lunes, 30 de julio de 2012

MEMORANDUM DE NADA (4ª ENTREGA)

CAPITULO I
La galera (continuación)

Nota: Sigo colgando el relato a pesar de que todavía están por pulir muchos detalles de composición.
Pero es lo menos que puedo hacer ante la acogida recibida y vuestra insistencia para que no pasen demasiados dias entre las publicaciones. La vanidad y el agradecimiento han hecho el resto.

                 La noche pasó de puntillas por encima de Salitre, Palmira y Jairo Magno. No quería despertarles y siguió viajando en busca del alba. Antes de que la encontrara desperezándose en el horizonte Jairo, Salitre, Palmira y noventa remeros más pusieron un pie en el suelo después de silenciar noventa y tres estúpidas alarmas. A ninguno le resultaba agradable enfrentarse al espejo después de levantarse. La prisa se ocupó del resto dejándoles el mínimo resquicio para cruzar el dintel de la puerta, alcanzar la calle y comprobar que la noche y el alba ya se estaban abrazando.
                 A las ocho de la mañana la plataforma era un hervidero. A las ocho y un minuto solo se escuchaban las voces de los coordinadores recordando la necesidad de que todos estuvieran listos para recibir llamadas. El tambor marcó las pautas necesarias y el día se convirtió en una réplica exacta del día de ayer. –Todo el mundo en disponible, por favor…En disponible por favor- .

                 A Palmira no le entró ninguna llamada en la puesta a punto de su turno. Buscó en el entorno para situar a Salitre. No le vio. Al que si pudo fue a Jairo Magno. Se había sentado en otra línea, a unos diez metros. No era la primera vez que le veía en esa zona, y siempre al lado de Salomé. Sabía como se llamaba porqué Jairo la había nombrado en varias ocasiones. Alta, espigada, llamaba la atención por su modo de vestir, idóneo para un avatar nocturno pero poco afortunado para sentarse con auriculares y micro en una silla giratoria. Remataba su extravagancia con un maquillaje que a Palmira le pareció de brocha y un gesto de insatisfacción permanente que la proyectaban como una imagen descompuesta y fuera de lugar.

                  La llamada que atendió Palmira fue fácil de resolver. Parecía que la mañana se les presentaba apacible. Tenían la posibilidad de relajarse un poco y, sin levantar demasiado la voz, conversar y conocerse. Conocer a compañeros y, para los que se llevaban poco tiempo en la galera, entender sus mecanismos. Los veteranos eran un caudal de información interesante. Más que interesante Palmira  le parecía útil y les escuchaba atentamente.

                  Se sorprendió al saber que no todos los supervisores eran lo mismo. Unos eran como Violeta; formaban el grupo al que los coordinadores llamaban “el cliente”. Pero había otros que pertenecían a la empresa propietaria de la galera. Una empresa que tampoco era la que había contratado a Palmira. Nunca había trabajado para tres patrones a la vez.

                 No lo entendió demasiado bien. Se limitó a archivarlo en su mente etiquetándolo, a modo de resumen, con un “todos mandan”. Cuando le contaron que también había dos máximos responsables en la plataforma prefirió no archivar eso porqué sobreentendió que a ella no le afectaba demasiado. La pirámide era muy alta y lo más prudente era estar atenta a los coordinadores y a la del tambor que mandaba mucho más de lo que parecía.

                  El parque móvil despertó de repente y el tambor aceleró. Palmira entendió porqué Jairo hacía lo posible por sentarse con Salomé al verles salir un par de veces buscando los aseos. Sus salidas siempre coincidían con el redoble del tambor. Pudo ver, también, que eran muchos mas que dos los que tenían urgencias fisiológicas en los momentos de mayor actividad. Recordó como el día anterior apretaba las rodillas y se sintió idiota; aunque ese pensamiento no quiso archivarlo. La autoestima se ofende cuando te sientes mal por hacer las cosas bien.

                  Miró el reloj y pensó que era un buen momento para que le dieran un descanso. La force (ese era el tecnicismo anglófilo con el que se denominaba a la tamborilera)  leyó su pensamiento.
                  -Tómate tu primer descanso, Palmira- La force colgó sin darle tiempo a agradecérselo. Palmira, pulsó la tecla pertinente y se encaminó a la búsqueda de esos quince deliciosos minutos de respiro.



                   Salitre había decidido no ir a trabajar. Era la única manera de coincidir con Ingrid que disfrutaba de sus dos días de descanso. No le resultó difícil pedir cita con el médico, obtener el correspondiente  justificante, y poner proa a la cafetería que Ingrid solía frecuentar. Conocía el lugar porqué en algunas ocasiones, en los prolegómenos de su caza, se había brindado a acompañarla. La dejaba en esa esquina. Ingrid le había comentado que tenían el mejor café del barrio y solía desayunar allí  en sus días de libranza.

                    Nunca cambiaba de estrategia. Conciente de que no podía valerse de su atractivo usaba la retórica como arma. Se disfrazaba de filósofo y convertía en trascendente el comentario más banal. Era un buen actor que sabía dulcificar la palabra y transportarla a su presa como si de una caricia se tratara. Aderezaba el guiso haciendo referencias opacas a múltiples experiencias de pareja y sin pedirla obtenía esa primera sonrisa, mitad compasiva mitad de comprensión que le iba embelleciendo por dentro con el consiguiente resultado exterior. El rostro de gato callejero mutaba hasta convertirse en la faz de un tigre. Los pelos descompuestos y breves de su barba en la mandíbula sinuosa y mística de un fakir, la mirada lasciva e impertinente de cazador furtivo en una propuesta de dulzura sin final.

                     Hoy era el día. Estaba convencido de que Ingrid ya estaba madura. Se sentó en la cafetería con el punto de mira en la esquina esperando que apareciera la presa para liberar el gatillo y disparar.

                     A las 2 de la tarde pagó los dos cafés y el Nestea que había consumido y se marchó. La presa no había hecho acto de presencia. Salitre maldijo la torpeza de no haberle pedido su teléfono el mismo día que intuyó que su estrategia de galán podía resultar. Le quedaba mañana. El primer paso debía ser regresar al ambulatorio sintiéndose mucho peor que antes. Y si ya no le atendían acudiría a urgencias como última medida. Ingrid estaba al dente y no se perdonaría nunca no poder colgar la belleza disecada de esa pieza en la pared del salón de sus conquistas.

                  
                
                   A la misma hora, el tambor vibraba  en la terminal de Palmira para otorgarle la licencia de su último descanso. Voló hacia el office, sacó su taperware de la nevera y decidió comerse la ensaladilla en los jardines que rodeaban el edificio.
                   -¿Te importa que me siente a tu lado?- La voz era agradable; tanto que Palmira estiró la mano aceptando antes de levantar la cabeza para conocer a Palmira Ochoa.
                       -¡Que casualidad!- Lo dijeron a la vez. La empatía estalló en una carcajada que las convirtió en amigas mucho antes de llegar a serlo.

                    El turno de  las tres ya agonizaba. Era algo que se respiraba en el ambiente. Porqué las llamadas descansaban y los remeros ya veían cercano el muelle de atraque y empujaban más al tiempo que a la nave. Cuando se acercaba la hora del cambio una supervisora de las de la empresa que no era el cliente pero que tampoco era la que pagaba a Palmira se acercaba al tambor para controlar ese momento. La entrada y salida simultánea de medio centenar de personas provocaba una algarabía que hacía imposible que los teleoperadores que seguían trabajando pudieran atender correctamente sus llamadas.

                   La supervisora parecía muy joven. Tan joven como alta. Tan alta como segura de si misma cuando daba instrucciones a los coordinadores para que condujeran el cambio de turno sin incidencias. No se le escapaba detalle.

                   Palmira se alegraba de ese cambio porqué la ponía a una hora del fin de su jornada. A pesar del murmullo pudo entender los deseos del conductor que estaba atendiendo. No estaba segura de si era algo que ella podía resolver y, siguiendo el protocolo, levanto la mano para que la viera algún coordinador y acudiera en su ayuda. La supervisora, que seguía junto a la force (tambor), se apercibió del S.O.S. de Palmira y le pidió a un coordinador que estaba junto a ella que atendiera a la agente.

                  -Yayo, hazme un favor...Antes de marcharte atiéndeme esa mano-


                  Salitre salió de Urgencias con una prescripción de reposo de 48 horas. Tenía toda la tarde y un día por delante para desenmascarar su filosofía y convertirla en placer. No podía perder tiempo y se le ocurrió llamar a Vera con la que mantenía una buena relación desde que tuvo que renunciar a su intento de conquista al descubrir que los hombres no le interesaban en absoluto. Vera no le puso reparo alguno a su petición del teléfono de Ingrid. -Pero, por favor, Sali, no se te ocurra decirle que he sido yo quién te ha dado su número- fue la única condición que le puso antes de cantarle los nueve dígitos que componían el reclamo que Salitre necesitaba para atraer a su gacela. Le despidió deseándole éxito en su intento..-Suerte, glotón- .

                  Apenas escuchó ese parabién de Vera. Buscó el amparo de un portal para atenuar el estruendo del tráfico y, esbozando una sonrisa de satisfacción le dio al seis la importancia que tiene marcándolo el primero. Nadie atendió esa llamada y no creyó conveniente dejar ningún mensaje en un contestador que hablaba sólo  envuelto en música latina.


                  Salomé, Jairo y otros apelaron a la inquietud de su vejiga cuando faltaban seis minutos para las cuatro. Era el momento idóneo para evitar que cualquier llamada inoportuna les impidiera desconectarse a la hora en punto y retomar su vida a la hora en punto y un minuto.

                  Palmira de Palma y Palmira Ochoa controlaron la prisa para poder charlar mientras llegaban a la esquina donde cada una tomaba su camino. En ese recorrido comenzaron a descubrirse. Las separaban cinco años y las unían situaciones, aunque el origen de las mismas fuera diametralmente opuesto.

                  Palmira de Palma tenía 29 años, soñaba con ser autónoma en el campo de la fisioterapia y había dejado la casa de sus padres cansada de soportar un proteccionismo que la abrumaba y la hacía sentirse demasiado dependiente de lo que no quería depender. Consiguió este trabajo en la ciudad y sin dudarlo abandonó la casa familiar, buscó y encontró vivienda compartida y estaba esperando ver si su vida laboral tenía asomos de continuidad para matricularse en un centro privado de formación del que le habían hablado maravillas.

                  P. Ochoa ya había cumplido 34, tenía dos hijos y soñaba con sentirse libre y sin temores. Tuvo que refugiarse en la casa de sus padres cuando el maltrato le resultó insoportable. Una orden de alejamiento la protegía de su marido pero no del miedo que sentía cuando tenía que salir a la calle.
                  Las dos estaban huyendo. Palmira de Palma huía hacia adelante. Palmira Ochoa solo huía.

                  En el bus se repitió el desfile de sobacos incandescentes. Palmira decidió respirar hacia otro lado y matar el recorrido poniendo en orden los apuntes que había tomado acerca de como remar en un mar de tempestades.

                 Empezó por el intento de entender el papel que jugaban todas aquellas personas que estaban sentadas y de pié. No lo consiguió. Pero se comprometió consigo misma a conseguirlo en lo que quedaba de semana.
                   Las imágenes se agolpaban en su mente transportándole secuencias puntuales de situaciones que había pasado por delante de sus ojos sin darle motivo para pensar. En cambio, ahora, releyendo esos momentos creía que se podían interpretar como significativos en el desenvolvimiento de la plataforma.

                   Era curioso y chocante ver como la force se convertía en camaleón y cambiaba de actitud en función del supervisor que asumía el control de la sala. Era más curioso todavía ver como la mayoría de coordinadores esquivaban a Violeta si necesitaban de algún superior para realizar una consulta. Violeta era, también, la que más alteraba el ánimo del tambor cuando se acercaba a Aisha –por fin recordó el nombre de la tamborilera- y la daba instrucciones. Palmira no podía saber que le decía pero si era consciente de que, a los pocos segundos, el mar se encrespaba, la galera daba tumbos sobre el mar, los coordinadores fustigaban con más fuerza y la delgadez de Violeta se contorsionaba como lo hace la serpiente más temida en la literatura universal. Incluso le parecía a Palmira que aquella mujer solo se sentía satisfecha consiguiendo el malestar de los demás.

                   El trayecto había sido fructífero y caminó hasta el apartamento dejando que se enfriara el motor de la analítica. Al entrar en casa el baño todavía destilaba aromas de alcantarilla y en salón encontró huellas inconfundibles de que su compañera de nada había puesto interés y capital en saber cuantas colillas puede contener un cenicero.

                   Tenía que acostumbrarse a lo que veía y respiraba y optó por encerrarse en su dormitorio. La curiosidad pudo con ella y buscó en Google el significado de Aisha…-Viva, activa, enérgica, alegre, próspera, la líder más joven….¡Caray con la morita!- La exclamación se le escapó a media voz pero la pregunta se le quedó dentro. El nombre era árabe, y ella seguramente también, pero no lo parecía. No se trataba de encasillarla en el estereotipo conocido. Más bien tenía la percepción de que Aisha sufrió una mutación al cruzar el puente de mar y miedos que separa las dos culturas que un día se hermanaron.

  
                    Salitre llamó a Ingrid por enésima vez. El tiempo le apremiaba. Era obsesivo cuando se sentía en celo. Se sentía fuerte, seguro de su capacidad de persuasión y para el era un reto incluir a una coordinadora en su lista de victorias.
                                                 -¡Aló, ¿quién es?-  Por fin la voz de Ingrid sonaba metálica en el móvil.
                     -Hola, Ingrid, buenas tardes..Soy Salitre..Disculpa si te molesto pero estaba muy cerca de tu esquina y he pensado que era una buena ocasión para que tomáramos algo sin las prisas de otros días cuando te acompaño hasta aquí-  A pesar de su retórica estudiada lo dijo de un tirón y con ninguna gracia. Pero tuvo suerte, Ingrid accedió.
                    -Me parece bien, espérame en el bar, dame cinco minutos por favor-
                    Salitre cerró el puño levantándolo hasta la altura de su frente en señal de victoria. Ni el mismo podía suponer que iba a conseguir lo que quería con más facilidad de la esperada.

                      Ingrid llevaba tiempo notando el aliento de Salitre en las proximidades de su espacio. No era el primero. Tampoco lo fue Iván con el que había mantenido una relación tempestuosa pero estable hasta hacía apenas tres semanas. Nunca estuvo enamorada de Iván como ella entendía el amor; fiel al estilo de las telenovelas venezolanas. Pero si se sentía protegida y satisfecha compartiendo casa, desencanto y cama con aquel hombre que apenas conocía en lo esencial. Cuando de repente Iván pasó de decirla “te quiero” a “quiero que te vayas” se desmoronó. De la desolación pasó a la rabia con mayor velocidad que los seriales de su país. Pensó en matarle. Cuando las lágrimas furiosas se secaron el encefalograma plano de Ingrid sugirió que la mejor de las terapias era vengarse. Para aquella mujer sin rumbo y despechada la venganza contra un hombre que ya no la quería pasaba por entregarse al primero que llamara a la puerta de su piel. No se preguntó si esa maquiavélica venganza llegaría a oídos de Iván. Tampoco se preguntó si, caso de llegarle, a Iván le importaría.

                     El instinto la aconsejó y cambió los vaqueros y la camiseta del Che por una blusa con tirantes y una falda que tenía la misma longitud que se le podía dar a una promesa cuando un hombre la medía. Le pareció poco y recuperando el número de Salitre le llamó.- Oye, que he pensado que ya es un poco tarde. Mejor te acerques tú a mi casa y tomamos algo aquí. Dobla la esquina de la cafetería, busca el número ciento seis y llama al 3º B-  Salitre pensó que había dado el paso más difícil sin necesidad de esfuerzo. Era su día de suerte.


                      Palmira puso el punto en la página 128 de “Los pilares de la tierra” y buscó el sueño que siempre llega cuando apagamos la luz y nos sentimos bien con nosotros mismos. Palmira O. puso el punto arropando bien a sus pequeños, y entornó la puerta dejando encendida la luz del pasillo. Extendió las sábanas sobre el sofá de la casa de sus padres y buscó el olvido que nunca llegaba, ni con las luces apagadas ni con las luces encendidas.

                     Ni en casa de Salomé ni en la de Jairo se encendieron las luces del baño antes de que ellos se acostaran. Pensándolo bien era comprensible. Los uréteres necesitan descanso después de tanta actividad por la mañana. Cuando la mente es oscura se duerme exactamente igual con la luz del sol que con los reflejos de la luna. Ninguno de los dos puso punto a nada. Solo se durmieron.

                    La noche, que daba su paseo de puntillas en busca del alba, decidió quedarse unos instantes para ver que paisaje dibujaban aquellos dos cuerpos enredados en un juego malabar de sensaciones. Cambió de opinión cuando pasados diez minutos, entre gemido y gemido,  no escuchó ni una sola palabra.
                  -Estos no hacen el amor…Solo están follando…- Tiró de su manto cargado de sombras y reemprendió su camino. La noche es así, siempre camina; y de tanto andar ha aprendido a no cansarse.

En lo que queda de semana espero entregaros el final de este capítulo.


2 comentarios:

  1. Disfruto cada día que publicas algo nuevo de esta sátira que aderezas con ironía y una chispa de sarcasmo. Sonreiría más si no fuese porque la realidad, a veces, es muy triste. No te agobies pero YA estamos esperando la siguiente entrega. V. Imperial

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  2. Y dijo palmira...caray con la morita!!! Seguimos esperando el siguiente relato..Samya

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