-¡Buenos días,
señorita! ¿Hablo con el Juzgado de Instrucción nº 1334?-
-Si señor.
Habla con secretaría del Juzgado-
-¿Puede
ponerme con Don Alonso?-
-¿Quién
digo que le llama?-
-El Magistrado
Jaime Albarracín de los Maestrazgos-
-Un
momento, por favor-
Las músicas de espera de los organismos oficiales
son tan aterradoras como las de cualquier call center.
-¡Jaime!
¡Cuanto tiempo sin saber de ti! – El juez se alegró sinceramente de la
llamada del Magistrado de la Audiencia. -¿Cómo
estás? ¿Y Pepa y tus chicos?-.
- Bien, muy
bien. Alberto ya me ha hecho abuelo y Marisol se nos casa en Septiembre-. A
Jaime Albarracín se le llenó la boca de satisfacción al informar de la buena
ventura de su familia.
- ¿Y cómo es
que un señor Magistrado me honra con su llamada? ¿En que puedo ayudarte?-.
La frase sonó con mucha más complicidad que la que ofrecen los teleoperadores
de una plataforma. Era un si anticipado ante cualquier petición.
- Te diré.
Ayer me llamó un amigo de esos que no olvidas. Estuvimos juntos en el ejército.
El venía del norte, de farmacia. Un tío majo donde los hubiera. Su padre había
estado con los requetés de Pamplona-. Carraspeó para cortar. –Bueno, vayamos al grano-. Cambió la voz
para entrar en materia. –La cuestión es
que me pidió que le echara un vistazo a un sumario que tenéis abierto contra su
hijo; el 133/133-2. Al parecer se le
escapó la mano con una mujer-. El Juez Alonso, en lugar de la voz, cambió
el grado de atención mientras el Magistrado continuaba. –He visto en intranet que le tenéis en preventiva y que la fiscalía está
preparando una acusación por intento de homicidio. ¡Joder, tío! ¿No exagera un
poco? La mujer ha recibido el alta y no te dan el alta en cuatro días si te han
querido matar-. Mientras escuchaba el juez había abierto el sumario en su
ordenador. –Puede que si, que se exceda
un poco. Pero fundamentos tiene. Además este chico tiene una orden de
separación por malos tratos. Te habrás fijado que ambos sumarios están
vinculados porqué a la que buscaba para zurrar era a su mujer pero como se
encontró a la otra aprovechó el camino….¡Ja, ja, ja..!-. Soltó una
carcajada felicitándose por la ocurrencia. –Dime,
Jaime. ¿Eso es por lo que me llamas?-. La respuesta fue inmediata. –Si, Alonso. Creo que no te costaría demasiado dejarlo en agresión con daños. Su
mujer no vivía en aquella casa. O, al menos, no hay nada que lo demuestre. Me
he leído todo el sumario con detenimiento y podríamos hacer algo. Le debo ese
favor a su padre. Le acusas de agresión, le pedís dos añitos, le sueltas a la
espera de juicio y que su padre pague gastos e indemnizaciones a la agredida. Lógicamente la orden de alejamiento
seguiría. No te estoy pidiendo nada que
no puedas hacer, Sé que eres un tipo honrado-. El silencio fue tan corto
que no llegó a serlo. -¿Y porqué tendría
que hacerlo?-. La respuesta fue tan clara que se convirtió en orden. –Porqué cuando te conseguí el acceso al Golf
de los Leones, firmando como socio avalista, me juraste agradecimiento eterno….- ¡Ja, ja, ja! -. Después de una barbaridad
el despotismo siempre regala una sonrisa.
-Te debía una,
es cierto. Y no quiero deberte nada. Además, me voy de vacaciones y todo lo que
sea limpiar la mesa es bueno para mí-. Devolver favores es cosa de gente de
bien. Se regalaron los oídos con anécdotas vividas hasta que llegó el momento
de despedirse. –Ya no te debo nada. Pero
tú y tu mujer nos debéis una visita. Ahora la pelota está en tu tejado. Saluda
a todos de mi parte-.
Llamó a su secretaria para que localizara a la
fiscal mientras preparaba su discurso. –La
ayudante del fiscal se va a poner histérica. Pero es joven. Aprenderá con el
tiempo-.
-¿Dos años,
señor Juez? Eso significa que no va a ingresar. La orden de alejamiento es solo
una medida y, por lo tanto, no le consta como antecedente- La joven
ayudante estaba asombrada. Para ella la ley era algo inquebrantable que no se
podía adulterar con acciones como aquella. Estaba asombrada y estaba rabiosa.
Pero no podía enfrentarse al titular de su Juzgado. Él decidía, él sentenciaba,
él era el Juez.
-Creo, joven
amiga, que es la decisión correcta. Que cumpla la orden de alejamiento, que
indemnice a la víctima de la agresión y que se reinserte.- Lo dijo con un
tono paternalista y autoritario que no daba opciones. – Voy a dar orden de que comparezca el jueves. Esté usted aquí alrededor
de las diez. Le recomiendo que pida esos dos años para que no le conste a usted
como un caso perdido. La defensa pedirá eso, seguro. La vista vamos a fijarla
para cuando termine otra que tengo a las nueve-. La fiscal respondió que el
horario no sería un problema. –Soy
también la acusación en esa vista, señoría-. Se marchó desencantada. Su
gran ilusión era llegar a la judicatura. –Si
tengo que volverme como este prefiero seguir persiguiendo camellos-.
Palmira seguía explicándole a Mariona el tratamiento
de la llamada y el manejo del programa. La socióloga prestaba atención. Preguntaba
continuamente y no perdía detalle de las pautas a seguir con la persona que
pedía el servicio.
- Por cierto,
Palmira. Nos dieron un folio con las normas internas de la plataforma. ¿De
verdad no se puede comer nada en la sala? -. Palmira sonrió.
- Depende. En
principio no. Pero si alguien celebra algo permiten que nos ofrezca que
morder…. Mira, esto es como todo. Supervisores y coordinadores comen cuando se
les antoja. Lo mismo pasa con las
bebidas. Solo están autorizadas en botella de plástico y verás que algunos se
pasean arriba y abajo con una lata en la mano. Son símbolos jerárquicos,
supongo. – No esperó respuesta porqué cuando se cuenta algo nuevo cualquier
respuesta es siempre una nueva pregunta. -
¿Ves mi móvil? Está conectado. En mute pero conectado. Tampoco está permitido en esa
hoja que te han dado. Me contaron los más antiguos que se autorizó en su
momento para que quienes tuvieran niños o familiares enfermos estuvieran
localizables. Lo que pasa es que tenerlo en el puesto es muy tentador. Y no
sabemos tener las manos quietas -.
Sonrió con cara de colegiala. Mariona intentó
resumir. – O sea, que por h o por b nadie
cumple con las normas -. Su capacidad de síntesis era manifiesta. Tanto
como la de observación. A su derecha Jairo Magno estaba tecleando algo en su
smartphone mientras por el pasillo central Manuel, uno de supervisores, paseaba una lata de cola camino de su mesa. – No te confíes, Mariona. Hay alguno de estos
que está esperando la oportunidad para pillarnos. Les gusta hacerse notar -.
Palmira no andaba desencaminada. El puesto de
trabajo se defiende cumpliendo bien la tarea. Pero se puede dejar un resquicio
para la libertad del controlado. Al fin y al cabo las normas son solo normas y
no se pueden anteponer de manera inflexible a la naturaleza del ser humano. En
el tiempo que llevaba allí era capaz de distinguir entre aquellos coordinadores
y supervisores que hacían la vista gorda y aquellos que parecía que llevaban un
radar en los ojos cuya única función era detectar para avasallar. A su entender
la relajación de controles era algo a agradecer en momentos de calma. A esos
momentos se les llamaba horas valle. ¿Qué mejor que tumbarse en la hierba de
ese valle y dejar que la sangre corriera por las venas? A medida que maduraba en
el tiempo iba poniendo las cosas en su sitio. – Parecen unidos. Pero seguro que hay trepas y submarinos -. Era la
única explicación que le encontraba a determinadas actitudes.
- A mi me
tienen manía. ¿Os habéis fijado? No paran de entrame llamadas mientras otros
están en el limbo. A ti, por ejemplo, no te ha entrado ninguna y yo ya llevo
tres de seguidas -. Se lo comentaba a todos mientras señalaba con un dedo a
Salitre. – Si, lo he visto, Maruja. Pero
yo solo atiendo llamadas de asistencia y tú las coges de todo tipo -.
Maruja disintió. – Las tres llamadas eran
de asistencia. ¡No me quejo porqué si, joder! -. Macu le dio media vuelta a
su silla para intervenir. – Hacen lo que
les da la gana. Y si protestas te meten en la lista negra para amonestarte a la
que pueden -. Un murmullo colectivo de aprobación corrió por la raspa. Macu
se sintió líder por unos instantes y continuó. – Fijaos en el rollo de los móviles. A algunos no nos dejan ni tocarlos
mientras los hay que se pasan el puto día dale que dale -. Otro aplauso en
forma de siseo. – Es como los descansos.
Manolo con Manola, Juanita con Juanito; parejitas inseparables; y los demás a
esperar. Y que no se te ocurra pedir salir con alguien que te contestan, como
mucho, que ya veremos -. Solo faltó que la raspa se pusiera en pie y la
ovacionara. Les calmó la presencia de una coordinadora que se había acercado
tarareando la canción de aquel verano. – Bajamos
el tono de la sala, por favor -. No se detuvo, llegó hasta el final de la
raspa para dar media vuelta con aires militares para regresar al pasillo. – Bajamos el tono de la sala, por favor. En la
medida de lo posible, bajamos el tono de la sala -. Al llegar junto al
tambor miró al grupo de Maruja dibujando una sonrisa de las que no se
interpretan. Una agente le entregó una nota para que verificara si el coche que
pedía asistencia podía recibirla. – Vete
a tu puesto. Enseguida te lo digo -. Mientras respondía a la operadora dio
el primer paso para caminar los veinte que la separaban de la mesa de Violeta.
La tarde se dormía aturdida por el calor y la bruma
que pesaban como una losa sobre aquellos que transitaban por la calle. Palmira buscaba
la sombra para engañar al sol en su camino hasta el bus. En su pueblo estarían
cantando las cigarras. Echaba de menos ese sonido, estrepitoso y continúo, que
llenaba el aire de las huertas y el jardín de la casa de sus padres. – Al menos allí no huele a alquitrán y a
gasolina – Iba a hacer todo lo posible por pasar el fin de semana
escuchando ese coro de aleteos. – A ver
como se toman que no pienso matricularme -. Era algo que la preocupaba
relativamente. Sin embargo se sentía en deuda con ellos.
- Les
devolveré el dinero que me dieron en cuanto pueda -. Subió al bus pensando
que tenía que ahorrar. No tuvo opción y se agarró a la barra superior
intentando respirar lo justo para no mezclar olores. Gas oil y sudor no son un
combinado recomendable.
Su compañera no había llegado todavía. – Habrá llevado a los niños a ver a los
abuelos -. Encendió el televisor para convencerse de que era lo que no
necesitaba para relajarse un poco. “Los pilares de la tierra” ya formaban parte
de su biblioteca absorbida. Los libros todavía permanecían en la caja de la
mudanza. Sentada en el suelo buscó, entre los que no había leído, alguno que la
sacara del sopor de aquella tarde de estío. “El corazón helado”, de Almudena
Grandes, era un título sugerente. – Algo
frío me sentará bien -. La ironía nos permite atenuar efectos de aquello
que nos desborda. –Tendríamos que comprar
un ventilador -. Empezó con su lectura. “Lo que diferencia al hombre del
animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente”. –A la
primera ya te da que pensar -. En lugar de seguir se perdió en un
pensamiento que en su archivo había marcado con pestaña naranja. – Me gustaría poder separar sin equivocarme a
herederos y descendientes en el curro -. Le pareció que era algo que no
estaba a su alcance. – Es complicado. A
veces los seres más primarios son los que nunca te fallan. En cambio los
herederos son capaces de disfrazarse de cordero para conseguir lo que desean. Nada
es lo que parece. – El pensamiento regresó al archivo sin guardar cambios.
- Palmi debe
estar organizando las vacaciones de los niños con los abuelos. O se quedan allí
o se los lleva tempranísimo. A ver que me cuenta cuando llegue-.
Almudena Grandes la convenció desde el primer
párrafo pero aquel corazón helado no supo derrotar los treinta y tres grados
que se estrellaban contra el patio interior. – Necesito una ducha -.
El agua se quejó en la tubería antes de llover sobre
Palmira. Ni fría ni caliente resbalo por su cuerpo hasta que los poros saciaron
toda la sed y se convirtieron en piel fresca.
Maruja y Venancio lo intentaron otra vez. En esta
ocasión el beso fue de sabores más intensos. Se había excedido con la guindilla
y las gulas les provocaron ardores en la boca que llegaron hasta el estómago de
ambos. Pero allí se detuvieron. – Cariño.
Esto es alcohol….Y el tabaco…..y…. ¡yo que sé ¡ - .
Iba a continuar diciéndole que quizá sería bueno que
hablara con el médico. Se contuvo. –Puede
que ya no le guste como antes -. Se adelantó a su marido en la captura del
bidet. Mientras se vestía iba buscando las causas que podían llevar a Venancio
a no desearla. –Para la edad que tengo no
estoy nada mal -. Levantó los senos con las manos. Le parecieron bonitos. –
Ya no me arrepiento de no haber tenido
hijos. A cuantas más jóvenes que yo les gustaría tener este cuerpo -.
Mientras abrochaba la blusa miró su vientre plano. Apenas estaba castigado por
la edad. – Canela en rama -. Le gustaba dejar algunos botones desabrochados
para regalar un poco de su presunción. –
Seguro que Salitre no le haría ascos a esto. No deja de mirar a la que puede.
Algunos jovencitos no se cortan -. Venancio golpeó la puerta con
insistencia. - ¿Terminas ya? -.
Aisha necesitaba glotonear. Su madre ya dormía.
Cerró la puerta con sigilo y se acercó al chino para abastecerse de delicadezas
azucaradas. A los pocos minutos ya estaba en su esquina favorita del sofá
jugando a no mirar que sabores le subiría la mano al paladar. En verano la televisión es
mas pobre que nunca. Tan pobre como la sensación que le había dejado el final
aséptico con el que se puso fin a la queja. No era la única que pensaba esto.
Pero si percibía que algunos de sus compañeros se sentían aliviados. Estaba
segura de que se habían sumado a la reclamación para no quedar aislados en el
caso de que se hubiera resuelto de una manera más contundente. Jacobo se lo
comentaba por la mañana. –Nadar y guardar
la ropa, Aisha -. Seguramente era eso. El Yayo solía hacerle observaciones
que en pocas ocasiones eran erróneas. A veces le parecían demasiado rígidas,
pero nunca las podía calificar de gratuitas.
Le encantó el sabor desconocido que descubrió al
morder la golosina. A modo de pausa la saboreó hasta que perdió cuerpo
engullida por la garganta. Tanto le gustó que, rompiendo su norma, buscó en la
bolsa para encontrar otra que tardó lo mismo en desaparecer que sus ganas de
pensar en el trabajo a horas tan intempestivas. Su tercer intento fracasó. Ya
no quedaba ninguna con aquel sabor tan excelente. Era hora de dormir.
Ningún miércoles es capaz de decir lo que va a pasar
al día siguiente. Y así se marchó aquel, cargado de dudas respecto al jueves.
Solo sabía que tenía que volver siguiendo la estela del martes. Los días son
disciplinados y mantienen el orden desde que a Julio Cesar se le ocurrió
componer el calendario. Pero por años que pasan nunca son capaces de predecirse
en el futuro. El ahora es lo único que existe. Pretérito y mañana son solo
memoria y esperanza. A menudo olvidamos que el ayer ya fue futuro y siempre se
nos perdió algo al convertirlo en presente. A las doce en punto de la noche el
jueves entraba a hurtadillas en la historia de descendientes y herederos. A las
doce y un minuto ya se estaba desangrando camino del recuerdo. Quienes duermen
ocho horas desperdician un tercio de su vida.
Cuando cerró los ojos echando de menos a sus
pequeños, Palmi tuvo un extraño presentimiento. Algo no iba bien. Perdió su
batalla con el sueño antes de que la invadiera el malestar. De poco sirve
presentir si nos dormimos.
-Toma, Ambar.
Esta es la lista de los agentes que vamos a pasar a Gold Plus. Revísatela por
si tenéis algo que opinar. Aunque ya sabes que los hemos elegido entre los que
vosotros proponíais – Ambar recibió la lista de 6 operadores que le
entregaba Violeta y, sin mirarla, la dejó sobre su mesa. –De acuerdo. Luego se la enseño al jefe. ¿Para cuando la formación?
-. Lo preguntó pensando en las libranzas. –Queremos
empezar el lunes. Pero ya sabes que es un día en el que no se pueden hacer
planes. En cualquier caso que el lunes estén preparados. Luego ya veremos -.
Esperó a que se alejara y echó un vistazo a la
lista. Nada que objetar. Echó de menos a Palmira de Palma pero supuso que
habían considerado que todavía estaba verde. La que si figuraba era Palmira
Ochoa. –Las inseparables se separan.
Igual aprovecho para cambiarle la rotación a la Ochoa y así libran los mismos días-.
El ambiente de la sala estaba enrarecido. Una agente
se había quejado al sindicato del trato recibido por parte de Selena, una
coordinadora del área de servicios. La operadora aseguraba que la amonestación
recibida no procedía y era consecuencia de la persecución constante a la que
era sometida. Dos representantes del sindicato entraron en el despacho de
dirección.
Selena se acercó al tambor. Llevaba poco tiempo como
coordinadora y la situación se le hacía embarazosa. Velma se interesó por lo
ocurrido. –A veces no queda más remedio,
Selena. ¿Qué pasó? -. Selena respondió sin que la representara un desahogo.
– Había cola y me acerqué a ella para ver
en que estaba. Y la pillé sin los cascos puestos y mirando no sé qué en el
móvil. Al pedirle que se conectara de inmediato se me encaró, recriminándome que
esa no era la manera de decir las cosas. Os prometo que no sé si me pasé. Creo
que no, de verdad. Pero si la hubierais visto igual os también os enfadáis.
Todos cogiendo llamadas y ella trapicheando con el móvil -. Seguía tensa.
No estaba intentando justificar nada. Realmente se lo contaba a ella misma para
juzgarse. – A veces, Selena, la propia
presión hace que nos pasemos. Pero si es lo que tú dices no me extraña que te
enojaras -. Fue Estrella quién puso
ese granito de arena. A su estilo. Con prudencia y buscando siempre el punto
muerto de las cosas para evaluarlas mejor. –
Hay que tener en cuenta que no es la primera vez que sorprendemos a esa chica
haciendo lo que le apetece. No creo que esté de más llamarles la atención a
aquellos que eluden su trabajo y dejan que caiga sobre las espaldas de sus
compañeros -. Jacobo intentaba poner a la agente en su plano real.
Generalizar es uno de los mayores defectos en los colectivos de trabajo. – Es curioso que siempre se quejen aquellos
que más problemáticos son. Su único fin es no hacer. Y les importa poco que los
demás tengan que sufrir su indolencia -. Hizo una pausa. – Selena. Yo en tu lugar le pediría a
supervisión que sacara los tiempos en activo de esa chica. No podrás demostrar
si has empleado el tono correcto, pero si podrás documentar al sindicato y la
empresa de los niveles de producción de quién se ha quejado de ti -.
Formaba parte del protocolo y era inevitable. La
agente, Selena, Ambar y dos miembros del sindicato fueron llamados a la sala de
reuniones para clarificar un tipo de conflicto que nunca se resolvía a gusto de
todos.
El descanso nunca es descanso cuando intentas
equilibrar el gris de la materia. A Jacobo le sirvió para buscar la hoja de ruta del
sindicato. No la encontraba en ningún cajón de su memoria.
A determinada edad se tienen que admitir cambios que
no se acaban de entender. Es un deterioro natural de los conceptos que, a pesar
nuestro, se anclan en la historia y se convierten en inamovibles. Por mucho que
nos esforcemos el motor renquea y pierde revoluciones.
Pero el cambio sufrido por los sindicatos no formaba
parte de ninguna evolución. Si algo no había cambiado era la relación obrero
empresa. El tira y afloja era similar al de los años 70 y las fórmulas
empleadas por parte de las patronales solo mostraban pequeñas correcciones. No
se puede confundir conversar con el diálogo. Y a Jacobo le parecía que hacía
demasiados años que los sindicatos no dialogaban. Ni entre ellos ni con los
empresarios. Bastaba con ver las octavillas que dejaban en los puestos. Se
preocupaban más de criticar las acciones de otras organizaciones que de
sensibilizar a sus afiliados acerca del movimiento obrero. Con el tiempo esta
dinámica había adormecido la relación entre los empleados de cualquier empresa
y sus representantes. Cada sindicato negociaba por su lado y nunca a gusto de
los demás. Evidentemente siempre se atribuía los honores aquel que, por su
condición de mayoritario, firmaba los acuerdos con la empresa. La respuesta
inmediata de sus competidores era publicar todas las limitaciones de esos
pactos, la trampa que escondían y todo aquello que se habría hecho si ellos
hubieran sido los portavoces. Nada que ver con un ayer tan próximo como el que
Jacobo recordaba.
Era un tiempo en que el tiempo servía para algo. Nadie
convertía las horas sindicales en privilegio. Al contrario, sabía de personas
que se llevaban el sindicato a casa. No se podía perder ni un minuto. La
responsabilidad era absoluta y el fin innegociable. Hablaban con la gente, les
argumentaban sus razones, proponían, captaban, se enfrentaban, vivían
plenamente el significado de su tarea. Era una tarea; mucho más ardua si cabe
que la de su puesto de trabajo.
El descanso se acababa. Y era en los descansos donde
más podía certificar el nuevo rol de los sindicalistas. Sin dudar de su
voluntad de hacer si dudaba de su hacer. – Me
estoy oxidando. Esto debe ser así y soy yo quien no lo entiende-
Selena les contó como había ido la encerrona. – Mirad, yo no sé si he hecho bien. Pero le he
reprochado al sindicato que diera por buena la versión de quien se queja
acudiendo a Ambar para formalizarla sin haber hablado antes conmigo, sin haber
contrastado la información que han recibido con la otra parte -. Aisa
aplaudió lo que escuchaba. – Si, Selena,
tienes toda la razón. Para ellos los coordinadores somos la empresa. La única
vez que se interesaron por nosotros fue al presentar la queja. Algo excepcional
que tenemos que agradecer -. Jacobo quiso intervenir. – Una queja contra el cliente les podía dar
notoriedad. No le busquéis más vueltas -. Le salió como un hachazo. Todavía
llevaba el revoltijo del descanso en la cabeza. Selena resumió. –Bien, al final se ha quedado en nada porqué
la amonestación era solo verbal. Y esa chica no es tonta. En cuanto he dicho que
una forma de demostrar su apatía era pidiendo el detalle de sus tiempos, ha
aflojado. Incluso ha llegado a sonreírme cuando reconocía, según ella, un
despiste inexplicable -. Todos se alegraron de que la sangre se hubiera
quedado en las venas. Selena se bajó a fumar y la normalidad retomó el
ambiente.
En el siguiente descanso Jacobo se preguntaba si
ellos tenían derecho a amonestar a nadie. Una facultad no obliga. Era
complicado determinar donde empieza la obligación a la hora de sancionar a un
compañero. – Esto no es el ejército
-. Mientras intentaba encontrar la diferencia entre uniforme y auriculares hizo
acto de contrición de algunas de sus amonestaciones. Había una que le había
marcado para siempre. Muy parecida a la de Selena. Una agente con continuados
vaivenes en su dedicación a la que tuvo que sancionar por convertir su pantalla
en un álbum fotográfico cuando las llamadas reventaban terminales. En aquella
ocasión no intervino dirección. La queja de la operadora fue tal que llamaron a
Jacobo a las dependencias de personal. Ambar le acompañó. Nunca supo lo que la
agente había contado. Lo que si quedó grabado en el calendario es que la
amonestada necesitó de varios meses para reponerse en su casa.
Situaciones como esta eran las que le hacían dudar de
la legitimidad de esas amonestaciones. Las consecuencias, reales o fingidas,
provocan dudas. Nadie quiere hacerles daño a las personas de su entorno,
aquellas con las que tiene que compartir el día a día de trabajo. Lo que Jacobo
no podía borrar era el malestar que sintió los primeros días de ausencia de su
supuesta víctima.
Al pasar por la recepción del edificio coincidió con
ella. Estaba hablando con el guarda de seguridad. Pudo escuchar un fragmento de
la charla. – Porque ahora, yo, estoy en
el sindicato….-. Curiosamente, y en contra de cualquier lógica, Jacobo
recuperó todo el tiempo de preocupaciones perdido. – Apaga y vámonos, Jacobito. –
-Veo que han
llegado a un acuerdo. Por lo tanto voy a dictar sentencia. Levántese señor Goñi-.
Aitor no salía de su asombro. Antes de entrar en la sala el abogado de oficio
le explicó las artes malabares que hizo para conseguir un pacto con la fiscal.
Mientras le daba la mano felicitándole por su inmediata libertad le entregó un
puñado de tarjetas de su gabinete particular.
- Vistos los
cargos contra usted y dado que acusación y defensa están de acuerdo con la pena
a imponer, le sentencio a veintitrés meses de prisión. Por lo tanto, dado que no tiene antecedentes, queda usted en libertad
provisional hasta que se cumpla el periodo señalado. Le recuerdo que cualquier
actuación suya que pudiera considerarse delictiva le privaría de la condicional
que se le otorga -. Aitor esperaba que un martillo de madera refutara las
palabras del juez. No fue así. El sacerdote de la justicia tardó menos tiempo
en abandonar la sala que el funcionario en pedirle la firma al condenado. Las
vacaciones no podían esperar. Hay cosas que nunca esperan. Y hay otras que
nunca se esperan. Lo que estaba sucediendo no lo esperaba nadie. Nadie.
Próxima entrega el domingo 26 a las 20:00 horas.
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