lunes, 30 de julio de 2012

MEMORANDUM DE NADA (4ª ENTREGA)

CAPITULO I
La galera (continuación)

Nota: Sigo colgando el relato a pesar de que todavía están por pulir muchos detalles de composición.
Pero es lo menos que puedo hacer ante la acogida recibida y vuestra insistencia para que no pasen demasiados dias entre las publicaciones. La vanidad y el agradecimiento han hecho el resto.

                 La noche pasó de puntillas por encima de Salitre, Palmira y Jairo Magno. No quería despertarles y siguió viajando en busca del alba. Antes de que la encontrara desperezándose en el horizonte Jairo, Salitre, Palmira y noventa remeros más pusieron un pie en el suelo después de silenciar noventa y tres estúpidas alarmas. A ninguno le resultaba agradable enfrentarse al espejo después de levantarse. La prisa se ocupó del resto dejándoles el mínimo resquicio para cruzar el dintel de la puerta, alcanzar la calle y comprobar que la noche y el alba ya se estaban abrazando.
                 A las ocho de la mañana la plataforma era un hervidero. A las ocho y un minuto solo se escuchaban las voces de los coordinadores recordando la necesidad de que todos estuvieran listos para recibir llamadas. El tambor marcó las pautas necesarias y el día se convirtió en una réplica exacta del día de ayer. –Todo el mundo en disponible, por favor…En disponible por favor- .

                 A Palmira no le entró ninguna llamada en la puesta a punto de su turno. Buscó en el entorno para situar a Salitre. No le vio. Al que si pudo fue a Jairo Magno. Se había sentado en otra línea, a unos diez metros. No era la primera vez que le veía en esa zona, y siempre al lado de Salomé. Sabía como se llamaba porqué Jairo la había nombrado en varias ocasiones. Alta, espigada, llamaba la atención por su modo de vestir, idóneo para un avatar nocturno pero poco afortunado para sentarse con auriculares y micro en una silla giratoria. Remataba su extravagancia con un maquillaje que a Palmira le pareció de brocha y un gesto de insatisfacción permanente que la proyectaban como una imagen descompuesta y fuera de lugar.

                  La llamada que atendió Palmira fue fácil de resolver. Parecía que la mañana se les presentaba apacible. Tenían la posibilidad de relajarse un poco y, sin levantar demasiado la voz, conversar y conocerse. Conocer a compañeros y, para los que se llevaban poco tiempo en la galera, entender sus mecanismos. Los veteranos eran un caudal de información interesante. Más que interesante Palmira  le parecía útil y les escuchaba atentamente.

                  Se sorprendió al saber que no todos los supervisores eran lo mismo. Unos eran como Violeta; formaban el grupo al que los coordinadores llamaban “el cliente”. Pero había otros que pertenecían a la empresa propietaria de la galera. Una empresa que tampoco era la que había contratado a Palmira. Nunca había trabajado para tres patrones a la vez.

                 No lo entendió demasiado bien. Se limitó a archivarlo en su mente etiquetándolo, a modo de resumen, con un “todos mandan”. Cuando le contaron que también había dos máximos responsables en la plataforma prefirió no archivar eso porqué sobreentendió que a ella no le afectaba demasiado. La pirámide era muy alta y lo más prudente era estar atenta a los coordinadores y a la del tambor que mandaba mucho más de lo que parecía.

                  El parque móvil despertó de repente y el tambor aceleró. Palmira entendió porqué Jairo hacía lo posible por sentarse con Salomé al verles salir un par de veces buscando los aseos. Sus salidas siempre coincidían con el redoble del tambor. Pudo ver, también, que eran muchos mas que dos los que tenían urgencias fisiológicas en los momentos de mayor actividad. Recordó como el día anterior apretaba las rodillas y se sintió idiota; aunque ese pensamiento no quiso archivarlo. La autoestima se ofende cuando te sientes mal por hacer las cosas bien.

                  Miró el reloj y pensó que era un buen momento para que le dieran un descanso. La force (ese era el tecnicismo anglófilo con el que se denominaba a la tamborilera)  leyó su pensamiento.
                  -Tómate tu primer descanso, Palmira- La force colgó sin darle tiempo a agradecérselo. Palmira, pulsó la tecla pertinente y se encaminó a la búsqueda de esos quince deliciosos minutos de respiro.



                   Salitre había decidido no ir a trabajar. Era la única manera de coincidir con Ingrid que disfrutaba de sus dos días de descanso. No le resultó difícil pedir cita con el médico, obtener el correspondiente  justificante, y poner proa a la cafetería que Ingrid solía frecuentar. Conocía el lugar porqué en algunas ocasiones, en los prolegómenos de su caza, se había brindado a acompañarla. La dejaba en esa esquina. Ingrid le había comentado que tenían el mejor café del barrio y solía desayunar allí  en sus días de libranza.

                    Nunca cambiaba de estrategia. Conciente de que no podía valerse de su atractivo usaba la retórica como arma. Se disfrazaba de filósofo y convertía en trascendente el comentario más banal. Era un buen actor que sabía dulcificar la palabra y transportarla a su presa como si de una caricia se tratara. Aderezaba el guiso haciendo referencias opacas a múltiples experiencias de pareja y sin pedirla obtenía esa primera sonrisa, mitad compasiva mitad de comprensión que le iba embelleciendo por dentro con el consiguiente resultado exterior. El rostro de gato callejero mutaba hasta convertirse en la faz de un tigre. Los pelos descompuestos y breves de su barba en la mandíbula sinuosa y mística de un fakir, la mirada lasciva e impertinente de cazador furtivo en una propuesta de dulzura sin final.

                     Hoy era el día. Estaba convencido de que Ingrid ya estaba madura. Se sentó en la cafetería con el punto de mira en la esquina esperando que apareciera la presa para liberar el gatillo y disparar.

                     A las 2 de la tarde pagó los dos cafés y el Nestea que había consumido y se marchó. La presa no había hecho acto de presencia. Salitre maldijo la torpeza de no haberle pedido su teléfono el mismo día que intuyó que su estrategia de galán podía resultar. Le quedaba mañana. El primer paso debía ser regresar al ambulatorio sintiéndose mucho peor que antes. Y si ya no le atendían acudiría a urgencias como última medida. Ingrid estaba al dente y no se perdonaría nunca no poder colgar la belleza disecada de esa pieza en la pared del salón de sus conquistas.

                  
                
                   A la misma hora, el tambor vibraba  en la terminal de Palmira para otorgarle la licencia de su último descanso. Voló hacia el office, sacó su taperware de la nevera y decidió comerse la ensaladilla en los jardines que rodeaban el edificio.
                   -¿Te importa que me siente a tu lado?- La voz era agradable; tanto que Palmira estiró la mano aceptando antes de levantar la cabeza para conocer a Palmira Ochoa.
                       -¡Que casualidad!- Lo dijeron a la vez. La empatía estalló en una carcajada que las convirtió en amigas mucho antes de llegar a serlo.

                    El turno de  las tres ya agonizaba. Era algo que se respiraba en el ambiente. Porqué las llamadas descansaban y los remeros ya veían cercano el muelle de atraque y empujaban más al tiempo que a la nave. Cuando se acercaba la hora del cambio una supervisora de las de la empresa que no era el cliente pero que tampoco era la que pagaba a Palmira se acercaba al tambor para controlar ese momento. La entrada y salida simultánea de medio centenar de personas provocaba una algarabía que hacía imposible que los teleoperadores que seguían trabajando pudieran atender correctamente sus llamadas.

                   La supervisora parecía muy joven. Tan joven como alta. Tan alta como segura de si misma cuando daba instrucciones a los coordinadores para que condujeran el cambio de turno sin incidencias. No se le escapaba detalle.

                   Palmira se alegraba de ese cambio porqué la ponía a una hora del fin de su jornada. A pesar del murmullo pudo entender los deseos del conductor que estaba atendiendo. No estaba segura de si era algo que ella podía resolver y, siguiendo el protocolo, levanto la mano para que la viera algún coordinador y acudiera en su ayuda. La supervisora, que seguía junto a la force (tambor), se apercibió del S.O.S. de Palmira y le pidió a un coordinador que estaba junto a ella que atendiera a la agente.

                  -Yayo, hazme un favor...Antes de marcharte atiéndeme esa mano-


                  Salitre salió de Urgencias con una prescripción de reposo de 48 horas. Tenía toda la tarde y un día por delante para desenmascarar su filosofía y convertirla en placer. No podía perder tiempo y se le ocurrió llamar a Vera con la que mantenía una buena relación desde que tuvo que renunciar a su intento de conquista al descubrir que los hombres no le interesaban en absoluto. Vera no le puso reparo alguno a su petición del teléfono de Ingrid. -Pero, por favor, Sali, no se te ocurra decirle que he sido yo quién te ha dado su número- fue la única condición que le puso antes de cantarle los nueve dígitos que componían el reclamo que Salitre necesitaba para atraer a su gacela. Le despidió deseándole éxito en su intento..-Suerte, glotón- .

                  Apenas escuchó ese parabién de Vera. Buscó el amparo de un portal para atenuar el estruendo del tráfico y, esbozando una sonrisa de satisfacción le dio al seis la importancia que tiene marcándolo el primero. Nadie atendió esa llamada y no creyó conveniente dejar ningún mensaje en un contestador que hablaba sólo  envuelto en música latina.


                  Salomé, Jairo y otros apelaron a la inquietud de su vejiga cuando faltaban seis minutos para las cuatro. Era el momento idóneo para evitar que cualquier llamada inoportuna les impidiera desconectarse a la hora en punto y retomar su vida a la hora en punto y un minuto.

                  Palmira de Palma y Palmira Ochoa controlaron la prisa para poder charlar mientras llegaban a la esquina donde cada una tomaba su camino. En ese recorrido comenzaron a descubrirse. Las separaban cinco años y las unían situaciones, aunque el origen de las mismas fuera diametralmente opuesto.

                  Palmira de Palma tenía 29 años, soñaba con ser autónoma en el campo de la fisioterapia y había dejado la casa de sus padres cansada de soportar un proteccionismo que la abrumaba y la hacía sentirse demasiado dependiente de lo que no quería depender. Consiguió este trabajo en la ciudad y sin dudarlo abandonó la casa familiar, buscó y encontró vivienda compartida y estaba esperando ver si su vida laboral tenía asomos de continuidad para matricularse en un centro privado de formación del que le habían hablado maravillas.

                  P. Ochoa ya había cumplido 34, tenía dos hijos y soñaba con sentirse libre y sin temores. Tuvo que refugiarse en la casa de sus padres cuando el maltrato le resultó insoportable. Una orden de alejamiento la protegía de su marido pero no del miedo que sentía cuando tenía que salir a la calle.
                  Las dos estaban huyendo. Palmira de Palma huía hacia adelante. Palmira Ochoa solo huía.

                  En el bus se repitió el desfile de sobacos incandescentes. Palmira decidió respirar hacia otro lado y matar el recorrido poniendo en orden los apuntes que había tomado acerca de como remar en un mar de tempestades.

                 Empezó por el intento de entender el papel que jugaban todas aquellas personas que estaban sentadas y de pié. No lo consiguió. Pero se comprometió consigo misma a conseguirlo en lo que quedaba de semana.
                   Las imágenes se agolpaban en su mente transportándole secuencias puntuales de situaciones que había pasado por delante de sus ojos sin darle motivo para pensar. En cambio, ahora, releyendo esos momentos creía que se podían interpretar como significativos en el desenvolvimiento de la plataforma.

                   Era curioso y chocante ver como la force se convertía en camaleón y cambiaba de actitud en función del supervisor que asumía el control de la sala. Era más curioso todavía ver como la mayoría de coordinadores esquivaban a Violeta si necesitaban de algún superior para realizar una consulta. Violeta era, también, la que más alteraba el ánimo del tambor cuando se acercaba a Aisha –por fin recordó el nombre de la tamborilera- y la daba instrucciones. Palmira no podía saber que le decía pero si era consciente de que, a los pocos segundos, el mar se encrespaba, la galera daba tumbos sobre el mar, los coordinadores fustigaban con más fuerza y la delgadez de Violeta se contorsionaba como lo hace la serpiente más temida en la literatura universal. Incluso le parecía a Palmira que aquella mujer solo se sentía satisfecha consiguiendo el malestar de los demás.

                   El trayecto había sido fructífero y caminó hasta el apartamento dejando que se enfriara el motor de la analítica. Al entrar en casa el baño todavía destilaba aromas de alcantarilla y en salón encontró huellas inconfundibles de que su compañera de nada había puesto interés y capital en saber cuantas colillas puede contener un cenicero.

                   Tenía que acostumbrarse a lo que veía y respiraba y optó por encerrarse en su dormitorio. La curiosidad pudo con ella y buscó en Google el significado de Aisha…-Viva, activa, enérgica, alegre, próspera, la líder más joven….¡Caray con la morita!- La exclamación se le escapó a media voz pero la pregunta se le quedó dentro. El nombre era árabe, y ella seguramente también, pero no lo parecía. No se trataba de encasillarla en el estereotipo conocido. Más bien tenía la percepción de que Aisha sufrió una mutación al cruzar el puente de mar y miedos que separa las dos culturas que un día se hermanaron.

  
                    Salitre llamó a Ingrid por enésima vez. El tiempo le apremiaba. Era obsesivo cuando se sentía en celo. Se sentía fuerte, seguro de su capacidad de persuasión y para el era un reto incluir a una coordinadora en su lista de victorias.
                                                 -¡Aló, ¿quién es?-  Por fin la voz de Ingrid sonaba metálica en el móvil.
                     -Hola, Ingrid, buenas tardes..Soy Salitre..Disculpa si te molesto pero estaba muy cerca de tu esquina y he pensado que era una buena ocasión para que tomáramos algo sin las prisas de otros días cuando te acompaño hasta aquí-  A pesar de su retórica estudiada lo dijo de un tirón y con ninguna gracia. Pero tuvo suerte, Ingrid accedió.
                    -Me parece bien, espérame en el bar, dame cinco minutos por favor-
                    Salitre cerró el puño levantándolo hasta la altura de su frente en señal de victoria. Ni el mismo podía suponer que iba a conseguir lo que quería con más facilidad de la esperada.

                      Ingrid llevaba tiempo notando el aliento de Salitre en las proximidades de su espacio. No era el primero. Tampoco lo fue Iván con el que había mantenido una relación tempestuosa pero estable hasta hacía apenas tres semanas. Nunca estuvo enamorada de Iván como ella entendía el amor; fiel al estilo de las telenovelas venezolanas. Pero si se sentía protegida y satisfecha compartiendo casa, desencanto y cama con aquel hombre que apenas conocía en lo esencial. Cuando de repente Iván pasó de decirla “te quiero” a “quiero que te vayas” se desmoronó. De la desolación pasó a la rabia con mayor velocidad que los seriales de su país. Pensó en matarle. Cuando las lágrimas furiosas se secaron el encefalograma plano de Ingrid sugirió que la mejor de las terapias era vengarse. Para aquella mujer sin rumbo y despechada la venganza contra un hombre que ya no la quería pasaba por entregarse al primero que llamara a la puerta de su piel. No se preguntó si esa maquiavélica venganza llegaría a oídos de Iván. Tampoco se preguntó si, caso de llegarle, a Iván le importaría.

                     El instinto la aconsejó y cambió los vaqueros y la camiseta del Che por una blusa con tirantes y una falda que tenía la misma longitud que se le podía dar a una promesa cuando un hombre la medía. Le pareció poco y recuperando el número de Salitre le llamó.- Oye, que he pensado que ya es un poco tarde. Mejor te acerques tú a mi casa y tomamos algo aquí. Dobla la esquina de la cafetería, busca el número ciento seis y llama al 3º B-  Salitre pensó que había dado el paso más difícil sin necesidad de esfuerzo. Era su día de suerte.


                      Palmira puso el punto en la página 128 de “Los pilares de la tierra” y buscó el sueño que siempre llega cuando apagamos la luz y nos sentimos bien con nosotros mismos. Palmira O. puso el punto arropando bien a sus pequeños, y entornó la puerta dejando encendida la luz del pasillo. Extendió las sábanas sobre el sofá de la casa de sus padres y buscó el olvido que nunca llegaba, ni con las luces apagadas ni con las luces encendidas.

                     Ni en casa de Salomé ni en la de Jairo se encendieron las luces del baño antes de que ellos se acostaran. Pensándolo bien era comprensible. Los uréteres necesitan descanso después de tanta actividad por la mañana. Cuando la mente es oscura se duerme exactamente igual con la luz del sol que con los reflejos de la luna. Ninguno de los dos puso punto a nada. Solo se durmieron.

                    La noche, que daba su paseo de puntillas en busca del alba, decidió quedarse unos instantes para ver que paisaje dibujaban aquellos dos cuerpos enredados en un juego malabar de sensaciones. Cambió de opinión cuando pasados diez minutos, entre gemido y gemido,  no escuchó ni una sola palabra.
                  -Estos no hacen el amor…Solo están follando…- Tiró de su manto cargado de sombras y reemprendió su camino. La noche es así, siempre camina; y de tanto andar ha aprendido a no cansarse.

En lo que queda de semana espero entregaros el final de este capítulo.


viernes, 27 de julio de 2012

MEMORANDUM DE NADA (3ª ENTREGA)



Si te interesa lo social, lo político..sin tecnicismos, solo verdades...
http://nirosesnigavines.blogspot.com.es


CAPÍTULO I
(versión beta)

La galera





                   No se acostumbraba. Hacía todo lo humanamente posible para que sus llamadas se resolvieran correctamente. El trabajo no era complicado, pero exigía cierta precisión y, a menudo, matices que influían de modo determinante en el resultado final.

                   Al formarle para el puesto pusieron mucho énfasis en la singularidad del cometido. –En esta plataforma no recibimos llamadas consultivas, ni quejas acerca de pagos, ni nos dedicamos a vender- les había dicho la formadora –Lo que vais a hacer es atender a un conductor que ha sufrido un accidente o avería, tiene el coche inmovilizado, y necesita que le mandéis una grúa, un coche taller, incluso un taxi sin fuera necesario- Al decir esto Violeta, la formadora, gesticulaba estirando los brazos adelante y unía los dedos para convertir el comentario en advertencia.

                  Palmira no entendía la contradicción que existía entre ese mensaje recibido y las exigencias de premura con las que se encontró en la práctica real. Se asfixiaba en el esfuerzo que le suponía gestionar bien la llamada y soportar la presión que, de manera incansable, ejercían sobre todos los agentes media docena de coordinadores que no dejaban de instigarles para que terminaran lo antes posible y atendieran una nueva llamada.

                 -“Agilizamos, por favor, agilizamos por favor, agilizamos” – La cantinela se hacía insoportable. Especialmente cuando notaba que a su espalda se había detenido alguien observando lo que hacía. Sabía que iba a preguntarle en qué estaba, cuanto tiempo le quedaba, porqué la llamada se estaba alargando en demasía. Era otra contradicción que no podía digerir. Si tenía que explicar la causa de la extensión de la llamada perdería más tiempo y crecería la impaciencia de la persona que estaba al otro lado esperando una respuesta.

                  Tuvo suerte. El coordinador no tuvo tiempo de meter la nariz porqué terminó con la asistencia que atendía. La sombra inqusidora se alejó. Respiró tranquila. El aluvión de llamadas se había calmado. Los coordinadores también. En la cabina de su izquierda, Jairo Magno también colgó. Se quitó los auriculares, dio un giro a su silla orientándola hacia Palmira y soltó su malestar – ¡Que agilice su puta madre!..¡Te pagan una mierda y quieren que hagas el trabajo de cuatro!..Pero a mi no me joden estos.- Bloqueó su centralita con el indicativo que correspondía con las necesidades fisiológicas, se levantó y se dirigió a la salida en busca del aseo.

                  No sabía como se llamaba la coordinadora que la invitó a tomarse el descanso preceptivo. Pero se lo agradeció. Al llegar a la calle, mientras tomaba el horrible café que dispensaba la máquina del office, estimuló su estado de ánimo pensando que si bien no era el trabajo de sus sueños al menos era un trabajo; aunque su fecha de caducidad estaba en blanco era un trabajo. La incertidumbre desmotiva. Pero no era momento para valorar.

                  Había cosas que no acababa de entender. Una de ellas el porqué a las filas de cabinas se las llamaba raspas. Era cierto que vistas desde el aire recordaban la espina de los peces. Le parecía una definición poco afortunada. A su mente llegó la imagen de las galeras de Ben-Hur. Remeros encadenados y vigilantes que les azotan para que la velocidad del barco se mantenga. En el fondo un tambor que marca el tiempo y coordina los golpes de remo. Tambor y látigo. Control y coordinación.

                  Veía la figura del tambor en una pantalla que no lograba comprender pero era la que señalaba la situación de las llamadas. Cuando se teñía de rojos y amarillos los coordinadores reemprendían sus paseos, reclamando agilidad y preguntando. No le cupo duda. No eran raspas. Eran galeras.

                  Se reincorporó a su puesto. Jairo Magno estaba terminando su llamada. –“De acuerdo, don Gervasio, la grúa tardará entre cuarenta y cincuenta minutos. Permanezca junto al vehículo y mantenga disponible su teléfono móvil. Gracias por su llamada, buenos días- No podía acabar ninguna sin soltar un epitafio –Este tío es un gilipollas, se queda sin aceite y no para el coche hasta que revienta el motor- Jairo no conduce, pero se ha doctorado en circulación y motores a base de escuchar los motivos por los que existe su trabajo. Si no hubiera incidencias en el parque móvil del país Jairo y otros cientos de personas estarían dedicándose a otra cosa o en la cola interminable de cualquier oficina de desempleo. Jugando con fuego decidió que era un buen momento para ponerse en estado escatológico y recorrer la distancia que le separaba de los servicios. Antes de salir de la plataforma ya buscaba en su móvil el número que tenía que marcar. Al final de la galera, quién toca el tambor, hacía tiempo que controlaba esas salidas.

                   Palmira no se acostumbraba. Ni a la presión desmedida ni a la falta de solidaridad de algunos compañeros. La asustaba la idea de que, con el paso del tiempo –siempre y cuando el tiempo le diera vida a su contrato- pudiera llegar a convertirse en alguien parecido a Jairo. En los dos meses que llevaba allí había podido comprobar que la mayoría de los especialistas del “no hacer” eran operadores que llevaban más de un año remando.

                    Las llamadas volvieron a acumularse. Tanto que, además de los coordinadores, se veía moverse inquietos a los supervisores. Solían permanecer sentados en sus mesas. Pero cuando el problema subsistía unos minutos dejaban todo para acercarse al tambor y dar instrucciones salvadoras. Palmira no acababa de entender quienes eran. Los coordinadores les llamaban “el cliente”. El único supervisor que le resultaba familiar era Violeta. Aunque no le parecía la misma que les había explicado cual era su trabajo. En la formación se mostró amable y dispuesta. Allí parecía otra. Cuando las llamadas se convertían en un problema su rostro se crispaba y gesticulaba de tal manera que todos comprendían que estaba fustigando a la coordinadora del tambor para que incitara a los demás coordinadores a usar el látigo con mayor intensidad. No era la misma Violeta que la formó. Era otra, y daba miedo. Lo único en común que tenía una Violeta con la otra era el evidentísimo abandono que el desodorante había hecho de sus axilas.

                     Miró el reloj. Solo eran las 11. La vejiga la llamó desde su teléfono interior pidiéndole asistencia. No se atrevió a levantarse en un momento tan delicado. No quería que pensaran que eludía su trabajo. Apretó las rodillas y atendió el teléfono. –Buenos días, mi nombre es Palmira De Palma, ¿en qué puedo ayudarle?-. Mientras buscaba los datos de quien llamaba en la base de datos del programa pudo ver como Jairo Magno pulsaba su tecla de salvación, cogía el móvil y se levantaba. Más de un centenar de teleoperadores remaban en la galera. A unos les apretaba la vejiga. A otros no. Nunca podremos saber quien miente.

                     No era la primera vez que, en los dos meses que llevaba allí, se sentía observada y no precisamente por motivos de trabajo. Era una única mirada y le resultaba francamente molesta. Era Salitre, que siempre se sentaba en un puesto que le permitiera no perder detalle de los movimientos de Palmira.

                     Levantó la vista girando la cabeza a la derecha. Allí estaba Salitre que no intentó disimular cuando Palmira hizo un gesto de desaprobación. La ponía nerviosa y fingió un cambio de postura para acomodar mejor la falda pensando que quizá había descuidado un poco ese detalle. Lo que no consideró conveniente fue comprobar si recato había causado el efecto deseado.

                     Salitre seguía mirándola desde su gran angular que le permitía ver y controlar a más de una operadora de su entorno. Lo que no había elaborado todavía era el plan de acercamiento a Palmira. Habría tiempo para ello y no era recomendable desviar su atención respecto a otras operaciones de desembarco que tenía en desarrollo y que esperaba le llevaran a la playa de la conquista. Una llamada le obligó a mirar al terminal. Palmira supo que ya no era observada sin necesidad  de comprobarlo. –Esto ya se acaba- murmuró en voz baja antes de ponerse los auriculares y presentarse. Eran casi las 4 de la tarde. En unos minutos estaría camino de su casa.

                       Llamaba su casa a un apartamento compartido para no sentirse demasiado herida en el orgullo. La emancipación estaba resultando muy distinta a lo que pretendía cuando decidió dejar la casa de sus padres. Compartir suena poético pero no lo es. Significa vivir en un intercambio permanente por tal de  mantener parte de lo que somos. Compartir es temer entrar o salir del baño por causa de los efluvios que provocas y provocan. Compartir es encerrarte en tu espacio para no invadir el espacio común.

                       Para Palmira compartir significaba también comprometerse a no ir directamente al apartamento al salir de la galera porque su compañera de piso necesitaba intimidad no menos de dos veces por semana. Compartir vivienda estaba dentro de la misma escala de valores que podría aplicar a su trabajo. No era el techo soñado pero era un techo.

                       Era un día en el que podía llegar al apartamento a la hora que quisiera. Mientras se desconectaba y recogía sus cosas decidió que, antes de ir a casa, se daría una vuelta por el centro para buscar alguna oferta de vaqueros. A ver si  así Salitre dejaba de mirarla. Coincidió con él esperando el ascensor. Fingió haber olvidado algo y regresó a la plataforma. Cuando llegó a la calle apretó el paso para llegar lo antes posible a la parada del bus que la acercaría a las rebajas. No habría andado ni cien metros cuando un claxon llamó su atención. Era Salitre -¿Te llevo? Hoy no tengo prisa y puedo llevarte a donde quieras- Hizo la pregunta mientras bajaba la ventanilla del coche y le lanzaba su inquietante mirada invasora –No, muchas gracias..He quedado en la parada del bus, pero gracias..- Fue un balbuceo improvisado tan falto de credibilidad que ella misma estuvo a punto de reírse.  -Como quieras- La respuesta de Salitre se acompañó con gesto de despedida y su coche se alejó.

                       Subió al bus sin poder evitar mirar quién lo hacía después. Se tranquilizó al escuchar el soplido de la puerta. Levantó el brazo para agarrarse a la barra superior. Al hacerlo vio otros brazos asidos a la seguridad relativa que ofrecen esos tubos de metal. –Parecemos monos- pensó. Tuvo que retirar un poco la cabeza para que no la derrotara el olor agrio de una axila que se colgó del tubo a escasos centímetros de su nariz. El incidente la llevó sin proponérselo a pensar de nuevo en la galera. Todavía desconocía los efectos secundarios que provocan la proximidad de algunas  axilas y su charco de sudor. Durante el resto del recorrido no dejó de preguntarse porqué Violeta se transformaba de aquel modo cuando las llamadas empujaban.

                     Al bajar del bus tuvo la agradable sensación de que el día empezaba realmente para ella. –Primero veré que hay en H&M- fue su último pensamiento antes de dejar de pensar y perderse en las rebajas.

.

jueves, 26 de julio de 2012

¿PROPONEMOS ALGO? PROPONED ALGO

 Lo comentaba en la primera entrada del blog. Mi intención es crear un espacio abierto, sin temores, solo nuestro. Un espacio en el que pudiéramos comentar, sugerir, aportar, discutir, pensar y..¿porqué no?...DECIDIR.

Al abrir el editor he visto que se han dejado dos comentarios. Los agradezco porqué me estimulan a seguir. Como me estimulan las más de 200 visitas que la página ha recibido en apenas 4 días. Pero si quiero expresaros mi tristeza por el carácter de esos comentarios.

Nunca borraré ninguno salvo que sea insultante de verdad. Pero, por favor, si queremos criticar algo hagámolso razonando lo que decimos. No se puede llamar a unas personas "chuponas" sin decir, al menos, porqué las llamamos de ese modo.

Seamos adultos y llamemos a las cosas por su nombre. Pero no basta con el calificativo. Carguémonos de razones. Si sabemos de que hablamos hablemos de ello con claridad y sin temores.

Esta es la finalidad del blog. Que hablemos.

La otra finalidad, la de ir metiendo páginas del libro, valorar si algo de lo que aquí se comenta puede llegar a formar parte de mi historia, es solo un añadido.

No quiero estar más de dos días sin proponer algo nuevo. Pero, si me ayudáis con vuestras sugerencias,  este blog puede ser un lugar donde acabemos encontrando caminos.

Os cedo la palabra. Hablemos de nosotros.


miércoles, 25 de julio de 2012

NO SON ELLOS LOS CULPABLES

Inmigrantes (31 fotos) 5


Algunas mentes estériles están sembrando la maldad en el ánimo de la población. Pretenden culpar a los inmigrantes de la falta de empleo.

Nada más lejos de la realidad. La inmensa mayoría de los inmigrantes que llegaron a España en los últimos años lograron afincarse en nuestro país porqué había una oferta de trabajo que muchos españoles no consideraban digna para ellos. Esos inmigrantes accedían a empleos y lo hacían sin ganar menos de lo que habría percibido un español. Nuestra plataforma es un ejemplo. ¿Gana menos cualquier compañero inmigrante de los muchos que tenemos? No le  está quitando el trabajo a nadie malvendiendo su salario. Éramos nosotros los que no queríamos trabajar en una plataforma telefónica, en los servicios municipales de limpieza, en innumerables trabajos que se ofrecían y no eran de nuestro agrado. Pasaba lo mismo con las cosechas de fruta en Catalunya y Aragón, con la vendimia, etc. etc.

De hecho la crisis les ha golpeado tanto o más que a nosotros. La mayoría de ellos subsistían y subsisten en España con lo justo porqué tenían que mandar buena parte de su sueldo a la familia que seguía en sus países de origen. Ahora tienen que marcharse porqué no tienen familiares aquí que puedan ayudarles a soportar el momento. Y somos los españoles los que corremos a conseguir aquel empleo que hace diez años no queríamos para nosotros. Fijaos en nuestras últimas incorporaciones. Desde hace más de un año la casi totalidad son españoles.

Que nadie siga la estela de la xenofobia. Siempre ha existido y ahora encuentra caldo de cultivo para su voracidad intentando que nos sumemos a ellos culpándo a los foráneos de lo que debe responsabilizarse el capital, esos que quieren volver a la sociedad que les conviene. Una sociedad de ricos y pobres.

Los extranjeros que trabajan lo hacen porqué tienen un contrato, cotizan a la seguridad social. pagan impuestos, alquileres, van al supermercado y tiene derecho a voto en las elecciones municipales. Nada les diferencia de nosotros. No olvidemos que somos un pueblo que durante muchos años encontró en la emigración a otros países una salida para nuestros trabajadores.

Que nadie escuche cantos de sirena y busque al diablo siguiendo las indicaciones del diablo.


martes, 24 de julio de 2012

MEMORANDUM DE NADA (2ª entrega)

Después del prólogo para profanos que colgué ayer, hoy os dejo la segunda parte de la introducción.
Es la que va dirigida a quienes conocéis nuestro trabajo, su gente, lo que se vive en la plataforma. Los que espero y deseo tengáis la voluntad de descubrir donde empieza la verdad en la mentira que cuento.



Introito para endemoniados



                   No pretendo lamerme las heridas. Pero si tengo que descoser algunas cicatrices mis dedos no se detendrán cuando la idea descienda hasta sus yemas y tome cuerpo en forma de palabras. Sería ingenuo pensar que escribo para otros. Hay personajes y situaciones a los que les pondréis rostro sin necesidad de usar el pensamiento.

                   Tampoco pretendo convertir esto en una compilación de instantáneas vividas que puedan archivarse por orden alfabético. Lo que quiero, lo que deseo, es mezclar sonidos y silencios, actitudes y vida; dentro y fuera de la plataforma. Es, por tanto, una historia de ficción basada en hechos reales. No hay nada más real en una historia que sus personajes. Aunque cierto código inmoral me obligue a dejar constancia de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Y realmente lo es porque nadie es nadie en "Memorandum de nada". Se aglutinan los conceptos pero los personajes que describo solo existen en la mente de quién pueda inaginarlos. Mi única pretensión es dar a conocer el mundo de los teleoperadores. Y nadie como vosotros para decirme si lo consigo o me pierdo en el fracaso.

                   No somos profanos. Para nosotros las voces tienen rostro y sabemos situar esas miradas en la parrilla de salida de su horario de trabajo. Dejadme que os cuente mentiras de su vida real, esa que empieza cuando termina su jornada. El saber popular nos dice que con una mentira siempre se saca la verdad. Pero no hay voces en un texto. Por lo tanto no puede haber rostros. Seréis vosotros quienes déis vida y color a una historia de vacíos que tenéis opción de rellenar.

                   Esa si es mi pretensión. Darle forma a los paisajes de vida de  Violeta –“Cobra” para los amigos-, Maruja, Salitre, Matahari y otr@s. Os contaré lo que he visto, lo que sé y lo que imagino. Os contaré lo que pienso, lo que no quiero imaginar y todo lo que no sé. Para que podáis poner  en orden mi desorden sentaos en la platea de este teatro de papel.
                   El timbre suena tres veces, se apagan las luces, sube el telón. Un único foco diagonal, lanzado desde arriba,  ilumina una esquina del escenario donde una mujer, sentada en el suelo, ni bien ni mal vestida, con unos auriculares en sus oídos mira al público con cara de aburrimiento. Suena un timbre. Finge pulsar una tecla...

 -Buenos días…mi nombre es Yausted Queleimporta…¿En qué puedo ayudarle?-

                  Gesticula, dramatizando, para darnos a entender que lo que escucha no es nada agradable… Se quita  los cascos con un gesto airado, se levanta, mira al patio de butacas con descaro y grita.

 -¡Iros todos a la mierda!-

                  El foco esconde su luz en las bambalinas del techo, la oscuridad se traga el escenario y el murmullo de los espectadores.  Cuando parece que el silencio exigible se acomoda, la voz de esa mujer vuelve a recordarnos lo que somos.

-¿Es qué no me habéis oido bien?.....¡Iros todos a la mieeeeeeeeeerdaaa!-



Ahora si, ahora empieza la función.
Os quiero.


lunes, 23 de julio de 2012

SINDICATOS...¿IGUAL QUE LOS PARTIDOS?

 Es una pregunta que me hago cada vez que algún sindicato nos hace llegar sus publicaciones. Si bien la cuestión de fondo es importante, la manera de tratarla -a mi entender- no lo es tanto. En innumerables ocasiones hay más empeño en criticar lo que no han hecho los otros sindicatos que en explicar la materia tratada para que se entienda con claridad. Huele a campaña permanente. O al menos a mi me lo parece.
Otra pregunta es cuál es el criterio que siguen a la hora de confeccionar sus listas electorales. No me cabe la menor duda que los cabezas de esas listas son gente comprometida con la idea. Pero a medida que descendemos el perfil de los candidatos tiene un sabor a oportunismo que no hace sino descorazonar a quienes depositaron su voto. Perfil y actitud casi siempre van unidos. Sobran las palabras.
Me gustaría conocer vuestra opinión. Saber si coincidís en lo que digo. Y si no sacadme de la duda. Quiero recuperar la confianza en lo que fueron las organizaciones sindicales. Que alguien me ayude.