<<<<<<Viene de las 12ª entrega. Como siempre la añadimos a continuación en "TODO LO PUBLICADO HASTA..".
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Maruja entró en casa a la vez que las primeras
sombras del ocaso. La recibió un silencio conocido. Sintió alivio al creer que
Venancio estaría en el bar celebrando su fracaso con un botellín en la mano.
La tabla de planchar estaba abierta en el salón.
Sobre el respaldo de la butaca que acompañaba al sofá a todas horas varias
camisas arrugadas y un pantalón inarrugable.
- No sé que
pretendes, Venancio. Pero sigues sin entender nada -.
Buscó algún resultado de aquella declaración de
intenciones de su marido. No lo había. Sonrió sin sonreír al ver que el impulso
había durado hasta el momento de enfrentarse a la tarea. Esta era la constante
de Venancio. Promesas de cambio y conjeturas irrealizables que siempre acababan
arrugadas como aquellas camisas.
La última luz del día se despidió mientras huía por
la ventana. No la necesitaba. No necesitaba nada en aquel silencio vacío por el
que podía andar a tientas sin tropezar. Se sentó en la butaca aplastando las
camisas con la espalda. No sabía que hacer y pensó que lo mejor era dejar que
todo aconteciera sin programa. Esperaría a Venancio; al fin y al cabo llevaba
muchos años esperándole.
-Me tenías
preocupado -.
- ¿Y has ido
al bar para ver si estaba allí? -.
- No, Maruja.
Me he acercado hasta la boca de metro y te he esperado un buen rato. En el bar
solo me he parado ahora, al regresar -.
- Podías
haberme llamado -.
- No tengo
saldo ni dinero para cargar el móvil -.
- Pero si
tienes para el bar. Ayer, hoy, todos los días. Para el bar si tienes -.
- Ya sabes que
en el bar me fían. A ti te cabrea, ya lo sé, pero me fían -.
- Bien, no
importa. Como puedes ver estoy perfectamente. Y antes de que me preguntes te diré que no he estado en ninguna parte.
Me apetecía caminar, solo eso -. Maruja intentaba no dar ni darse pié para
discutir. Aquel hombre que estaba a dos metros solo le provocaba indiferencia.
-Ahora irá a
la cocina a por una cerveza -. Lo pensó deseando que ocurriera. Necesitaba
más silencio, más oscuridad, más ausencia para saber donde estaba en todo
aquello. - ¿Cuánto tiempo hace que estoy
así sin darme cuenta?-.
Venancio emprendió el camino de la cocina. Al pasar
por delante de su mujer la pellizcó cariñosamente en la mejilla.
- ¿Quieres una
birra? -. No le contestó. El
silencio se interpreta según el momento en que se produce. Venancio regresó al
salón con una sola lata.
- Habrá que ir
a por más, solo quedan tres -.
- ¿Hace falta
algo más que cerveza? -.
- No lo sé. No
me he fijado -.
- ¿Te has
preocupado alguna vez de algo que no fuera la cerveza? -.
Mientras lanzaba la pregunta deseó con todas sus
fuerzas que no la contestara. Tuvo suerte.
- Creo que no
voy a cenar nada. Pero hay hamburguesas en el congelador. Si tienes hambre
puedes comértelas -. Estiró el brazo para alcanzar el mando. Cansada de ver
anuncios buscó el canal de informativos sin poner demasiado interés en las
declaraciones de la ministra que le quitaba
importancia a una amenaza de crisis que negaba una y otra vez.
Las crisis de cualquier índole siempre se niegan.
- Una en
internacional y una en asistencia -. Jacobo le pasó la información.
- ¿Quién?
–
- Julia de
inter y Palmira Ochoa -.
Se respiraba sosiego a primera hora. Los agentes conversaban
entre si. Pocas llamadas. Era lo habitual hasta mediodía. Jacobo lo llamaba la
hora Carrefour.
- ¿Cuantos
agentes te mandan a Gold? -.
- Creo que
seis. O puede que sean siete -.
- Seguro que
son de lo mejorcito. Siempre nos desnudan para vestiros a vosotros –
- ¡Hey, Yayo!
¡Que no soy yo quién les escoge! -.
- Ya, ya lo
sé. Solo era un comentario. Pero revienta un poco que cuando se nos echa encima
el trabajo fuerte nos quiten a los mejores -.
Los dos sabían que siempre era así y lo comentaban
sin más.
- ¿A quién
tenemos hoy? -.
- A
Violeta….No sé si estarás de acuerdo conmigo, Velma, pero me parece que ya está
recuperando fuerzas -.
- Esperemos
que no, Yayo. Al menos hoy. -.
- Lo de menos
es que sea hoy, o mañana, o cualquier día. Lo preocupante es que volvamos a
empezar. Con la queja conseguimos que supieran lo que pasaba aquellos que
tenían que saberlo. Y, aunque nos prometieron una nueva intervención si
reincidía no sé hasta que punto ganamos algo. A veces pienso que no avanzamos
nada -.
Había detalles que no se le escapan a Jacobo.
Prefirió no expandirse para no preocupar a Velma. Sin embargo estaba convencido
de que aquella pausa era temporal.
- Bueno, voy a
organizar las tareas -. Ya sabía que agentes iban a ocuparse de llevar a
casa a los afectados por percances en su coche y cuales realizarían otros
trabajos de rutina.
No era del agrado de Violeta trabajar en fin de
semana con Jacobo. Le incomodaba cualquier coordinador que le manifestara
disconformidad con alguna de sus decisiones. El Yayo siempre cumplía con la
orden pero si veía en ella alguna contradicción no se callaba. También la
molestaba que siempre estuviera pendiente de sus aproximaciones a Aisha.
Limitaba su capacidad de maniobra a la hora de atosigarla.
Su noche había sido tan para olvidar como casi
todas. P.P. estaba cada día más lejos de lo que Violeta entendía por
proximidad. El hilo de la comunicación estaba roto, tan roto como los de la
tela de araña del jardín, y las horas que pasaban juntos eran solo tiempo. Ese
tiempo solo le servía para almacenar acritud y sordidez. Se prometía, una y
otra vez, que no descargaría sus vacíos sobre la plataforma; aunque sabía que eso nunca sería
posible porqué no tenía otro lugar donde soltar aquel lastre tan ingrato.
Las heridas de la queja presentada contra ella iban
cicatrizando. La tormenta se alejaba. Se sentía observada pero eso nunca fue
causa de inquietud. Durante todos aquellos años pudo escudarse en el tópico de
que todo el mundo sabía como era.
Esta era una de las causas por las que no le gustaba
Jacobo. Tuvo el atrevimiento de contestarla cuando apeló a si misma para
justificar su actitud. Se excedió con él por lo que buscó amparo de inmediato.
- No era eso
lo que quería decirte, Jacobo. Pero ¡Ya sabes como soy! -.
- No, Violeta.
No sé como eres. Y si tú lo sabes deberías resolverlo -.
Aquella respuesta seca y sin opciones la puso en
guardia permanente contra el Yayo. Desde entonces siempre tuvo dinamita
preparada para él.
Había dudado entre quedarse en casa para llegar a
algo, fuera lo que fuera, con Venancio o ir a trabajar. El sentido común que
manda en el bolsillo la llevó a la
plataforma. Las horas viajan en AVE cuando algo nos ocupa. Si solo pensamos en
algo que nos duele el tiempo para en todas las estaciones y apeadores del
reloj. Atender llamadas y departir con otros eran el sedante adecuado.
- Hablas menos
que ayer. Y, eso en ti, es extraño -.
Salitre, sin ánimo de caza, intentaba que Maruja se abriera un poco. No
era la de siempre.
- Ya te lo
dije ayer, Salitre. Hay días en los que no apetece. Ayer no tenía ganas de nada
y hoy tampoco tengo -.
- Disculpa, no
quería molestarte. De verdad. ¡Bueno!. Aquí me tienes si crees que puedo serte
útil -. Sus palabras sonaron a sinceras porqué lo eran.
Maruja notó como aquella cálida franqueza de Salitre
la aliviaba un tanto de si misma. Suficiente para que se propusiera ser más
amable con sus compañeros.
- Paso más
horas con ellos que conmigo -. Un pensamiento barroco como aquel le
abrió la puerta a otras trascendencias
que necesitaban someterse a un análisis profundo. El pensamiento incierto es
algo parecido a un cadáver. Para conocer la causa de la muerte es necesaria una
autopsia.
La sala de espera del anatómico forense no cuidaba
el ambiente como suelen hacer los tanatorios. Dos ventanas con cristales
nublados impedían la mirada de curiosos. Contra la pared dos bancos de madera
que podían contar miles de presencias angustiadas. Una mesa, también de madera
aunque de otros bosques, disimulaba antiguas quemaduras con varias revistas tan
antiguas como la ley que permitía fumar en el recinto.
Las paredes estaban recubiertas de cerámica blanca
evocadora de los hospitales modernistas. Dos clavos sin cuadro habían quedado
como prenda de las viejas fotos que nunca faltaban en los centros oficiales. Ni
siquiera en aquel lugar de muerte. Nada decía que pudo haber una cruz.
Seguramente porqué estaba en la capilla que se insinuaba en una puerta del
fondo contigua a la que llevaba a la morgue. El cartel era tan viejo como las
paredes y la muerte que allí se veneraba. Invitaba a no pasar. Nadie pasaba.
- ¿Es
imprescindible? Podemos asegurarles que mi hija no se suicidó. Ella nunca haría
algo así, nunca -.
Con la voz entrecortada Ramón intentaba disuadir al
inspector mientras abrazaba a Amparo.
- Lo siento,
señor Ochoa. De verdad -. Suena
mejor un lamento que una negativa. Para la policía nunca es rutina la muerte.
Especialmente cuando sabe que algo ha fallado en sus mecanismos.
- ¿Le cogerán,
verdad? Tienen que cogerlo -. La súplica de Amparo apenas se entendía.
- Si ha sido
él le cogeremos, señora. Y si ha sido otra persona también -. Los forenses
encontraron señales de violencia inconfundibles. Alguien había presionado con
fuerza la nuca de Palmi y las raíces de su cabello también mostraban los
efectos de tirones. Aunque nada de eso impedía que se completara el protocolo
del bisturí. Es imprescindible pesar las vísceras para determinar la causa de
la muerte.
- Amparo,
tenemos que ir a casa. Los niños están con la vecina y se nos hace tarde -.
No esperó a que su mujer le respondiera. – Inspector,
¿qué tenemos que hacer ahora? ¿Cuando podemos enterrarla? -.
- Hoy se hace
la autopsia. Salvo que diera un resultado inesperado, y no lo creo, el lunes
por la mañana se la pueden llevar al tanatorio -.
Amparo no quería marcharse. – Quiero verla otra vez, inspector -.
- Espere,
señora. Voy a preguntar -. El policía pasó por debajo de la prohibición de
paso. Apenas tardó dos minutos en reaparecer.
- Lo siento.
No es posible ahora. El cuerpo ya está en la sala. Van a proceder de inmediato -
Por la cabeza de una madre pasan millones de
imágenes cuando escucha algo así. Amparo sintió la sierra circular del forense
en sus sienes. El dolor no se mide, el dolor se pare.
Abandonaron el instituto como si estuvieran
muriendo. La mirada del inspector les siguió hasta que se perdieron detrás de
la puerta con muelle. El móvil le obligó a seguir siendo policía.
-Ya le
tenemos, inspector -.
- ¿Dónde
estaba? -.
- En su casa -.
Era inimaginable, pero era. Solo un cretino se
escondería en su casa después de cometer un crimen.
- Llevadlo
ahora mismo a comisaría -.
- No,
inspector. Está muerto. Le encontramos en el sofá. Ha dejado una nota en la
mesita y un avión teledirigido que, al parecer, acababa de comprar –
- ¿Que ponía
en la nota? -.
Era breve pero explícita.
“El avión es
para mis hijos. Palmira siempre será mía. Me voy con ella “
- Hemos
avisado al juez para que venga a levantar el cadáver. El transporte del forense
ya está aquí para llevarlo al anatómico en cuanto nos autoricen -.
- De acuerdo.
Nos vemos en comisaría. Gracias por informarme -. Colgó.
- A saber que
se ha tomado este – A una reflexión banal la siguió una paradoja.
- Juntos hasta
el último momento. Pero ella ya no le teme. Caso cerrado -.
Comieron juntos. Los fines de semana el Office
estaba semivacío.
- ¿De que va
ese libro? -. Se sentía en deuda con Salitre.
- Es un
tratado sobre la comunicación. Habla de como ganarse la amistad de las personas
-.
- Si, ahora
veo que el título es muy explícito. “Como ganar amigos e influir sobre las
personas” ¿Quién es Dale Carnagie? No me suena -. Le sonaban pocos autores
pero se sintió más cómoda no reconociendo su poco afición a la lectura.
- Era. Ya
murió. Carnagie fue un vendedor al mas puro estilo norteamericano de los
cincuenta. Vendía a domicilio y consiguió grandes éxitos basándose en técnicas
que resultaron novedosas, tanto que, durante años, se impartieron por todo el
mundo….Aunque este libro no habla de ventas sino de relaciones personales -.
- No es para
mi ¡ja, ja, ja! Pero me parece interesante -.
- Si lo
leyeras seguro que te engancha -.
- Puede, no lo
sé -.
El hielo se rompe con charlas informales sobre temas
no comunes. A Salitre le pareció un buen momento para cambiar ambas
condiciones.
- Te veo mejor
que esta mañana -.
- Bueno, no
sé. Puede. No hay nada que no tenga remedio -.
- Así es,
Maruja. Nada es eterno. Por eso conviene conocer y vivir todo lo que está a
nuestro alcance. Cambiar, probar, tocar otros espacios y compararlos con
nuestro universo de vida -. La veta filosófica de libro de bolsillo se le
disparó con naturalidad. Remató la perorata con un latinajo que no habría
sorprendido a casi nadie.
- Carpe diem.
Es lo único que siempre tendremos -.
Maruja sonrió a modo de respuesta fingiendo haber
entendido el mensaje de Salitre.
- Me apetece
dar un paseo antes de subir. Me quedan diez minutos. Nos vemos arriba -.
Estuvo a punto de ofrecerse para acompañarla pero le
quedaba menos tiempo.
- Disfruta del
paseo. Y si te apetece, en otro momento, te cuento cosas del libro. Seguro que
te gustan -.
Era a mediodía, entre las doce y las dos, cuando las
llamadas exigían toda la capacidad de respuesta posible.
Violeta necesitaba esa intensidad para sentirse
fuerte. Mover, cambiar, presionar, exigir, provocar.
- Vamos a
mirar los tiempos ¿Qué le pasa a Salitre? Lleva más de diez minutos. Es
demasiado -.
- Está con un
traslado. Intentando explicarle al dueño del coche como se lo vamos a llevar a
su ciudad. Ya sabes que pasa cuando se ponen cabezones -.
La molestaba que los coordinadores tuvieran la
respuesta de antemano.
- De acuerdo.
Pero diez minutos…ahora ya son doce…son muchos. Acércate a ver que pasa -. Jacobo se fue en busca de Salitre sin replicar.
Miles de horas en la sala le habían enseñado a capear aquellos temporales.
- ¿Cuanta
gente tenemos comiendo? –
La contestó el monitor en el que se veía una franja
de diez o doce agentes inactivos.
- No puede ser
que con todas esas llamadas tengamos tantos agentes comiendo -.
Velma no contestó. Nadie, ni siquiera Violeta, podía
prohibir que todo el personal de la plataforma disfrutara de sus tiempos de
descanso.
La supervisora entendió el silencio de Velma como
una ofensa a su rango de dueña de la sala. Eran cosas que se anotan en el
cuaderno de bitácora a la espera del momento propicio. Optó por regresar a su
mesa sin dejar de mirar el bailoteo de rojos y amarillos que ofrecían las
pantallas. Estaba en su salsa. Pero le sobraban ingredientes. Aquellos dos
coordinadores no la dejaban cruzar la línea que separa la conducción de lo
impositivo. Solo nos imponemos cuando nos cargamos de razones para hacerlo.
El ágape familiar se había organizado cuidando hasta
el más mínimo detalle los gustos de Palmira. Melón con jamón del bueno, migas y
cordero asado con miel y catorce personas bajo el porche, dispuestas a libar el vino cosechero de su
tío. Tres perros sin apellido correteaban entre la diversidad de sillas que su
madre había aglutinado para dar asiento a tanto comensal.
- ¡Vamos!
¡Todos a la mesa que la comida está lista! – La voz de su madre sonó como
una campana mientras espantaba algunas moscas que, atraídas por el melón, se
jugaban la vida en el intento.
- Cuéntanos,
hija ¿Cómo es tu trabajo? ¿Te gusta? -. La curiosidad de su tía orientaba
la conversación hacia derroteros que no apetecían a Palmira.
- Si, no está
mal. Pero seguro que os aburro ¿Cómo anda tu reuma, tía Alfonsa? -. Su
experiencia como operadora le sirvió para reconducir sin violentar a nadie.
La tía era feliz detallando sus achaques. Tanto que
no notó que nadie la escuchaba.
- No nos has
dicho nada de tus estudios de masajista – Sentado junto a ella, su padre,
la envolvió con algo que temía.
- Fisioterapia,
papá. Estudios de fisioterapia -. Ganaba tiempo sabiendo que no le serviría
para nada.
- Da lo mismo,
Palmira. ¿Ya te has matriculado para el curso que viene? –
Reaccionó con rapidez. Podía contestar que sí.
Quedaban más de dos meses para el inicio de las clases. Mentir en aquel momento
era no perturbar la alegría. Mintió asintiendo.
- Si, papá.
Empiezo a mediados de septiembre –
Isidoro se dio por satisfecho. Todos los demás
estaban entrando en la euforia del festejo. Vino y sonrisas, moscas y perros,
naturaleza y vida. A Palmira aquel alboroto le pareció maravilloso. Respiró
profundamente buscando el aire limpio del paraíso. En su lugar el aroma de un
cordero convertido en manjar.
- ¡Que bien
huele, mamá! ¡Bravo por la cocinera! –
Los chuchos se unieron a la fiesta. Ya faltaba poco
para su festín particular.
Después de una buena comida los estómagos dormitan
en cualquier rincón. Una a una, las almas del ritual buscaron el lugar idóneo
para que los jugos gástricos cumplieran con su cometido y el fresco de la
sombra espabilara algunas consecuencias del alcohol. Solo Palmira y su madre
habían moderado su gula y seguían sentadas en la mesa. Los restos de la batalla
cedían ante el ataque de las moscas. A nadie le importaba.
- Lo que no sé
hija es cómo te las apañas viviendo con una mujer y con dos niños -. Era
una pregunta esperada.
- Es algo
provisional, mamá. Mi compañera está esperando el divorcio para disponer de lo
que el padre de los peques aporte. En unos meses todo estará resuelto. Además,
nos llevamos muy bien los cuatro. A mí, los niños, me llaman tía -. Mitad
verdad mitad mentira las cosas siempre suenan agradables.
- Tú sabrás,
Palmira. Cuando me hablan de divorcios pienso que el mundo está cambiando -
- Mamá, me
apetece mucho dar un paseo. Quiero bajar hasta el río. ¿Te vienes? -.
El camino del río pasaba por los lindes de su casa.
Palmira se detuvo.
- ¿Las oyes,
mamá? ¿Las oyes? –
- ¿Qué tengo
que oír? –
- A las
cigarras, mamá...A las cigarras -.
Benita se quedó mirando a su pequeña. Ya era toda
una mujer. Eran detalles como aquel los que la devolvían a su regazo aunque
solo fuera por unos segundos.
- Serás mi
niña hasta que, un verano, las cigarras dejen de cantar -.
- Si quieres
te acerco hasta el metro -.
Maruja dudó solo unos segundos hasta que el sol de
las cuatro de la tarde la convenció mucho más que la propuesta de Salitre.
- Pues no te
diré que no. Hace un calor de cojones -.
Al llegar a la glorieta del final de la calle la
conversación apareció.
- ¿Donde
vives? –
- A siete
estaciones de aquí. En el barrio del Solano -.
Sin pedir permiso Salitre bordeó la rotonda y enfiló
el coche hacia el Solano.
-¡Eh, tú, que
te has saltado la calle del metro! -.
- Lo sé, pero
no me desvío casi nada si te llevo a casa. Así llegas antes -.
En otro momento la propuesta era un regalo. Pero en
un día como aquel significaba lo contrario.
- Bueno, pues
muchas gracias. Pero si quieres llevarme te pongo una condición -. Lo que
fuera por no llegar a casa. – Solo dejaré
que me acompañes si aceptas que te invite a una cerveza ¿Tienes prisa? -.
La contestó con un gesto. No tenía ninguna prisa.
- Bien,
entonces cuando llegues a la Plaza de los Mártires gira a la derecha y busca la
salida del Parque del Lago. Allí hay una cervecería que tira unas cañas
estupendas -.
- OK, Maruja.
Pero yo también quiero poner mis condiciones….Yo pago la segunda -.
Se sentían bien en aquella terraza protegida por
parasoles. La segunda caña ya estaba pidiendo el relevo mientras seguía
abriendo caminos en la confianza.
- Tienes
razón. La plataforma es un mundo. Nada es lo que parece pero todos creemos
conocer la vida de los demás -.
- Si. Yo
misma, a veces digo lo que pienso sin medir las palabras. A menudo me
arrepiento. Pero ya no tiene remedio -.
- No te
sientas diferente por eso. La mayoría de nosotros nos dejamos llevar por
primeras impresiones -.
Estaban consiguiendo sincerarse, hablar desinhibidos
del día a día sin caer en lo superficial.
- Aunque hay
impresiones que son más que eso. Algún coordinador es lo que parece… ¡Ja, ja,
ja! -. Maruja se soltaba. – Mira sino
la nueva. Se lo ha tomado en serio. Demasiado en serio. Nos trata como si
fuéramos idiotas -.
- Cierto. Se
le ha olvidado pronto que hace unas semanas estaba con nosotros y les ponía a
caldo a todos -.
- Aunque para
mala leche la del Yayo. Este las mata callando.-
- Menudo par
el Yayo y Aisha. Yo nunca he tenido problemas con ellos. Y creo que es lo
mejor. No se casan con nadie -.
- Esto me
parece bien. El otro día, creo que fue el martes, Jacobo amonestó a uno que
había sido coordinador. No sé como se llama -.
- Ya sé de
quién me hablas. Pero déjate. Todos los coordis arrean. Unos de una manera y
otros de otra. La diferencia solo está en que algunos ayudan mientras otros
solo nos reprenden. Pero al final son más de lo mismo-.
Llegó la tercera caña respondiendo a un gesto de
Salitre. A pesar del parasol se notaba el calor. La cara de Maruja sonrosada
buscaba culpable entre el sol y la cerveza. Estaba distendida, recostada en la
silla. Era normal en ella esa pizca de atrevimiento con su blusa que invitaba a
las miradas. Hacía seis tragos que Salitre había aceptado aquella invitación.
No ocultaba su interés por el paisaje que Maruja le ofrecía.
Se había dado cuenta de la fijación intermitente de
los ojos de su compañero. No la importaba. Ella también se interesaba
visualmente por aquella piel teñida de aceituna. La química siempre nace en la
mirada.
Si la mirada se descuida y se fija en el reloj nada
tiene sentido.
- Creo,
chiquillo, que es hora de marcharnos. No me apetece, de verdad. Pero debería
aparecer por casa antes de que mi marido se preocupe -.
- Llámale y
dile que ya vas -.
- No, prefiero
que sufra. Así piensa más en mí -. La carcajada breve sirvió de impulso
para ponerse en pie.
Mientras Salitre la llevaba al barrio sintió
curiosidad sobre si misma.
- ¿Porqué le
he dicho que quería que Venancio sufriera? –
Lanzar bengalas pidiendo auxilio es algo instintivo
para un náufrago. Cruzó los dedos deseando que no estuviera en casa.
- Se habrá ido
al bar a tragarse todos los partidos -.
“Todo lo que
se mata escribiendo no termina de morir”.
- Me gustaría
entenderla, saber qué le pasa -.
Su presentimiento se había confirmado en la mañana.
Violeta había regresado. Jacobo estaba dispuesto a evitar un nuevo conflicto y
creía que conociendo a las personas puede llegarse a entenderlas. Si eres capaz
de conocer los motivos por los que otros actúan de una forma tienes todos a
favor para adaptarte y eludir confrontaciones. Pero eso solo se consigue
acercándote a ellas. Tienen que dejarte. Si no, cualquier esfuerzo es baladí.
Jacobo cambió sus reflexiones por un café cargado.
Era tiempo de su tiempo y no debía confundir preocupación con ocupaciones. Nada
debía romper la armonía de su vida privada.
A varios kilómetros, Violeta también reflexionaba
sentada en el jardín. Algo se estaba rompiendo en su biografía y no sabía como
retroceder en el tiempo. Empujando hacia atrás solo consiguió llegar a aquella
misma mañana.
- No hacía
falta. Los chicos se estaban esforzando y no era necesario exigirles más. No sé
que maldita idea me pasa por la cabeza cuando estoy allí -.
Sabía que en la sala se comentaba que vivía para
atosigar a los demás. Era algo que nunca la había preocupado. Pero en días como
aquel, en el que su línea de flotación personal estaba dañada, intentaba ser autocrítica.
No se hizo ningún propósito de esfuerzo para cambiar
pero si lo incluyó como opción. Ahora lo importante era reparar los
desperfectos de su nave. Sin barco no se puede navegar. No podía mezclar
efectos a pesar de que todo le decía que estaban relacionados con la misma
causa.
El sábado murió a la hora señalada.
- ¿No podías
haber cogido el bus de las siete? -.
- Si, mamá.
Pero llegaba demasiado tarde y mañana tengo que madrugar. Te prometo que vuelvo
antes de Agosto -.
Lo dijo con sinceridad. Se sentía feliz y apuraba
cada minuto del fin de semana como si no pudiera vivirlo otra vez. Benita se
resignó.
- Esta bien,
hija. Pero no te olvides de nosotros. Y llámanos un poco más. A veces pasan
días y días sin saber nada de ti -.
- Eso no es cierto
mamá. Os llamo dos veces por semana -. A su madre le seguían pareciendo
pocas pero no quiso contrariar a Palmira.
- ¿Quieres que
nos acerquemos a la iglesia? Así podrás ver como vistieron a la virgen para las
fiestas. Todavía no la han devuelto al altar -.
Palmira aceptó a pesar de que no le apetecía
demasiado tropezarse con el párroco. Don Senén siempre tenía algo que
reprocharles a los jóvenes y seguro que no perdía la oportunidad de llenarla de
consejos y advertencias acerca de los peligros de la ciudad. Benita lo sabía y
quiso tranquilizarla.
- Es buena
hora para ir. Seguro que Don Senén está en el confesionario. En una hora dice
misa y quiere que todos estemos limpios a la hora de comulgar -.
La iglesia era como un pedazo maltrecho de la
historia. Mitad románica mitad chapuza no invitaba demasiado a ser curioso. Sus
muros pedían auxilio enseñando las heridas del tiempo. Hiedra y penitencia se
habían instalado en las grietas.
- Un día se
les cae encima -. Palmira cruzó el soportal ayudando a su madre para que no
tropezara. Olía a incienso y a silencio. Al fondo, cerca del altar, la
asistenta de Don Senén ponía orden a las partituras que bostezando sobre un
teclado esperaban darle fondo a la celebración.
- No me
imagino a esta buena mujer sentada frente a tanta tecnología -.
La imagen de la patrona del pueblo era pequeña y
tosca. Pero significaba mucho para ellos. Durante la guerra civil alguien la
hizo desaparecer hasta que en 1940 un niño con polio la encontró en una casa de
aperos destruida por un obús. Era un milagro que hubiera sobrevivido a un
proyectil de aquel tamaño. El niño se marchó al poco tiempo con sus padres en
busca de oportunidades. Nadie supo nada más de él. Pero la virgen siguió allí
para regocijo de aquella buena gente que no pretendía buscar nada porqué era
feliz con lo que el pueblo le ofrecía.
Era hora de revisar el equipaje.
- No te
olvides de los melocotones. Hasta que no vuelvas no los comerás tan buenos -.
Le dieron lo que tenían. Mucho cariño y el fruto de su esfuerzo. El abrazo
selló con el lacre de la sangre el único sentimiento que nunca se cambia por
otro.
- Tranquilícese
y descanse. Si quiere ir a su casa un agente la acompañará y retirará los
precintos. Ya no hacen falta. Para nosotros todo está resuelto. Aquí tiene el
número de contacto con la familia. Ellos le informarán acerca del funeral -.
Las palabras de aquel hombre sin nombre le
parecieron heladas, faltas de calor y de vida. Un trámite obligado antes de
cerrar el archivo y preocuparse de los vivos.
Próxima entrega el domingo 2 de septiembre a las 18:00 horas.