jueves, 30 de agosto de 2012

MEMORANDUM DE NADA (13ª ENTREGA)

<<<<<<Viene de las 12ª entrega. Como siempre la añadimos a continuación en "TODO LO PUBLICADO HASTA..".  
 
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Maruja entró en casa a la vez que las primeras sombras del ocaso. La recibió un silencio conocido. Sintió alivio al creer que Venancio estaría en el bar celebrando su fracaso con un botellín en la mano.
La tabla de planchar estaba abierta en el salón. Sobre el respaldo de la butaca que acompañaba al sofá a todas horas varias camisas arrugadas y un pantalón inarrugable.
- No sé que pretendes, Venancio. Pero sigues sin entender nada -.
Buscó algún resultado de aquella declaración de intenciones de su marido. No lo había. Sonrió sin sonreír al ver que el impulso había durado hasta el momento de enfrentarse a la tarea. Esta era la constante de Venancio. Promesas de cambio y conjeturas irrealizables que siempre acababan arrugadas como aquellas camisas.
La última luz del día se despidió mientras huía por la ventana. No la necesitaba. No necesitaba nada en aquel silencio vacío por el que podía andar a tientas sin tropezar. Se sentó en la butaca aplastando las camisas con la espalda. No sabía que hacer y pensó que lo mejor era dejar que todo aconteciera sin programa. Esperaría a Venancio; al fin y al cabo llevaba muchos años esperándole.
-Me tenías preocupado -.
- ¿Y has ido al bar para ver si estaba allí? -.
- No, Maruja. Me he acercado hasta la boca de metro y te he esperado un buen rato. En el bar solo me he parado ahora, al regresar -.
- Podías haberme llamado -.
- No tengo saldo ni dinero para cargar el móvil -.
- Pero si tienes para el bar. Ayer, hoy, todos los días. Para el bar si tienes -.
- Ya sabes que en el bar me fían. A ti te cabrea, ya lo sé, pero me fían -.
- Bien, no importa. Como puedes ver estoy perfectamente. Y antes de que me preguntes te diré que no he estado en ninguna parte. Me apetecía caminar, solo eso -.  Maruja intentaba no dar ni darse pié para discutir. Aquel hombre que estaba a dos metros solo le provocaba indiferencia.
-Ahora irá a la cocina a por una cerveza -. Lo pensó deseando que ocurriera. Necesitaba más silencio, más oscuridad, más ausencia para saber donde estaba en todo aquello. - ¿Cuánto tiempo hace que estoy así sin darme cuenta?-.
Venancio emprendió el camino de la cocina. Al pasar por delante de su mujer la pellizcó cariñosamente en la mejilla.
- ¿Quieres una birra? -.  No le contestó. El silencio se interpreta según el momento en que se produce. Venancio regresó al salón con una sola lata.
- Habrá que ir a por más, solo quedan tres -.
- ¿Hace falta algo más que cerveza? -.
- No lo sé. No me he fijado -.
- ¿Te has preocupado alguna vez de algo que no fuera la cerveza? -.
Mientras lanzaba la pregunta deseó con todas sus fuerzas que no la contestara. Tuvo suerte.
- Creo que no voy a cenar nada. Pero hay hamburguesas en el congelador. Si tienes hambre puedes comértelas -. Estiró el brazo para alcanzar el mando. Cansada de ver anuncios buscó el canal de informativos sin poner demasiado interés en las declaraciones de la ministra que le quitaba  importancia a una amenaza de crisis que negaba una y otra vez.
Las crisis de cualquier índole siempre se niegan.
 - ¿Tenemos ausencias? -. Era una pregunta obligada que se hacía desde el tambor. Los fines de semana Aisha descansaba y le habían correspondido a Velma los honores.
Una en internacional y una en asistencia -. Jacobo le pasó la información.
- ¿Quién?
- Julia de inter y Palmira Ochoa -.
Se respiraba sosiego a primera hora. Los agentes conversaban entre si. Pocas llamadas. Era lo habitual hasta mediodía. Jacobo lo llamaba la hora Carrefour.
- ¿Cuantos agentes te mandan a Gold? -.
- Creo que seis. O puede que sean siete -.
- Seguro que son de lo mejorcito. Siempre nos desnudan para vestiros a vosotros
- ¡Hey, Yayo! ¡Que no soy yo quién les escoge! -.
- Ya, ya lo sé. Solo era un comentario. Pero revienta un poco que cuando se nos echa encima el trabajo fuerte nos quiten a los mejores -.
Los dos sabían que siempre era así y lo comentaban sin más.
- ¿A quién tenemos hoy? -.
- A Violeta….No sé si estarás de acuerdo conmigo, Velma, pero me parece que ya está recuperando fuerzas -.
- Esperemos que no, Yayo. Al menos hoy. -.
- Lo de menos es que sea hoy, o mañana, o cualquier día. Lo preocupante es que volvamos a empezar. Con la queja conseguimos que supieran lo que pasaba aquellos que tenían que saberlo. Y, aunque nos prometieron una nueva intervención si reincidía no sé hasta que punto ganamos algo. A veces pienso que no avanzamos nada -.
Había detalles que no se le escapan a Jacobo. Prefirió no expandirse para no preocupar a Velma. Sin embargo estaba convencido de que aquella pausa era temporal.
- Bueno, voy a organizar las tareas -. Ya sabía que agentes iban a ocuparse de llevar a casa a los afectados por percances en su coche y cuales realizarían otros trabajos de rutina.
No era del agrado de Violeta trabajar en fin de semana con Jacobo. Le incomodaba cualquier coordinador que le manifestara disconformidad con alguna de sus decisiones. El Yayo siempre cumplía con la orden pero si veía en ella alguna contradicción no se callaba. También la molestaba que siempre estuviera pendiente de sus aproximaciones a Aisha. Limitaba su capacidad de maniobra a la hora de atosigarla.
Su noche había sido tan para olvidar como casi todas. P.P. estaba cada día más lejos de lo que Violeta entendía por proximidad. El hilo de la comunicación estaba roto, tan roto como los de la tela de araña del jardín, y las horas que pasaban juntos eran solo tiempo. Ese tiempo solo le servía para almacenar acritud y sordidez. Se prometía, una y otra vez, que no descargaría sus vacíos sobre la  plataforma; aunque sabía que eso nunca sería posible porqué no tenía otro lugar donde soltar aquel lastre tan ingrato.
Las heridas de la queja presentada contra ella iban cicatrizando. La tormenta se alejaba. Se sentía observada pero eso nunca fue causa de inquietud. Durante todos aquellos años pudo escudarse en el tópico de que todo el mundo sabía como era.
Esta era una de las causas por las que no le gustaba Jacobo. Tuvo el atrevimiento de contestarla cuando apeló a si misma para justificar su actitud. Se excedió con él por lo que buscó amparo de inmediato.
- No era eso lo que quería decirte, Jacobo. Pero ¡Ya sabes como soy! -.
- No, Violeta. No sé como eres. Y si tú lo sabes deberías resolverlo -.
Aquella respuesta seca y sin opciones la puso en guardia permanente contra el Yayo. Desde entonces siempre tuvo dinamita preparada para él.
Había dudado entre quedarse en casa para llegar a algo, fuera lo que fuera, con Venancio o ir a trabajar. El sentido común que manda en el bolsillo la llevó a  la plataforma. Las horas viajan en AVE cuando algo nos ocupa. Si solo pensamos en algo que nos duele el tiempo para en todas las estaciones y apeadores del reloj. Atender llamadas y departir con otros eran el sedante adecuado.
- Hablas menos que ayer. Y, eso en ti, es extraño -.
Salitre, sin ánimo de caza,  intentaba que Maruja se abriera un poco. No era la de siempre.
- Ya te lo dije ayer, Salitre. Hay días en los que no apetece. Ayer no tenía ganas de nada y hoy tampoco tengo -.
- Disculpa, no quería molestarte. De verdad. ¡Bueno!. Aquí me tienes si crees que puedo serte útil -. Sus palabras sonaron a sinceras porqué lo eran.
Maruja notó como aquella cálida franqueza de Salitre la aliviaba un tanto de si misma. Suficiente para que se propusiera ser más amable con sus compañeros.
- Paso más horas con ellos que conmigo -. Un pensamiento barroco como aquel le abrió  la puerta a otras trascendencias que necesitaban someterse a un análisis profundo. El pensamiento incierto es algo parecido a un cadáver. Para conocer la causa de la muerte es necesaria una autopsia.
La sala de espera del anatómico forense no cuidaba el ambiente como suelen hacer los tanatorios. Dos ventanas con cristales nublados impedían la mirada de curiosos. Contra la pared dos bancos de madera que podían contar miles de presencias angustiadas. Una mesa, también de madera aunque de otros bosques, disimulaba antiguas quemaduras con varias revistas tan antiguas como la ley que permitía fumar en el recinto.
Las paredes estaban recubiertas de cerámica blanca evocadora de los hospitales modernistas. Dos clavos sin cuadro habían quedado como prenda de las viejas fotos que nunca faltaban en los centros oficiales. Ni siquiera en aquel lugar de muerte. Nada decía que pudo haber una cruz. Seguramente porqué estaba en la capilla que se insinuaba en una puerta del fondo contigua a la que llevaba a la morgue. El cartel era tan viejo como las paredes y la muerte que allí se veneraba. Invitaba a no pasar. Nadie pasaba.
- ¿Es imprescindible? Podemos asegurarles que mi hija no se suicidó. Ella nunca haría algo así, nunca -.
Con la voz entrecortada Ramón intentaba disuadir al inspector mientras abrazaba a Amparo.
- Lo siento, señor Ochoa. De verdad  -. Suena mejor un lamento que una negativa. Para la policía nunca es rutina la muerte. Especialmente cuando sabe que algo ha fallado en sus mecanismos.
- ¿Le cogerán, verdad? Tienen que cogerlo -. La súplica de Amparo apenas se entendía.
- Si ha sido él le cogeremos, señora. Y si ha sido otra persona también -. Los forenses encontraron señales de violencia inconfundibles. Alguien había presionado con fuerza la nuca de Palmi y las raíces de su cabello también mostraban los efectos de tirones. Aunque nada de eso impedía que se completara el protocolo del bisturí. Es imprescindible pesar las vísceras para determinar la causa de la muerte.
- Amparo, tenemos que ir a casa. Los niños están con la vecina y se nos hace tarde -. No esperó a que su mujer le respondiera. – Inspector, ¿qué tenemos que hacer ahora? ¿Cuando podemos enterrarla? -.
- Hoy se hace la autopsia. Salvo que diera un resultado inesperado, y no lo creo, el lunes por la mañana se la pueden llevar al tanatorio -.
Amparo no quería marcharse. – Quiero verla otra vez, inspector -.
- Espere, señora. Voy a preguntar -. El policía pasó por debajo de la prohibición de paso. Apenas tardó dos minutos en reaparecer.
- Lo siento. No es posible ahora. El cuerpo ya está en la sala. Van a proceder de inmediato -
Por la cabeza de una madre pasan millones de imágenes cuando escucha algo así. Amparo sintió la sierra circular del forense en sus sienes. El dolor no se mide, el dolor se pare.
Abandonaron el instituto como si estuvieran muriendo. La mirada del inspector les siguió hasta que se perdieron detrás de la puerta con muelle. El móvil le obligó a seguir siendo policía.
-Ya le tenemos, inspector -.
- ¿Dónde estaba? -.
- En su casa -.
Era inimaginable, pero era. Solo un cretino se escondería en su casa después de cometer un crimen.
- Llevadlo ahora mismo a comisaría -.
- No, inspector. Está muerto. Le encontramos en el sofá. Ha dejado una nota en la mesita y un avión teledirigido que, al parecer, acababa de comprar
- ¿Que ponía en la nota? -.
Era breve pero explícita.
El avión es para mis hijos. Palmira siempre será mía. Me voy con ella
- Hemos avisado al juez para que venga a levantar el cadáver. El transporte del forense ya está aquí para llevarlo al anatómico en cuanto nos autoricen -.
- De acuerdo. Nos vemos en comisaría. Gracias por informarme -. Colgó.
- A saber que se ha tomado este – A una reflexión banal la siguió una paradoja.
- Juntos hasta el último momento. Pero ella ya no le teme. Caso cerrado -.
Comieron juntos. Los fines de semana el Office estaba semivacío.
- ¿De que va ese libro? -. Se sentía en deuda con Salitre.
- Es un tratado sobre la comunicación. Habla de como ganarse la amistad de las personas -.
- Si, ahora veo que el título es muy explícito. “Como ganar amigos e influir sobre las personas”  ¿Quién es Dale Carnagie? No me suena -. Le sonaban pocos autores pero se sintió más cómoda no reconociendo su poco afición a la lectura.
- Era. Ya murió. Carnagie fue un vendedor al mas puro estilo norteamericano de los cincuenta. Vendía a domicilio y consiguió grandes éxitos basándose en técnicas que resultaron novedosas, tanto que, durante años, se impartieron por todo el mundo….Aunque este libro no habla de ventas sino de relaciones personales -.
- No es para mi ¡ja, ja, ja! Pero me parece interesante -.
- Si lo leyeras seguro que te engancha -.
- Puede, no lo sé -.
El hielo se rompe con charlas informales sobre temas no comunes. A Salitre le pareció un buen momento para cambiar ambas condiciones.
- Te veo mejor que esta mañana -.
- Bueno, no sé. Puede. No hay nada que no tenga remedio -.
- Así es, Maruja. Nada es eterno. Por eso conviene conocer y vivir todo lo que está a nuestro alcance. Cambiar, probar, tocar otros espacios y compararlos con nuestro universo de vida -. La veta filosófica de libro de bolsillo se le disparó con naturalidad. Remató la perorata con un latinajo que no habría sorprendido a casi nadie.
- Carpe diem. Es lo único que siempre tendremos -.
Maruja sonrió a modo de respuesta fingiendo haber entendido el mensaje de Salitre.
- Me apetece dar un paseo antes de subir. Me quedan diez minutos. Nos vemos arriba -.
Estuvo a punto de ofrecerse para acompañarla pero le quedaba menos tiempo.
- Disfruta del paseo. Y si te apetece, en otro momento, te cuento cosas del libro. Seguro que te gustan -.
Era a mediodía, entre las doce y las dos, cuando las llamadas exigían toda la capacidad de respuesta posible.
Violeta necesitaba esa intensidad para sentirse fuerte. Mover, cambiar, presionar, exigir, provocar.
- Vamos a mirar los tiempos ¿Qué le pasa a Salitre? Lleva más de diez minutos. Es demasiado -.
- Está con un traslado. Intentando explicarle al dueño del coche como se lo vamos a llevar a su ciudad. Ya sabes que pasa cuando se ponen cabezones -.
La molestaba que los coordinadores tuvieran la respuesta de antemano.
- De acuerdo. Pero diez minutos…ahora ya son doce…son muchos. Acércate a ver que pasa -. Jacobo se fue en busca de Salitre sin replicar. Miles de horas en la sala le habían enseñado a capear aquellos temporales.
- ¿Cuanta gente tenemos comiendo?
La contestó el monitor en el que se veía una franja de diez o doce agentes inactivos.
- No puede ser que con todas esas llamadas tengamos tantos agentes comiendo -.
Velma no contestó. Nadie, ni siquiera Violeta, podía prohibir que todo el personal de la plataforma disfrutara de sus tiempos de descanso.
La supervisora entendió el silencio de Velma como una ofensa a su rango de dueña de la sala. Eran cosas que se anotan en el cuaderno de bitácora a la espera del momento propicio. Optó por regresar a su mesa sin dejar de mirar el bailoteo de rojos y amarillos que ofrecían las pantallas. Estaba en su salsa. Pero le sobraban ingredientes. Aquellos dos coordinadores no la dejaban cruzar la línea que separa la conducción de lo impositivo. Solo nos imponemos cuando nos cargamos de razones para hacerlo.
El ágape familiar se había organizado cuidando hasta el más mínimo detalle los gustos de Palmira. Melón con jamón del bueno, migas y cordero asado con miel y catorce personas bajo el porche,  dispuestas a libar el vino cosechero de su tío. Tres perros sin apellido correteaban entre la diversidad de sillas que su madre había aglutinado para dar asiento a tanto comensal.
- ¡Vamos! ¡Todos a la mesa que la comida está lista! – La voz de su madre sonó como una campana mientras espantaba algunas moscas que, atraídas por el melón, se jugaban la vida en el intento.
- Cuéntanos, hija ¿Cómo es tu trabajo? ¿Te gusta? -. La curiosidad de su tía orientaba la conversación hacia derroteros que no apetecían a Palmira.
- Si, no está mal. Pero seguro que os aburro ¿Cómo anda tu reuma, tía Alfonsa? -. Su experiencia como operadora le sirvió para reconducir sin violentar a nadie.
La tía era feliz detallando sus achaques. Tanto que no notó que nadie la escuchaba.
- No nos has dicho nada de tus estudios de masajista – Sentado junto a ella, su padre, la envolvió con algo que temía.
- Fisioterapia, papá. Estudios de fisioterapia -. Ganaba tiempo sabiendo que no le serviría para nada.
- Da lo mismo, Palmira. ¿Ya te has matriculado para el curso que viene?
Reaccionó con rapidez. Podía contestar que sí. Quedaban más de dos meses para el inicio de las clases. Mentir en aquel momento era no perturbar la alegría. Mintió asintiendo.
- Si, papá. Empiezo a mediados de septiembre
Isidoro se dio por satisfecho. Todos los demás estaban entrando en la euforia del festejo. Vino y sonrisas, moscas y perros, naturaleza y vida. A Palmira aquel alboroto le pareció maravilloso. Respiró profundamente buscando el aire limpio del paraíso. En su lugar el aroma de un cordero convertido en manjar.
- ¡Que bien huele, mamá! ¡Bravo por la cocinera!
Los chuchos se unieron a la fiesta. Ya faltaba poco para su festín particular.
Después de una buena comida los estómagos dormitan en cualquier rincón. Una a una, las almas del ritual buscaron el lugar idóneo para que los jugos gástricos cumplieran con su cometido y el fresco de la sombra espabilara algunas consecuencias del alcohol. Solo Palmira y su madre habían moderado su gula y seguían sentadas en la mesa. Los restos de la batalla cedían ante el ataque de las moscas. A nadie le importaba.
- Lo que no sé hija es cómo te las apañas viviendo con una mujer y con dos niños -. Era una pregunta esperada.
- Es algo provisional, mamá. Mi compañera está esperando el divorcio para disponer de lo que el padre de los peques aporte. En unos meses todo estará resuelto. Además, nos llevamos muy bien los cuatro. A mí, los niños, me llaman tía -. Mitad verdad mitad mentira las cosas siempre suenan agradables.
- Tú sabrás, Palmira. Cuando me hablan de divorcios pienso que el mundo está cambiando -
- Mamá, me apetece mucho dar un paseo. Quiero bajar hasta el río. ¿Te vienes? -.
El camino del río pasaba por los lindes de su casa. Palmira se detuvo.
- ¿Las oyes, mamá? ¿Las oyes?
- ¿Qué tengo que oír?
- A las cigarras, mamá...A las cigarras -.
Benita se quedó mirando a su pequeña. Ya era toda una mujer. Eran detalles como aquel los que la devolvían a su regazo aunque solo fuera por unos segundos.
- Serás mi niña hasta que, un verano, las cigarras dejen de cantar -.
 
- Si quieres te acerco hasta el metro -.
Maruja dudó solo unos segundos hasta que el sol de las cuatro de la tarde la convenció mucho más que la propuesta de Salitre.
- Pues no te diré que no. Hace un calor de cojones -.
Al llegar a la glorieta del final de la calle la conversación apareció.
- ¿Donde vives?
- A siete estaciones de aquí. En el barrio del Solano -.
Sin pedir permiso Salitre bordeó la rotonda y enfiló el coche hacia el Solano.
-¡Eh, tú, que te has saltado la calle del metro! -.
- Lo sé, pero no me desvío casi nada si te llevo a casa. Así llegas antes -.
En otro momento la propuesta era un regalo. Pero en un día como aquel significaba lo contrario.
- Bueno, pues muchas gracias. Pero si quieres llevarme te pongo una condición -. Lo que fuera por no llegar a casa. – Solo dejaré que me acompañes si aceptas que te invite a una cerveza ¿Tienes prisa? -.
La contestó con un gesto. No tenía ninguna prisa.
- Bien, entonces cuando llegues a la Plaza de los Mártires gira a la derecha y busca la salida del Parque del Lago. Allí hay una cervecería que tira unas cañas estupendas -.
- OK, Maruja. Pero yo también quiero poner mis condiciones….Yo pago la segunda -.
Se sentían bien en aquella terraza protegida por parasoles. La segunda caña ya estaba pidiendo el relevo mientras seguía abriendo caminos en la confianza.
- Tienes razón. La plataforma es un mundo. Nada es lo que parece pero todos creemos conocer la vida de los demás -.
- Si. Yo misma, a veces digo lo que pienso sin medir las palabras. A menudo me arrepiento. Pero ya no tiene remedio -.
- No te sientas diferente por eso. La mayoría de nosotros nos dejamos llevar por primeras impresiones -.
Estaban consiguiendo sincerarse, hablar desinhibidos del día a día sin caer en lo superficial.
- Aunque hay impresiones que son más que eso. Algún coordinador es lo que parece… ¡Ja, ja, ja! -. Maruja se soltaba. – Mira sino la nueva. Se lo ha tomado en serio. Demasiado en serio. Nos trata como si fuéramos idiotas -.
- Cierto. Se le ha olvidado pronto que hace unas semanas estaba con nosotros y les ponía a caldo a todos -.
- Aunque para mala leche la del Yayo. Este las mata callando.-
- Menudo par el Yayo y Aisha. Yo nunca he tenido problemas con ellos. Y creo que es lo mejor. No se casan con nadie -.
- Esto me parece bien. El otro día, creo que fue el martes, Jacobo amonestó a uno que había sido coordinador. No sé como se llama -.
- Ya sé de quién me hablas. Pero déjate. Todos los coordis arrean. Unos de una manera y otros de otra. La diferencia solo está en que algunos ayudan mientras otros solo nos reprenden. Pero al final son más de lo mismo-.
Llegó la tercera caña respondiendo a un gesto de Salitre. A pesar del parasol se notaba el calor. La cara de Maruja sonrosada buscaba culpable entre el sol y la cerveza. Estaba distendida, recostada en la silla. Era normal en ella esa pizca de atrevimiento con su blusa que invitaba a las miradas. Hacía seis tragos que Salitre había aceptado aquella invitación. No ocultaba su interés por el paisaje que Maruja le ofrecía.
Se había dado cuenta de la fijación intermitente de los ojos de su compañero. No la importaba. Ella también se interesaba visualmente por aquella piel teñida de aceituna. La química siempre nace en la mirada.
Si la mirada se descuida y se fija en el reloj nada tiene sentido.
- Creo, chiquillo, que es hora de marcharnos. No me apetece, de verdad. Pero debería aparecer por casa antes de que mi marido se preocupe -.
- Llámale y dile que ya vas -.
- No, prefiero que sufra. Así piensa más en mí -. La carcajada breve sirvió de impulso para ponerse en pie.
Mientras Salitre la llevaba al barrio sintió curiosidad sobre si misma.
- ¿Porqué le he dicho que quería que Venancio sufriera?
Lanzar bengalas pidiendo auxilio es algo instintivo para un náufrago. Cruzó los dedos deseando que no estuviera en casa.
- Se habrá ido al bar a tragarse todos los partidos -.
 
Todo lo que se mata escribiendo no termina de morir”.
- Me gustaría entenderla, saber qué le pasa -.
Su presentimiento se había confirmado en la mañana. Violeta había regresado. Jacobo estaba dispuesto a evitar un nuevo conflicto y creía que conociendo a las personas puede llegarse a entenderlas. Si eres capaz de conocer los motivos por los que otros actúan de una forma tienes todos a favor para adaptarte y eludir confrontaciones. Pero eso solo se consigue acercándote a ellas. Tienen que dejarte. Si no, cualquier esfuerzo es baladí.
Jacobo cambió sus reflexiones por un café cargado. Era tiempo de su tiempo y no debía confundir preocupación con ocupaciones. Nada debía romper la armonía de su vida privada.
A varios kilómetros, Violeta también reflexionaba sentada en el jardín. Algo se estaba rompiendo en su biografía y no sabía como retroceder en el tiempo. Empujando hacia atrás solo consiguió llegar a aquella misma mañana.
- No hacía falta. Los chicos se estaban esforzando y no era necesario exigirles más. No sé que maldita idea me pasa por la cabeza cuando estoy allí -.
Sabía que en la sala se comentaba que vivía para atosigar a los demás. Era algo que nunca la había preocupado. Pero en días como aquel, en el que su línea de flotación personal estaba dañada, intentaba ser autocrítica.
No se hizo ningún propósito de esfuerzo para cambiar pero si lo incluyó como opción. Ahora lo importante era reparar los desperfectos de su nave. Sin barco no se puede navegar. No podía mezclar efectos a pesar de que todo le decía que estaban relacionados con la misma causa. 
El sábado murió a la hora señalada.
 
- ¿No podías haber cogido el bus de las siete? -.
- Si, mamá. Pero llegaba demasiado tarde y mañana tengo que madrugar. Te prometo que vuelvo antes de Agosto -.
Lo dijo con sinceridad. Se sentía feliz y apuraba cada minuto del fin de semana como si no pudiera vivirlo otra vez. Benita se resignó.
- Esta bien, hija. Pero no te olvides de nosotros. Y llámanos un poco más. A veces pasan días y días sin saber nada de ti -.
- Eso no es cierto mamá. Os llamo dos veces por semana -. A su madre le seguían pareciendo pocas pero no quiso contrariar a Palmira.
- ¿Quieres que nos acerquemos a la iglesia? Así podrás ver como vistieron a la virgen para las fiestas. Todavía no la han devuelto al altar -.
Palmira aceptó a pesar de que no le apetecía demasiado tropezarse con el párroco. Don Senén siempre tenía algo que reprocharles a los jóvenes y seguro que no perdía la oportunidad de llenarla de consejos y advertencias acerca de los peligros de la ciudad. Benita lo sabía y quiso tranquilizarla.
- Es buena hora para ir. Seguro que Don Senén está en el confesionario. En una hora dice misa y quiere que todos estemos limpios a la hora de comulgar -.
La iglesia era como un pedazo maltrecho de la historia. Mitad románica mitad chapuza no invitaba demasiado a ser curioso. Sus muros pedían auxilio enseñando las heridas del tiempo. Hiedra y penitencia se habían instalado en las grietas.
- Un día se les cae encima -. Palmira cruzó el soportal ayudando a su madre para que no tropezara. Olía a incienso y a silencio. Al fondo, cerca del altar, la asistenta de Don Senén ponía orden a las partituras que bostezando sobre un teclado esperaban darle fondo a la celebración.
- No me imagino a esta buena mujer sentada frente a tanta tecnología -.
La imagen de la patrona del pueblo era pequeña y tosca. Pero significaba mucho para ellos. Durante la guerra civil alguien la hizo desaparecer hasta que en 1940 un niño con polio la encontró en una casa de aperos destruida por un obús. Era un milagro que hubiera sobrevivido a un proyectil de aquel tamaño. El niño se marchó al poco tiempo con sus padres en busca de oportunidades. Nadie supo nada más de él. Pero la virgen siguió allí para regocijo de aquella buena gente que no pretendía buscar nada porqué era feliz con lo que el pueblo le ofrecía.
Era hora de revisar el equipaje.
- No te olvides de los melocotones. Hasta que no vuelvas no los comerás tan buenos -. Le dieron lo que tenían. Mucho cariño y el fruto de su esfuerzo. El abrazo selló con el lacre de la sangre el único sentimiento que nunca se cambia por otro.
 El tráfico retrasó tanto el viaje que no pudo ver los precintos policiales en su casa hasta pasadas las ocho. Serían las nueve menos cuarto cuando entró en comisaría. A las nueve y media seguía sin creer nada.
- Tranquilícese y descanse. Si quiere ir a su casa un agente la acompañará y retirará los precintos. Ya no hacen falta. Para nosotros todo está resuelto. Aquí tiene el número de contacto con la familia. Ellos le informarán acerca del funeral -.
Las palabras de aquel hombre sin nombre le parecieron heladas, faltas de calor y de vida. Un trámite obligado antes de cerrar el archivo y preocuparse de los vivos.

No hay calor veraniego que se resista al frío de la muerte. Todo lo que somos se convierte en recuerdo cuando nos meten en el cajón del frigorífico con una etiqueta en un dedo donde escriben nuestro nombre para evitar confusiones. Palmi y Aitor dormían el mismo sueño. Ella era la 3A, él el 4C. Pestaña negra.

Próxima entrega el domingo 2 de septiembre a las 18:00 horas.

1 comentario:

  1. Consigues que te crea y eso que se que no es verdad
    No ha muerto nadie de nosotros pero uf
    Si escribes lo que dices en el otro bloc tamb lo seguire

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