmira de Palma rebosaba felicidad.
-Ya son las
once. ¿Por qué el tiempo siempre corre más de prisa cuando queremos que no
ande? -. A Maruja no le apetecía
para nada que llegara el final de la mañana. No quería regresar a casa. Se
había levantado con sigilo para que Venancio no se despertara del letargo en el
que ya estaba sumido cuando, después de su disputa, ella había regresado. Por
primera vez en tantos años se alegró de no tener que hablar. Y ahora se le
hacía un mundo tener que verle. - ¿Qué le
digo? ¿Qué querrá decirme? ¿Queda algo por decir? – Pensó lo que se piensa
cuando la luz nos invade y sabemos que nada de lo que digamos cambiará las cosas.
No valen ni arrepentimientos ni promesas. Tampoco sirve encontrar culpables. La
culpabilidad se comparte. El fracaso también.
Ambar le confirmó a Palmira Ochoa que iba a
incorporarse al colectivo de Gold Plus y que, aprovechando el cambio pasaría a
tener la misma rotación de descansos que su compañera de piso.
- Ya me lo
había comentado un coordinador. Lo que no sabía era cuando. Gracias por ese
cambio de rotación. Seguro que Palmira también se alegra -.
A dos metros, Violeta no perdía detalle de lo que
sucedía en la mesa de Ambar.
No le desagradaba Palmi como agente para Gold. Pero
le parecía que no era alguien a quién se pudiera manejar. Había algo en aquella
mujer que se le escapaba y, cuando esto sucedía, no se sentía bien. Dejó de
observar lo desconocido porqué una de las nuevas coordinadoras se le acercó
para corroborar un dato. Resuelta la consulta fue Violeta la que preguntó.
- ¿Qué tal
Palmira Ochoa? Creo que funciona. ¿No? -.
- Si, no
tenemos queja. Y tiene mérito con lo mal que lo ha pasado -.
- ¿Mal? ¿Por
qué? ¿Ha estado enferma? -.
A cambio de nada obtuvo toda la información acerca
de Palmira, su situación familiar y los acontecimientos a los que la
coordinadora había tenido acceso cuando Ambar les informó someramente para que,
de manera provisional, fueran permisivos con la agente.
- Os cuento
hasta aquí para que sepáis cual es la razón por la que vamos a dejar tranquila
a Palmira Ochoa durante un tiempo. Pero, por favor. Ni un solo comentario. Ya
sabéis que pasa cuando corren los rumores -. Ambar había sido muy clara. Y
Estrella le echó una mano reforzando sus observaciones. – Si, que ya corre un bulo acerca de ella y de su amiga. Las están
convirtiendo en pareja -. No podían hacer nada por evitar que se propagaran
rumores. Pero si debían respetar con su silencio aquello que no era un rumor
precisamente.
A Violeta le bastó lo que le contaron para hacerse una idea
descompuesta del cuadro de vida de Palmi. Le puso un diez a la coordinadora y
siguió oteando el horizonte para ver lo que pasaba.
En los últimos días el ambiente de los coordinadores
estaba un tanto enrarecido. En sus reuniones matinales con Ambar no se hablaba
de nada que no fuera trabajo. Pero se comentaban asuntos que pertenecían a la intimidad de sus funciones. Valorar a un
agente, decidir su seguimiento, diseñar estrategias para mejorar; incluso
cuestionar decisiones del cliente, de alguno de sus supervisores ó de la propia
empresa. Nada trascendente ni secreto. Pero que si debía permanecer fuera del
alcance de terceros para evitar malas interpretaciones o esos rumores que nunca
son fieles a la verdad.
Hacía un tiempo que esa frontera se rompía y puntos concretos
de esas reuniones llegaban a los oídos de algunos que no tenían reparo en verterlos sin medida,
quitando y añadiendo, magnificando y deformando casi siempre. El tanteo al que
se sometieron esas filtraciones llevó a un grupo de operadores de Gold.
Localizado el mar encontrar el río que lo alimenta era cuestión de paciencia.
Andando por la orilla acabarían tropezando con su desembocadura. Cuando no
sabemos de quién debemos desconfiar recelamos de todo el mundo. El pensamiento
es libre. La libertad no siempre lo es.
Palmira de Palma quería volver a casa para contarles
que era libre.
Maruja estaba
abriendo puertas y ventanas para que aires de libertad llenaran el espacio de
su vida.
Aitor se exponía a perder la suya en el intento de
evitar que su mujer la consiguiera.
Tres pensamientos esclavos de una libertad
inexistente.
De la libertad, en nuestra vida, podremos llegar a
tener múltiples paisajes. Pero solo una única esperanza.
Capítulo V
El gélido
verano.
El autobús salió con casi diez minutos de retraso
pero no perturbó el encantamiento de Palmira. Aquella terminal saturada de
viajeros, maletas y mochilas le servía de punto de partida a la hora de
recrearse en su viaje. Pronto desaparecerían los grandes edificios, los
semáforos, la prisa y la indiferencia de la gente. Y así fue. A los pocos
kilómetros, entre población y población, el verde iba sustituyendo a la urbe.
Era el preludio de la sinfonía de naturaleza y color que Palmira necesitaba
para saborear la vida detrás del cristal de su ventanilla.
En dos horas y poco entraría en la cocina para dar
el primer bocado a un pastel de amapolas que, seguro, su madre le tendría
preparado.
Palmi tenía previsto pasarse por el supermercado
para abastecerse de cara al fin de semana. Luego, si la tarde se estiraba lo
suficiente, se acercaría a ver a los niños. Hoy no tendrían tiempo de ir al
parque pero no quería dejar de estar con ellos aunque solo fuera un rato. Al
menos hasta que hubieran cenado. Para ella acostarles y darles las buenas
noches era algo que les unía y daba fe de la provisionalidad del verano. No se
sentía feliz teniéndoles con ella solo los días de libranza.
Colocó la compra y se dispuso a fumar un cigarrillo.
Le gustaba hacerlo en la ventana de su dormitorio. Era la única que daba a la
calle y permitía ver el ir y venir de la gente en aquel barrio un tanto
extravagante. De día todo parecía normal. A medida que el sol se escondía el
decorado humano cambiaba.
Todavía era temprano para eso. Apoyó un brazo en el
alfeizar; el cigarrillo sabía a todo lo que puede saber un cigarrillo cuando
nos sentimos relajados.
- ¡No puede
ser él -. A pesar de negarlo echó el cuerpo atrás intentando esconderse.
- Está en la
cárcel. -. Necesitaba convencerse de que el hombre que miraba a su ventana
no podía ser Aitor. Se asomó otra vez
para convencerse de que se equivocaba tanto como creyó equivocarse el día
anterior cuando conversaba con Palmira. – Tengo
que quitarme el miedo. Está en la cárcel. No puedo verlo en todas partes -.
El reflejo del sol que ya se perdía detrás de los edificios la impidió ver con
claridad. Con la mano a modo de visera hizo un esfuerzo.
- No puede ser
él. No se arriesgaría a que le viera -. Se reprochó aquella conjetura. – No, Palmira, no. No puede ser él porqué está
en la cárcel -.
El cigarrillo se le había apagado. Sabía a rayos
cuando lo encendió. Era mejor apagarlo. Una maceta vacía le sirvió para
desecharlo. Inmediatamente prendió otro y se sintió aliviada por la calada y
sus razonamientos. – Está en la cárcel -.
Bajó del metro dos estaciones antes. Quería caminar
un poco. Caminar y pensar. No soportaría otra discusión. – No, no quiero darle vueltas y vueltas a algo que los dos conocemos
perfectamente -. Tampoco se sentía con fuerzas para callarse y matar la
tarde como si nada sucediera. - ¿Qué
hago? ¿Entrar en casa y no decir nada? ¿Actuar como si lo de ayer hubiera sido
una rabieta? -.
Los finales llegan sin anunciarse porqué nunca son
un imprevisto.
- No puedo
pedirle que se vaya. No tiene trabajo, no tendría donde ir. Ni puedo marcharme
yo…. ¡Dios, estamos encarcelados, condenados a vivir juntos hasta quién sabe
cuando! -. No poder decidir nada
cuando más se necesita duele tanto como la peor de las decisiones. Pasó de
largo. No podía subir a nada. Siguió caminando sin rumbo con la esperanza de
encontrar alguna respuesta cada vez que cruzaba un paso peatonal. El sol
también en esas calles buscaba la espalda de los edificios. Fue un aviso para
Maruja. - ¡Que tarde debe ser! -. Un
argumento poco convincente. Darse la vuelta significaba regresar. Y no quería.
- ¿Ya has
fumado bastante? ¡Anda, sal otra vez y fuma para llamar la atención, para que
los tíos te miren!..... ¿Te has cansado del mamón que tenías y buscas otro?
¡Voy a subir a por ti y te llevaré a casa a hostias! -.
Aitor seguía allí mirando a la ventana. Palmi ya no
estaba. - ¿Y mis hijos? ¿En casa de tus
padres? ¿Así te ocupas de ellos? ¡Mala madre! Les contaré lo puta que eres y no
querrán saber nada de ti -. No existía coherencia en su furia silenciosa.
- No mereces
ninguna compasión. Te lo daba todo y nunca te bastaba ¿Para eso querías
trabajar? ¿Para dejar tú casa y enrollarte con cualquiera? ¿No tenías
suficiente con tu marido? ¡La culpa es mía! ¡Tenía que haberte dado más fuerte!
¡Cuatro hostias mas y luego ponerte de rodillas para que me la chuparas!
¡Seguro que así habrías aprendido! -. Mientras seguía farfullando paranoia
los pies le acercaban por instinto.
- O me doy
prisa o no les puedo dar la cena -. Calmada la ansiedad se apresuró en
cambiarse para ofrecer una imagen más fresca a su familia. Dos toques al spray
de su colonia favorita la convencieron de que su apariencia era la adecuada.
La historia siempre se repite. No tuvo tiempo de
reaccionar. El empujón la lanzó contra la pared de la entrada. Aitor cerró la
puerta y, sin decir nada, la miró sonriendo como un niño cuando acaba de hacer
su travesura.
- No me
esperabas… ¿Cómo ibas a esperarme? ¿Pensabas que ya te habías librado de mi,
verdad? -.
Palmira quiso decir lo que no supo decir. Le dolía
la espalda a causa del golpe contra la pared. El pánico solo la dejó pensar en
María.
- Te vas a
venir a casa conmigo. Te vas a venir ahora conmigo. Tu sitio está en tu casa,
con tu marido, conmigo, solo conmigo. Eres mía ¿Lo entiendes? Y me vas a
obedecer ¡Vaya si me vas a obedecer! -.
Palmi negó tímidamente con la cabeza. No supo
mentir. Se lo dictó el ánimo y lo expresaron las lágrimas que se negaban a ser
un signo de obediencia. La zarandeó agarrándola por los hombros.
- ¿Que no? ¿Te
niegas? ¿No quieres? -. Tiró de ella hacia el dormitorio arrastrándola como
si fuera un peso muerto. Palmi temió lo peor. Cuando su marido hacía esto
siempre la forzaba. No estaba dispuesta a otra violación. Intentó resistirse
hasta que un golpe seco en el estómago le provocó arcadas.
¿Te doy
asco, hija de puta? ¿Te da asco el padre de tus hijos? ¿Quieres
vomitar? -. Agarrándola por la cintura con un brazo tiró de su cabello con
el otro y la hizo caminar hasta la ventana. -
¡Vamos, vomita! ¡Saca toda la mierda que llevas dentro! -. La cabeza de
Palmi intentaba seguir negándose. - ¿No
quieres vomitar? ¡Pues yo si quiero hacerlo! Y tú eres mi vómito, tú y esa
libertad que nunca te daré. ¡Mira en lo que me has convertido! ¿Te hace feliz
verme así? ¿Esto es lo que querías? ¿Encerrarme para poder hacer lo que te
diera la gana? ¡Voy a vomitarte! ¡Voy a vomitarte! – Palmira seguía negando
hasta que Aitor tiró tan fuerte de su pelo que no pudo mover la cabeza.
Mientras caía vio a sus hijos jugando en el Parque
del Lago. Varias personas se acercaron a ella. La sangre no habla pero es capaz
de contarnos que la muerte ha venido de visita.
- ¿Se ha
tirado? –
- No sé. Yo
solo he escuchado el golpe. En seguida he mirado hacia arriba pero no he visto
a nadie – Cuando el viandante levantó de nuevo la cabeza en casi todas las
ventanas había público curioso que ya tenía de que hablar en la cena.
Un sobre sin abrir, en comisaría, maldecía su
destino.
Palmira de Palma se abrazaba con sus padres y
buscaba en la cocina un pastel que le sabría a niñez y adolescencia.
Maruja no encontraba el norte en una brújula sin
puntos cardinales.
Dos chiquillos intentaban hacer volar un avión que
no volaba.
La parca se retiraba feliz prometiendo volver.
Hay días extraños en los que los dioses no existen.
Próxima entrega jueves 30 a las 18:00 horas aprox.
Te has atrevido a que pasara lo logico. Me gusta como escribes. Ahora que pase todo lo que tiene que pasar.
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