La galera (continuación)
Nota: Sigo colgando el relato a pesar de que todavía están por pulir muchos detalles de composición.
Pero es lo menos que puedo hacer ante la acogida recibida y vuestra insistencia para que no pasen demasiados dias entre las publicaciones. La vanidad y el agradecimiento han hecho el resto.
La noche pasó de puntillas por encima de Salitre,
Palmira y Jairo Magno. No quería despertarles y siguió viajando en busca del
alba. Antes de que la encontrara desperezándose en el horizonte Jairo, Salitre,
Palmira y noventa remeros más pusieron un pie en el suelo después de silenciar
noventa y tres estúpidas alarmas. A ninguno le resultaba agradable enfrentarse
al espejo después de levantarse. La prisa se ocupó del resto dejándoles el
mínimo resquicio para cruzar el dintel de la puerta, alcanzar la calle y
comprobar que la noche y el alba ya se estaban abrazando.
A
las ocho de la mañana la plataforma era un hervidero. A las ocho y un minuto solo
se escuchaban las voces de los coordinadores recordando la necesidad de que
todos estuvieran listos para recibir llamadas. El tambor marcó las pautas
necesarias y el día se convirtió en una réplica exacta del día de ayer. –Todo el mundo en disponible, por favor…En
disponible por favor- .
La
llamada que atendió Palmira fue fácil de resolver. Parecía que la mañana se les
presentaba apacible. Tenían la posibilidad de relajarse un poco y, sin levantar
demasiado la voz, conversar y conocerse. Conocer a compañeros y, para los que
se llevaban poco tiempo en la galera, entender sus mecanismos. Los veteranos
eran un caudal de información interesante. Más que interesante Palmira le parecía útil y les escuchaba atentamente.
No lo entendió demasiado bien. Se limitó a
archivarlo en su mente etiquetándolo, a modo de resumen, con un “todos mandan”.
Cuando
le contaron que también había dos máximos responsables en la plataforma
prefirió no archivar eso porqué sobreentendió que a ella no le afectaba
demasiado. La pirámide era muy alta y lo más prudente era estar atenta a los
coordinadores y a la del tambor que mandaba mucho más de lo que parecía.
-Tómate tu
primer descanso, Palmira- La force colgó
sin darle tiempo a agradecérselo. Palmira, pulsó la tecla pertinente y se encaminó a la
búsqueda de esos quince deliciosos minutos de respiro.
Nunca
cambiaba de estrategia. Conciente de que no podía valerse de su atractivo usaba
la retórica como arma. Se disfrazaba de filósofo y convertía en trascendente el
comentario más banal. Era un buen actor que sabía dulcificar la palabra y
transportarla a su presa como si de una caricia se tratara. Aderezaba el guiso
haciendo referencias opacas a múltiples experiencias de pareja y sin pedirla
obtenía esa primera sonrisa, mitad compasiva mitad de comprensión que le iba
embelleciendo por dentro con el consiguiente resultado exterior. El rostro de
gato callejero mutaba hasta convertirse en la faz de un tigre. Los pelos
descompuestos y breves de su barba en la mandíbula sinuosa y mística de un
fakir, la mirada lasciva e impertinente de cazador furtivo en una propuesta de
dulzura sin final.
Hoy
era el día. Estaba convencido de que Ingrid ya estaba madura. Se sentó en la
cafetería con el punto de mira en la esquina esperando que apareciera la presa
para liberar el gatillo y disparar.
A
las 2 de la tarde pagó los dos cafés y el Nestea que había consumido y se
marchó. La presa no había hecho acto de presencia. Salitre maldijo la torpeza
de no haberle pedido su teléfono el mismo día que intuyó que su estrategia de
galán podía resultar. Le quedaba mañana. El primer paso debía ser regresar al
ambulatorio sintiéndose mucho peor que antes. Y si ya no le atendían acudiría a
urgencias como última medida. Ingrid estaba al dente y no se perdonaría nunca
no poder colgar la belleza disecada de esa pieza en la pared del salón de sus
conquistas.
-¿Te importa que me siente a tu lado?- La
voz era agradable; tanto que Palmira estiró la mano aceptando antes de levantar
la cabeza para conocer a Palmira Ochoa.
-¡Que casualidad!- Lo dijeron a la vez.
La empatía estalló en una carcajada que las convirtió en amigas mucho antes de
llegar a serlo.
La
supervisora parecía muy joven. Tan joven como alta. Tan alta como segura de si
misma cuando daba instrucciones a los coordinadores para que condujeran el
cambio de turno sin incidencias. No se le escapaba detalle.
Palmira
se alegraba de ese cambio porqué la ponía a una hora del fin de su jornada. A
pesar del murmullo pudo entender los deseos del conductor que estaba
atendiendo. No estaba segura de si era algo que ella podía resolver y,
siguiendo el protocolo, levanto la mano para que la viera algún coordinador y
acudiera en su ayuda. La
supervisora, que seguía junto a la force (tambor), se apercibió del S.O.S. de
Palmira y le pidió a un coordinador que estaba junto a ella que atendiera a la
agente.
Salitre salió de Urgencias con una prescripción de
reposo de 48 horas. Tenía toda la tarde y un día por delante para desenmascarar
su filosofía y convertirla en placer. No podía perder tiempo y se le ocurrió
llamar a Vera con la que mantenía una buena relación desde que tuvo que
renunciar a su intento de conquista al descubrir que los hombres no le
interesaban en absoluto. Vera no le puso reparo alguno a su petición del
teléfono de Ingrid. -Pero, por
favor, Sali, no se te ocurra decirle que he sido yo quién te ha dado su número-
fue la única condición que le puso antes de cantarle los nueve dígitos que
componían el reclamo que Salitre necesitaba para atraer a su gacela. Le
despidió deseándole éxito en su intento..-Suerte,
glotón- .
Apenas
escuchó ese parabién de Vera. Buscó el amparo de un portal para atenuar el
estruendo del tráfico y, esbozando una sonrisa de satisfacción le dio al seis
la importancia que tiene marcándolo el primero. Nadie atendió esa llamada y no
creyó conveniente dejar ningún mensaje en un contestador que hablaba sólo envuelto en música latina.
Salomé,
Jairo y otros apelaron a la inquietud de su vejiga cuando faltaban seis minutos
para las cuatro. Era el momento idóneo para evitar que cualquier llamada inoportuna
les impidiera desconectarse a la hora en punto y retomar su vida a la hora en
punto y un minuto.
Palmira
de Palma y Palmira Ochoa controlaron la prisa para poder charlar mientras
llegaban a la esquina donde cada una tomaba su camino. En ese recorrido
comenzaron a descubrirse. Las separaban cinco años y las unían situaciones,
aunque el origen de las mismas fuera diametralmente opuesto.
Palmira
de Palma tenía 29 años, soñaba con ser autónoma en el campo de la fisioterapia
y había dejado la casa de sus padres cansada de soportar un proteccionismo que
la abrumaba y la hacía sentirse demasiado dependiente de lo que no quería
depender. Consiguió este trabajo en la ciudad y sin dudarlo abandonó la casa
familiar, buscó y encontró vivienda compartida y estaba esperando ver si su
vida laboral tenía asomos de continuidad para matricularse en un centro privado
de formación del que le habían hablado maravillas.
P.
Ochoa ya había cumplido 34, tenía dos hijos y soñaba con sentirse libre y sin
temores. Tuvo que refugiarse en la casa de sus padres cuando el maltrato le
resultó insoportable. Una orden de alejamiento la protegía de su marido pero no
del miedo que sentía cuando tenía que salir a la calle.
Las
dos estaban huyendo. Palmira de Palma huía hacia adelante. Palmira Ochoa solo
huía.
En el bus se repitió el desfile de sobacos incandescentes. Palmira decidió respirar hacia otro lado y matar el recorrido poniendo en orden los apuntes que había tomado acerca de como remar en un mar de tempestades.
Empezó por el intento de entender el papel que jugaban todas aquellas personas que estaban sentadas y de pié. No lo consiguió. Pero se comprometió consigo misma a conseguirlo en lo que quedaba de semana.
Las
imágenes se agolpaban en su mente transportándole secuencias puntuales de
situaciones que había pasado por delante de sus ojos sin darle motivo para
pensar. En cambio, ahora, releyendo esos momentos creía que se podían
interpretar como significativos en el desenvolvimiento de la plataforma.
Era curioso y chocante ver como la force se convertía en camaleón y cambiaba de actitud en función del supervisor que asumía el control de la sala. Era más curioso todavía ver como la mayoría de coordinadores esquivaban a Violeta si necesitaban de algún superior para realizar una consulta. Violeta era, también, la que más alteraba el ánimo del tambor cuando se acercaba a Aisha –por fin recordó el nombre de la tamborilera- y la daba instrucciones. Palmira no podía saber que le decía pero si era consciente de que, a los pocos segundos, el mar se encrespaba, la galera daba tumbos sobre el mar, los coordinadores fustigaban con más fuerza y la delgadez de Violeta se contorsionaba como lo hace la serpiente más temida en la literatura universal. Incluso le parecía a Palmira que aquella mujer solo se sentía satisfecha consiguiendo el malestar de los demás.
El trayecto había sido fructífero y caminó hasta el apartamento dejando que se enfriara el motor de la analítica. Al entrar en casa el baño todavía destilaba aromas de alcantarilla y en salón encontró huellas inconfundibles de que su compañera de nada había puesto interés y capital en saber cuantas colillas puede contener un cenicero.
Tenía que acostumbrarse a lo que veía y respiraba y optó por encerrarse en su dormitorio. La curiosidad pudo con ella y buscó en Google el significado de Aisha…-Viva, activa, enérgica, alegre, próspera, la líder más joven….¡Caray con la morita!- La exclamación se le escapó a media voz pero la pregunta se le quedó dentro. El nombre era árabe, y ella seguramente también, pero no lo parecía. No se trataba de encasillarla en el estereotipo conocido. Más bien tenía la percepción de que Aisha sufrió una mutación al cruzar el puente de mar y miedos que separa las dos culturas que un día se hermanaron.
Salitre
llamó a Ingrid por enésima vez. El tiempo le apremiaba. Era obsesivo cuando se
sentía en celo. Se sentía fuerte, seguro de su capacidad de persuasión y para
el era un reto incluir a una coordinadora en su lista de victorias.
-¡Aló, ¿quién es?- Por fin la voz de Ingrid sonaba
metálica en el móvil.
-Hola,
Ingrid, buenas tardes..Soy Salitre..Disculpa si te molesto pero estaba muy
cerca de tu esquina y he pensado que era una buena ocasión para que tomáramos
algo sin las prisas de otros días cuando te acompaño hasta aquí- A pesar de su
retórica estudiada lo dijo de un tirón y con ninguna gracia. Pero tuvo suerte,
Ingrid accedió.
-Me parece
bien, espérame en el bar, dame cinco minutos por favor-
Salitre cerró el puño levantándolo hasta la altura
de su frente en señal de victoria. Ni el mismo podía suponer que iba a
conseguir lo que quería con más facilidad de la esperada.
El instinto la aconsejó y cambió los vaqueros y la camiseta del Che por una blusa con tirantes y una falda que tenía la misma longitud que se le podía dar a una promesa cuando un hombre la medía. Le pareció poco y recuperando el número de Salitre le llamó.- Oye, que he pensado que ya es un poco tarde. Mejor te acerques tú a mi casa y tomamos algo aquí. Dobla la esquina de la cafetería, busca el número ciento seis y llama al 3º B- Salitre pensó que había dado el paso más difícil sin necesidad de esfuerzo. Era su día de suerte.
Palmira
puso el punto en la página 128 de “Los pilares de la tierra” y buscó el sueño que
siempre llega cuando apagamos la luz y nos sentimos bien con nosotros mismos. Palmira
O. puso el punto arropando bien a sus pequeños, y entornó la puerta dejando
encendida la luz del pasillo. Extendió las sábanas sobre el sofá de la casa de
sus padres y buscó el olvido que nunca llegaba, ni con las luces apagadas ni
con las luces encendidas.
Ni en casa de Salomé ni en la de Jairo se encendieron las luces del baño antes de que ellos se acostaran. Pensándolo bien era comprensible. Los uréteres necesitan descanso después de tanta actividad por la mañana. Cuando la mente es oscura se duerme exactamente igual con la luz del sol que con los reflejos de la luna. Ninguno de los dos puso punto a nada. Solo se durmieron.
La noche, que daba su paseo de puntillas en busca del alba, decidió quedarse unos
instantes para ver que paisaje dibujaban aquellos dos cuerpos enredados en un
juego malabar de sensaciones. Cambió de opinión cuando pasados diez minutos,
entre gemido y gemido, no escuchó ni una
sola palabra.
-Estos no
hacen el amor…Solo están follando…- Tiró de su manto cargado de sombras y
reemprendió su camino. La noche es así, siempre camina; y de tanto andar ha
aprendido a no cansarse.
En lo que queda de semana espero entregaros el final de este capítulo.
Disfruto cada día que publicas algo nuevo de esta sátira que aderezas con ironía y una chispa de sarcasmo. Sonreiría más si no fuese porque la realidad, a veces, es muy triste. No te agobies pero YA estamos esperando la siguiente entrega. V. Imperial
ResponderEliminarY dijo palmira...caray con la morita!!! Seguimos esperando el siguiente relato..Samya
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