jueves, 30 de agosto de 2012

MEMORANDUM DE NADA (13ª ENTREGA)

<<<<<<Viene de las 12ª entrega. Como siempre la añadimos a continuación en "TODO LO PUBLICADO HASTA..".  
 
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Maruja entró en casa a la vez que las primeras sombras del ocaso. La recibió un silencio conocido. Sintió alivio al creer que Venancio estaría en el bar celebrando su fracaso con un botellín en la mano.
La tabla de planchar estaba abierta en el salón. Sobre el respaldo de la butaca que acompañaba al sofá a todas horas varias camisas arrugadas y un pantalón inarrugable.
- No sé que pretendes, Venancio. Pero sigues sin entender nada -.
Buscó algún resultado de aquella declaración de intenciones de su marido. No lo había. Sonrió sin sonreír al ver que el impulso había durado hasta el momento de enfrentarse a la tarea. Esta era la constante de Venancio. Promesas de cambio y conjeturas irrealizables que siempre acababan arrugadas como aquellas camisas.
La última luz del día se despidió mientras huía por la ventana. No la necesitaba. No necesitaba nada en aquel silencio vacío por el que podía andar a tientas sin tropezar. Se sentó en la butaca aplastando las camisas con la espalda. No sabía que hacer y pensó que lo mejor era dejar que todo aconteciera sin programa. Esperaría a Venancio; al fin y al cabo llevaba muchos años esperándole.
-Me tenías preocupado -.
- ¿Y has ido al bar para ver si estaba allí? -.
- No, Maruja. Me he acercado hasta la boca de metro y te he esperado un buen rato. En el bar solo me he parado ahora, al regresar -.
- Podías haberme llamado -.
- No tengo saldo ni dinero para cargar el móvil -.
- Pero si tienes para el bar. Ayer, hoy, todos los días. Para el bar si tienes -.
- Ya sabes que en el bar me fían. A ti te cabrea, ya lo sé, pero me fían -.
- Bien, no importa. Como puedes ver estoy perfectamente. Y antes de que me preguntes te diré que no he estado en ninguna parte. Me apetecía caminar, solo eso -.  Maruja intentaba no dar ni darse pié para discutir. Aquel hombre que estaba a dos metros solo le provocaba indiferencia.
-Ahora irá a la cocina a por una cerveza -. Lo pensó deseando que ocurriera. Necesitaba más silencio, más oscuridad, más ausencia para saber donde estaba en todo aquello. - ¿Cuánto tiempo hace que estoy así sin darme cuenta?-.
Venancio emprendió el camino de la cocina. Al pasar por delante de su mujer la pellizcó cariñosamente en la mejilla.
- ¿Quieres una birra? -.  No le contestó. El silencio se interpreta según el momento en que se produce. Venancio regresó al salón con una sola lata.
- Habrá que ir a por más, solo quedan tres -.
- ¿Hace falta algo más que cerveza? -.
- No lo sé. No me he fijado -.
- ¿Te has preocupado alguna vez de algo que no fuera la cerveza? -.
Mientras lanzaba la pregunta deseó con todas sus fuerzas que no la contestara. Tuvo suerte.
- Creo que no voy a cenar nada. Pero hay hamburguesas en el congelador. Si tienes hambre puedes comértelas -. Estiró el brazo para alcanzar el mando. Cansada de ver anuncios buscó el canal de informativos sin poner demasiado interés en las declaraciones de la ministra que le quitaba  importancia a una amenaza de crisis que negaba una y otra vez.
Las crisis de cualquier índole siempre se niegan.
 - ¿Tenemos ausencias? -. Era una pregunta obligada que se hacía desde el tambor. Los fines de semana Aisha descansaba y le habían correspondido a Velma los honores.
Una en internacional y una en asistencia -. Jacobo le pasó la información.
- ¿Quién?
- Julia de inter y Palmira Ochoa -.
Se respiraba sosiego a primera hora. Los agentes conversaban entre si. Pocas llamadas. Era lo habitual hasta mediodía. Jacobo lo llamaba la hora Carrefour.
- ¿Cuantos agentes te mandan a Gold? -.
- Creo que seis. O puede que sean siete -.
- Seguro que son de lo mejorcito. Siempre nos desnudan para vestiros a vosotros
- ¡Hey, Yayo! ¡Que no soy yo quién les escoge! -.
- Ya, ya lo sé. Solo era un comentario. Pero revienta un poco que cuando se nos echa encima el trabajo fuerte nos quiten a los mejores -.
Los dos sabían que siempre era así y lo comentaban sin más.
- ¿A quién tenemos hoy? -.
- A Violeta….No sé si estarás de acuerdo conmigo, Velma, pero me parece que ya está recuperando fuerzas -.
- Esperemos que no, Yayo. Al menos hoy. -.
- Lo de menos es que sea hoy, o mañana, o cualquier día. Lo preocupante es que volvamos a empezar. Con la queja conseguimos que supieran lo que pasaba aquellos que tenían que saberlo. Y, aunque nos prometieron una nueva intervención si reincidía no sé hasta que punto ganamos algo. A veces pienso que no avanzamos nada -.
Había detalles que no se le escapan a Jacobo. Prefirió no expandirse para no preocupar a Velma. Sin embargo estaba convencido de que aquella pausa era temporal.
- Bueno, voy a organizar las tareas -. Ya sabía que agentes iban a ocuparse de llevar a casa a los afectados por percances en su coche y cuales realizarían otros trabajos de rutina.
No era del agrado de Violeta trabajar en fin de semana con Jacobo. Le incomodaba cualquier coordinador que le manifestara disconformidad con alguna de sus decisiones. El Yayo siempre cumplía con la orden pero si veía en ella alguna contradicción no se callaba. También la molestaba que siempre estuviera pendiente de sus aproximaciones a Aisha. Limitaba su capacidad de maniobra a la hora de atosigarla.
Su noche había sido tan para olvidar como casi todas. P.P. estaba cada día más lejos de lo que Violeta entendía por proximidad. El hilo de la comunicación estaba roto, tan roto como los de la tela de araña del jardín, y las horas que pasaban juntos eran solo tiempo. Ese tiempo solo le servía para almacenar acritud y sordidez. Se prometía, una y otra vez, que no descargaría sus vacíos sobre la  plataforma; aunque sabía que eso nunca sería posible porqué no tenía otro lugar donde soltar aquel lastre tan ingrato.
Las heridas de la queja presentada contra ella iban cicatrizando. La tormenta se alejaba. Se sentía observada pero eso nunca fue causa de inquietud. Durante todos aquellos años pudo escudarse en el tópico de que todo el mundo sabía como era.
Esta era una de las causas por las que no le gustaba Jacobo. Tuvo el atrevimiento de contestarla cuando apeló a si misma para justificar su actitud. Se excedió con él por lo que buscó amparo de inmediato.
- No era eso lo que quería decirte, Jacobo. Pero ¡Ya sabes como soy! -.
- No, Violeta. No sé como eres. Y si tú lo sabes deberías resolverlo -.
Aquella respuesta seca y sin opciones la puso en guardia permanente contra el Yayo. Desde entonces siempre tuvo dinamita preparada para él.
Había dudado entre quedarse en casa para llegar a algo, fuera lo que fuera, con Venancio o ir a trabajar. El sentido común que manda en el bolsillo la llevó a  la plataforma. Las horas viajan en AVE cuando algo nos ocupa. Si solo pensamos en algo que nos duele el tiempo para en todas las estaciones y apeadores del reloj. Atender llamadas y departir con otros eran el sedante adecuado.
- Hablas menos que ayer. Y, eso en ti, es extraño -.
Salitre, sin ánimo de caza,  intentaba que Maruja se abriera un poco. No era la de siempre.
- Ya te lo dije ayer, Salitre. Hay días en los que no apetece. Ayer no tenía ganas de nada y hoy tampoco tengo -.
- Disculpa, no quería molestarte. De verdad. ¡Bueno!. Aquí me tienes si crees que puedo serte útil -. Sus palabras sonaron a sinceras porqué lo eran.
Maruja notó como aquella cálida franqueza de Salitre la aliviaba un tanto de si misma. Suficiente para que se propusiera ser más amable con sus compañeros.
- Paso más horas con ellos que conmigo -. Un pensamiento barroco como aquel le abrió  la puerta a otras trascendencias que necesitaban someterse a un análisis profundo. El pensamiento incierto es algo parecido a un cadáver. Para conocer la causa de la muerte es necesaria una autopsia.
La sala de espera del anatómico forense no cuidaba el ambiente como suelen hacer los tanatorios. Dos ventanas con cristales nublados impedían la mirada de curiosos. Contra la pared dos bancos de madera que podían contar miles de presencias angustiadas. Una mesa, también de madera aunque de otros bosques, disimulaba antiguas quemaduras con varias revistas tan antiguas como la ley que permitía fumar en el recinto.
Las paredes estaban recubiertas de cerámica blanca evocadora de los hospitales modernistas. Dos clavos sin cuadro habían quedado como prenda de las viejas fotos que nunca faltaban en los centros oficiales. Ni siquiera en aquel lugar de muerte. Nada decía que pudo haber una cruz. Seguramente porqué estaba en la capilla que se insinuaba en una puerta del fondo contigua a la que llevaba a la morgue. El cartel era tan viejo como las paredes y la muerte que allí se veneraba. Invitaba a no pasar. Nadie pasaba.
- ¿Es imprescindible? Podemos asegurarles que mi hija no se suicidó. Ella nunca haría algo así, nunca -.
Con la voz entrecortada Ramón intentaba disuadir al inspector mientras abrazaba a Amparo.
- Lo siento, señor Ochoa. De verdad  -. Suena mejor un lamento que una negativa. Para la policía nunca es rutina la muerte. Especialmente cuando sabe que algo ha fallado en sus mecanismos.
- ¿Le cogerán, verdad? Tienen que cogerlo -. La súplica de Amparo apenas se entendía.
- Si ha sido él le cogeremos, señora. Y si ha sido otra persona también -. Los forenses encontraron señales de violencia inconfundibles. Alguien había presionado con fuerza la nuca de Palmi y las raíces de su cabello también mostraban los efectos de tirones. Aunque nada de eso impedía que se completara el protocolo del bisturí. Es imprescindible pesar las vísceras para determinar la causa de la muerte.
- Amparo, tenemos que ir a casa. Los niños están con la vecina y se nos hace tarde -. No esperó a que su mujer le respondiera. – Inspector, ¿qué tenemos que hacer ahora? ¿Cuando podemos enterrarla? -.
- Hoy se hace la autopsia. Salvo que diera un resultado inesperado, y no lo creo, el lunes por la mañana se la pueden llevar al tanatorio -.
Amparo no quería marcharse. – Quiero verla otra vez, inspector -.
- Espere, señora. Voy a preguntar -. El policía pasó por debajo de la prohibición de paso. Apenas tardó dos minutos en reaparecer.
- Lo siento. No es posible ahora. El cuerpo ya está en la sala. Van a proceder de inmediato -
Por la cabeza de una madre pasan millones de imágenes cuando escucha algo así. Amparo sintió la sierra circular del forense en sus sienes. El dolor no se mide, el dolor se pare.
Abandonaron el instituto como si estuvieran muriendo. La mirada del inspector les siguió hasta que se perdieron detrás de la puerta con muelle. El móvil le obligó a seguir siendo policía.
-Ya le tenemos, inspector -.
- ¿Dónde estaba? -.
- En su casa -.
Era inimaginable, pero era. Solo un cretino se escondería en su casa después de cometer un crimen.
- Llevadlo ahora mismo a comisaría -.
- No, inspector. Está muerto. Le encontramos en el sofá. Ha dejado una nota en la mesita y un avión teledirigido que, al parecer, acababa de comprar
- ¿Que ponía en la nota? -.
Era breve pero explícita.
El avión es para mis hijos. Palmira siempre será mía. Me voy con ella
- Hemos avisado al juez para que venga a levantar el cadáver. El transporte del forense ya está aquí para llevarlo al anatómico en cuanto nos autoricen -.
- De acuerdo. Nos vemos en comisaría. Gracias por informarme -. Colgó.
- A saber que se ha tomado este – A una reflexión banal la siguió una paradoja.
- Juntos hasta el último momento. Pero ella ya no le teme. Caso cerrado -.
Comieron juntos. Los fines de semana el Office estaba semivacío.
- ¿De que va ese libro? -. Se sentía en deuda con Salitre.
- Es un tratado sobre la comunicación. Habla de como ganarse la amistad de las personas -.
- Si, ahora veo que el título es muy explícito. “Como ganar amigos e influir sobre las personas”  ¿Quién es Dale Carnagie? No me suena -. Le sonaban pocos autores pero se sintió más cómoda no reconociendo su poco afición a la lectura.
- Era. Ya murió. Carnagie fue un vendedor al mas puro estilo norteamericano de los cincuenta. Vendía a domicilio y consiguió grandes éxitos basándose en técnicas que resultaron novedosas, tanto que, durante años, se impartieron por todo el mundo….Aunque este libro no habla de ventas sino de relaciones personales -.
- No es para mi ¡ja, ja, ja! Pero me parece interesante -.
- Si lo leyeras seguro que te engancha -.
- Puede, no lo sé -.
El hielo se rompe con charlas informales sobre temas no comunes. A Salitre le pareció un buen momento para cambiar ambas condiciones.
- Te veo mejor que esta mañana -.
- Bueno, no sé. Puede. No hay nada que no tenga remedio -.
- Así es, Maruja. Nada es eterno. Por eso conviene conocer y vivir todo lo que está a nuestro alcance. Cambiar, probar, tocar otros espacios y compararlos con nuestro universo de vida -. La veta filosófica de libro de bolsillo se le disparó con naturalidad. Remató la perorata con un latinajo que no habría sorprendido a casi nadie.
- Carpe diem. Es lo único que siempre tendremos -.
Maruja sonrió a modo de respuesta fingiendo haber entendido el mensaje de Salitre.
- Me apetece dar un paseo antes de subir. Me quedan diez minutos. Nos vemos arriba -.
Estuvo a punto de ofrecerse para acompañarla pero le quedaba menos tiempo.
- Disfruta del paseo. Y si te apetece, en otro momento, te cuento cosas del libro. Seguro que te gustan -.
Era a mediodía, entre las doce y las dos, cuando las llamadas exigían toda la capacidad de respuesta posible.
Violeta necesitaba esa intensidad para sentirse fuerte. Mover, cambiar, presionar, exigir, provocar.
- Vamos a mirar los tiempos ¿Qué le pasa a Salitre? Lleva más de diez minutos. Es demasiado -.
- Está con un traslado. Intentando explicarle al dueño del coche como se lo vamos a llevar a su ciudad. Ya sabes que pasa cuando se ponen cabezones -.
La molestaba que los coordinadores tuvieran la respuesta de antemano.
- De acuerdo. Pero diez minutos…ahora ya son doce…son muchos. Acércate a ver que pasa -. Jacobo se fue en busca de Salitre sin replicar. Miles de horas en la sala le habían enseñado a capear aquellos temporales.
- ¿Cuanta gente tenemos comiendo?
La contestó el monitor en el que se veía una franja de diez o doce agentes inactivos.
- No puede ser que con todas esas llamadas tengamos tantos agentes comiendo -.
Velma no contestó. Nadie, ni siquiera Violeta, podía prohibir que todo el personal de la plataforma disfrutara de sus tiempos de descanso.
La supervisora entendió el silencio de Velma como una ofensa a su rango de dueña de la sala. Eran cosas que se anotan en el cuaderno de bitácora a la espera del momento propicio. Optó por regresar a su mesa sin dejar de mirar el bailoteo de rojos y amarillos que ofrecían las pantallas. Estaba en su salsa. Pero le sobraban ingredientes. Aquellos dos coordinadores no la dejaban cruzar la línea que separa la conducción de lo impositivo. Solo nos imponemos cuando nos cargamos de razones para hacerlo.
El ágape familiar se había organizado cuidando hasta el más mínimo detalle los gustos de Palmira. Melón con jamón del bueno, migas y cordero asado con miel y catorce personas bajo el porche,  dispuestas a libar el vino cosechero de su tío. Tres perros sin apellido correteaban entre la diversidad de sillas que su madre había aglutinado para dar asiento a tanto comensal.
- ¡Vamos! ¡Todos a la mesa que la comida está lista! – La voz de su madre sonó como una campana mientras espantaba algunas moscas que, atraídas por el melón, se jugaban la vida en el intento.
- Cuéntanos, hija ¿Cómo es tu trabajo? ¿Te gusta? -. La curiosidad de su tía orientaba la conversación hacia derroteros que no apetecían a Palmira.
- Si, no está mal. Pero seguro que os aburro ¿Cómo anda tu reuma, tía Alfonsa? -. Su experiencia como operadora le sirvió para reconducir sin violentar a nadie.
La tía era feliz detallando sus achaques. Tanto que no notó que nadie la escuchaba.
- No nos has dicho nada de tus estudios de masajista – Sentado junto a ella, su padre, la envolvió con algo que temía.
- Fisioterapia, papá. Estudios de fisioterapia -. Ganaba tiempo sabiendo que no le serviría para nada.
- Da lo mismo, Palmira. ¿Ya te has matriculado para el curso que viene?
Reaccionó con rapidez. Podía contestar que sí. Quedaban más de dos meses para el inicio de las clases. Mentir en aquel momento era no perturbar la alegría. Mintió asintiendo.
- Si, papá. Empiezo a mediados de septiembre
Isidoro se dio por satisfecho. Todos los demás estaban entrando en la euforia del festejo. Vino y sonrisas, moscas y perros, naturaleza y vida. A Palmira aquel alboroto le pareció maravilloso. Respiró profundamente buscando el aire limpio del paraíso. En su lugar el aroma de un cordero convertido en manjar.
- ¡Que bien huele, mamá! ¡Bravo por la cocinera!
Los chuchos se unieron a la fiesta. Ya faltaba poco para su festín particular.
Después de una buena comida los estómagos dormitan en cualquier rincón. Una a una, las almas del ritual buscaron el lugar idóneo para que los jugos gástricos cumplieran con su cometido y el fresco de la sombra espabilara algunas consecuencias del alcohol. Solo Palmira y su madre habían moderado su gula y seguían sentadas en la mesa. Los restos de la batalla cedían ante el ataque de las moscas. A nadie le importaba.
- Lo que no sé hija es cómo te las apañas viviendo con una mujer y con dos niños -. Era una pregunta esperada.
- Es algo provisional, mamá. Mi compañera está esperando el divorcio para disponer de lo que el padre de los peques aporte. En unos meses todo estará resuelto. Además, nos llevamos muy bien los cuatro. A mí, los niños, me llaman tía -. Mitad verdad mitad mentira las cosas siempre suenan agradables.
- Tú sabrás, Palmira. Cuando me hablan de divorcios pienso que el mundo está cambiando -
- Mamá, me apetece mucho dar un paseo. Quiero bajar hasta el río. ¿Te vienes? -.
El camino del río pasaba por los lindes de su casa. Palmira se detuvo.
- ¿Las oyes, mamá? ¿Las oyes?
- ¿Qué tengo que oír?
- A las cigarras, mamá...A las cigarras -.
Benita se quedó mirando a su pequeña. Ya era toda una mujer. Eran detalles como aquel los que la devolvían a su regazo aunque solo fuera por unos segundos.
- Serás mi niña hasta que, un verano, las cigarras dejen de cantar -.
 
- Si quieres te acerco hasta el metro -.
Maruja dudó solo unos segundos hasta que el sol de las cuatro de la tarde la convenció mucho más que la propuesta de Salitre.
- Pues no te diré que no. Hace un calor de cojones -.
Al llegar a la glorieta del final de la calle la conversación apareció.
- ¿Donde vives?
- A siete estaciones de aquí. En el barrio del Solano -.
Sin pedir permiso Salitre bordeó la rotonda y enfiló el coche hacia el Solano.
-¡Eh, tú, que te has saltado la calle del metro! -.
- Lo sé, pero no me desvío casi nada si te llevo a casa. Así llegas antes -.
En otro momento la propuesta era un regalo. Pero en un día como aquel significaba lo contrario.
- Bueno, pues muchas gracias. Pero si quieres llevarme te pongo una condición -. Lo que fuera por no llegar a casa. – Solo dejaré que me acompañes si aceptas que te invite a una cerveza ¿Tienes prisa? -.
La contestó con un gesto. No tenía ninguna prisa.
- Bien, entonces cuando llegues a la Plaza de los Mártires gira a la derecha y busca la salida del Parque del Lago. Allí hay una cervecería que tira unas cañas estupendas -.
- OK, Maruja. Pero yo también quiero poner mis condiciones….Yo pago la segunda -.
Se sentían bien en aquella terraza protegida por parasoles. La segunda caña ya estaba pidiendo el relevo mientras seguía abriendo caminos en la confianza.
- Tienes razón. La plataforma es un mundo. Nada es lo que parece pero todos creemos conocer la vida de los demás -.
- Si. Yo misma, a veces digo lo que pienso sin medir las palabras. A menudo me arrepiento. Pero ya no tiene remedio -.
- No te sientas diferente por eso. La mayoría de nosotros nos dejamos llevar por primeras impresiones -.
Estaban consiguiendo sincerarse, hablar desinhibidos del día a día sin caer en lo superficial.
- Aunque hay impresiones que son más que eso. Algún coordinador es lo que parece… ¡Ja, ja, ja! -. Maruja se soltaba. – Mira sino la nueva. Se lo ha tomado en serio. Demasiado en serio. Nos trata como si fuéramos idiotas -.
- Cierto. Se le ha olvidado pronto que hace unas semanas estaba con nosotros y les ponía a caldo a todos -.
- Aunque para mala leche la del Yayo. Este las mata callando.-
- Menudo par el Yayo y Aisha. Yo nunca he tenido problemas con ellos. Y creo que es lo mejor. No se casan con nadie -.
- Esto me parece bien. El otro día, creo que fue el martes, Jacobo amonestó a uno que había sido coordinador. No sé como se llama -.
- Ya sé de quién me hablas. Pero déjate. Todos los coordis arrean. Unos de una manera y otros de otra. La diferencia solo está en que algunos ayudan mientras otros solo nos reprenden. Pero al final son más de lo mismo-.
Llegó la tercera caña respondiendo a un gesto de Salitre. A pesar del parasol se notaba el calor. La cara de Maruja sonrosada buscaba culpable entre el sol y la cerveza. Estaba distendida, recostada en la silla. Era normal en ella esa pizca de atrevimiento con su blusa que invitaba a las miradas. Hacía seis tragos que Salitre había aceptado aquella invitación. No ocultaba su interés por el paisaje que Maruja le ofrecía.
Se había dado cuenta de la fijación intermitente de los ojos de su compañero. No la importaba. Ella también se interesaba visualmente por aquella piel teñida de aceituna. La química siempre nace en la mirada.
Si la mirada se descuida y se fija en el reloj nada tiene sentido.
- Creo, chiquillo, que es hora de marcharnos. No me apetece, de verdad. Pero debería aparecer por casa antes de que mi marido se preocupe -.
- Llámale y dile que ya vas -.
- No, prefiero que sufra. Así piensa más en mí -. La carcajada breve sirvió de impulso para ponerse en pie.
Mientras Salitre la llevaba al barrio sintió curiosidad sobre si misma.
- ¿Porqué le he dicho que quería que Venancio sufriera?
Lanzar bengalas pidiendo auxilio es algo instintivo para un náufrago. Cruzó los dedos deseando que no estuviera en casa.
- Se habrá ido al bar a tragarse todos los partidos -.
 
Todo lo que se mata escribiendo no termina de morir”.
- Me gustaría entenderla, saber qué le pasa -.
Su presentimiento se había confirmado en la mañana. Violeta había regresado. Jacobo estaba dispuesto a evitar un nuevo conflicto y creía que conociendo a las personas puede llegarse a entenderlas. Si eres capaz de conocer los motivos por los que otros actúan de una forma tienes todos a favor para adaptarte y eludir confrontaciones. Pero eso solo se consigue acercándote a ellas. Tienen que dejarte. Si no, cualquier esfuerzo es baladí.
Jacobo cambió sus reflexiones por un café cargado. Era tiempo de su tiempo y no debía confundir preocupación con ocupaciones. Nada debía romper la armonía de su vida privada.
A varios kilómetros, Violeta también reflexionaba sentada en el jardín. Algo se estaba rompiendo en su biografía y no sabía como retroceder en el tiempo. Empujando hacia atrás solo consiguió llegar a aquella misma mañana.
- No hacía falta. Los chicos se estaban esforzando y no era necesario exigirles más. No sé que maldita idea me pasa por la cabeza cuando estoy allí -.
Sabía que en la sala se comentaba que vivía para atosigar a los demás. Era algo que nunca la había preocupado. Pero en días como aquel, en el que su línea de flotación personal estaba dañada, intentaba ser autocrítica.
No se hizo ningún propósito de esfuerzo para cambiar pero si lo incluyó como opción. Ahora lo importante era reparar los desperfectos de su nave. Sin barco no se puede navegar. No podía mezclar efectos a pesar de que todo le decía que estaban relacionados con la misma causa. 
El sábado murió a la hora señalada.
 
- ¿No podías haber cogido el bus de las siete? -.
- Si, mamá. Pero llegaba demasiado tarde y mañana tengo que madrugar. Te prometo que vuelvo antes de Agosto -.
Lo dijo con sinceridad. Se sentía feliz y apuraba cada minuto del fin de semana como si no pudiera vivirlo otra vez. Benita se resignó.
- Esta bien, hija. Pero no te olvides de nosotros. Y llámanos un poco más. A veces pasan días y días sin saber nada de ti -.
- Eso no es cierto mamá. Os llamo dos veces por semana -. A su madre le seguían pareciendo pocas pero no quiso contrariar a Palmira.
- ¿Quieres que nos acerquemos a la iglesia? Así podrás ver como vistieron a la virgen para las fiestas. Todavía no la han devuelto al altar -.
Palmira aceptó a pesar de que no le apetecía demasiado tropezarse con el párroco. Don Senén siempre tenía algo que reprocharles a los jóvenes y seguro que no perdía la oportunidad de llenarla de consejos y advertencias acerca de los peligros de la ciudad. Benita lo sabía y quiso tranquilizarla.
- Es buena hora para ir. Seguro que Don Senén está en el confesionario. En una hora dice misa y quiere que todos estemos limpios a la hora de comulgar -.
La iglesia era como un pedazo maltrecho de la historia. Mitad románica mitad chapuza no invitaba demasiado a ser curioso. Sus muros pedían auxilio enseñando las heridas del tiempo. Hiedra y penitencia se habían instalado en las grietas.
- Un día se les cae encima -. Palmira cruzó el soportal ayudando a su madre para que no tropezara. Olía a incienso y a silencio. Al fondo, cerca del altar, la asistenta de Don Senén ponía orden a las partituras que bostezando sobre un teclado esperaban darle fondo a la celebración.
- No me imagino a esta buena mujer sentada frente a tanta tecnología -.
La imagen de la patrona del pueblo era pequeña y tosca. Pero significaba mucho para ellos. Durante la guerra civil alguien la hizo desaparecer hasta que en 1940 un niño con polio la encontró en una casa de aperos destruida por un obús. Era un milagro que hubiera sobrevivido a un proyectil de aquel tamaño. El niño se marchó al poco tiempo con sus padres en busca de oportunidades. Nadie supo nada más de él. Pero la virgen siguió allí para regocijo de aquella buena gente que no pretendía buscar nada porqué era feliz con lo que el pueblo le ofrecía.
Era hora de revisar el equipaje.
- No te olvides de los melocotones. Hasta que no vuelvas no los comerás tan buenos -. Le dieron lo que tenían. Mucho cariño y el fruto de su esfuerzo. El abrazo selló con el lacre de la sangre el único sentimiento que nunca se cambia por otro.
 El tráfico retrasó tanto el viaje que no pudo ver los precintos policiales en su casa hasta pasadas las ocho. Serían las nueve menos cuarto cuando entró en comisaría. A las nueve y media seguía sin creer nada.
- Tranquilícese y descanse. Si quiere ir a su casa un agente la acompañará y retirará los precintos. Ya no hacen falta. Para nosotros todo está resuelto. Aquí tiene el número de contacto con la familia. Ellos le informarán acerca del funeral -.
Las palabras de aquel hombre sin nombre le parecieron heladas, faltas de calor y de vida. Un trámite obligado antes de cerrar el archivo y preocuparse de los vivos.

No hay calor veraniego que se resista al frío de la muerte. Todo lo que somos se convierte en recuerdo cuando nos meten en el cajón del frigorífico con una etiqueta en un dedo donde escriben nuestro nombre para evitar confusiones. Palmi y Aitor dormían el mismo sueño. Ella era la 3A, él el 4C. Pestaña negra.

Próxima entrega el domingo 2 de septiembre a las 18:00 horas.

domingo, 26 de agosto de 2012

MEMORANDUM DE NADA (12ª ENTREGA)


 
<<<<<<< viene de la 11ª entrega>>>>>>>
Gracias otra vez; ya hemos superado las 5.000 visitas.
Y, como siempre, esta entrega ha sido pegada a continuación de "TODO LO PUBLICADO HASTA HOY" para quienes deseen leer las 12 entregas de manera consecutiva.
 

 

 
-Entonces, este fin de semana ¿Te vas al pueblo? -.
-Si, ya tengo ganas de ver a mis padres y respirar aire puro -.
Le pareció poco serio explicarle a su amiga que también ansiaba escuchar el canto de las cigarras. Pensó que era demasiado urbanitas para entender eso.
- Traeré melocotones. ¡Ya verás que ricos! Me gustaría tener coche para poder llenarlo de todo; de melocotones, paraguayas, sandías, melones… ¡No te puedes imaginar lo ricos que son los melones de mi tierra! -. Su entusiasmo iba creciendo a medida que se sentía transportada a sus orígenes.
-¿Has cogido tú los flanes?-. Era el momento del postre; el Office se llenaba y, cuando esto sucedía, apetecía más la calle. Palmi se acercó a la nevera para que los flanes de vainilla que habían comprado en el supermercado se convirtieran en el fin de su comida. Los comieron deprisa para que el reloj les dejara margen para buscar la sombra y fumar un cigarrillo. Palmira seguía sin fumar pero ya estaba en ese peldaño donde lo social encubre la adicción.
El calor apretaba y las zonas sombreadas recordaban la entrada de los centros comerciales el primer día de rebajas.
Iba a seguir promocionando su pueblo cuando advirtió que la cara de su amiga se desencajaba. - ¿Te sientes mal? ¿Qué te pasa? -. Palmi no respondió. Inspiró con más fuerza de la habitual para que el humo le invadiera los pulmones hasta el último rincón. – No, no ha sido nada. De verdad. Ya se me pasará -.
- Ya se te pasará ¿qué? ¿Que tienes? – Por primera vez desde que la conocía tuvo la sensación de que estaba molestando a su amiga. La prudencia tomó de la mano al respeto. – Disculpa, Palmi. No quiero atosigarte. Pero si te sientes mal dilo, por favor-. Mientras se excusaba observó que Palmi lanzaba miradas hacia la esquina. Eran furtivas, rápidas, pero no podían pasar desapercibidas. Respetando a su compañera hizo un esfuerzo y no se dio la vuelta para husmear la causa del malestar de su amiga.
- Anda, subamos, que nos quedan tres minutos -. Empleó un argumento incontestable para matar su preocupación por la que pudiera sentir Palmi.  A medida que iban ganando la protección del edificio la notó más tranquila, aunque sus ojos seguían impregnados de temor. Se tranquilizó a si misma amparándose en cuán reciente estaba todo en las sensaciones de su amiga.
- Es natural que tenga sobresaltos. Necesitará de un tiempo para recuperarse-.
Obtenido el resultado de paz interior esperado, acompañó a Palmi hasta su puesto y buscó el suyo a tres cabinas de distancia.

A mediodía las llamadas se tomaban un vermouth con aceitunas. Solo algunas decidían seguir en el aire y, despreciando aperitivos y comida, seguían insistiendo con tesón para que Maruja tuviera motivos para quejarse.
- ¿Lo veis? No lo digo porqué si. Me acaban de entrar dos de seguidas y vosotros mirando -.
- Es la morita que te tiene manía. ¡Ja, ja, ja!
- No tiene gracia, Salitre. Ninguna gracia. Voy a quejarme al sindicato-.
- No, al sindicato no. Habla primero con algún coordinador para que se lo transmita a Ambar. Con ella se puede hablar. Y seguro que hace que saquen la información de tus lamadas. No sea que estés confundida, Maruja. Y si vas al sindicato y resulta que no escomo crees te meterán en la lista negra -.
- Bueno. Ya veremos que hago. Pero esto no puede ser -. Lo dijo con falta de convicción. No estaba segura de disponer de la suficiente carga de razones. Se había desahogado ante su público y eso le bastaba de momento.

Violeta cruzó la sala. Al pasar por el tambor se despidió de Manuel que se había acercado a Aisha para darle instrucciones. – Hasta mañana, Manu -. Sin dejar de hablar con la force, Manu le dijo adiós con un gesto afectuoso de su mano.
-Se va temprano, chicos. ¿Quién viene este fin de? -. Reírse de sus propias gracias solía ser el punto y final de los minutos brillantes de Maruja.

- Solo me queda un madrugue. En cuanto salga, en lugar de ir a casa, me acerco a la terminal para comprar el billete. En verano los buses se llenan. No quiero tener que salir a última hora -. Palmira ya estaba dejándose llevar por el entusiasmo. Ella misma estaba sorprendida. Durante aquellos meses le había bastado con llamar a su familia un par de veces por semana. Ahora, de repente, tenía tantas ganas de verles que el viernes que todavía le quedaba por delante se le hacía un mundo. – Ya podían ser las cuatro de mañana -. Mientras pensaba en voz alta no dejaba de pensar en el zumbido de las cigarras cuando el sol se convertía en calima provocando que  el asfalto de la carretera  brillara en la distancia imitando los reflejos del agua.
- ¿Te mueres de ganas, eh? -.
- Si, Mariona. La cabra al monte tira -.
Los tópicos sirven para que tomemos conciencia de lo irreales que pueden llegar a ser. Palmira sabía que tenía que marcharse del pueblo. Y lo hizo buscando el futuro que aquellas tierras medio secas y angostas no podían ofrecerle. Era su casa pero nunca lo sería. La ciudad era solo una promesa a la que nunca podría convertir en patria. Dejar aquello la llevaba a lo ambiguo, a una lírica de vida cargada de atonía. Lo impersonal masifica. Sin embargo era la única salida. Renunciar a la pureza de la tierra para acogerse al amparo del asfalto. Sin embargo la supervivencia era más factible entre autobuses que rodeada de tractores. El dinero, poco o mucho, que pudiera necesitar para sentirse viva estaba en la ciudad. El dinero y la gente de su edad con la que poder compartir experiencia. No estaba renunciando a nada. Solo admitiendo que crecer como persona requiere intercambio, debate, información, conocimiento. Y eso solo podía encontrarlo mezclándose con miles de personas. Fueran descendientes, fueran herederos.
Desear volver a casa convertía en tópico la añoranza. La necesidad de  escapar de su casa convertía en tópico el futuro.
- Ya nos vamos, Mariona. En cinco minutos esto se acaba. Puede que mañana ya te pidan que cojas tú la llamada. O que la coja yo pero tú manejes el programa -.
- No me asustes, Palmira -.
- Tranquila, mujer. Que yo estaré aquí para echarte un capote. Aunque no creo que lo necesites. ¡Anda! Desconecta tus cascos, mételos en la bolsa y vamos a dejarlos en la entrada. Ya son las cuatro.

Al cruzar la calle, Maruja tuvo el presentimiento de que Venancio no estaría en casa. El metro había volado hasta allí y era más temprano que nunca. En lugar de tomar el camino de casa anduvo cincuenta metros en sentido contrario. Allí estaba, en el bar, discutiendo acaloradamente con un pequeño grupo que compartía con él una extraña habilidad para no derramar el contenido de sus vasos a pesar de que gesticulaban de manera exagerada.
Prefirió no hacerse ver. Lo mejor era ir a casa para refrendar que su marido no había hecho nada por justificar sus interminables horas de vacío. Al entrar no la sorprendió ver lo mismo de siempre. Solo faltaba Venancio dormitando en el sofá. Ventiló la casa y se declaró en rebeldía. Si él no movía un dedo ella tampoco lo haría.
- O acabo con esto o esto acaba conmigo -. El despecho es capaz de convertirse en venganza en décimas de segundo. Cogió una cerveza del frigorífico y buscó un vaso limpio en el escurridor. No tuvo suerte.
- A morro. No importa. Igual que tú cuando ya no te tienes -. El clic de la lata sonó como el disparo de salida en una carrera de atletismo. Bebió sin parar hasta que le faltó el aire. -¡Hoy me toca a mí! -. Apuró lo que quedaba en otros dos tragos largos y buscó la basura para deshacerse del envase. Al pasar frente a la nevera se detuvo, abrió la puerta y tiró de otra cerveza. -¡Que si! ¡Que hoy me toca a mí! -. No lo sabía, pero se estaba preparando para enfrentarse a una situación que ya la estaba desbordando. Cuando fue a por la tercera cerveza ya no tiró la lata vacía. Quedó sobre la mesa como notario de todo lo que iba a decir cuando Venancio y su borrachera cruzaran la puerta.

- ¿Vamos un ratito al Parque del Lago? -. El si de los pequeños llenó de alegría el salón de sus abuelos. –Os los traigo para la cena. Y no os preocupéis si tardamos un poco. Están de vacaciones y quiero que disfruten -.
- ¿A que yo apretaré el botón del ascensor? -. Urko marcó su territorio mientras daba un beso a Amparo. Palmira encaró el pasillo camino de la entrada para que los niños la siguieran como los delfines siguen la estela de un velero.
- ¿No viene la tía Palmira? – Ainoa adoraba a la amiga de su madre.
- No, hoy no puede. Ha ido a comprar un billete de autobús para ir a ver a sus papás-
- Y nosotros, ¿No podemos coger un autobús como el de la tía Palmira para ir a ver a papá? -. La pregunta de Urko obligó a su madre a pensar como se las tendría que ingeniar para colocar a Aitor en un lugar recóndito de un mapa.
- Ya veremos. Anda, hombre de la casa. Que el ascensor no espera -.
Mientras el viejo ascensor les transportaba hacia la calle se dijo que era necesario liberase de sus miedos y empezar a vivir. No podía estar viendo a Aitor en todas partes. La sensación que tuvo cuando estaba fumando con Palmira no podía repetirse. Todavía tenía el nudo en la garganta.

- ¿Ya estás aquí? -. Sorprendido Venancio miró el reloj de cuco que dormitaba encima del aparador. -¡Joder, tía! Me he pasado la mañana dando vueltas y nada. Todas las ofertas son mentira. Y si no lo son no quieren gente como yo -.
Maruja conocía aquel discurso y ni siquiera respondió. De manera ostentosa se llevó la lata de cerveza a los labios para contener su enfado.
-Voy a tomar yo otra contigo -. Solo lo intentó. Al dar el primer paso hacia la cocina su mujer le ordenó que se quedara.
- Tú ya has bebido lo que tenías que beber -. La malta le había dado fuerza para arrancar y nada iba a detenerla.
- Ni buscas trabajo, ni haces nada en casa, ni quieres hacerlo ni lo harás. ¡Ya me tienes harta! ¿Para ti buscar trabajo es lo que hacías en el bar? Y no me cuentes milongas, que te he visto. Te he visto antes y te huelo ahora. Así no podemos seguir, Venancio -.
Las palabras de Maruja sonaron distintas a otras veces. Esta vez no se estaba desahogando; esta vez estaba reventando. Era un cobarde y sintió el miedo que provoca la verdad cuando se sabe que se miente, que se ha mentido durante mucho tiempo.
- No es como dices, Maruja; solo te pido que me entiendas -. Nadie soporta una petición de auxilio lastimera cuando se siente engañado.
- Por favor, no te hagas el víctima ahora. ¡Claro que te entiendo! Y porqué te entiendo te digo que ya no puedo más. Estoy cansada de entenderte y mirar hacia otro lado. ¡Mira en lo que te has convertido! ¡Mira en lo que me estás convirtiendo a mí! ¡Mira lo que queda de nosotros!  La lágrima fue breve y la detuvo apurando la cerveza que quedaba en la lata. De pie, con los brazos semiabiertos, sosteniendo una lata vacía en su mano derecha, miraba a su marido como si nunca hubiera formado parte de su vida.
- Todo se arreglará, Maruja. Mira, me han comentado en el bar que el gobierno está preparando una ayuda para los parados como yo. Hablan de que van a darnos trescientos o cuatrocientos euros -. Si quería continuar nunca lo sabremos. Maruja no le dejó.
- No te estoy hablando de dinero, gilipollas, no te hablo de dinero -. Ahora si, ahora las lágrimas brotaron sin obstáculo. Siempre hay un momento en las tragedias en el que se llora de verdad. -¿Tú crees que hablo de dinero? Si fuera por eso ya haría mucho tiempo que estaríamos hundidos. No tenemos hijos, Venancio; no tenemos hipoteca. Con lo que gano vivimos. Mal,  pero vivimos. No te estoy hablando de dinero -.
Venancio se sintió atrapado. Su mujer le estaba pidiendo algo y no sabía lo que era. Su silencio interminable le sirvió a Maruja para pedirle ayuda a un kleenex y continuar.
- Te hablo de vida, de complicidad, de ayuda, de estar, de no mentir, de vivir juntos  lo poquito que tenemos, de compartir, ilusionarnos, conocernos. Te hablo de ser dos y no dos que van cada uno por su lado -. Se mordió la lengua. De sexo no quería hablarle. No era el momento. Quizá ya no era el momento para nada. A medida que iba soltando todo lo que llevaba dentro tomaba conciencia de que solo les unía la inercia de un techo y doscientas discusiones sin sentido mal repartidas en veinte años cuesta abajo.
- Te prometo que iré al médico. Te lo prometo. Ya nunca más te fallaré en la cama. Te lo juro -. Fue el último disparo fallido de un arma sin munición. No había entendido ni una sola palabra de lo que le estaba diciendo.
- Déjalo. Mejor dejarlo. Es inútil hablar contigo. Es inútil  -. La tensión y el alcohol de tres cervezas hicieron que se desmoronara. No obstante sintió un último hálito de dignidad y cogiendo el bolso salió de la casa sin decir nada.
Venancio, absolutamente perdido, se quedó inmóvil, de pie y sin capacidad de reacción.
- Necesito una cerveza -. Sabía que algo estaba cambiando en su vida y prefirió preguntárselo a una lata de Mahou que a su conciencia.

Había conseguido plaza en el bus de las cinco. Saldría de casa con la bolsa preparada. A la derecha y en ventanilla, tanto en la ida como en la vuelta. Perfecto. El fin de semana se presentaba espléndido. Seguro que las cigarras ya estarían ensayando para ofrecerle el mejor de sus conciertos.
Se le ocurrió llamar a María. Si estaba en casa igual se acercaba para verla. Seguía restableciéndose y parecía que su nueva compañera de piso era una persona agradable y sintonizaban de maravilla. Mientras marcaba sonrió ante la ocurrencia de que esa sintonía podía provocarla el fumeteo. No era justo pensar de esa manera pero hay pensamientos que brotan y nada los detiene.
Móvil apagado o fuera de cobertura. Desistió. Eran casi las seis y le pareció una buena idea acercarse hasta el parque para ver de coincidir con Palmi. Así veía a los chiquillos. Su debilidad por Ainoa crecía. – Si un día tengo hijos me gustaría tener una niña como ella -. Hay deseos que invitan a meditar. Su vida sentimental se había quedado dormida desde que pilló a Francisco con la hija del alcalde. Habían pasado seis años y ella seguía encerrada en su rechazo a cualquier relación, aunque fuera desechable. – No es momento. Pero si tengo una hija quiero que sea como Ainoa -.
Les vio al pisar el paseo central del parque. Los enanos trepaban en su mundo de colores y Palmi estaba sentada en el mismo banco donde se dieron el primer abrazo. El estanque, a su izquierda, soportaba la travesura de varios chiquillos empeñados en tirarle piedras. Al otro lado del agua media docena de chopos que le parecieron más hermosos que un par de meses atrás. Junto al más grande una silueta que se refugiaba del sol. Es difícil identificar a alguien al que solo conoces porqué te enseñaron alguna foto familiar.
Ainoa dio un chillido de alegría y se dejó caer del laberinto con una facilidad inexplicable. – La tía, la tía. ¡Mamá, ha venido la tía! -. La tarde y el parque se convirtieron en fiesta.
La silueta tenía cuerpo y mirada. Ojos que se cerraban a medida que la obsesión se adueñaba de si misma. El cigarrillo sintió la presión del pie que lo aplastó sin apagarlo.
- Me da lo mismo que no esté liada con otro. No lo estará nunca. Si no ha de ser para mi no será para nadie. ¡Nadie! -. Esta vez no podía cometer ningún error. Tomó el camino de su casa para preparar su estrategia cuidando hasta el más mínimo detalle. Seguía creyendo que Palmi caería en sus brazos cuando el la pidiera que volvieran a empezar. Pero quería tener previsto que hacer en caso de que su mujer volviera a caer en la estupidez de querer dejarle.
- Mañana, querida. Mañana queridas. De mañana no pasa -. Mientras andaba maldecía su debilidad al no insistir con sus golpes en la puerta aquella noche en que estuvo a punto de atraparla. –Fui imbécil. Cuando el vecino me amenazó con llamar a la policía me acojoné -. Pensar que al cabo de unas horas le detuvieron le provocaba una sorna que solo cabe en la cabeza de quienes no se temen a si mismos.

La frase preferida de Waldo era el toque de corneta que ponía en marcha las raspas de Gold Plus. –Somos felices aquí. Por favor, que no me den descansos si no me los merezco -. Tenía un gracejo especial que hacía que nadie se cansara de escuchar las mismas palabras. Provocaban la sonrisa y eran mejor recibidas que la cantinela de los coordinadores pidiendo que todo el mundo estuviera disponible.
A los pocos minutos los coordinadores se reunían alrededor del tambor a la espera de que Ambar les diera instrucciones. Se organizaban sin perder de vista la sala.
-Bien, chicos. Que los nuevos empiecen a coger la llamada. Que no escriban, que solo atiendan. Y a media mañana que cambien. Que su compañero hable y que ellos escriban -.
Ambar les marcó prioridades y deseándoles un buen día regresó a su mesa.

El crecimiento de Gold Plus había ocasionado reajustes en coordinación. A la incorporación de Selena habían seguido otras. Siempre que pasaba esto el equipo se resentía. El periodo de adaptación de los nuevos ocasionaba un lastre inevitable que se iba liberando a medida que aprendían a ver la plataforma desde otra óptica.
No era tan sencillo. El carácter de cada uno marcaba ese periodo y, a la vez, servía para definir posturas respecto al equipo al que se integraban y al colectivo de agentes que dejaban de ser compañeros de raspa para convertirse en responsabilidad.
Algunos detalles servían para identificar perfiles. Para los más veteranos eran indicativos de la actitud. Frases como “Es que no entienden”…” No soporto a los agentes que”… eran claro exponente de un empacho. Era cierto que las cosas se veían de otra manera cuando se estaba de pie. Y no era una virtud que se adquiría de repente. Si acaso era un privilegio del que se tenía que hacer un uso conveniente para que repercutiera en beneficio de los agentes y no del ego del nuevo coordinador. De nada vale trepar cuando ya no quedan mas peldaños.
Otra línea roja señalaba la conducta de algunos. Solían incurrir en el error de aproximarse al cliente con espíritu crítico respecto a los operadores; en algunos casos esa descarga de opiniones alcanzaba incluso a otros coordinadores. Olvidar que el cliente no era su empresa propiciaba filtraciones y malentendidos que nunca beneficiaban a los agentes. Era tanto su interés por demostrar su valía que intentaban absorber múltiples tareas o crear nuevas praxis que ponían en marcha sin someterlas a la opinión del resto, ni siquiera de Ambar.
Tensiones innecesarias que no siempre se resolvían apaciblemente. A menudo nos pierde nuestra rigidez. Algunos aprenden a desbloquearla y otros la mantienen como único recurso para defender el suelo que pisan.
Selena se adaptó con facilidad. Era receptiva. Tuvo algunos conatos de incomprensión. Especialmente con Jacobo, pero les bastó un café para entenderse. Ambos querían hacer bien su trabajo orientándolo al objetivo de su puesto sin perder la visión de que trabajaban con personas. “Estuve sentado contigo y sé lo que necesitas. Déjame convertirte en tu herramienta de trabajo. Y ayúdame tú no dándome motivos para recordarte que mi tarea también consiste en controlar lo que haces.”
Seríamos infieles con la historia si no dejáramos constancia de que Selena y Jacobo se ganaron, cada uno a su nivel, cierta fama de intransigentes. La misma fidelidad nos empuja a certificar que esa fama se la atribuían aquellos agentes que menos hacían por equiparar su esfuerzo con el de sus compañeros.
Eran el resultado de una ecuación. Cuanto más queremos defender al que se entrega a su labor,  más rígidos somos con quien intenta convertirse en parásito del esfuerzo de los demás.
Nadie juzgaba a nadie en esos periodos de integración. El tiempo era un lienzo en blanco que cada uno pintaba a su manera hasta que el bodegón se completaba. Los había luminosos, los había brillantes, los había ocres. Encajar ese pantone de claro oscuros no era sencillo. Ni para Ambar ni para los agentes que interpretaban lo que veían en función de lo que en ellos provocaba.

El inspector se había tomado unos días de respiro para ejercer de padre y marido. Desde el lunes su arma y su placa también descansaban al cuidado de la armería. Una semana de vacaciones no altera demasiado la actividad y su mesa se convirtió en depósito de notificaciones que llegaban de diversos juzgados. Otros inspectores se ocupaban de atender denuncias y perseguir a los malos. La correspondencia podía esperar, especialmente si no llevaba el distintivo de urgente. Nadie abrió ninguno de los sobres que llegaron a la mesa del inspector. Uno de ellos contenía un aviso acerca de la libertad provisional de Aitor Goñi, ordenando que se tomaran las medidas oportunas para reactivar la orden de alejamiento que pesaba sobre él. El expediente de Palmira Ochoa estaba archivado en un mueble metálico y gris que guardaba, por orden alfabético, todos los casos de malos tratos que afectaban a la comisaría.

-Hoy se te ve poco inspirada, Maruja. No te has quejado en toda la mañana -.
Todos se habían dado cuenta de que Maruja no estaba de buen humor. Ni una queja, ni una broma, ni un solo comentario.
Salitre estaba desconcertado. Algo estaba fallando en su estrategia. No conseguía encontrar la senda para que su contacto diario con aquella mujer profundizara como deseaba.
- Mira chico. Hay días en lo que una no está de humor para nada. Y hoy es uno de ellos -. Respondió porqué tenía que hacerlo. No se sentía comunicativa, ni siquiera para lanzar alguno de sus dardos contra cualquier situación que le pareciera graciosa. Su subconsciente le decía que todas aquellas chirigotas que siempre provocaba no eran más que una forma de evadirse de la realidad. Y ahora que la estaba pisando no le apetecía para nada enterrarla con sus chismes. -Ahora tendría que mofarme de mi propia situación -. Cavilar esto la llevó a un estado de abstracción tal que ni siquiera notó que su terminal le anunciaba una llamada. Salitre estaba hablando pero tuvo el reflejo de darle un golpecito a su compañera señalándole el parpadeo luminoso.

-Las once. Ya no queda nada -. Cogió la llamada con alegría. Cada asistencia que daba empujaba el reloj hacia adelante. Se veía en casa, escuchando como su madre la ponía al corriente de las noticias del pueblo. Cualquier cosa, por insignificante que pudiera parecer, se convertía en portada. Ella misma iba a serlo porqué estaba segura de que su familia ya había pregonado su llegada. No le importaba. Podría saludar a gente por la que sentía auténtico aprecio. Y a otra que apreciaba menos pero formaba parte de su vida y, muy especialmente, de la vida de sus padres. –Melocotones con sabor, sandías jugosas, aire limpio…y las cigarras cantando para mi -. Palmira de Palma rebosaba felicidad.

-Ya son las once. ¿Por qué el tiempo siempre corre más de prisa cuando queremos que no ande? -. A Maruja no le apetecía para nada que llegara el final de la mañana. No quería regresar a casa. Se había levantado con sigilo para que Venancio no se despertara del letargo en el que ya estaba sumido cuando, después de su disputa, ella había regresado. Por primera vez en tantos años se alegró de no tener que hablar. Y ahora se le hacía un mundo tener que verle. - ¿Qué le digo? ¿Qué querrá decirme? ¿Queda algo por decir? – Pensó lo que se piensa cuando la luz nos invade y sabemos que nada de lo que digamos cambiará las cosas. No valen ni arrepentimientos ni promesas. Tampoco sirve encontrar culpables. La culpabilidad se comparte. El fracaso también.

Ambar le confirmó a Palmira Ochoa que iba a incorporarse al colectivo de Gold Plus y que, aprovechando el cambio pasaría a tener la misma rotación de descansos que su compañera de piso.
- Ya me lo había comentado un coordinador. Lo que no sabía era cuando. Gracias por ese cambio de rotación. Seguro que Palmira también se alegra -.

A dos metros, Violeta no perdía detalle de lo que sucedía en la mesa de Ambar.
No le desagradaba Palmi como agente para Gold. Pero le parecía que no era alguien a quién se pudiera manejar. Había algo en aquella mujer que se le escapaba y, cuando esto sucedía, no se sentía bien. Dejó de observar lo desconocido porqué una de las nuevas coordinadoras se le acercó para corroborar un dato. Resuelta la consulta fue Violeta la que preguntó.
- ¿Qué tal Palmira Ochoa? Creo que funciona. ¿No? -.
- Si, no tenemos queja. Y tiene mérito con lo mal que lo ha pasado -.
- ¿Mal? ¿Por qué? ¿Ha estado enferma? -.
A cambio de nada obtuvo toda la información acerca de Palmira, su situación familiar y los acontecimientos a los que la coordinadora había tenido acceso cuando Ambar les informó someramente para que, de manera provisional, fueran permisivos con la agente.
- Os cuento hasta aquí para que sepáis cual es la razón por la que vamos a dejar tranquila a Palmira Ochoa durante un tiempo. Pero, por favor. Ni un solo comentario. Ya sabéis que pasa cuando corren los rumores -. Ambar había sido muy clara. Y Estrella le echó una mano reforzando sus observaciones. – Si, que ya corre un bulo acerca de ella y de su amiga. Las están convirtiendo en pareja -. No podían hacer nada por evitar que se propagaran rumores. Pero si debían respetar con su silencio aquello que no era un rumor precisamente.
A Violeta le bastó lo que le contaron para hacerse una idea descompuesta del cuadro de vida de Palmi. Le puso un diez a la coordinadora y siguió oteando el horizonte para ver lo que pasaba.

En los últimos días el ambiente de los coordinadores estaba un tanto enrarecido. En sus reuniones matinales con Ambar no se hablaba de nada que no fuera trabajo. Pero se comentaban asuntos que pertenecían  a la intimidad de sus funciones. Valorar a un agente, decidir su seguimiento, diseñar estrategias para mejorar; incluso cuestionar decisiones del cliente, de alguno de sus supervisores ó de la propia empresa. Nada trascendente ni secreto. Pero que si debía permanecer fuera del alcance de terceros para evitar malas interpretaciones o esos rumores que nunca son fieles a la verdad.
Hacía un tiempo  que esa frontera se rompía y puntos concretos de esas reuniones llegaban a los oídos de algunos  que no tenían reparo en verterlos sin medida, quitando y añadiendo, magnificando y deformando casi siempre. El tanteo al que se sometieron esas filtraciones llevó a un grupo de operadores de Gold. Localizado el mar encontrar el río que lo alimenta era cuestión de paciencia. Andando por la orilla acabarían tropezando con su desembocadura. Cuando no sabemos de quién debemos desconfiar recelamos de todo el mundo. El pensamiento es libre. La libertad no siempre lo es.

Palmira de Palma quería volver a casa para contarles que era libre.
Maruja  estaba abriendo puertas y ventanas para que aires de libertad llenaran el espacio de su vida.
Aitor se exponía a perder la suya en el intento de evitar que su mujer la consiguiera.
Tres pensamientos esclavos de una libertad inexistente.
De la libertad, en nuestra vida, podremos llegar a tener múltiples paisajes. Pero solo una única esperanza.

 
Capítulo V
El gélido verano.

 
El autobús salió con casi diez minutos de retraso pero no perturbó el encantamiento de Palmira. Aquella terminal saturada de viajeros, maletas y mochilas le servía de punto de partida a la hora de recrearse en su viaje. Pronto desaparecerían los grandes edificios, los semáforos, la prisa y la indiferencia de la gente. Y así fue. A los pocos kilómetros, entre población y población, el verde iba sustituyendo a la urbe. Era el preludio de la sinfonía de naturaleza y color que Palmira necesitaba para saborear la vida detrás del cristal de su ventanilla.
En dos horas y poco entraría en la cocina para dar el primer bocado a un pastel de amapolas que, seguro, su madre le tendría preparado.

Palmi tenía previsto pasarse por el supermercado para abastecerse de cara al fin de semana. Luego, si la tarde se estiraba lo suficiente, se acercaría a ver a los niños. Hoy no tendrían tiempo de ir al parque pero no quería dejar de estar con ellos aunque solo fuera un rato. Al menos hasta que hubieran cenado. Para ella acostarles y darles las buenas noches era algo que les unía y daba fe de la provisionalidad del verano. No se sentía feliz teniéndoles con ella solo los días de libranza.
Colocó la compra y se dispuso a fumar un cigarrillo. Le gustaba hacerlo en la ventana de su dormitorio. Era la única que daba a la calle y permitía ver el ir y venir de la gente en aquel barrio un tanto extravagante. De día todo parecía normal. A medida que el sol se escondía el decorado humano cambiaba.
Todavía era temprano para eso. Apoyó un brazo en el alfeizar; el cigarrillo sabía a todo lo que puede saber un cigarrillo cuando nos sentimos relajados.
- ¡No puede ser él -. A pesar de negarlo echó el cuerpo atrás intentando esconderse.
- Está en la cárcel. -. Necesitaba convencerse de que el hombre que miraba a su ventana no podía ser Aitor.  Se asomó otra vez para convencerse de que se equivocaba tanto como creyó equivocarse el día anterior cuando conversaba con Palmira. – Tengo que quitarme el miedo. Está en la cárcel. No puedo verlo en todas partes -. El reflejo del sol que ya se perdía detrás de los edificios la impidió ver con claridad. Con la mano a modo de visera hizo un esfuerzo.
- No puede ser él. No se arriesgaría a que le viera -. Se reprochó aquella conjetura. – No, Palmira, no. No puede ser él porqué está en la cárcel -.
El cigarrillo se le había apagado. Sabía a rayos cuando lo encendió. Era mejor apagarlo. Una maceta vacía le sirvió para desecharlo. Inmediatamente prendió otro y se sintió aliviada por la calada y sus razonamientos. – Está en la cárcel -.

Bajó del metro dos estaciones antes. Quería caminar un poco. Caminar y pensar. No soportaría otra discusión. – No, no quiero darle vueltas y vueltas a algo que los dos conocemos perfectamente -. Tampoco se sentía con fuerzas para callarse y matar la tarde como si nada sucediera. - ¿Qué hago? ¿Entrar en casa y no decir nada? ¿Actuar como si lo de ayer hubiera sido una rabieta? -.
Los finales llegan sin anunciarse porqué nunca son un imprevisto.
- No puedo pedirle que se vaya. No tiene trabajo, no tendría donde ir. Ni puedo marcharme yo…. ¡Dios, estamos encarcelados, condenados a vivir juntos hasta quién sabe cuando! -.  No poder decidir nada cuando más se necesita duele tanto como la peor de las decisiones. Pasó de largo. No podía subir a nada. Siguió caminando sin rumbo con la esperanza de encontrar alguna respuesta cada vez que cruzaba un paso peatonal. El sol también en esas calles buscaba la espalda de los edificios. Fue un aviso para Maruja. - ¡Que tarde debe ser! -. Un argumento poco convincente. Darse la vuelta significaba regresar. Y no quería.

- ¿Ya has fumado bastante? ¡Anda, sal otra vez y fuma para llamar la atención, para que los tíos te miren!..... ¿Te has cansado del mamón que tenías y buscas otro? ¡Voy a subir a por ti y te llevaré a casa a hostias! -.
Aitor seguía allí mirando a la ventana. Palmi ya no estaba. - ¿Y mis hijos? ¿En casa de tus padres? ¿Así te ocupas de ellos? ¡Mala madre! Les contaré lo puta que eres y no querrán saber nada de ti -. No existía coherencia en su furia silenciosa.
- No mereces ninguna compasión. Te lo daba todo y nunca te bastaba ¿Para eso querías trabajar? ¿Para dejar tú casa y enrollarte con cualquiera? ¿No tenías suficiente con tu marido? ¡La culpa es mía! ¡Tenía que haberte dado más fuerte! ¡Cuatro hostias mas y luego ponerte de rodillas para que me la chuparas! ¡Seguro que así habrías aprendido! -. Mientras seguía farfullando paranoia los pies le acercaban por instinto.

- O me doy prisa o no les puedo dar la cena -. Calmada la ansiedad se apresuró en cambiarse para ofrecer una imagen más fresca a su familia. Dos toques al spray de su colonia favorita la convencieron de que su apariencia era la adecuada.
La historia siempre se repite. No tuvo tiempo de reaccionar. El empujón la lanzó contra la pared de la entrada. Aitor cerró la puerta y, sin decir nada, la miró sonriendo como un niño cuando acaba de hacer su travesura.
- No me esperabas… ¿Cómo ibas a esperarme? ¿Pensabas que ya te habías librado de mi, verdad? -.
Palmira quiso decir lo que no supo decir. Le dolía la espalda a causa del golpe contra la pared. El pánico solo la dejó pensar en María.
- Te vas a venir a casa conmigo. Te vas a venir ahora conmigo. Tu sitio está en tu casa, con tu marido, conmigo, solo conmigo. Eres mía ¿Lo entiendes? Y me vas a obedecer ¡Vaya si me vas a obedecer! -.
Palmi negó tímidamente con la cabeza. No supo mentir. Se lo dictó el ánimo y lo expresaron las lágrimas que se negaban a ser un signo de obediencia. La zarandeó agarrándola por los hombros.
- ¿Que no? ¿Te niegas? ¿No quieres? -. Tiró de ella hacia el dormitorio arrastrándola como si fuera un peso muerto. Palmi temió lo peor. Cuando su marido hacía esto siempre la forzaba. No estaba dispuesta a otra violación. Intentó resistirse hasta que un golpe seco en el estómago le provocó arcadas.
¿Te doy asco, hija de puta? ¿Te da asco el padre de tus hijos? ¿Quieres vomitar? -. Agarrándola por la cintura con un brazo tiró de su cabello con el otro y la hizo caminar hasta la ventana. - ¡Vamos, vomita! ¡Saca toda la mierda que llevas dentro! -. La cabeza de Palmi intentaba seguir negándose. - ¿No quieres vomitar? ¡Pues yo si quiero hacerlo! Y tú eres mi vómito, tú y esa libertad que nunca te daré. ¡Mira en lo que me has convertido! ¿Te hace feliz verme así? ¿Esto es lo que querías? ¿Encerrarme para poder hacer lo que te diera la gana? ¡Voy a vomitarte! ¡Voy a vomitarte! – Palmira seguía negando hasta que Aitor tiró tan fuerte de su pelo que no pudo mover la cabeza.
Mientras caía vio a sus hijos jugando en el Parque del Lago. Varias personas se acercaron a ella. La sangre no habla pero es capaz de contarnos que la muerte ha venido de visita.

- ¿Se ha tirado?
- No sé. Yo solo he escuchado el golpe. En seguida he mirado hacia arriba pero no he visto a nadie – Cuando el viandante levantó de nuevo la cabeza en casi todas las ventanas había público curioso que ya tenía de que hablar en la cena.

Un sobre sin abrir, en comisaría, maldecía su destino.
Palmira de Palma se abrazaba con sus padres y buscaba en la cocina un pastel que le sabría a niñez y adolescencia.

Maruja no encontraba el norte en una brújula sin puntos cardinales.

Dos chiquillos intentaban hacer volar un avión que no volaba.

La parca se retiraba feliz prometiendo volver.

Hay días extraños en los que los dioses no existen.

Próxima entrega jueves 30 a las 18:00 horas aprox.