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CAPÍTULO I
La galera
No se acostumbraba. Hacía todo lo humanamente
posible para que sus llamadas se resolvieran correctamente. El trabajo no era
complicado, pero exigía cierta precisión y, a menudo, matices que influían de
modo determinante en el resultado final.
Al formarle para el puesto pusieron mucho énfasis en la singularidad del cometido. –En esta plataforma no recibimos llamadas consultivas, ni quejas acerca de pagos, ni nos dedicamos a vender- les había dicho la formadora –Lo que vais a hacer es atender a un conductor que ha sufrido un accidente o avería, tiene el coche inmovilizado, y necesita que le mandéis una grúa, un coche taller, incluso un taxi sin fuera necesario- Al decir esto Violeta, la formadora, gesticulaba estirando los brazos adelante y unía los dedos para convertir el comentario en advertencia.
Palmira no entendía la contradicción que existía entre ese mensaje recibido y las exigencias de premura con las que se encontró en la práctica real. Se asfixiaba en el esfuerzo que le suponía gestionar bien la llamada y soportar la presión que, de manera incansable, ejercían sobre todos los agentes media docena de coordinadores que no dejaban de instigarles para que terminaran lo antes posible y atendieran una nueva llamada.
-“Agilizamos, por favor, agilizamos por favor, agilizamos” – La cantinela se hacía insoportable. Especialmente cuando notaba que a su espalda se había detenido alguien observando lo que hacía. Sabía que iba a preguntarle en qué estaba, cuanto tiempo le quedaba, porqué la llamada se estaba alargando en demasía. Era otra contradicción que no podía digerir. Si tenía que explicar la causa de la extensión de la llamada perdería más tiempo y crecería la impaciencia de la persona que estaba al otro lado esperando una respuesta.
Tuvo suerte. El coordinador no tuvo tiempo de meter la nariz porqué terminó con la asistencia que atendía. La sombra inqusidora se alejó. Respiró tranquila. El aluvión de llamadas se había calmado. Los coordinadores también. En la cabina de su izquierda, Jairo Magno también colgó. Se quitó los auriculares, dio un giro a su silla orientándola hacia Palmira y soltó su malestar – ¡Que agilice su puta madre!..¡Te pagan una mierda y quieren que hagas el trabajo de cuatro!..Pero a mi no me joden estos.- Bloqueó su centralita con el indicativo que correspondía con las necesidades fisiológicas, se levantó y se dirigió a la salida en busca del aseo.
No sabía como se llamaba la coordinadora que la invitó a tomarse el descanso preceptivo. Pero se lo agradeció. Al llegar a la calle, mientras tomaba el horrible café que dispensaba la máquina del office, estimuló su estado de ánimo pensando que si bien no era el trabajo de sus sueños al menos era un trabajo; aunque su fecha de caducidad estaba en blanco era un trabajo. La incertidumbre desmotiva. Pero no era momento para valorar.
Había cosas que no acababa de entender. Una de ellas el porqué a las filas de cabinas se las llamaba raspas. Era cierto que vistas desde el aire recordaban la espina de los peces. Le parecía una definición poco afortunada. A su mente llegó la imagen de las galeras de Ben-Hur. Remeros encadenados y vigilantes que les azotan para que la velocidad del barco se mantenga. En el fondo un tambor que marca el tiempo y coordina los golpes de remo. Tambor y látigo. Control y coordinación.
Veía la figura del tambor en una pantalla que no lograba comprender pero era la que señalaba la situación de las llamadas. Cuando se teñía de rojos y amarillos los coordinadores reemprendían sus paseos, reclamando agilidad y preguntando. No le cupo duda. No eran raspas. Eran galeras.
Se
reincorporó a su puesto. Jairo Magno estaba terminando su llamada. –“De acuerdo, don Gervasio, la grúa tardará
entre cuarenta y cincuenta minutos. Permanezca junto al vehículo y mantenga
disponible su teléfono móvil. Gracias por su llamada, buenos días- No podía
acabar ninguna sin soltar un epitafio –Este
tío es un gilipollas, se queda sin aceite y no para el coche hasta que revienta
el motor- Jairo no conduce, pero se ha doctorado en circulación y motores a
base de escuchar los motivos por los que existe su trabajo. Si no hubiera
incidencias en el parque móvil del país Jairo y otros cientos de personas
estarían dedicándose a otra cosa o en la cola interminable de cualquier oficina
de desempleo. Jugando con fuego decidió que era un buen momento para ponerse en
estado escatológico y recorrer la distancia que le separaba de los servicios.
Antes de salir de la plataforma ya buscaba en su móvil el número que tenía que
marcar. Al final de la galera, quién toca el tambor, hacía tiempo que controlaba
esas salidas.
Palmira no se acostumbraba. Ni a la presión desmedida ni a la falta de solidaridad de algunos compañeros. La asustaba la idea de que, con el paso del tiempo –siempre y cuando el tiempo le diera vida a su contrato- pudiera llegar a convertirse en alguien parecido a Jairo. En los dos meses que llevaba allí había podido comprobar que la mayoría de los especialistas del “no hacer” eran operadores que llevaban más de un año remando.
Las llamadas volvieron a acumularse. Tanto que, además de los coordinadores, se veía moverse inquietos a los supervisores. Solían permanecer sentados en sus mesas. Pero cuando el problema subsistía unos minutos dejaban todo para acercarse al tambor y dar instrucciones salvadoras. Palmira no acababa de entender quienes eran. Los coordinadores les llamaban “el cliente”. El único supervisor que le resultaba familiar era Violeta. Aunque no le parecía la misma que les había explicado cual era su trabajo. En la formación se mostró amable y dispuesta. Allí parecía otra. Cuando las llamadas se convertían en un problema su rostro se crispaba y gesticulaba de tal manera que todos comprendían que estaba fustigando a la coordinadora del tambor para que incitara a los demás coordinadores a usar el látigo con mayor intensidad. No era la misma Violeta que la formó. Era otra, y daba miedo. Lo único en común que tenía una Violeta con la otra era el evidentísimo abandono que el desodorante había hecho de sus axilas.
Miró el reloj. Solo eran las 11. La vejiga la llamó desde su teléfono interior pidiéndole asistencia. No se atrevió a levantarse en un momento tan delicado. No quería que pensaran que eludía su trabajo. Apretó las rodillas y atendió el teléfono. –Buenos días, mi nombre es Palmira De Palma, ¿en qué puedo ayudarle?-. Mientras buscaba los datos de quien llamaba en la base de datos del programa pudo ver como Jairo Magno pulsaba su tecla de salvación, cogía el móvil y se levantaba. Más de un centenar de teleoperadores remaban en la galera. A unos les apretaba la vejiga. A otros no. Nunca podremos saber quien miente.
No era la primera vez que, en los dos meses que llevaba allí, se sentía observada y no precisamente por motivos de trabajo. Era una única mirada y le resultaba francamente molesta. Era Salitre, que siempre se sentaba en un puesto que le permitiera no perder detalle de los movimientos de Palmira.
Levantó
la vista girando la cabeza a la derecha. Allí estaba Salitre que no intentó
disimular cuando Palmira hizo un gesto de desaprobación. La ponía nerviosa y
fingió un cambio de postura para acomodar mejor la falda pensando que quizá
había descuidado un poco ese detalle. Lo que no consideró conveniente fue comprobar
si recato había causado el efecto deseado.
Salitre seguía mirándola desde su gran angular que le permitía ver y controlar a más de una operadora de su entorno. Lo que no había elaborado todavía era el plan de acercamiento a Palmira. Habría tiempo para ello y no era recomendable desviar su atención respecto a otras operaciones de desembarco que tenía en desarrollo y que esperaba le llevaran a la playa de la conquista. Una llamada le obligó a mirar al terminal. Palmira supo que ya no era observada sin necesidad de comprobarlo. –Esto ya se acaba- murmuró en voz baja antes de ponerse los auriculares y presentarse. Eran casi las 4 de la tarde. En unos minutos estaría camino de su casa.
Llamaba su casa a un apartamento compartido para no sentirse demasiado herida en el orgullo. La emancipación estaba resultando muy distinta a lo que pretendía cuando decidió dejar la casa de sus padres. Compartir suena poético pero no lo es. Significa vivir en un intercambio permanente por tal de mantener parte de lo que somos. Compartir es temer entrar o salir del baño por causa de los efluvios que provocas y provocan. Compartir es encerrarte en tu espacio para no invadir el espacio común.
Para Palmira compartir significaba también comprometerse a no ir directamente al apartamento al salir de la galera porque su compañera de piso necesitaba intimidad no menos de dos veces por semana. Compartir vivienda estaba dentro de la misma escala de valores que podría aplicar a su trabajo. No era el techo soñado pero era un techo.
Era un día en el que podía llegar al apartamento a la hora que quisiera. Mientras se desconectaba y recogía sus cosas decidió que, antes de ir a casa, se daría una vuelta por el centro para buscar alguna oferta de vaqueros. A ver si así Salitre dejaba de mirarla. Coincidió con él esperando el ascensor. Fingió haber olvidado algo y regresó a la plataforma. Cuando llegó a la calle apretó el paso para llegar lo antes posible a la parada del bus que la acercaría a las rebajas. No habría andado ni cien metros cuando un claxon llamó su atención. Era Salitre -¿Te llevo? Hoy no tengo prisa y puedo llevarte a donde quieras- Hizo la pregunta mientras bajaba la ventanilla del coche y le lanzaba su inquietante mirada invasora –No, muchas gracias..He quedado en la parada del bus, pero gracias..- Fue un balbuceo improvisado tan falto de credibilidad que ella misma estuvo a punto de reírse. -Como quieras- La respuesta de Salitre se acompañó con gesto de despedida y su coche se alejó.
Subió al bus sin poder evitar mirar quién lo hacía después. Se tranquilizó al escuchar el soplido de la puerta. Levantó el brazo para agarrarse a la barra superior. Al hacerlo vio otros brazos asidos a la seguridad relativa que ofrecen esos tubos de metal. –Parecemos monos- pensó. Tuvo que retirar un poco la cabeza para que no la derrotara el olor agrio de una axila que se colgó del tubo a escasos centímetros de su nariz. El incidente la llevó sin proponérselo a pensar de nuevo en la galera. Todavía desconocía los efectos secundarios que provocan la proximidad de algunas axilas y su charco de sudor. Durante el resto del recorrido no dejó de preguntarse porqué Violeta se transformaba de aquel modo cuando las llamadas empujaban.
Al bajar del bus tuvo la agradable sensación de que el día empezaba realmente para ella. –Primero veré que hay en H&M- fue su último pensamiento antes de dejar de pensar y perderse en las rebajas.
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Tan real como la vida misma!! Muy bueno..te deja con ganas de mas!! Necesitamos el siguiente capitulo por favor!! Samya.
ResponderEliminarEstoy asombrado Jaime, mis mas sinceras felicitaciones. Estaré atento a las próximas entregas.
ResponderEliminarNéstor.
Cuanto ingenio, que entretenido... Gracias por compartirlo.
ResponderEliminarAna Rosa
Qué divertido es desenmascarar los personajes, (jeje...). Le otorga mucha gracia a la historia.
ResponderEliminarMuy buena redacción. Me ha gustado mucho. No te canses de escribir y ánimo.
ainss jaime me encanta la forma en que describes la historia, sigue escribiendo// nines
ResponderEliminarGracias guapa. Solo es una ficción que pretende describir un mundo desconocido para muchos. Comentarios como el tuyo me convencen de que no era una mala idea. Pero es bueno que sepáis que no todo el mundo lo ve como lo que es. Algunos se lo toman como algo personal. Se equivocan, pero es algo que su propia vanidad no les deja ver. Se creen protagonistas. No lo son. Nadie es nadie en memorandum de nada
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